Ideas feministas de Nuestra América

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K.19 Lore Aresti, “Sexualidad femenina: espacio de placer y violencia”, 1999

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Lore Aresti,[1] “Sexualidad femenina: espacio de placer y violencia”,[2] 1999

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“No hay diferencia entre ser violada y ser atropellada por un camión, salvo que después los hombres te preguntan si te gustó.

 No hay diferencia entre ser violada y estrellarte la cabeza contra el parabrisas, salvo que después temes, no a los coches, sino a media humanidad”.

Marge Pierce

Introducción

En la vida de la mujer, la tensión y la contradicción entre placer y violencia está siempre presente. Nuestra sexualidad ha estado bajo el dominio de la represión, de la restricción y del peligro, pero es a la vez un espacio de exploración, de goce, de vitalidad y de placer.

Si sólo tomamos los aspectos de la sexualidad femenina relacionados con el placer y la gratificación, estaríamos dejando de lado la estructura patriarcal[3] en la que las mujeres se desarrollan y dentro de la cual han sido socializadas. Pero si hablamos sólo de la violencia y de la opresión a la que son sometidas, dejamos de lado la posibilidad de que las mujeres asuman su lugar como sujetos históricos. Sujetos con capacidad de convertirse en agentes activos en contra de dicha violencia y opresión. Sujetos con voluntad para tomar la palabra y nombrar, denunciar y explicitar las innumerables formas de violencia y humillación que se les imponen, de las cuales la violación sería como la dramatización maximizada del abuso de poder de un sexo sobre el otro.

Para muchas mujeres (dependiendo de muchos factores), los peligros de la sexualidad traducidos en violencia y coerción bajo la forma de violación, brutalidad, estupro y explotación, junto con su consecuente carga de crueldad sometimiento y humillación, son lo suficientemente poderosos y siempre presentes como para desarrollar un rechazo casi permanente a cualquier tipo de vinculación sexual. Para otras mujeres, los aspectos lúdicos y gozosos de su sexualidad, las posibilidades de intimidad, de placer, de sensualidad de perderse en lo no-racional, de goce con otro, validad su vinculación y su búsqueda sexual, aminorando los aspectos negativos. Es más, en una misma mujer pueden presentarse ambas posturas en diferentes momentos de su vida, dependiendo esto de diversas circunstancias.

No preguntamos de paso qué efectos intrapsíquicos llega a provocar una culturización de género[4] que antepone en las mujeres el placer y la propia seguridad; toda vez que el control, la represión la invisibilidad y timidez de la sexualidad femenina no son características específicas e intrínsecas de la naturaleza sexual femenina, sino las marcas de una forma de socialización dañina que se va inscribiendo en el cuerpo y en el psiquismo femenino.

La polarización de la sexualidad masculina y femenina como producto de la división y diferencia anatómica, ha sido utilizada para justificar la necesidad de las mujeres de tener espacios restringidos pero seguros y de la necesidad de que éstas controlen las expresiones de su sexualidad. Los efectos negativos de la división y desigualdad sexual no sólo incluyen la violencia bruta que se presenta en la violación sino que incluyen también el control sobre sus impulsos y deseos sexuales, controles que las mujeres han internalizado y que ejercen sus efectos tanto a nivel consciente como inconsciente; control que, además, envenena su deseo sexual, cubriéndolo de duda, culpa, ansiedad.

Hablar pues de sexualidad femenina es hablar de las posibilidades de placer y de goce; es hablar de la vinculación amorosa y de la pasión, de la entrega y del erotismo.

Hablar de sexualidad femenina es también señalar la violencia a la que está sujeta la mujer, la brutalidad con que puede ser atacada: es hablar de violencia sexual.

A partir de la diferencia anatómica entre los sexos, el hombre (entendido este término como varón), cualquier hombre, está capacitado para usar sus genitales como arma de violencia y sometimiento sobre la mujer, cualquier mujer. A partir de esa situación incontrovertible, se ha presentado durante siglos un proceso consciente de intimidación y uso de la fuerza, mediante la cual los hombres han mantenido a las mujeres en una situación de sujeción a través del miedo.

En sentido histórico, muchas de las actuales actitudes hacia la violación son remantes de épocas pasadas en la cuales y durante siglos, existió poca o ninguna consideración hacia las mujeres. Épocas en las cuales las mujeres no tenían derechos legales, sociales ni políticos. A lo largo de la historia las actitudes hacia la violación han estado basadas en una serie de mitos relacionados con la concepción que se tenía sobre la mujer. Su sexualidad, su lugar social como objeto de posesión de los hombres: padre, hermano, esposo.

A pesar de que en este siglo, sobre todo en las últimas décadas, el lugar de la mujer en sociedad ha ido cambiando, pasando ésta de ser un objeto de posesión a ser considerada como un sujeto con derechos propios, los mitos acerca de la violación permanecen casi idénticos a épocas anteriores. De hecho, la permanencia de estos mitos es tan fuerte que la mayoría de las leyes modernas relacionadas con la violación, están basadas en tales mitos (en otro apartado revisaremos algunos de éstos).

La violación es el medio más antiguo de posesión de una mujer. El hombre primitivo tomaba a la mujer que se le antojaba, la violaba y la introducía en su tribu como un objeto de su posesión o como un trofeo de guerra; ella representaba una prueba viviente de su triunfo y de su virilidad. Esta mujer raptada y violada representaba, además una ganancia secundaria de los hechos de violencia, guerra o ataque a los grupos vecinos. A la mujer, desde estas lejanas épocas, no le ha quedado más remedio que aceptar la violencia física sexual ejercida e impuesta sobre ella, frente la cual, ella su vez, no puede ejercer una represalia similar.

Además de sufrir sobre sí la violencia sexual, la mujer está sujeta a sufrir peores consecuencias: graves lesiones orgánicas, enfermedades sexualmente transmisibles, embarazos no deseados y hasta la muerte.

A lo largo de la historia, la situación de impunidad en que se encontraba la mujer frente a la violación ha ido cambiando, pero aun este cambio no se dio en función de ella como persona, sino en tanto la mujer representaba la posesión o el bien de un hombre: “[…] los conceptos de jerarquía esclavitud y propiedad privada surgieron del inicial sometimiento de la mujer como posesión de un hombre y solo podían basarse en él”.[5]

La mujer fue vista como propiedad y como propiedad valiosa: reproducía la especie, la tribu, la casta, la familia; inicialmente era posesión del padre; al casarse, los derechos e propiedad pasaban del padre al marido: la mujer tomaba el nombre del marido, pues éste al comprarla, de hecho adquiría el derecho de propiedad sobre ella (como sucede cuando se compra una mesa un carro, ganado, etc.). Literalmente, la mujer, en tanto objeto de compra-venta, de posesión, le pertenecía. Es por ello, que un crimen como el rapto o la violación puede ser visto como un daño hacia un objeto propiedad del hombre, padre o esposo, por lo tanto, como un crimen en contra de determinado hombre.

La postura social contra la violación estaba fundada básicamente en una cuestión económica. Si una mujer casada era violada, el que sufría el daño (sobre un objeto de su propiedad) era el padre o el marido y no ella Si aún no estaba casada, el daño lo sufría el padre, en tanto su mercancía-hija disminuía así su valor. Toda vez que la mujer no tenía derechos personales frente a la ley, los daños físicos y emocionales que sufría frente a la violación no tenían ninguna importancia. La ley, la justicia y la mujer pertenecían a un mundo de hombres. La víctima no tenía posibilidad de ejercer ningún control sobre los hechos; luego entonces, la violación quedó establecida como un crimen de propiedad cometido por un hombre contra de otro hombre.

Por tanto, nos corresponde en este trabajo, enfatizar y profundizar en el fenómeno de la violación, en el que se conjuntan la capacidad anatómica del macho de nuestra especie para poder violar, y la vulnerabilidad estructural de la anatomía de la mujer para poder ser penetrada en contra de su voluntad, es decir para estar sujeta a un acto sexual forzado.


[1] Lore Aresti es una escritora, doctora en psicología y crítica feminista del arte y la cultura, de origen venezolano, residente en México. Convencida de que la violencia hacia la mujer en cualquiera de sus tipos, sólo dejará de existir cuando “dejemos de competir entre nosotras mismas y nos veamos como hermanas”, se ha dedicado, por un lado a la construcciones de redes de diálogo, conocimiento y apoyo entre mujeres y, por otro, a la educación de funcionarias/os de seguridad, abogadas/os, jueces, así como de hombres en general, para que entiendan qué es y cómo actúa la violencia contra las mujeres y cómo se sostiene en la impunidad del sistema patriarcal en su conjunto (leyes incluidas).

[2] En La violencia impune. Una mirada sobre la Violencia Sexual contra la Mujer, Fondo Cultural Albergues de México I.A.P, Segunda impresión, México 1999, pp. 21-26.

[3] A lo largo de la historia se han transformado las condiciones de la mujer y las formas de pertenencia y de organización social a las que se adscribe o es adscrita, pero aun en medio del cambio y las transformaciones, siempre existe una constante relacionada con la dominación y opresión masculina. Denominamos patriarcado al espacio histórico político-social en donde se ha dado esta constante dominación y opresión del hombre hacia la mujer. M. Lagarde, (1993), Los cautiverios de las mujeres: Madresposas, monjas, putas, presas y locas, UNAM, Colegio de Posgrado, México. Conceptualiza al patriarcado, entre otras características como:

A) El antagonismo genérico de hombre y mujeres, en donde se dé la opresión de las mujeres y el dominio de los hombres y de sus intereses de género. Este dominio permea todas las relaciones y formas sociales, la concepción del mundo, la normas y lenguajes, las instituciones y todas las opciones para uno y otro género.

B) La conflictiva de rivalidad y competencia de las mujeres entre sí. Escisión del género femenino, que coloca a las mujeres como enemigas entre sí, compitiendo por la mirada y aceptación de los hombres que las validen y permitan ocupar espacios vitales determinados desde el patriarcado para las mujeres (esposas, madres, servidumbre).

C) La presencia del “machismo” como un componente de exaltación de la virilidad y violencia opresora masculina y de la victimización y sometimiento femenino; constituidos ambos polos en obligaciones compulsivas e incuestionables para hombre y mujeres.

[4] Bajo el sustantivo género, se agrupan todos los aspectos psicológicos, sociales y culturales de la feminidad-masculinidad, reservándose el término “sexo” para los componentes biológicos, anatómicos y para designar el intercambio sexual en sí mismo. Así, la definición género no es relativa al sexo biológico, sino las experiencias que un sujeto vive desde el nacimiento, comenzando por la asignación de sexo (Stuller, 1963), y continuando con las exigencias que la cultura reclama al sexo masculino y al femenino, junto con las “contradicciones” que los padres ejercen sobre la identidad de sus hijos.

[5] Brownstone, Contra nuestra voluntad, p. 16.

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Ilustración ght

 

Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 11:10 pm

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