Ideas feministas de Nuestra América

╰♀╮ ╰♀╮

F.14 Hermila Galindo, Palabras al segundo Congreso Feminista de Yucatán, noviembre de 1916

:.

Hermila Galindo, Palabras al segundo Congreso Feminista de Yucatán, noviembre de 1916[1]

[Texto proporcionado por Eulalia Eligio González]

:.

Muy Honorable Asamblea.

Una palabra, en vía de preámbulo

Los vientos volubles del Golfo de México y de la grande y florida Perla Antillana-Canéfora del mar que se adelantó sobre el Atlántico como para presentar al Pordiosero de la Rávida al pristino homenaje de las aves de mil colores, de los tesoros maravillosos de la Cipango de Marco Polo y de las flores paradisiacas del Nuevo Mundo; esos vientos, repito, exacerbaron mis males crónicos del sistema bronquial, y he regresado a las costas de mi Patria en un estado tal de desmejoramiento de salud, que me detiene a mi pesar, y por prescripción médica, dentro del recinto de esta Metrópoli, privándome de concurrir personalmente a esa H. Asamblea, a la que envío desde aquí mi respetuosa y cordial salutación.

Vosotras, mis queridas coasociadas, no sabéis con qué profundo disgusto hago renuncia de este viaje que tanto anhelaba, ora porque me priva de daros el abrazo estrecho de la confraternidad, ora porque me ata, en cierta manera, impidiéndome el ir a enfrentarme con mis enemigos gratuitos en esa encantadora Península a la que me inclina un vehemente cariño de mi corazón, para defender personalmente aquel trabajo del mes de enero del corriente año que levantó en contra mía una tempestad difícil de ponderar, haciendo llover sobre mi humilde personalidad una tempestad de dicterios y saetas envenenadas en los manantiales de una virtud gazmoña y de una refinada hipocresía jesuítica. Se me tildó de propagadora del amor libre, y se estigmatizó mi trabajo con el candente y bochornoso dictado de inmoral; es decir, que se estimó como una labor antagónica de las buenas costumbres y minadora de los fundamentos sobre que descansa la familia y la sociedad. Y, para colmo de mi desdicha (si como desdicha estimara yo, y no como un señalado honor) esta actitud batalladora y hostil, no solamente se hizo patente, desde luego, entre algunas congresistas, sino que posteriormente, y penetrando más hondo todavía, hizo estallar el grito de indignación en un espíritu timorato, aunque varonil, saturado de escrúpulos de castidad ultramonjiles, que, ha tomado el estandarte de mis enemigas, marchando hacia mí con los ímpetus arrolladores de un Cid Campeador, y que, no obstante su amartelada fe en el triunfo divino de su virtud y de su moral, ha tenido la peregrina ocurrencia de firmarse con el doloroso pseudónimo de “Escéptico”, en lo que desde luego me ofrece una imponderable ventaja, y aún me hace aspirar anticipadamente los efluvios de las rosas del triunfo, toda vez que el pseudónimo no es sino el escudo con que se defiende el miedo.

Yo estoy firme en puesto, y, como el personaje simbólico del gran poeta portugués, cantado admirablemente por el estro enérgico y varonil de Nuñez de Arce, espero en pie.

“La catástrofe horrenda…que aún no viene.”

Por lo demás, y seré sincera, creo que en este asunto se ha formado una tempestad en un vaso de agua, y que toda la polvareda que, como una labor contraria a la moral, han levantado mil humildes, pero sinceras opiniones en pro de la redención de la mujer, no tiene razón alguna de poner en tanta tensión a los corazones espantadizos y timoratos, cuando tantos espíritus tan bien intencionados como el mío, (y perdonadme la propia alabanza) antes de mí, y en ambientes, circunstancias y tiempos mucho más delicados que por los que atravesamos en el actual momento histórico, han usado mis propias argumentaciones para defender a la mujer, y en prueba de mi acerto, y para no traer a colación más que un ejemplo, citaré a la maravillosa Monja-Jerónima, cuyo genio nadie se ha aventurado a discutir, a pesar de que fue grandemente opacado en su brillantez por el culteranismo reinante de su tiempo. De ella son estas redondillas, tomadas indistintamente de su ponderada y conocida composición de combate, en favor de la mujer envilecida por el vicio ajeno y anatematizada por la injusticia de la sociedad.

              Hombres necios, que culpáis (sic)

a la mujer sin razón;

sin ver que soís la ocasión

de lo mismo que culpáis.

Si con ansia sin igual

solicitáis su desden,

¿por qué quereís que obre bien,

si la incitáis al mal?

………………

¿Quién será más de culpar,

aunque cualquiera mal haga:

la que peca por la paga,

o el que paga por pecar?

……………

Tales versos, de un fondo y de una forma crudos en demasía, no provocaron la algarada de protesta, que mi trabajo ha provocado en el seno de esta misma Asamblea. ¿Qué hay en ello? ¿Malevolencia, mala inteligencia, gazmoñería? No lo sé; pero sea lo que fuere, yo, que profeso el axioma de Balmes, que afirma que: “de la discusión nace la luz”, repito que aún permanezco en pie, en espera de mis contrincantes, a los que, con la caballerosidad de los nobles hidalgos de los tiempos medioevales, les tiendo mi mano y les ofrezco en prenda de la sinceridad de mis convicciones, las propias columnas de mi semanario “Mujer Moderna”, para que me ataquen con todo el brío de que son capaces… Yo me defenderé, y la opinión pública, que es el Juez, decidirá sobre nuestra cuestión.

Por ahora, sólo os ruego benevolencia y consideración para la muy inteligente señorita que está en mi representación ante la respetable Asamblea; que representa por sí al progresista Estado de Guanajuato, cuna gloriosa de nuestras libertades, y en quien yo he delegado, además, las honrosas representaciones que se han conferido de la Secretaría de Instrucción Pública de esta ciudad, y de los Estados de Sonora, Durango y Sinaloa. La misma señorita Elena Torres, que es portadora de mis ideales feministas, y que está unificada conmigo en todas y cada una de mis ideas, presentará ante esa Asamblea el certificado médico que acredita mi enfermedad. Hago presente mi agradecimiento por su bondad a la referida señorita Torres, que nuevamente recomiendo a vuestra cordial benevolencia, y, esto dicho, entro en materia:

Señoras Congresistas; señores:

Por una delicada atención de algunas de las damas aquí presentes, galantemente secundada por el Primer Mandatario de este Estado, cábeme la honra de dirigiros la palabra en esta fiesta.

Dos razones poderosas, señoras congresistas, me han obligado a obrar en este sentido: la primera, que se relaciona directamente con los intereses del grupo al que defendemos quienes luchamos por la emancipación de la mujer y que, por lo tanto, no vacilo en calificar de interesantísimo y trascendental; y la segunda de orden, muy inferior, por cuanto se refiere únicamente a mi humilde persona, pero que aceptaréis por lo mismo, que para mí es de alto y sumo interés.

Voy a exponeros dichas razones; en el mes de enero de este año, cuando se celebro el Primer Congreso Feminista en este progresista Estado, fui galantemente invitada a asistir a él por el señor Coronel don José Domingo Ramírez Garrido, Jefe del Departamento de Educación en aquella época; pero compromisos ineludibles me privaron del placer de asistir a aquella brillante reunión. Sin embargo, deseando yo ardientemente estar, aun cuando fuera en espíritu, en el cónclave que iba a ocuparse de estudiar las cuestiones que directamente afectan el porvenir de la mujer mexicana, envié un humilde trabajo para que fuera leído, si se juzgaba digno de tal honor, en el Congreso que iba a reunirse. Mi modesta producción fue, en efecto, leída por el señor don César A. González, en la sesión inaugural del congreso; pero por razones que bien se explican y que yo bien alcanzaba a comprender, tan sólo al considerar que afectan a hondas preocupaciones que tienen su raíz en el pasado, levantó una tempestad de ideas contrarias, e hizo brotar un huracán de escándalo en el seno de la asamblea.

Y bien, pregunto yo, ¿había justicia para que mi trabajo despertara tamaña tempestad de imputaciones, cuando precisamente lo que se buscaba era que el libre pensamiento viniese a traer ideas nuevas que pudieran arrojar luz para la resolución de los arduos problemas que se debatían, y que seguirán debatiéndose, entre tanto no tenga resolución acertada, sobre todo, cuando el momento histórico actual ha venido a poner sobre el tapete de las discusiones todos los errores del pasado y todas las miserias del presente, para corregir aquellos y remediar éstas? ¿Qué, puede acaso curarse una llaga sin antes verla y analizar las causas que la produjeron, tan sólo porque causa asco a espíritus timoratos? Honradamente juzgo que no, y voy a procurar demostrarlo con razones que, por su verdad misma, llevaran ese convencimiento a vuestros cerebros de cultísimas damas.

La “Monografía sobre la Mujer”, que presenté yo al Primer Congreso Feminista, era un estudio serio y tranquilo de las causas que motivan el postergamiento en que hoy vive la mujer. En él se apuntaban de una manera sucinta los vicios de educación que hacen a la compañera del hombre, inhábil para la lucha de la existencia humana; se acusaban también los prejuicios, las preocupaciones, los fanatismos que, como villanos guías, conducen a la mujer por caminos extraviados y, por último, se exhibía, desenmascarada, la injusticia social que empuja brutalmente a la pobre mujer al negro precipicio del crimen y de la infamia.

Para dar fuerza a las indoctas palabras mías, se citaban en mi referido estudio las doctrinas de altos pensadores que han escrito sobre tan trascendental asunto, y con las cuales estaba yo de acuerdo, porque, o sus brillantísimas ideas habían obsesionado mi espíritu, o porque realmente estén ellos en posesión de la verdad.

Ahora bien, unos párrafos transcritos de mi monografía, párrafos copiados literalmente de libros de ilustres sociólogos, fueron la causa del escándalo producido en el Primer Congreso Feminista.

Las frases, si se quiere descarnadas, exentas de circunloquios sin el oropel de una falsa poesía con que dichos escritores expresan su pensamiento relativo a la psicología femenil, hizo que una dama se levantara nerviosamente de su sitial de congresista, y, con airado acento, pidiera el inmediato anatema para mi trabajo, presentándome como una propagadora de la inmoralidad.

Fijaos bien, ilustres señores, en que para condenar mi estudio y abrumarme personalmente con la formidable acusación de inmoral, no se atendió al fondo de mi trabajo, no se examinaron sus ideas, ni siquiera se hizo incapié en su tendencia general; sino que, tan sólo por unos párrafos de él, párrafos que, como he dicho y repito, fueron transcritos literalmente de obras de sociología, se pidió su destrucción, tal como si en pleno siglo XX rigieran aún, las espantables leyes inquisitoriales.

¿Era justo semejante proceder? ¿Creís, señoras, de buena fe que el estudio científico de una tesis, de cualquiera clase que sea, puede corromper las costumbres públicas, o que la verdad esté alguna vez reñida con las altas normas de la buena conducta? Apelo a vuestra honorabilidad para decidir este punto, y estoy segura de que diréis rotundamente que no, a menos que estiméis que una de las reglas del  buen vivir, impuesta no sé a nombre de qué  Dios o de qué moral, debe siempre tenernos los ojos cerrados a la luz, y proclamar abiertamente que nuestra inteligencia debe quedar inactiva, y no darse cuenta jamás ni de lo que hace, ni de lo que vale, para determinar su conducta orientándola hacia los altos fines de la humanidad.

El no haber estado yo presente en el Congreso y, por consecuencia, no haber podido aclarar en el acto ciertos puntos de mi trabajo, que pudieran aparecer sospechosos, dió margen a que las malas interpretaciones sobre mis ideas siguieran tomando cuerpo hasta convertirse en una ola de escándalo, porque de haber estado yo en la sesión en que fué leído, pude haber explicado a las damas que lo deturparon, el por qué no es inmoral, ni en el fondo ni en la forma; pude haberles dicho las razones que tuve al escribirlo, creyéndolo encaminado hacia un fin noble, y pude, por último, haberles explicado el propósito que me llevó a presentarlo como un trabajo especial en la fiesta de apertura del Primer Congreso Feminista de este Estado.

Así habrían sabido mis contrincantes que si las ideas expresadas en mi asenderado estudio eran las que profesábamos no sólo yo, sino conmigo la gran cantidad de señoras que forman las diversas sociedades feministas que he establecido en la República, y que me han hecho el honor de considerarme como su Directora General, eso no quería decir, en modo alguno, que estuviéramos casadas con dicha ideas, y que deseáramos, a toda costa, que fueran adoptadas por las que no piensan como nosotras, sino que, al contrario, queríamos oir autorizadas opiniones sobre dicho asunto, y por eso yo, en nombre de mis coasociadas, venía a presentarlo a un culto grupo de damas que, al discutirlo grave y tranquilamente, nos haría afirmar en esas ideas, si eran buenas, o nos sacaría de un error si acaso eran torcidas.

Esa fue la razón que tuve para presentar mi monografía en el Primer Congreso Feminista, y también por eso procuré que fuera leído antes de comenzar los trabajos a que iba a entregarse la ilustrada Corporación.

Quiero hacer notar, señoras, que mi estudio no absolvía en lo particular ninguno de los temas señalados para el congreso, él era solamente una exposición general de mis ideas, un esquema de los pensamientos en que se basaría la conducta futura de mis compañeras, la síntesis de la norma de conducta que debería seguirse para acabar con los prejuicios, con las preocupaciones, con las tiranías que hasta hoy se han opuesto, y seguirán oponiéndose, mientras existan, para que la mujer tenga en el mundo, y, sobre todo, en la nación mexicana, el lugar que le corresponde en el seno de la sociedad.

Mujer de mi tiempo, soy, por ende iconoclasta, mi espíritu no puede doblegarse ante ningún dogma, y, por lo mismo, no juzgo que una idea, por el hecho de haber surgido de un cerebro, universalmente reconocido como superior, deba aceptarse a priori. Los pensamientos vengan de donde vengan, deben ser discutidos: la razón debe penetrar en ellos, analizándolos para ver lo que tienen de verdad, o demostrar que son falsas urdimbres de mentiras y de engaños. Así es que, si mi trabajo estaba documentado en las ideas vertidas por altos psicólogos, que se han ocupado con prolijidad del palpitante asunto de la emancipación de la mujer, no por eso se juzgue que deseo que se acepten, a ojos cerrados, las ideas de los autores en que las he bebido.

Dignos son, a no dudar, de ser considerados como cultos sociólogos Bebel, Novicow, Klenck, Mailander, Kant, pero no por eso estamos obligadas a aceptar sus ideas desatentadamente. Los pensamientos en ellos expresados y defendidos con calor, pueden ser erróneos, pueden estar demasiado adelantados para la época en que vivimos, pueden ser falsos, quizá precisamente por haber nacido en cerebros superiores; hasta el proloquio vulgar dice: “que los grandes errores vienen de los grandes hombres” pero eso no quiere decir tampoco que tales pensamientos y que tales ideas, así nos parezcan monstruosas, deben desecharse con una sonrisa de desdeñosa indiferencia; eso sería colocarse precisamente al lado opuesto, y también erróneo, del “magister dixit”. No, señores, las ideas, cualesquiera que ellas sean, deben pasar por el tamiz del propio criterio, deben de cruzar bajo las horcas caudinas de un razonamiento frío; sólo de este modo puede llegar a poseerse la verdad, así sea en la dosis relativa a que puede aspirar la humanidad imperfecta.

Por eso fué, respetables congresistas, que yo, conociendo mi insignificancia  y consciente del enorme fardo de responsabilidad que pesa sobre mis débiles hombros, al habérseme designado como directora por aquellas mujeres de algunos Estados que principian a luchar por manumitirse, quise presentaros mis ideas sobre tan arduo asunto, a fin  de conocer vuestra autorizada opinión sobre ellas y seguirlas, o desecharlas, si vuestros razonamientos lograban convencerme. Ese fué mi anhelo al remitir mi trabajo, pero las preocupaciones arraigadas por un pasado de mucho siglos, que temen que se les destrone irremisiblemente, sepultándolas en el olvido, en donde deben quedar los errores y fanatismos que han atormentado a la pobre humanidad; hicieron el oficio de una bomba de dinamita, la cual, al acercársele el fuego de una mala voluntad, o de una mala interpretación, reventó estrepitosamente, causando formidable escándalo.

No tuve la satisfacción de que se me demostrara con razonamientos sólidos, que mis ideas eran malas, sino que en nombre de una moral que yo no comprendo, y, tras de cánones de conducta que no se citan, ni mucho menos se defienden, se condenó mi trabajo sin analizarlo, se le calificó de peligroso, se evitó que se le prestara atención, y, más, aún, con tono pontifical se pidió que se destruyese como indigno de figurar en una sociedad civilizada. ¡Así proceden siempre los fanatismos! ¡Tal ha sido, es y será siempre la obra, de todas las tiranías, ya sean intelectuales, religiosas o políticas! El que se separa de la norma usual, u oficial, el que se atreve a hacer uso de su razón para definir lo que es, a dónde va y cuál debe ser la norma suprema de sus acciones, se conquista el soberano desprecio de todos los que, dominados por su fanatismo, no quieren ver ni oir que el pasado tiene que desaparecer, o por lo menos, modificarse hondamente para que el progreso de los pueblos pueda verificarse.

Y ahora bien, mis queridas coasociadas, mis cariñosas compañeras, al tener conocimiento por la prensa de tan extraño acontecimiento, de seguro quedaron perplejas y en sus cerebros se levantaron arrolladoras tempestades de encontradas ideas.

¿Cómo, se dirían, si solamente unos párrafos del trabajo de nuestra Directora han bastado para que se le dé el título de inmoral, qué serán pues las ideas que en él expresa y defiende? ¿Qué horribles monstruosidades expondrá allí? ¿Cuán deformes no serán los pensamientos en dicho estudio desarrollados, cuando ni si quieran han merecido el honor de ser discutidos? Y ella fué en representación nuestra, y su palabra era el portavoz de nuestros ideales; por lo tanto, el dictado terrible que a ella se le ha dado tiene qué alcanzar a nosotras, y es espantable vestidura de escándalo se pegará ardiendo a nuestro hombros, y nos quemará eternamente sin apagarse jamás, como la terrible túnica de Neso, en la clásica leyenda griega.

Esos son, sin ningún género de duda, los pensamientos que han de haberse levantado en los cerebros de mis queridas coasociadas con el raro acontecimiento sucedido en el Primer Congreso Feminista de este Estado.

Consideréis, por tanto, ilustres señoras, que tienen razón mis compañeras para pensar así; pero convendréis también en que yo estoy en lo justo al no poder, al no querer conformarme con semejante resultado, que exalta mi ánimo y hace subir a mi rostro oleadas de indignación…. y casi diría de vergüenza, si esta palabra no envolviera en su significado extricto y noble una reprobación de la propia conciencia que yo estoy muy lejos de experimentar, toda vez que, y lo proclamo con mi más alta voz, he tenido siempre la sinceridad de poner en mis labios la honradez de mi corazón y el orgullo independiente de todos mis pensamientos.

¿Inmoral mi trabajo? ¿Y en qué estriba su inmoralidad? ¿En haber señalado defectos de nuestra organización social, en haber dicho cuál es el principal fin conforme a su naturaleza corresponde cumplir a la mujer en este mundo, no contrariando las cualidades que constituyen su ser, sino ampliándolas y desenvolviéndolas para darles una vida más larga, más amplia y más completa, ya que ni la mujer ni el hombre pueden dar importancia a su vida ni a sus funciones, ya animales, ya humanas, si éstas les son desconocidas?

¿Inmoral mi trabajo porque, basada en los principios en que debe descansar una moral científica, perfectamente inteligente, he reclamado en él mucha ilustración para la inteligencia de mi sexo, mucha educación para su voluntad, e igualdad completa de derechos con el hombre, ya que no hay ni puede haber motivo que funde la inferior condición en que se la tiene colocada, tanto más cuanto que, salva la diferencia del sexo, todas sus facultades son iguales, si no es que superiores, a las de aquel?

¿Inmoral mi trabajo porque no cuadra con reglas tradicionales de conducta, que no se han querido rectificar ni comprobar, porque rechaza toda imputación, ya sea en nombre del Estado o del dogma; porque reclama mucha luz para alumbrar a la mujer, haciéndola conocer sus altos destinos; porque pide una gran fuerza de voluntad para realizar su emancipación, a través de grandes obstáculos y venciendo dificultades enormes; porque, en una palabra, pide para la mujer completa libertad, es decir, la misma concedida al hombre para moverse sin travas en el desarrollo de su personalidad?

¿Inmoral mi trabajo porque pide que se enseñe a la mujer el camino de su perfeccionamiento, para que en posesión del secreto de su destino, que no debe serle como hasta hoy un misterio insondable vaya enamorada del ideal por el mundo, con toda la ternura y con toda la fe de su alma soñadora, con toda la constancia y con toda la abnegación de su corazón sensible, haciendo germinar el supremo amor del bien hondamente sentido y ardientemente buscado?

¿Su inmoralidad en qué estriba? ¿Es en la forma? ¿Es en el fondo?

Si la acusación de mis desturpadoras se refiere a la forma de mi estudio, debo declarar que, habiéndolo releído ya con calma, no he encontrado en él más que algunos párrafos transcritos allí, y tomados, lo repito de autores reconocidos como cultos y cuya fraseología podrá tacharse, si se quiere, de cruda, de descarnada, de poco poética, pero nunca de inmoral. Además yo estimo como un ridículo contrasentido el que se vea inmoral la forma de una cuestión de moral pura, tendente al mejoramiento social y basada en la propia naturaleza de la humanidad. ¿Tendré qué advertir que hablo de la moral íntima del corazón y no de la moral de ipidermis que es a lo que ha reducido la moral la hipocresía de masa clericalesca, que parece ignorar que la Biblia, y, sobre todo, el Testamento Antiguo al modo que todas las grandes obras, como el Quijote, el Paraíso Perdido y la Divina Comedia, encierra en sus páginas crudeces que ruborizarían a la misma “Naná”… señoras, yo no juzgo inmoral sino lo pornográfico, el propio Zolá no es para mi sino un sano tratado de moral.

De manera que hoy como ayer he creido y creo que en una reunión donde vienen a tratarse altos y delicados asuntos sociales, donde deben desenmascararse los vicios humanos que no son otra cosa que podredumbre de los espíritus, donde deben exteriorizarse las verdades, así sean asquerosas como las llagas, en una reunión, en fin, eminentemente científica, no deben tratarse los asuntos con frases empapadas en mentirosa miel poética, no es preciso buscar perífrasis para externar los pensamientos, no es conveniente velar de tal modo las ideas, que más deban ser adivinadas que oídas por el selecto auditorio. Eso he creído siempre y más me he afirmado en mi creencia, cuando he vuelto a leer las crónicas de las sesiones del Congreso, en las cuales constan frases de las oradoras que en esas sesiones tomaron  la palabra y que alcanzan en crudeza a los párrafos tachados de inmorales en mi trabajo.

Para no fatigar mucho vuestra bondadosa atención, voy a transcribir solamente dos trozos del dictamen presentado por las ilustres congresistas señora Porfiria Avila C. de Rosado y señoritas Clara Steger Lege y Elena Osorio C., quienes tuvieron a su cargo absolver el primer tema presentado al Congreso.

Dice literalmente el dictamen en la parte conducente:

“¿Cuáles son los medios que deben emplearse para manumitir a la mujer del yugo de las tradiciones? Está fuera de duda que el primer medio que hay qué emplear o la primera obra que hay qué hacer, es desfanatizar la conciencia de ella; hacer que caigan de sus altares las divinidades que hasta ahora la han mantenido de rodillas y con la mirada al cielo en vez de levantar la frente, y dirigir la mirada escrutando el horizonte. Hacerle conocer sus cualidades antropológicas, su condición biológica, su naturaleza, su origen, para que, comprendiendo lo que es, pueda, apoyada en la ciencia, romper el cerco de tradiciones y de errores en que se encuentra aprisionada. Hacer que esta obra de verdadera ciencia y cultura se imparta en las escuelas haciendo a un lado temores y respetos sociales que sólo sirven para hacer que vivan y persistan los errores. Tenemos, por tanto, a la Escuela Primaria con el sagrado deber de formar una mujer libre y consciente del mañana”.

Otra manera de desfanatizar a la mujer púber es instituyendo extensiones universitarias o conferencias que tengan por objeto sustituir los errores que abrigan con los verdaderos dictados de la cultura; quitar en su espíritu la religión de lo sobrenatural y sustituirla con la ciencia y el arte.

“Otra tradición de que hay que descargar a la mujer es la de que sólo sirve para reproducir la especie y cuidar de su prole. Si el alma de la mujer fuera igual a la de cualquiera otra especie de mamíferos, habría que conformarse con el cumplimiento de esta ley natural pero teniendo un cerebro más capacitado para la comprensión del Universo, puede perfectamente simplificar estas tareas naturales y dedicar sus energías y su tiempo a ocupaciones que le permitan laborar por su existencia y por la cultura social. En consecuencia, es necesario enseñar a la mujer la simplificación de sus tareas naturales. En las Escuelas, en la sociedad, está vedado a la mujer hablar y conocer los fenómenos que tiene lugar en su naturaleza. La religión ha querido que ignore su sexo para tenerla siempre ignorante y poderla explotar”.

“No sabemos más que de un educador belga que se propuso, en conferencias públicas  hacer conocer a las mujeres todos los fenómenos de la concepción, pues las escuelas todavía se agitan en el vaho de prejuicios generados por las ciencias”.

Y todavía más, en la parte resolutiva de ese dictámen se asienta en la tercera conclusión:

“Debe ministrarse a la mujer conocimientos de su naturaleza y de los fenómenos que en ella tienen lugar. Estos conocimientos pertenecerán a las Escuelas Primarias Superiores, a las Normales, a la Secundaria y siempre que se tenga seguridad de que la mujer adquiere o ha adquirido ya la facultad de concebir”.

Bien vereís, señoras congresistas, que en los párrafos transcritos el lenguaje es claro, preciso, científico pero a la vez desprovisto de malicia, excento de intención dolosa, y, por consecuencia, sería verdaderamente injusto tildarlo de inmoral.

Con demasiada razón la Sra. Avila de Rosado, al ver que parte del público parecía escandalizarse al oír la palabra “concebir” ella donosamente preguntó, como es que nadie se escandalizaba de que se enseñe a los niños a decir la misma palabra al hacerles aprender la oración católica denominada “Credo”.

Y no se me objete que también fueron tachadas de inmorales las conclusiones presentadas por la comisión encargada de absolver el primer tema y de las cuales he citado la única que, podrá tacharse de estar redactada en un lenguaje descarnado, porque lo que solamente prueba semejante proceder del Congreso, es que en él existen elementos reaccionarios, y, por qué no decirlo, ignorantes, toda vez que fueron desechadas las conclusiones presentadas por la Comisión; conclusiones basadas en la ciencia, conclusiones hijas de un estudio serio, y concienzudo del asunto que se tenía que resolver, y en cambio se aceptaron y aprobaron las del voto particular de la señora Carolina Falero Vda. de Lauri, las cuales permítase decirlo, no tenían base científica, y por lo tanto, ninguna aplicación en la vida práctica; baste decir que siendo seis dichas conclusiones, en tres de ellas se preconizaba el que se apartara a la mujer de todo contacto con las religiones, y en las otras tres, el que se le educara en un ambiente libre de preocupaciones; pero en ninguna de las conclusiones de la señora Falero se trataba de la manera de educar a la mujer, de la clase de armas intelectuales con que debía ser provista para la ruda brega por la existencia; por lo mismo, tales conclusiones eran palabras, palabras y más palabras, que de nada servirán a la emancipación de la mujer.

Pero todavía más, señoras congresistas: aunque se dijo que el dictamen de la Comisión ofendía el pudor, no se llego al límite de pedirse que tal dictamen fuera destruido, ni se dió a las damas que componían la Comisión el calificativo de mujeres corruptoras de las costumbres.

Tan amargo privilegio estaba reservado para mí y mi estudio, en el que no existían frases más descarnadas que las que acabo de transcribir, en el que no había palabras que hirieran el pudor, sino que su falta consistía en que estaba escrito en el lenguaje claro, preciso, frío, que el asunto en él trato requería.

Como se vé, no fuí yo la única que se expresó de esta manera en el Congreso, no fui yo la única que hice uso de un léxico científico, de un léxico excento de circunloquios, carente de oropeles retóricos; por lo mismo, no era justo que a mí solamente se me lapidara con tal anatema, y, por ende, convendreís conmigo, señoras congresistas, en que tengo razón en protestar enérgicamente como lo hago, contra el dictado de inmoral que se me dió y contra la oposición para que mi trabajo fuera estudiado y discutido.

Pero quedará todavía en vosotras una grave sospecha; tal vez pensareís: la inmoralidad de dicho estudio no estaba precisamente en la forma, aún cuando ésta haya parecido dura a cerebros timoratos; sino que tal vez la inmoralidad residía en los principios en él defendidos, en las ideas en él expresadas, en las doctrinas en él expuestas. A esto debo contestaros, ilustres señoras, que, lejos de eso, procuraba yo apuntar en mi estudio las ideas que me parecieron fáciles de llevarse a la práctica para levantar a la mujer de la postracción en que, tanto vosotras como yo, estamos acordes que se encuentra.

Después de delinear las causas que a mi juicio motivan este estado de abyección, causas que puedo sintetizar en estas tres: preocupación religiosa, ignorancia, y absurda educación civil; exponía que la manera de liberar a la mitad del género humano, era dar los pasos conducentes para arrancarla de la superstición, hacerla que adquiera los conocimientos necesarios para que lograra bastarse a sí misma en la rudísima lucha por la eistencia (sic), y procurar que tuviera la educación racional que había de ser su salvaguardia y la salvaguardia de la raza.

Dije a propósito de esto, fundada en las doctrinas de Schopenhauer, Kant, Mailander, Klencke, Lutero, Novicow, Bebel y algunos otros, que el instinto que tiene por noble fin la reproducción de la especie, es el eje sobre que constantemente giran todas las acciones humanas; pero que es más rudo en la mujer que en el hombre por variadas y complexas  razones, tanto fisiológicas como sociológicas, y que, por lo tanto, el no procurar encausarlo hacia el bien, (entiéndase esto con claridad) unido a lo inadecuado de las leyes sociales, y a los rancios prejuicios que aún envenenan a la sociedad de hoy, son la causa eficiente, la causa inmediata de miles de crímenes, de suicidios, de infanticidios, de vicios reprobables y que a eso únicamente es debido que centenares de miles de mujeres se lancen al negro abismo del vicio, y seres que pudieran ser útiles a la sociedad queden convertidas en asquerosas piltrafas humanas.

¿Hay en esto algo de inmoral? ¿Es mentira la tésis sostenida por los altos pensadores que he citado? Juzgo que nó, porque, con resultados por mí, doctores en medicina de reconocido saber y honorabilidad, cuyas opiniones adjunto a este trabajo, no han vacilado en darme por escrito sus ideas a este respecto, estando todos acordes en la tésis de los autores a que venga haciendo referencia.

Si, pues, esa tésis es verdad, ¿por qué espantarse de que haya yo fundado en ella ciertos razonamientos de mi humilde trabajo? ¿por qué escandalizarse de que haya yo citado esa tésis para que, conocida la llaga, procuremos aplicarle el remedio necesario?

Es preciso no huir de la luz; es preciso no engañarnos a nosotras mismas. En cuestiones de alta trascendencia debe verse la verdad cara a cara; no hay que rehuir enfrentarse con las póstumas sociales, aunque éstas nos den náuceas y nos causen horror. Obrar de otro modo indica debilidad y miedo. No queremos tapar el sol con una mano; no finjamos que no existe el peligro porque no queremos verle; no hagamos lo que los pavos salvajes cuando son perseguidos: ocultar la cabeza entre los freñales, creyendo que ya no existe el peligro porque no lo ven. Es preciso ser fuertes de espíritu y encararse con el peligro real o ficticio, para combatirlo en el primer caso o para destruir la alucinación en el segundo.

Esta fué mi idea al estudiar la psíquis de la mujer en mi trabajo, éste mi pensamiento al señalar en él los peligros que juzgué reales y proponer los medios que me parecieron a propósito para salvar de tales peligros a la mujer.

Y no debí de andar tan desencaminada en mis conclusiones y en los medios que señalaba como salvaguardias para soliviantar a la mujer, cuando en las conclusiones presentadas por la Comisión que tuvo a su cargo absolver el primer tema, encuentro la misma idea por mí emitida para defender al bello sexo de los factores que la empujan al vicio: el que se la ilustre en lo relativo a los fenómenos que en ella tienen lugar.

Sin embargo, por haber expresado yo casi la misma idea que la que expuso la comisión, no sólo fuí atacada con vehemencia en el seno del Congreso, sino que también un escritor peninsular, me hizo públicamente la acusación de que yo pregonaba el amor libre de manera que hasta los oídos púdicos de un escritor se sintieron lastimados por las teorías sustentadas en mi trabajo, como de seguro deberían haberse ruborizado los de las jóvenes secuestradas en los claustros para apartar de su mente toda idea pecaminosa que les llevaría sin duda el convencimiento de saber lo que son y para qué sirven los órganos de que la naturaleza las ha dotado, en el remoto caso de que mi trabajo hubiera podido llegar a sus manos.

Y bien: yo que estoy dispuesta a la lucha y que no me arredran los calificativos por infamantes que sean, cuando se trata de la realización de una obra que yo juzgo eminentemente humanitaria y progresista; ya que sin desernimiento se trajo al debate la cuestión del amor libre, yo no quiero devolver la ofensa con otra igual o más grave, cosa que ni mi educación ni la dignidad de los ideales que persigo me permitirían hacer, sino que pido que el asunto se estudie detenidamente y se discuta hasta donde sea necesario con toda la serenidad que la naturaleza de él exije, para que no quede la menor duda ni respecto de mi alteza de miras, ni del contenido del programa cuya realización persigo.

Yo, señoras congresistas, laboro por esta tésis: la emancipación de la mujer del estado de abyección en que se encuentra, y, su dignificación dándole los medios indispensables para confortarla con su alta misión en la sociedad. Esos son mis más vehementes anhelos y a ellos se encaminarán los afanes entusiastas de toda mi vida y de acuerdo con estos propósitos busco un alto ideal de libertad y progreso que, poniendo a la mujer al nivel del hombre, la comprenda no sólo nominalmente de la misma ilustración y justicia, sino que le otorgue los mismos derechos y las mismas prerrogativas, que se conceden al sexo fuerte. Creo que logrado esto, ya no habrá peligros de que caminen llena de temores y sufriendo todas las pruebas que, lejos de vencer su virtud fortificarán su espíritu, y libre ya de prejuicios, conocerá el camino del deber trasado por la razón e indicado por la experiencia, único que conduce a la estimación de las personas honradas, merecido galardón de las almas rectas y la más grande ambicionado de las desdichas humanas: la satisfacción de la propia conciencia.

La honorable Comisión encargada de absolver el primer tema, dice textualmente en una de sus partes: “La religión ha querido que ignore su sexo para tenerla siempre ignorante y poderla explotar.” Y, en efecto: en la educación tradicional de la mujer mexicana se ha considerado como una necesidad imperiosa, y como tal, ineludible, tenerla en constante tutela para evitar que su candor se empañe con la malicia del mundo, y que la pureza de su alma se mancille con el hálito pecaminoso de las tentaciones que por todas partes la solicitan para desviarla de la senda del bien, perturbando su fantasía con locos ensueños cuya falsa urdimbre no comprende, porque no se le ha enseñado a buscar la verdad y con la promesa de una gloria que no sabemos si existe, se la tiene sujeta como a un potro por medio del freno, como a una mole en suspensión por medio de la palanca pues ignorante y sin carácter es incapaz de gobernarse por sí misma, girando al acaso inhábil para orientarse, siendo buena o mala según las circunstancias, y si no cae, no es precisamente por sus propios esfuerzos para vencer en la lucha, sino porque ha tenido a su lado un guardián que no es sin duda su propia voluntad. Mientras que por el contrario, si se le ilustrase y educase debidamente, las fuerzas perturbadoras no la inquietarán jamás; por sí sóla se dirigirá siempre hacia el bien como la brújula hacia el Norte y con la ecuanimidad propia de las almas que aman el bien por el bien mismo, irá hacia él, subiendo con las alas del pensamiento hacia las regiones del infinito; saciará su curiosidad por lo desconocido, llenará su corazón de sentimientos nobles, esparcirá en el hogar el perfume delicado de sus virtudes y, en una palabra, disipando la nube negra de la ignorancia que la tiene atada a un yugo que la envilece y que la reduce a un ente sin conciencia y sin aspiraciones, apreciará las ventajas de la independencia y las bellezas de la verdad.

Sí, quitad a la mujer el temor del que dirán; disipad en ella ese terror de las penas del infierno con que la amenazan la superstición y la tradición; dadle libertad amplia ilustrando su espíritu y educando su voluntad y la habréis dignificado y elevado. Tuvo razón el poeta latino que dijo:

“Ipsa libertas

Nequitiat semina cagitiora facit.”

La libertad misma quita a la semilla del mal su acción.

Ahora bien, yo pregunto a mis deturpadores: ¿es esto predicar el amor libre? Y si me contestaran afirmativamente, yo permitiría decirles: dejad a un lado vuestra intransigencia, no os hinchéis de cólera ni enseñéis los dientes amenazantes, y ya que os consideráis guardianes incorruptibles de la moral, permitidme que os pregunte con otro poeta romano: ¿Cuál es la naturaleza del bien y lo más alto de él?

¿Quae sit natura boni summumque quid ejeso?

En el trabajo que con tanta aspereza pedían mis detractoras que fuera entregado a la mano del verdugo, no hay ni una sola palabra que autorice a suponer siquiera que yo defiendo el amor libre si por esto se entiende que juzgo que la mujer debe perseguir como ideal de perfeccionamiento y liberación, el comercio de su cuerpo, o sea la venta de sus caricias, o, por lo menos, que sean los placeres de la carne y la satisfacción de los bajos apetitos que engendra, el desiderátum supremo de la vida de la mujer.

Mas, suponiendo que el espíritu de la calumnia pudiese hacerme imputación semejante, cosa que no me causaría extrañeza, porque los fanatismos conducen siempre a los mayores extremos, yo plantearía este dilema a mis jueces o sea a los que se han arrogado el derecho de condenarme: ¿qué es más censurable, la conducta de la mujer que en aras de ese sentimiento sublime que eleva y dignifica, de ese sentimiento que se llama amor, por medio del cual existe el mundo y se ha redimido al mismo, se entrega al hombre de sus sueños sin mediar formulismos humanos y se consagra después a educar debidamente al hijo de sus amores, o la conducta de algunos de los que llaman directores de almas que hacen pasto de su concupicencia en esa multitud de vírgenes incautas, arrancadas al hogar en edad temprana, para sepultarlas en las frías celdas de un claustro y desposarlas con una ilusión engañosa que las separa del mundo o la conducta también de ese enorme piara de los pastores del aprisco del señor, que no son más que lobos con la piel de oveja, de negra vestidura, para encubrir una conciencia más negra todavía, que se engolfan con los goces de la carne, infiltrando el virus de la corrupción en el corazón de la doncella, que con la mayor inocencia ocurre a ellos pidiéndoles consejos que la guíen en sus castos amores, y que depositan el germen de la duda que incita al adulterio, en el espíritu suspicaz de la casada, que tiene la debilidad de referirles las intimidades del tálamo?

Yo invito en toda forma a mis sensores, a esos que se consideran los paladines de la moral, para que me digan dónde hay más peligro para las buenas costumbres: en la vacante que, convertida en sacerdotisa de la copa del placer, cruza por el pantano del vicio, con los ojos llameantes, repartiendo sonrisas para traer el rebaño de Epicurio que se agita en el fango como los gusanos en el cieno a los rayos cálidos del sol naciente, o en la conducta hipócrita del que corrompe y pervierte sentado en el lúgubre rincón de un confesionario?

Yo pregunto: ¿quién peca más: la que se corrompe a la luz pública, causando el asco de los buenos y ahuyentando de su lado a la gente digna, o la que aparece ante el mundo llena de virtudes, de candor y de inocencia y en la soledad de su cuarto se entrega a contemplar cuadros pornográficos, que se deleita con la lectura cruda de autores naturalistas, y que por ende, se complace en los placeres solitarios?

¡No! Yo no puedo ser llamada propagandista de inmoralidades, porque repugna abiertamente que la mujer trafique con su cuerpo, convirtiéndose en una mercancía apreciable en dinero, como repruebo también que la mujer vaya a formar familia con un hombre a quien no quiere y a quien tal vez odia, sólo porque así lo exige las conveniencias, aunque semejante unión revista la forma de la ley, y aunque sea santificada con todas las bendiciones de la Iglesia. Sin amor, el matrimonio es un negocio, y sin él el hogar se convierte en un infierno, en lugar de ser el centro de todos los afectos íntimos en donde se cultiven las virtudes y en donde se forjen el alma y el temple de las generaciones del porvenir. Y no se me diga que es ésto proclamar el amor libre, porque el día que la mujer se encuentre frente al hombre, con los mismos derechos y prerrogativas, nuevas leyes indicarán los derechos y obligaciones de los interesados, y los mandamientos sociales no harán sino variar, adecuándose al medio.

Me permitiréis que aquí haga algunas reminicencias. El catolicismo romano, llevado por la ambición que desde sus principios reveló la tendencia de llegar a adquirir el imperio de los pueblos, imponiendo sus dogmas a la conciencia de los hombres, por cuantos medios estuvieron a su alcance, no sólo proclamó abiertamente que vinieron de Dios el poder de la Iglesia, a ella debían estar subordinados todos los reyes y todas las potestades de la tierra, a las que podía castigar, y hasta deponer, cuando no fueran solícitos en ajustarse a sus mandatos, sino que también procuró intervenir en los actos más importantes de la vida humana, a los que elevó a la categoría de sacramentos, para poderse atribuir sobre ellos una autoridad divina.

Antes del advenimiento del cristianismo, el matrimonio había sido tenido como simple contrato consensual, que se celebraba en ciertas formas y con determinadas solemnidades: aquella y éstas eran, más bien que parte de su esencia, la manera de probar su celebración, y la condición, para que pudieran producir efectos legales. Las frases que todavía emplea la Iglesia en su ritual del matrimonio, las arras que dá el marido y que la mujer acepta, y la tradición de los cuerpos de los contrayentes, son exactamente las formas del contrato por la balanza y el peso “per aes et libran”, que era precisamente uno de los medios que la ley daba al marido para adquirir derechos sobre la mujer.

La Iglesia, con esa habilidad que es preciso reconocerle, aceptó lisa y llanamente las formalidades de la compra, que era el medio más general y común para que la mujer callese en poder del varón; se conformó al uso establecido por las costumbres y sanciono por la ley, evitando introducir innovaciones que, chocando abiertamente con aquella y ésta, pudiera haber sido rechazadas, y de esta manera, sin hacerlos sentir, cabió la escencia del acto e impuso su autoridad haciendo su intervención indispensable para celebrarlo.

Con igual propósito la Iglesia no quiso contrariar los demás usos consagrados por la ley romana, y así, hecha excepción del derecho que ésta confería al marido para repudiar a la mujer, consagró en sus cánones la completa sujeción de la esposa al marido. Las naciones en que el cristianismo dominó como religión única, durante varios siglos, y a las que, como sólo depositaria del poder divino, impuso su voluntad despótica, han conservado en sus leyes si no todas, sí la mayor parte de las instituciones del pasado. Así se explica que el Código Civil, expedido en México por el gran Patricio, haya producido en su mayor parte la organización de la familia, tal como la consagró el derecho Canónico. Conforme a ese Código, vigente hoy en la mayor parte de los Estados de la República, la mujer en el hogar no tiene ningún derecho: excluida de la participación de la cosa pública, no tiene personalidad para celebrar ningún contrato, no puede ni disponer de sus bienes propios, ni siquiera administrarlos, y está incapacidad para defenderse hasta contra los mismos despilfarros del marido, aún en el caso de que éste se sirva de ellos para los usos más innobles y más ofensivos a su delicadeza. Carece de toda facultad sobre sus hijos, no tiene derecho de intervenir en su educación, y a tal grado está supeditada a la voluntad del esposo, que éste, al morir, puede ordenar que su consorte consulte el parecer de determinadas personas, de tal modo que, si no lo hace, podrá ser privada de la potestad sobre sus hijos.

Este es, señoras congresistas, el cuadro de sujeción en que se encuentra la mujer mexicana, sujeción que no me cansaré de repetir, está grabada por su estado de ignorancia, y por su completa falta de prerrogativas y derechos. Hay, pues, que combatir esos grandes vicios, y yo seguiré luchando contra ellos, aunque de las filas de la arbitrariedad y el obscurantismo salgan voces de ira para maldecirme, y aunque se me presenten los puños amenazantes para cerrar mis labios, y aunque no falten congresistas y escritores que ni saben lo que quieren, ni lo que condenan.

Por fortuna la revolución trae entre sus grandes promesas la destrucción de ese pasado de infamia, y los que tenemos fe en ella, y en la honradez de sus jefes, esperamos que, asi como se ha decretado ya el divorcio, que es un progreso, se organizará en no lejano día, la familia mexicana, haciendo que la mujer sea la igual del hombre, y que, por lo mismo, tenga iguales derechos y prerrogativas. La familia mexicana reposará sobre el amor, y la mujer, dignificada y ennoblecida no necesitará del temor para llenar su misión sino que la realizará con todo el entusiasmo y con toda la fe en el porvenir: la aureola del saber ceñirá su frente y la hará resplandecer por donde quiera que dirija su paso, su corazón  se sentirá poderoso bajo la egida inexpugnable de su propia virtud, la que, por su misma fuerza, impondrá el respeto, y al unir su destino con el elegido de su corazón, participará de sus dichas y compartirá sus dolores haciendo hermoso el sendero de la vida.

Ya, señoras congresistas, que habéis tenido la amabilidad de escucharme hasta aquí, con un asunto casi personal mío, que de buena voluntad habría dejado pasar en silencio, si los ataques a mi persona no hubieran estado tan íntimamente ligados con la causa que defiendo, pues, habréis visto, se me han dirigido improperios e insultos, no por razón de mi conducta privada, sino de razón de las ideas expresadas en mi trabajo anterior, natural era, por lo mismo que, más que defender mi persona, tuviera que defender aquellas para exponerlas y explicarlas ampliamente.

Ahora permitiréis que ocupe vuestra atención para deciros lo que pienso sobre las diversas cuestiones que abarca el programa que debe llenar este Congreso, tanto más cuanto que, ligadas esas cuestiones íntimamente con el programa que yo persigo, y que en mis grandes anhelos por el desenvolvimiento y dignificación de la mujer, me han inspirado, después de largas y profundas meditaciones, mi opinión particular sobre ellas, no es ni pueden ser otra cosa que la consecuencia natural y forzosa de las ideas capitales que antes he expuesto.

Se ha reconocido, señoras, como un hecho incontrovertible, admitido ya por todos, amigos y enemigos, que el fondo de la naturaleza orgánica es la lucha por la vida, supuesto que ésta es el equilibrio de las diversas fuerzas cuya acción y concurrencia es la resultante, y que, por consiguiente, para conservarla, es indispensable una serie de acciones y reacciones directamente encaminadas, ya a mantener la concurrencia de las fuerzas conservadoras, ya a contrarrestar o reparar el efecto perturbador de las fuerzas contrarias.

De este hecho universal y constante, dedujo el gran Darwin la ley primordial de la selección natural, según la que, los individuos que por razón de su extructura están mejor dotados, o mejor adaptados a las condiciones del medio ambiente, o sea a las condiciones necesarias para la realización de la existencia, son los que triunfan en la gran contienda.

Esta ley natural ha servido a Spencer para formular, tratándose de la vida animal, el gran principio de la relación entre la conducta y las consecuencias que de ellas resultan, y para establecer, tratándose de los seres racionales, la obligación que tiene cada uno para laborar por su propio perfeccionamiento, sin estorbar o entorpecer el perfeccionamiento de sus semejantes; y, por lo tanto, la subordinación de sí mismo, no sólo a lo que su naturaleza reclama y a lo que reclama también la naturaleza de sus semejantes, sino lo que forzosamente exigen la conservación de la especie y de la sociedad en que vive, subordinación que, debe tener siempre la prelacía y ser, por lo mismo, preferida, en caso de conflicto de deberes.

Desde luego el hombre elige, y, por ende, tiene el poder de seleccionar; es, por regla general, y aún cuando a priori, conocedor de algunas leyes biológicas; por lo mismo, cuando se fija en la que ha de ser la compañera de su vida, y, en consecuencia, la madre de sus hijos, de seguro no tomará nunca a quien padezca determinado género de enfermedades o a quien sufra de ciertas anormalidades. Pero la mujer, la pobre mujer que empieza por no tener otro derecho que el de aceptar o rechazar a quien la ha elegido, y que, ayuna de conocimientos fisiológicos va a ciegas en lo que respecta a enfermedades o deformidades, millares de veces ha sido y será víctima de su ignorancia, víctima de la culpable ignorancia en que un pudor mal entendido la ha tenido y aún la tiene encenegada. De allí que, en el trabajo anterior que tantos improperios me ha valido, pidiera yo que fuera instruída en determinados conocimientos fisiológicos, cuando alcanzara la edad a propósito para ello, y fundada seguramente en razones semejantes, la honorable comisión que absolvió el primer tema hacía igual petición, en las conclusiones que presentó al Congreso. Esto en mi humilde opinión, era señalar un peligro real, un peligro efectivo e insinuar a la vez, el modo práctico de combatirlo, y puede ser, puede ser que de extirparlo.

Como se vé, la ley de la selección natural, debe servir de base a las leyes sociales, y por eso los Gobiernos que quieran llenar debidamente su misión, tiene que procurarse, de una manera principal y primaria, en dar a las instituciones, la virtud de producir individuos aptos para la vida en sus diversas manifestaciones y en sus múltiples exigencias, y constituir una organización social amplia y poderosa que, a la vez que asegure el desenvolvimiento y fortificación de la persona individual, haga indestructible, sólida y robusta la prosperidad común asegurando preferentemente los intereses de la especie y de la sociedad.

Así lo han comprendido, sin duda el Jefe Supremo de la revolución y los distinguidos miembros de la comisión de Legislación Social que con él laboran, según lo demuestra la ley general que hizo posible la adopción del divorcio en la federación mexicana, y la que lo estableció en el Distrito Federal y Territorios. Y en efecto, la organización del matrimonio establecido por el Derecho Canónico, adoptada en la mayor parte de los pueblos en que dominó el catolicismo romano, no buscó las causas impedientes y las dirimentes del acto más que en los vicios de consentimiento, en la violación de la forma, en la diversidad de religión, existencia de un matrimonio anterior, de voto religioso y en la inhabilidad absoluta e incurable para llenar el fin del matrimonio, y al establecer el divorcio sólo como separación de cuerpos, fijó como causas de él la violación de las capitulaciones matrimoniales, la sevicia, las injurias graves, la propuesta para corromper a los hijos o del marido para corromper a la mujer, sin preocuparse en lo más mínimo de otras graves causas que no sólo autorizaban, sino que exigían  imperiosamente la separación de los consortes.

Está demostrado por la experiencia de muchos años, bien dolorosa por cierto, que tal sistema ni aseguraba los intereses de la especie, ni los de la sociedad, así como tampoco daba estabilidad a los derechos de los consortes adaptando debidamente el matrimonio a sus fines esenciales y satisfaciendo también los legítimos intereses particulares de los consortes.

El Derecho Canónico, se preocupó de la diversidad de religión y de la existencia del voto monástico para impedir el matrimonio pero no prestó la menor atención a las enfermedades y lacras, que, sin hacer imposibles las relaciones sexuales entre los casados, son, sin embargo, causas poderosas de degeneración social, tanto por la propagación inevitable de aquellas, como porque, sin duda y sin discusión, dan lugar a la existencia de seres mal adaptados para la vida, que, además de ser una degeneración de la especie, son una carga pesada y peligrosa para la sociedad en que viven.

El divorcio como simple separación de los cuerpos, tiene el grandísimo inconveniente de contrariar abiertamente los fines del matrimonio, porque, además de que es por sí incapaz de restablecer la concordia entre los consortes desavenidos, los condena al celibato o los empuja a uniones pasajeras e informales que han sido, son y serán perjudiciales, y más diré, funestas para la sociedad y para la familia.

Señoras congresistas, para que el esfuerzo humano sea, fructuoso, para que no corra tras de una quimera de ilusiones engañosas que se deshagan al contacto de la realidad, es preciso que la marcha de los pueblos sea firme y segura y esto no podrá lograrse sino mediante una adaptación cada día mejor para todas las funciones de la vida; la marcha ascendente del progreso es siempre lenta, siempre estorbada por el mal, entristecida por los desengaños y agitada por las pasiones y no se logrará por lo tanto, sino a costa de grandes sacrificios, en la que sólo saldrán avantes los más aptos y los mejor provistos para la lucha, adaptación que no se conseguirá jamás sino con el uso de las fuerzas naturales, y ajustándose extrictamente a sus mandatos, entre ellos el de la selección natural. Por eso es que yo he aplaudido y seguiré aplaudiendo con ambas manos y con toda la pasión propia de mi carácter, las leyes revolucionarias a que acabo de referirme, desde el momento en que, por primera vez se plantea y reconoce esa gran ley de la selección natural en la Legislacion Mexicana. Pero para que esta ley dé los frutos que con ella se persiguen, es necesario de todo punto que las mujeres gozen de las mismas prerrogativas que los hombres en lo relativo a seleccionar, pues solamente de este modo se impedirá que en la legislación que nos ocupa, quede una laguna que retardaría indefinidamente la evolución en este sentido. La mujer puede contribuir eficazmente con su intervención más o menos directa en el acto selectivo, lográndose así que no se desvirtúen por un prurito de mal entendidos escrúpulos, los propósitos y finalidades de una reforma social de importancia capital para el porvenir de la especie. Nosotras pues, identificándonos plenamente con ese propósito regenerador, y sin aprensiones de ningún género que no tienen razón de ser, desde el punto altamente filosófico y humano, debemos exigir al Gobierno que nos conceda aquellas prerrogativas indispensables para el buen funcionamiento en lo concerniente de la legislación a que vengo haciendo referencia, pues siendo las leyes un reflejo de las costumbres, es inconvertible que al gozar sólo los hombres de las prerrogativas de selección, aquellas serán desvirtuadas cuantas veces la mujer sugestionada en su ignorancia por el sexo contrario o llevada por una pasión irreflexiva o caprichosa se dejase arrastrar por las impresiones del momento. Para ser más explícita fundaré mi aserto con un ejemplo: un hombre que ante la ley respectiva está inhabilitado para contraer matrimonio debido a deformidades orgánicas o del espíritu, logra impresionar a una señorita que sufra alguna de las dos debilidades mencionadas arriba, y ésta en vista de que teme ser condenada al celibato eterno, o impulsada por un deseo irresistible de su naturaleza (deseo que puede ser espiritual u orgánico) resuelve defraudar la prohibitiva ley contrayendo una unión a espaldas de la misma. Y en tal caso como bien se comprende, el lesionado moral o físicamente es un tercero a quien la ley fué impotente para defender. Hay que tener en cuenta de modo especial, que el tercero lesionado, puede representar a toda una generación. Este gravísimo mal de funestas consecuencias para la conservación de la especie y para el mejor vivir de la humanidad, se remedia inconcusamente declarando a la mujer en actitud indistinta a la del hombre en lo que respecta al derecho de elegir sin taxativa alguna al hombre que satisfaga sus aspiraciones y deseos en todos los órdenes de la vida. Más claro está que para que la mujer no yerre por ignorancia o debilidad se necesita de la ilustración de que tanto he hablado para que no confunda la libertad con el libertinaje, semejante a muchos criterios mal orientados que confunden la igualdad con la identidad.

La fracción VII del artículo 159, reformado por el artículo primero de la ley de 29 de enero de 1915, establece de una manera clara y precisa, como un impedimento para el matrimonio, e impedimento que en ningún caso puede ser indispensable, la embriaguez habitual, la impotencia, la sífilis, la locura y cualquier otra enfermedad crónica e incurable que sea, además, hereditaria y contagiosa.

Salta a la vista la gran importancia de esta reforma; el estudio de las ciencias naturales que de manera portentosa ha progresado en los últimos tiempos, ha venido a poner de relieve que los seres afectados de cualquiera de las enfermedades antes mencionadas, no pueden transmitir al reproducirse más que una vida degenerada, porque sólo dan organismos raquíticos, compendio de todas las degeneraciones y de todas las miserias que afectan a la raza humana, y es claro que la especie y la sociedad son las primeras interesadas en que esos organismos no se reproduzcan máxime cuando no son los cónyuges solamente los que se dañan, sino que es directamente la especie y la sociedad las que resultan más damnificadas con su contacto.

La misma ley al decretar el divorcio, que es la disolución legal del vínculo del matrimonio, y dejar por consecuencia, actos a los consortes para contraer otro, no sólo aceptó la perversión moral de algunos de los cónyuges en los casos que la ley anterior establecía, sino que admitió también otros hechos tan graves y tan inmorales como los anteriores, como, por ejemplo, la depravación del hombre o de la mujer, entregados a vicios contra la naturaleza, tanto más degradantes que los expresamente mencionados, así como reconoció como causa de divorcio el ser cualquiera de los cónyuges incapaces para llenar los fines del matrimonio, sufrir tuberculosis, enajenación mental e incurable, o cualquiera otra enfermedad crónica, hereditaria y contagiosa. Y las causas que obligaron al legislador a establecer el divorcio, con ruptura del vínculo fueron, señores congresistas, adoptadas principalmente como una protección a la mujer mexicana, y por eso me permitiréis que cite aquí textualmente lo que, a este propósito, se dijo en la parte expositiva de la ley de 29 de diciembre de 1914.

“Es un hecho fuera, de toda duda, que en las clases medias de México, la mujer, debido a las condiciones especiales de educación y costumbres de dichas clases, está incapacitada para la lucha económica por la vida, de donde resulta que la mujer cuyo matrimonio llega a ser un fracaso, se convierte en una víctima del marido, se encuentra en una condición de esclavitud de la cual es imposible salir si la ley no la emancipa, desvinculándola del marido”.

El catolicismo romano para combatir el divorcio, ha invocado siempre como argumento incontrovertible, la suerte de los hijos una vez que se disuelve el vínculo. Y bien, ¿qué no se presenta la misma cuestión en el divorcio que consiste en la sola separación del lecho y habitación? La situación es la misma en uno y otro caso y si ello no ha sido obstáculo para admitirlo tal como la Iglesia lo propone, no hay absolutamente ninguna razón para que lo sea, tratándose del divorcio que disuelve el vínculo.

Desde luego justo parece, que los hijos, cuya posesión es y será siempre un encanto, (a menos que se trate de padres desnaturalizados), quede a aquel de los cónyuges que no haya dado lugar con su conducta a la disolución del contrato matrimonial; justo es también que los gastos de manutención, educación, etc., queden a cargo del cónyuge culpable, cuando éste tenga capital físico o moral para poder subvenir a ellos. Tal cosa parece apegada a la más extricta justicia; a quien es causa un hecho que ataca los derechos de terceros, la ley debe obligarla a que repare el mal en lo que fuere posible.

Por lo tanto, en las uniones disueltas, habrá únicamente dos casos que pudiéramos llamar tipos: I.- El de la disolución del contrato matrimonial por mutuo consentimiento, y, II.- Aquel en que uno sólo de los cónyuges pidiera la ruptura del lazo, por mala conducta del otro.

En el primer caso la autoridad debe exigir, que quede claramente definido y asegurado el porvenir de los hijos, atendiendo no sólo a los intereses físicos de los menores, sino, con especialidad a su porvenir moral; y en el segundo, la justicia debe ser inexorable con el cónyuge culpable, castigándolo con la pérdida de los derechos paternales, y, obligarlo, en el caso conducente, a que suvenga a las necesidades de los hijos; esto será un freno para las costumbres de los cónyuges y la pena mientras más severa sea, más los apartará del camino del vicio, y modificará en mucho la actual disolución de las costumbres.

Pero aún nos queda, señoras congresistas, un problema delicadísimo; un terrible problema que hay que estudiar con escrupuloso detenimiento, y tomar con relación a él, las más enérgicas medidas para resolverlo: me refiero al de la mujer engañada, al de la mujer seducida y abandonada después miserablemente con todo y el hijo, o los hijos, que hayan resultado de esa unión pasajera.

¡A qué serie de reflexiones honradas se presta este trascendental asunto! ¡Qué tempestad de amargas consideraciones levanta en el espíritu el pensamiento de tan lastimoso problema! ¡Parece que la sociedad y la ley se han coaligado para aplastar bajo una montaña de ignominia la mujer que ha caído en brazos de un hombre, sin que haya mediado entre ellos alguno de nuestros convencionalismos sociales, sin poder resistir a su debilidad, o falta, como queráis llamarla! ¡Y pensar que de cien casos, en noventa la infeliz mujer ha rodado al abismo impulsada por fuerzas superiores, por fuerzas aplastantes, ante las cuales la voluntad se ha hecho pedazos como una pompa de vidrio en las manos de un hércules de feria! ¡Desventuradas mujeres! ¡Con razón Jesús, el dulce filósofo, os tendió la mano en el alto símbolo de la mujer adúltera; con razón aquel sublime soñador apostrofó a tus acusadores con la terrible frase: “EL QUE SE ENCUENTRE LIMPIO QUE LANCE LA PRIMERA PIEDRA”. Y ni entre los escribas, ni entre los fariseos, ni entre el pueblo, hubo un brazo que osara alzarse para lapidar a la llorosa pecadora! ¡Y es que en todos los tiempos ha sido igual; el hombre asecha, incita, empuja a la mujer al insondable abismo y después, cuando la vé caída, cuando la mira manchada de cieno, hace una mueca de asco y la anatematiza con su desprecio! ¡Oh delesnable justicia humana, cuántos crímenes se cometen en tu nombre! ¡Cómo te habría apostrofado con sus palabras de fuego la alta soñadora, cuyas palabras me he atrevido a parodiar!….

Pero así suceden las cosas en este mundo; así suceden los hechos en esta sociedad que reclama el látigo por su comportamiento!

¡O ilustres congresistas, entre todos los problemas que váis a tener entre vuestras manos, éste es uno de los que encierran una importancia capital para la liberación de la mujer!

Las mujeres caídas, señora, no siempre son culpables. Factores tan poderosos como el hambre, el amor, el instinto supremo, la ignorancia, la arrojan en la cima desconocida donde se revolverá eternamente, sin volver jamás a la luz, sin volver jamás a la luz porque nuestras inadecuadas leyes y nuestras fatales costumbres han escrito con caracteres de fuego en el antro en que ha sido arrojada, aquel terribilísimo verso que Dante pusiera en la entrada del infierno: “Lasciate omni esperanza voi chi entrate”.

¿Y hay en esto un átomo de justicia? Nó, y mil veces no. La sociedad ciega, o malvada, pasa el mismo rasero por sobre todas las que han caído, considerándolas igualmente culpables. ¡Infamia maldita que subleva a los espíritus justos! Mucho se ha hablado, mucho se ha impugnado a la religión católica, por su intervención en los castigos eternos, aduciendo la razón de que no existe falta alguna merecedora de tan horrenda pena; y la sociedad moderna, la sociedad que se afana en llamarse culta, aplica un castigo eterno a la mujer caída, eterno sí, porque dura la eternidad relativa en este mundo, la total duración de una existencia.

Y pregunto yo, estimadísimas damas, será justo aplicar el mismo castigo a la mujer que ha caído y que sigue comerciando con su cuerpo, a aquella que habiendo caído retrocede y procura separarse del mal camino? Seguramente que no, ¿verdad? Y sin embargo, así es como procede la sociedad en pleno siglo XX. ¡He aquí a mi juicio la mayor de las crueldades cometidas por las sociedades modernas; he aquí el más horrible de los abismos en que ha sido hundida la mujer; he aquí la verdadera, la espantable esclavitud a que está condenada, y de la cual hay que manumitirla a toda costa!….

Sí, estimabilísimas señoras, este inconveniente proceder de la sociedad llena de hetairas los prostíbulos, llena las cárceles de criminales y llena las sepulturas de víctimas, porque la desesperación y el desamparo completo son los peores consejeros de los espíritus!

Y ¿qué hacer para corregir errores o vicios de tamaña trascendencia? ¡Ah, señoras, el camino que hay que recorrer es largo… está erizado de obstáculos, pero hay que avanzar por él resueltamente: la moral lo pide, la justicia lo exige magestuosamente.

En primer lugar, las leyes deben  ser modificadas en determinados puntos que se relacionan con este problema, y ya que no es posible permitir que se investigue la paternidad, porque esto sería un peligro gravísimo para la sociedad y un ataque que traería funestas consecuencias para la familia, creo que sí pueden adoptarse algunas medidas que capaciten a la mujer, tanto para exigir daños y perjuicios cuando se rompan las promesas de matrimonio, hechas de manera formal, o cuando se haya abusado de la inexperencia o de la credulidad de la víctima, ya que si privar a alguien de un bien material constituye un delito llamado robo y penado por la ley, ¡cuánto más debe castigarse a quien es ladrón de honra, ladrón de felicidad! Y ese ladrón en la actualidad, es el tipo conocido en sociedad por el apodo, casi cariñoso, de Don Juan; ese ladrón es el que, abusando del hambre, del entusiasmo, de la ilusión, del ensueño, de la miseria, del dolor o de la debilidad de la mujer, arrebata a ésta cuanto tiene de más preciado y de más alto: su virtud y su bienestar! Y si la reparación del honor es imposible, de manera que la falta se considere como no cometida, hay al menos que venir en favor de la mujer para hacerle su situación menos lastimosa, y no lanzarla indeflectiblemente al vicio, por falta de recursos. Considero que una medida de este género daría excelentes resultados porque los tenorios que abundan en la sociedad se verían contenidos en sus empresas de conquista ante el peligro de que se les arrastre a los tribunales, para obligarlos a rezarcir los daños y perjuicios materiales que han causado con su conducta depravada. Más como la indemnización pecuniaria no será en ningún caso la reparación del honor, hay que salir en defensa de la mujer para hacerle menos amarga su situación. Y ¿dónde encontrar la mano generosa que quiera mitigar las penas de la desventurada? En las sociedades feministas. Tal asunto debe ser la principal obligación, el fundamental deber que deben tener las agrupaciones que laboran por la emancipación de la mujer! No quiero decir con esto que tales sociedades se conviertan en asilos de mujeres perdidas, nó! Pero sí, deben por cuantos medios sean posibles trabajar por la salvación de aquellas que han rodado empujadas por una fuerza poderosa, y que, arrepentidas después, anhelan volver a la ruta del bien, quieren regenerarse, desean olvidar su falta y sueñan con volver a tomar su parte de bienestar en la vida humana a la cual tienen todo el derecho y todo la justicia.

Recordaré a este propósito un fragmento del poema “Hetaira” de un poeta jaliciense contemporáneo, que ha esgrimido su estro en defensa de la mujer mancillada:

Helo aquí:

           “No es verdad que en el alma que mancilla
de la fiebre carnal el ansia loca
no fructifique el bien: hasta en la roca
prende la flor, y cuaja la semilla.

            No hay corazones infecundos: siente
flexión al bien el corazón culpado,
y a veces Dios arroja su simiente
hasta en el cieno mismo del pecado.

            No existe, nó, la fuerza del destino,
y la osada razón en vano brega
por mirar en las sombras del camino
por donde Dios a las conciencias llega.

            Ni en el seno del mal el bien se agota,
y, así como la flor en el pantano,
el amor, que es el bien, a veces brota
del corrompido corazón humano.

            No es el burdel un páramo: Vencida
por Faón, que es el beso del engaño,
toda mujer, como la gran suicida,
desde el negro peñón del desengaño,
claudicante y de espaldas a la vida,
rotas al ver sus virginales galas,
se arroja al mar del insaciable anhelo!…

            Más  cuántas veces la mujer caída
sacude el fango que manchó sus alas,
y triunfadora se remonta al cielo!!…

No  se me objete que el hecho de dar la mano a la mujer caída  se presta a criar cuervos que después sacarán los ojos a sus benefactoras; no se me objete que semejante conducta se presta a que las asociaciones feministas sean engañadas por mujeres viciosas, que encontrarían en tal hecho benefactor un MODUS VIVENDI; que sabrían trocar esa conducta en una fuente de ingresos fáciles, los cuales les servirán para seguir viviendo tranquilamente una vida de prostitución y escándalo.

Tales casos acontecerán a no dudarlo, pero el que unas cuantas mujeres degeneradas se valgan de esto para proseguir su camino de vicio, no justifica que tal cosa no se lleve a cabo, a fin de salir del eminente peligro a un gran número de víctimas de ajenos crímenes; hasta el proloquio vulgar dice: “más vale salvar a un culpable que condenar a un inocente” y creed, señoras congresistas, que el día que el número de sociedades feministas de la República sea grande, grande será sin duda el número de mujeres desventuradas a quienes se arranque del abismo de la abyección y del crimen.

¿Qué cual es el medio práctico de salvar a esas mujeres del dolor en que se retuercen? Uno bien fácil, bien sencillo por cierto. El que tales agrupaciones se comprometan a proporcionar trabajo o a buscárselos, a las mujeres que, habiendo caído, quieren llevar una vida de honradez. La manera de hacer esto prudentemente cuestión es de reglamentación que se hará a su debido tiempo; además, los miembros de dichas sociedades deben ofrecer valientemente no despreciar a las pecadoras regeneradas o por regenerarse; hay que obrar en esto diametralmente opuesto a lo que hace el vulgo que vé con rudo menosprecio y con acre burla a las pobres que han caído; hay que tener una dulce piedad para con ellas; hay que procurar su corrección por medio de la persuasión, de la ternura, del amor, preciso es no olvidar que se atrapan más moscas con una gota de miel que con cien gotas de hiel.

De este modo la mujer que ha caído por amor, por angustia, por hambre, y que arrepentida luego de su ligereza pretende volver a la vida recta, hallará en la santa y dulce mano que la ayude a levantarse, y no la fatídica que la hunda más en el abismo del mal.

Esto es, esbosado a grandes rasgos, el único medio práctico para manumitir a la mujer de la más grande de las esclavitudes en que hasta hoy se encuentra; este es el único medio de salvarla del más grave, del más inminente y más común de los peligros en que se encuentra, al trasponer los umbrales de la juventud, y en el que han perecido y perecen tantas desdichadas. Mientras no se conjure este peligro, las cárceles, las casas de prostitución, los orfanatorios estarán llenos de seres desventurados a quienes el rigor de la sociedad ha empujado a que vivan una existencia vergonzosa y trágica.

Ah, señoras congresistas; cuando estudiéis el grave problema que entraña la tercera cuestión propuesta por la convocatoria: ¿Cuáles son los medios que deben emplearse para manumitir a la mujer del yugo de las tradiciones y convertirla en agente de la difusión científica y de la libertad?, tened presente estos dos problemas que son correlativos: I.- Buscar los medios de proporcionar a la mujer las armas necesarias para que luche con éxito en la vida, y preservarla así de que caiga en el vicio, y II.- Encontrar el medio de redimirla si desgraciadamente se hunde, empujada por alguno de los tantos enemigos que la asechan.

Asuntos de serias meditaciones deben ser estos dos puntos, que yo considero como bases para poder manumitir a la mujer.

Ojalá, respetabilísimas damas, que vuestro claro talento y vuestro sereno y delicado juicio, den con las resoluciones que han de destruir para siempre esos obstáculos que se oponen a la felicidad de la pobre mitad del género humano; habréis conseguido resolver con esto, uno de los más arduos problemas que agitan ahora los espíritus de la humanidad enloquecida!

Pero triunfaréis, estoy segura de ello; sólo con pensar en vuestra buena voluntad, voluntad poderosa que ha hecho a algunas de vosotras caminar centenares de leguas para asistir a este Congreso, unida a vuestra alta ilustración de mujeres cultísimas, sabrá dar con la ignota fórmula que, verdadera piedra filosofal, sepa convertir el cieno en oro de altísimos quilates. Con profundo interés me enteraré de lo que aquí se resuelva por cerebros superiores al resolver los problemas por esta H. Agrupación y de las ideas vertidas en este lugar como resultará que me afirme más en mis convicciones, o que modifique los ideales que hasta hoy he alentado, y, que, repito, son también los de mis amables coasociadas.

¿Concordarán los pensamientos aquí expresados con los que profesamos mis compañeras y yo, los cuales he descrito hoy con la más grande de las ingenuidades? Inclínome a creer que sí, y entonces con hechos que son la mejor de las pruebas, quedará comprobado que en el estudio mil que tan anatematizado fue, no existe el fondo de inmoralidad que en él quisieron ver algunos cerebros timoratos.

Por eso amables oyentes, en este deshilvanado discurso, he procurado haceros conocer lo que pienso y siento en lo relativo al grave problema del feminismo general, y he tratado de esbozar, así sea lo más ligeramente posible, lo que juzgo sobre las cuestiones que deben absolverse en el seno de esta grave asamblea. Por eso, señoras, y a fin de no dejar trunco este humilde trabajo, me permito suplicaros, que ya que habéis tenido la gentileza de escucharme hasta este momento, os dignéis oír lo que pienso sobre el voto para la mujer.

Es de extricta justicia que la mujer tenga voto en las elecciones de las autoridades, porque si ella tiene obligaciones para con el grupo social, razonable es, que no carezca de derecho. Las leyes se aplican por igual a hombres y mujeres; la mujer paga contribuciones, la mujer, especialmente la independiente, ayuda a los gastos de la comunidad, obedece las disposiciones gubernativas y, si por acaso delinque, sufre las mismas penas que el hombre culpado. Así, pues, para las obligaciones, la ley la considera igual que al hombre, solamente al tratarse de las prerrogativas la desconoce y no le concede ninguna de las que goza el varón. ¿Hay en esto un átomo de razón? Absolutamente. La mujer tiene que conformarse con las disposiciones que dan los hombres y acatarlas aún cuando muchas veces le parezcan disparatadas o absurdas. La mujer no existe para la sociedad que es quien hace las leyes, más que para obligarla a cumplirlas, pero para hacerlas adecuadas, para expurgarlas de errores, para adecuarlas al medio, no se le concede facultad alguna: esto es lo que sencillamente de un modo tan pintorezco expresa el pueblo llamando: ley del embudo.

Si la mujer debe cumplir los mandamientos de las autoridades, lógico es que ella tenga una injerencia directa en la elección de éstas; lógico es que tenga el derecho de designar a quienes juzgue capaces de dirigir los destinos de la comunidad de la cual ella, la mujer, forma la mitad; así es que Martínez Sierra tiene justa razón cuando en su artículo denominado “La Mujer Sufragista” “¿Para qué quieren el voto las mujeres?” alaba incondicionalmente los razonamientos expresados en el Décimo Congreso Internacional y de los cuales razonamientos copio aquí algunos párrafos. Dicen los argumentos vertidos en ese Congreso para contestar a las antisufragistas:

“Oímos a menudo preguntar con asombro, a veces mezclado de indignación ¿Para qué necesitan las mujeres derecho a sufragio? ¿No tienen cuanto es posible darles en el mundo? Los hombres hacen las leyes; las mujeres hacen el hogar; su flaqueza está protegida por la fortaleza del hombre; el amor del hombre les ahorra el duro contacto con la vida pública; no saben lo que piden al pedir participación en el Gobierno. ¡Tienen muchas cosas qué perder y nada qué ganar, si salen de su esfera!”

A estas y otras objeciones respondemos:

Las mujeres necesitan el derecho al voto por las mismas razones que los hombres; es decir, para defender sus intereses particulares, los intereses de sus hijos, los intereses de la patria y de la humanidad, que miren a menudo de modo bastante distinto que los hombres.

A los que nos acusan de que queremos salirnos de nuestra esfera, respondemos que nuestra esfera está en el mundo; porque, ¿qué cuestiones que se refieran a la humanidad, no deben preocupar a la mujer, que es ser humano, mujer ella y madre de mujeres y de hombres?

¿Qué problema, qué cuestiones pueden en el mundo cuya resolución no haya de repercutir sobre la vida de la mujer, directa o indirectamente?

¿Qué leyes puede haber que no la favorezcan o no perjudiquen a ella, o a los suyos, y que, por lo tanto, no deben ni pueden interesarla?

La esfera de la mujer está en todas partes porque la mujer representa más de la mitad del género humano,  y su vida está íntimamente ligada con la de la otra mitad. Los intereses de las mujeres y de los hombres no pueden separarse. La esfera de la mujer está por lo tanto, donde quiera que está la del hombre, es decir, en el mundo entero.

Las leyes que rigen y regulan los contratos de matrimonio, los derechos de los cónyuges, la patria potestad, están hechos por hombres y son evidentemente injustas. ¿Por qué la mujer no ha de intervenir en la elaboración de las leyes que deciden de la parte más importante de su vida?

Jurídicamente la mujer casada no existe. Si de hecho algunas esposas tienen dentro del matrimonio un lugar importante, lo deben a sus propios merecimientos excepcionales o a los no menos excepcionales sentimientos de justicia y de amor de sus maridos; pero las leyes y las costumbres parecen tratar a las mujeres como enemigas y no como madres del género humano. Y esto debe ser, porque la mayoría de las mujeres no son mujeres superiores, capaces de conquistar el puesto que de justicia les corresponde, a fuerza de habilidad sino mujeres vulgares y mediocres, como son vulgares y mediocres la mayoría de los hombres. Los casos de excepción no se cuentan, y, sobre todo, las leyes no deben tenerlos en cuenta, porque las leyes se hacen para la mayoría.

La mujer necesita del sufragio especialmente, y este título le pide principalmente, desde el punto de vista moral, a causa del empleo que pueda hacer del voto. Le necesita imperiosamente para luchar contra el alcoholismo, contra la prostitución, contra la criminalidad de los niños y de los jóvenes, contra la pornografía y todo lo que desmoraliza a sus hijos. Le necesita para velar por la higiene y la salud pública, para mejorar los alojamientos obreros, la vida ciudadana, la escuela, el mercado, etc., etc.

A esto se replica que todas las mujeres se preocuparan de estas cuestiones morales y sociales; que muchas de ellas serán en absoluto indiferentes al progreso de la humanidad. Ello es cierto, pero también hay infinitos hombres reos de esa misma indiferencia culpable y nadie ha pensado en quitarles el uso de su derecho a pesar de su alcoholismo, a pesar de una vida públicamente inmoral y viciosa. Habrá muchas mujeres indiferentes, pero habrá muchas de corazón entusiasta e inteligencia clara, todas las que hoy quisieran y no pueden poner su esfuerzo y su voluntad al servicio de su prójimo y de su patria, muchas que por influencia de su voto podrán inclinar la balanza y obtener las leyes justas que juzgan indispensables, y que están reclamando desde hace tanto tiempo.

Lo mismo que para dar la vida a un ser, es preciso el concurso de la pareja humana, para crear un medio ambiente apropiado, en que el ser que ha nacido pueda desenvolverse plenamente, la mujer es tan indispensable como el hombre.

Preguntad en el campo y en la ciudad a los hombres de todas las clases sociales, y os dirán que una casa sin mujeres es lo peor del mundo, y, sin embargo, estos mismos hombres no quieren darse cuenta de que un Municipio y un Estado sin mujeres son mucho más lamentables que una casa en la que falta el elemento femenino; porque, en una casa, el mal recae sobre unos cuantos individuos, y en un Estado toda la población del Estado lo sufre.

Para que el individuo y la colectividad pueda existir por completo, la primera condición es que todos los órganos del cuerpo humano y del cuerpo social funcionen normalmente. El Estado amputado de mujeres, está tan reducido a la impotencia como el individuo a quien se le ha amputado un brazo o una pierna.

El pueblo que tiene dos ojos para ver y dos pies para andar, amengua todas sus posibilidades de progreso obstinándose en no ver más que por ojos masculinos las dificultades que hay que resolver para bien total de la humanidad, y en no andar más que con paso masculino hacia el fin del perfeccionamiento que es preciso alcanzar.

Lo que deciden las asambleas públicas la minoría de un solo sexo, no puede convenir a la nación entera, formada de hombres y mujeres.

Las mujeres que sufren las leyes, deben contribuir a formarlas.

Los hombres clarividentes se dan cuenta de esto, y cada día aumenta el número de los que se atreven a proponer la colaboración de las mujeres en la combinación del arreglo social.

Considerando esta necesidad el Décimo Congreso Internacional de Mujeres, colocándose en el punto de vista de la dignidad de la mujer y de la justicia que le es debida, juzgando su intervención indispensable para luchar en todos los países contra los males del alcoholismo y de la inmoralidad, emite el siguiente deseo:

“Que en todos los países se otorgue a las mujeres el derecho de sufragio y de elegibilidad”.

Sin embargo, para evitar sacudidas demasiado bruscas para el Estado, el Congreso opina que este sufragio se vaya concediendo por etapas, y que empiece por el sufragio municipal, por medio del cual las mujeres pondrán pruebas de su capacidad, antes de pretender un derecho de sufragio más amplio”.

¿Verdad que los razonamientos vertidos en aquel Congreso, son claros como la luz? Pues bien, todavía más conducentes, más precisas, más lógicas, son las razones expresadas por el mismo poeta español en diverso artículo sobre el voto femenil, y que sirvió de fundamento a la inteligente Comisión que tuvo que absolver este tema en el pasado Congreso de este Estado.

La Comisión supo encontrar en este artículo base seria para fundar su petición de que se concediera el voto a las mujeres, a guisa de ensayo al principio solamente, en las elecciones municipales, y tanto estuvo en la justicia la docta comisión que triunfaron en toda regla sus decisiones, con la única modificación que ésta fuera para la mujer de mañana; es decir, para la generación que hoy empieza a vivir. Creo sinceramente que esto último es pueril, pues juzgo que para avanzar en esta clase de asuntos la práctica es la única maestra, y, por lo tanto, deberíamos comenzar desde luego a dar los primeros pasos en este camino, hasta hoy para nosotras desconocido, y nuestros naturales traspiés, servirán de enseñanza a la generación que nos ha de sustituir.

Señoras congresistas: pongámonos en pié y avancemos desde luego porque la marcha hacia el progreso no tiene razones de espera, y porque del adelanto toda detención es mortal pudiera decirse y no equivale sino a una retrogradación. Sentarse cuando el horizonte nos llama con la trompetería del porvenir, es un consejo de STATU QUO y de comodidad, digno solamente de la sátira de Quevedo.

Espero pues, fundadamente que al tratarse este asunto en el próximo Congreso se enmendará el error cometido en el de enero, y que Yucatán tendrá la gloria de ser el primer Estado que otorgue ese derecho justo a la mujer, que le permitirá, por lo pronto, discutir y señalar a los que deben regir los destinos del lugar en que ella habita: mañana, logrará también el derecho de elegir a quienes deban de gobernar al país entero.

Voy a concluir, ilustres congresistas, sintetizando en pocas palabras los fines que he perseguido en el trabajo que he tenido el honor de leeros, y vosotras la delicada atención de escuchar. Dos son los fines que quise encerrar en mi discurso: I.- Probar que no era justo que se me hubiera lapidado con el epíteto de corruptora de las costumbres, y mucho menos que se hiciera extensivo ese denigrante dictado a las damas a quienes me honro en representar y, II.- Daros una idea general de lo que pienso en relación con los problemas propuestos a vuestro saber e ilustración, para quedar, de un solo brochazo pintada ante vosotras, a quienes con todo el beneplácito de mi corazón elijo en jurado para juzgar de mi conducta como mujer, como feminista y como revolucionaria.

Nada os queda ya que conocer de mi yo psicológico; he procurado…


[1] “Estudio de la señorita Hermila Galindo con motivo de los temas que han de absolverse en el segundo Congreso Feminista de Yucatán”. Noviembre 20 de 1916, imprenta del Gobierno Constitucionalista…52-555, Mérida, Yucatán, 1916, pp. 3-28 [el texto se encontró mutilado en la Biblioteca Nacional de México, G308 MIS.119]

:.

Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 2:02 pm

A %d blogueros les gusta esto: