Ideas feministas de Nuestra América

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I.25 Nela Martínez Espinoza, “En busca de una historia: contarla, escribirla, cantarla es necesario. Antes hay que rescatarla”, Quito, 1985

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Nela Martínez Espinoza, “En busca de una historia: contarla, escribirla, cantarla es necesario. Antes hay que rescatarla”, Quito, 1985[1]

[Texto encontrado y transcrito por María Augusta Calle]

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1985: fin del decenio de la mujer. La historia que se hace, que se vive, es como un prisma. Los colores van del violeta al rojo. No es -con perdón de los físicos- descomposición de la luz. Es que esta luz, que sube de las tinieblas de los milenios del autoritarismo, del patriarcalismo, de la sumisión y la obediencia, se divide en clases, en culturas, en religiones, en tradiciones, en nacionalidades. Las escalas de diferentes procesos de desarrollo social determinan hasta donde se alumbra el ojo de la conciencia para percibir toda o parte de esa coordenada de la liberación de la mujer. La ideología, indudablemente, juega con el espectro, se proyecta; abarca todo el conflicto, o lo subdivide y bifurca; lo limita o extiende hasta alcanzar a comprender que el problema responde y está sumergido en el océano de las contradicciones y las luchas de la humanidad. Y ahí el sexo -ser mujer- de un carácter esencial a todo el conjunto de las relaciones de la sociedad por su determinismo biológico, que no se queda al margen sino traspasa todas las otras leyes del convivir y el quehacer de la prehistoria al decenio de la mujer; el matriarcado y el patriarcado superviviente, hasta las superestructuras de la democracia real, o de la simplemente formal.

Acabo de asistir a un Encuentro de Mujeres para “evaluar” –la palabra no es de mi uso- precisamente este DECENIO, que nos regaló la ONU, pero que obedece al proyecto de encausar las corrientes, agitadas por la incongruencia de la socialización del trabajo de hombres y mujeres, y de la persistencia del hecho de la discriminación en contra de la mujer, que fluían  en todas las direcciones del ancho mundo moderno.

Desde el feminismo reivindicador de la persona, en revancha contra el machismo, hasta aquel en que se pide humildemente el reconocimiento de que es una fuerza de trabajo no remunerado, hay todo un universo de conceptos, de vivencias, de realidades, que se insertan en el hecho de que es cierto ese peso de desajuste y de contradicción que carga la mujer como ser humano, como parte de la sociedad y de la clase, como pareja, como reproductora de la especie y preservadora de la vida y de la familia. Las razones históricas y económicas que hacen de nuestro país una nación dividida y dependiente; con extremos antagónicos en su sociedad, que se polarizan; con el desarrollismo capitalista que se trata de impulsar sobre un trasfondo de colonialismo interno y de anclajes semifeudales, de abundancia y pauperización, de estabilidad y marginalidad, de modernismo con aculturación y de conservadorismo sin solución de continuidad, porque ya los ejes del poder y la conducta de los dueños de la riqueza y de la tierra pasan por los polos de las transnacionales y están -también ellos- sujetos a la política imperial de los Estados Unidos, que se transmite desde el intercambio desigual y la imposición del Fondo Monetario Internacional a lo que debe y no debe hacerse en el país, con su secuela de agudización de la crisis, decíamos que todo este urdimbre del tejido social se traslada, de una u otra forma, a esto que quiere ser un diálogo, pero después de pasar por muchas instancias y circunstancias, por diversas urgencias y angustias.

La joven que trabajó con una Pastoral Eclesiástica, que ha llegado de una provincia lejana, ha descubierto la fuerza de miles de mujeres reunidas bajo la convocatoria limitada a alguna ayuda que les permita desenvolver, con cierta aparente autonomía, el tradicional trabajo de costura. La maquinita para coser, los materiales, el mercado posible, se vuelve, de pronto, un estímulo para tantas y tantas jóvenes sin porvenir. Las experiencias de allá y de aquí la vuelven más sensible para comprender que el horizonte no termina en esa instancia.

Las esforzadas, aquellas para quienes lo elemental es un reto, se mueven en el mundo -¿qué categoría es posible darle?- donde todo hay que arrancar de la nada. Inhóspita la ciudad les condena a la marginalidad. Entonces ese ancestral deber de clueca les da las alas. Como en las épocas primitivas y en medio de una naturaleza empobrecida, deben procurarse el agua a distancias y quebradas caminadas y saltadas, la magra alimentación, ese espacio que se llama hogar: mínimo espacio para la familia entera. No hay canalización, ni electricidad, ni pisos ni techos que den aseo o seguridad. Decenas de miles de familias expulsadas de las zonas campesinas por la falta de tierras y trabajo se esconden en las abras del Pichincha, en sus riscos, en los cuartitos sin aire y sin luz, verdaderos conventillos -en los que la anarquía municipal y las necesidades- han ido convirtiendo las grandes casas del “Patrimonio de la Humanidad”. Quito. Solamente quedan las fachadas con azul añil. Adentro la miseria, la promiscuidad. Las mujeres continúan la lucha para que sobreviva el núcleo, la familia. Enfrentan la desocupación, las enfermedades, el hambre. Ponen a volar la imaginación. De vendedoras de cualquier cosa a lavanderas o sirvientas, o peonas de la construcción.

Pero también están las que han aprendido que hay que organizarse. Tienen experiencia y tradición de lucha. La ciudad se ha estremecido al paso de sus pies, al grito de sus protestas y reclamos. Han edificado sus “ciudadelas”, sus calles, sus escuelas y colegios. La auto-gestión es un hecho. Pueden, y ellas están conscientes, hacerse reparos y críticas. Pero el pueblo ha podido vencer, asentarse, arrancar, con sus pequeños recursos individuales, que se suman en la organización, las condiciones de una vida más digna, más posible de sobrellevarse. La conciencia, a este nivel, se vuelve crítica; apoyada en la experiencia interna, por razones objetivas de la violencia sufrida, cuestiona a los que mandan: al poder económico, político, social, que discrimina, reprime y contradice el proyecto de la gente pobre. Su reivindicación como mujeres depende de esta práctica. Han pasado a ser sujetos activos de su propia historia de lucha y supervivencia. Les falta, quizás, ganar su propia conducción.

Otras organizaciones populares, con otras experiencias, aspiran a llegar a los Cabildos, a la dirección comunitaria. Sus motivaciones nacen también de las propias necesidades del conjunto de la población humilde y pobre a la que se pertenecen, y de las movilizaciones y gestiones hechas ante los órganos del poder nacional o municipal, para alcanzar una ayuda. El agua, el alcantarillado, las escuelas, las calles son el bien de todos, pero han sido las mujeres las más activas impulsoras y gestoras de las obras. De allí arranca su fuerza, su toma de conciencia. No más colaboradoras del hombre que va a la dirección de la organización, o del Cabildo. Dentro de la organización, en las luchas conjuntas, se trazan otras perspectivas, como es el reconocimiento de sus capacidades para representar al grupo, para asumir también su dirección, igual que el varón.

Esta rica experiencia múltiple, de las que se descubren como seres autónomos en las movilizaciones por alcanzar un hospital, o una guardería, o una biblioteca, algún bien cultural o social, se vuelve aleccionadora. No solamente para las mujeres relegadas a obedecer la guía que el hombre está acostumbrado a imponer, en todos los órdenes de la vida, sino para quienes aspiran a que este inmenso caudal oculto, soterrado, llegue a mover sus molinos. Quiero decir que la masa femenina de este país nuestro traspasó los umbrales del destierro de su propio ser. Ahora quiere asumir lo suyo, ser. En el Guasmo o en Santa Teresita, o en las decenas de barrios clandestinos, con sus miles y miles de habitantes rastreadores de todo, menos del aire, junto al improvisado fogón de piedra o de barro han asentado su hogar las extranjeras. Las que no nacieron en Quito, ni en Guayaquil, ni en las otras ciudades, para quienes adaptarse  y sobrevivir con la familia es una aventura de todos los días en la inhóspita región de los desterrados. Digo sobrevivir y aunque de hecho esa condición precaria se da, hay que señalar la fuerza de resistencia al infortunio de lo que está por debajo de la pobreza, fuerza vital, de la especie, elemental y por lo mismo cargada de humanidad naciente. Sometidas a las normas del Estado y la sociedad, en combate obligado por la necesidad, los sectores  más humildes, que asumieron los prejuicios sustentados por los que dominan, como algo propio -como han asumido muchos de los esquemas ideológicos- de pronto, por las circunstancias, ganan un espacio de decisión y cierta autonomía. Este cambio pasa por lo cotidiano, por la praxis, sin propósito previo. Pero como nada hay más violento y dinámico que la realidad, ésta se convierte en maestra y guía. ¿Hasta dónde subirá esta espiral? La experiencia nos dice que pasada la urgencia, cuando la contradicción se amortigua -momentáneamente- en lo coyuntural, lo espontáneo, que salió a la superficie vuelve, en reflujo, a la aparente quietud, hasta que otra ola, en marea, ascienda en sacudida social. ¿Quedarán estas esforzadas luchadoras anónimas solamente alumbrándose, con su luz de luciérnaga a la hora de las sombras?

Aquí hay que señalar la ausencia de la educación política, del proyecto común de los pobres, desposeídos y trabajadores, para el cambio estructural del sistema y la sociedad, como una de las fallas, la más grave, del quehacer político de la izquierda ecuatoriana. Y la ausencia del compromiso liberador de los propios dirigentes en su relación hombre-mujer, comenzando por la pareja y el hogar, hasta llegar a la supresión de la supremacía patriarcal incrustada en el pensamiento y la práctica, como se puede constatar por la carencia de cuadros dirigentes de mujeres, en lo sindical, en lo partidario, en las organizaciones de masas. Ninguna disculpa es válida cuando advertimos la presencia de la mujer en múltiples y complejas actividades y luchas.

Hay que señalar también la intromisión de un elemento neutralizador en gran parte de las organizaciones de mujeres: la llamada ayuda exterior, que viene a través de las Fundaciones Internacionales, sean de la social-democracia, o de la democracia cristiana, o del social-cristianismo, sean de cualesquiera de las diversas facetas en las que se subdivide, y a veces se oculta, la intervención extranjera. Tener a las mujeres adocenadas y sometidas al taller de costura, o a las clases de nutrición y cocina, o al estudio y práctica de primeros auxilios, bajo el control y dirección de “cooperación caritativa” es, en mucho, aceptar conceptos, cánones y obligaciones dependientes de los centros de poder mundiales. El afianzamiento de determinada supremacía -algunas veces en pugna partidista a nivel internacional-, por la dependencia económica, significa un riesgo siempre y conlleva una renuncia a lo propio, perjudica la toma de conciencia de clase y la libertad de acción.

Diversos estadios determinantes existen en esta práctica. Desde proyectos de educación popular, sujetos a límites de un desarrollo conveniente para marcar el paso dentro del mismo espacio, hasta otros de más alto nivel para mujeres ilustradas, sin opciones para realizar algunas buenas intenciones, a las que se les permite una cierta autonomía, siempre que no traspasen la frontera. Es decir mientras no proyecten una ruptura con el compromiso del apoliticismo. Progresar dentro del subdesarrollo sí, pero no cuestionar sus causas. Menos incorporarse a la subversión indispensable en el tercer mundo dependiente, saqueado y hambreado por esos mismos centros del poder mundial, que tienen una larga deuda de quinientos años de conquista, colonización y expoliación sobre sus pueblos. La mujer, una escala más abajo que el varón, en la cuarta frontera de la humanidad, no puede luchar por su liberación sino partiendo de su realidad. El hábito de considerarla menor, inferior, incapaz; de explotarla perennemente en medio de la sublimación de la domesticidad; de persuadirla de su debilidad y de darle las cargas más pesadas, se parece ciertamente a la conducta de los colonizadores en todo tiempo y lugar. Por eso decimos que van parejas, en nuestro mundo dependiente y desestimado y ofendido, las razones de la una y la otra subversión. ¿Acaso no tenemos la larga experiencia heredada de nuestra pretendida inferioridad física, moral, intelectual, de pueblos a los que había que civilizar y mandar? Por estas consideraciones de la doble dependencia generada en la misma fuente, las mujeres, y más si son feministas, no pueden sino luchar para abolir, de un solo golpe, esa supervivencia de un pasado oprobioso, que legitima la opresión de la nación como del sexo. Cada día se comprueba más que la riqueza del primer mundo capitalista obedece a las leyes económicas y políticas que han sido impuestas a ese tercer mundo subdesarrollado, que le procura desde la materia prima y la fuerza de trabajo hasta los capitales, en base a las armas que un día sirvieron para matar y oprimir a indios o negros, y que hoy constituyen, con todo su desarrollo científico y técnico, el negocio más rentable y la amenaza más brutal. Igual, la debilidad e incapacidad, atribuida a las mujeres, se convierte en el mito de los guerreros primitivos, que, tras la apariencia moderna de muy civilizados, tratan de explotarla como en el pasado, remozando supuestos ya en decadencia: la fuerza, viril = la debilidad femenina. En el fondo, las murallas son de otro material que las que protegían el predio señorial. Invisibles ahora, conservan todos los caracteres medioevales en la práctica. La jornada se ha triplicado pues ya la mujer adquirió el derecho al otro trabajo rentado, pero igual sigue presionada por toda la sociedad patriarcal para que alimente a la familia, cuide la casa, vista a los niños, asuma la maternidad como un deber impuesto, no como una decisión libre. Por otro lado la técnica y la cultura, necesarias para la opción del ascenso, aún en el cuidado del animal doméstico y la planta, o en la carrera universitaria y el ejercicio de la profesión, la presionan con las urgencias necesarias para su propio desarrollo.

Pero, a pesar de todo esto, la mujer sigue dependiendo del prejuicio al que se le ha dado calidad moral o religiosa. El padre o el marido deciden, ella obedece. En el hogar todos los mecanismos psicológicos e instintivos -diferenciación biológica trasladada por siglos a la conciencia de la mujer madre, procreadora y multiplicadora de la especie, como un hecho que la obliga, en forma inherente a su naturaleza, a sostener los muros y consecuentemente a depender del varón- se ha vuelto ley irreversible. La mujer aporta a la economía del hogar, pero continúa siendo la sierva, interviene en el partido político, da el voto democrático en las justas electorales, trabaja y lucha en los conflictos de su clase, pero no tiene posibilidad de decisión, de poder, de autonomía, sino en poquísimos y determinados casos. Esta contradicción tiene que ver con toda la estructura de la sociedad, en donde teóricamente se es libre, pero en la que esa libertad está condicionada, tanto económica como ideológicamente. El presente pugna, cada vez más angustiosamente, por la agudización de sus contradicciones, con el pasado, pero aún lo derrota. Y la mujer, como el proletariado, está inmersa en la ola.

Aparte de ésta, o mejor dentro de esta realidad, ¿qué deja el decenio y cómo lo afronta la mujer ecuatoriana? Encuentros sucesivos y múltiples de las 300 organizaciones, o más, en todo el país. Puntos de vista y resoluciones que comprueban un avance de conciencia y organizativo, de puertas afuera del hogar. Conciencia de que como mujer puede ganar un espacio para enfrentar sus problemas inmediatos en tanto se organice como tal, en una especie de acto de fe como persona a la que las propias necesidades de su clase la empujan y determinan. Comienzan a darse intentos de unidad comprometida, dentro de la situación política, social, económica e histórica del Ecuador. Si se logra un programa único para avanzar en esta unidad de acción, que sea coherente en los dos aspectos de la liberación social y nacional, volviéndola a la mujer eje de su propio destino, en tanto que persona y ciudadana, se dará un salto hacia arriba, hacia el futuro.

Dos aspectos hay que destacar en estos encuentros: la presencia dinámica de la mujer campesina, de la mujer indígena, que ha enriquecido los análisis sobre la realidad ecuatoriana, y el alto nivel de acción y expresión de la solidaridad con los pueblos de nuestra América en lucha. El rechazo a la intervención norteamericana en Centro América y la comprensión de lo que la violencia imperialista quiere en Nicaragua, al desatar la acción de la CIA en contra de su soberanía, y el consecuente pronunciamiento en defensa de la paz, de la autodeterminación y de respeto a los pueblos hermanos, y al propio, por parte de las organizaciones populares y campesinas es un signo alentador y de esperanza para lo que viene.


[1] Texto escrito por Nela Martínez, primera mujer diputada de Ecuador, y feminista socialista, a los 81 años.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 9:02 pm

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