Ideas feministas de Nuestra América

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K.15 Margarita Pisano, “El triunfo de la masculinidad”, primera versión leída en Santiago de Chile el 30 de septiembre de 1998

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Margarita Pisano,  “El triunfo de la masculinidad”, primera versión leída en Santiago de Chile el 30 de septiembre de 1998

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Tendríamos que empezar a hacer preguntas

que han sido definidas como no preguntas

Adrienne Rich[1]

La vieja y reconocida estructura patriarcal ha ido mutando, ha ido desestructurando y desmontando sus responsabilidades, reconstruyendo un poderío mucho más cómodo, fortaleciendo y anudando todos sus espacios de poder, desdibujando sus límites y posibilitando mucho más la ejecución del poder para quienes lo controlan, desde ahí negocia lo innegociable, tolera lo intolerable y borra lo imborrable en un discurso incluyente y demagógico.

Cada vez vemos con mayor nitidez que lo que se ama en el mundo es al hombre, los hombres aman a los hombres, las mujeres aman a los hombres, borrando cada vez más toda aspereza y arista para que este amor se realice, pues la masculinidad estructuró, atrapó y legitimó para sí, el valor fundamental que nos constituye como humanos: la capacidad de pensar; y en esta repartición a nosotras nos dejaron instaladas en lo infrahumano de la intuición vs. el pensamiento, por esto, cada vez que una mujer o un grupo de mujeres se toma estas dimensiones, se provoca un rechazo desde lo profundo del sentido común instalado de nuestra sociedad que hace tan difícil la permanencia en la autonomía.

Hoy podemos vislumbrar un triunfo más tangible de la masculinidad, como una supraideología mucho más abarcadora que cualquier otra creencia o ideología ideada antes por el patriarcado. Esta supraideologización masculina ha cruzado siempre los sistemas culturales, ha impuesto las políticas, las creencias, ha demarcado las estructuras sociales, raciales y sexuales, etc. La visión masculina de lo que es la vida se va extendiendo y entendiendo cada vez más esencialmente como la única y universal visión, como la única macrocultura existente, posible e inmejorable.

Lo que el patriarcado trajo como esencia desde su lógica de dominación; la conquista, la lucha, el sometimiento por la fuerza, hoy se ha modernizado o postmodernizado en una masculinidad más ligth, neoliberal y globalizada que controla, vigila y sanciona lo mismo, pero esta vez a través de un discurso más engañoso, retorcido, menos desentrañable, en un aparente diálogo con la sociedad en su conjunto, donde va recuperando, funcionalizando, fraccionando, absorbiendo e invisibilizando a sus oponentes, y que trae consigo una misoginia más profunda, escondida y devastadora que la del viejo sistema patriarcal.

Dentro de esta lógica masculinista fragmentaria se ha entendido el espacio de la feminidad y el espacio de la masculinidad como dos espacios independientes que se relacionan entre sí, asimétricamente, y que por lo tanto están en fricción.

Esta lectura ha hecho que la mayor parte de los  “avances” conseguidos por las mujeres hayan sido absorbidos, sin provocar para nada una nueva propuesta civilizatoria cultural. La lectura simplista de estos dos espacios diferentes entre el género masculino y el género femenino nos ha conducido a formulaciones erróneas de nuestra condición de mujeres y de nuestras rebeldías. Estos “supuestos dos espacios simbólicos” no son dos, sino uno: el de la masculinidad que contiene en sí el espacio de la feminidad. La feminidad no es un espacio aparte con posibilidad de igualdad o de autogestión, es una construcción simbólica/valórica, diseñada por la masculinidad, contenida en ella como parte integrante. Por supuesto que esta nueva percepción de nuestros problemas como género traerá distintos grados de resistencias, pues, tendremos que abandonar parte del cuerpo teórico producido por el feminismo que se base en esta idea y que nos da estas falsas pistas de que la igualdad en la diferencia está al alcance de la mano, que con unas cuantas modificaciones de costumbres y algunas leyes, lograremos que toda esta tremenda historia de explotación y desigualdades quede saldada.

Esta remirada política nos desafía a abandonar el nicho cómodo de la feminidad, que ha sido uno de los conceptos más importantes tanto por la masculinidad, como por nosotras mismas. Al abandonar la feminidad como construcción simbólica, como concepto de valores, como modos de comportamientos, costumbres, etc., abandonamos también el modelo al que ha servido tan fielmente. Un modelo que tenemos instalado en nuestras memorias corporales, hasta tal punto que creemos que esa es nuestra esencia y que, al mismo tiempo, hemos confrontado como signo de rebeldía ante la masculinidad. No olvidemos que esta construcción ha sido la que nos instala básicamente en el espacio intocable, inamovible y privado de la maternidad.

Al plantear el abandono de la feminidad y de la exaltación de los valores que tenemos como mujeres femeninas, estoy planteando al abandono de un modelo que está impregnado de esencialismo y el desafío de sumirnos como sujetos políticos, pensantes y actuantes.

No niego que en estos últimos tiempos hemos tenido acceso a ciertos espacios de poder y de creatividad, pero aún no hemos logrado moverle ni un pelo al sistema de la masculinidad, por el contrario, nuestro acceso ha vuelto a legitimar y remozar la masculinidad, que como estructura permanece inalterable. A modo de ejemplo podemos ver que nunca hasta ahora, habían existido en proporción tantas mujeres pobres, ni tantos pobres en el mundo, ni tanta violencia hacia la mujer.

La legitimidad que se otorga a sí misma la masculinidad, no se la otorgará jamás a las mujeres como entes autónomos, pensarlo sería una falacia, por esto nuestro proyecto político civilizatorio no puede seguir generándose desde el espacio masculino de la feminidad. Esta lectura impuesta de la existencia de dos géneros que dialogan de la masculinidad para mantener la sumisión, la obediencia, la docilidad de las mujeres y su forma de relacionarse entre ellas y con el mundo.

Esto ha marcado nuestra historia con una reiteración de derrotas, por mucho que queramos leer como ganancia los “supuestos logros” o “avances” de las mujeres en los espacios de poder, pues estos espacios siguen marcando, gestualizados y controlados como siempre por los varones. No olvidemos entre otras cosas, que ya en el siglo XIV Christine Pizan formula la postura política que dice que: sólo saliéndose del orden simbólico de los hombres y buscando un discurso cuya fuente de sentido estuviera en otra parte, sería posible rebatir y alejarse del pensamiento misógino bajomedieval.[2] Estas mujeres han sostenido a través de siglos nuestras mismas luchas, con prácticamente los mismos discursos, pensando que avanzábamos a un cambio de nuestra situación. Por esta historia y los costos que ha tenido para tantas mujeres, deberíamos encontrar las claves de nuestras derrotas, en vez de caer en análisis triunfalistas.

Cuando hablo de derrotas, me refiero a que no hemos conseguido acercarnos a un diálogo horizontal, pues desde lo femenino como parte subordinada de una estructura fija, no puede entablar un diálogo fuera de la masculinidad, ya que vive dentro de ella, es su medio, su límite, allí se acomoda una y otra vez, por tanto, no puede armarse autónomamente como referente de sí misma, no lograremos desmontar la feminidad sin desmontar la cultura masculinista.

Esta construcción y localización que han hecho de nosotras como género no son neutras, la masculinidad necesita colaboradoras, mujeres/femeninas, funcionales a su cultura, sujetos estructuralmente secundarizados que focalicen su energía y creatividad en función de la masculinidad. Aun ellas atentan contra la estructura general del sistema y su existencia, por esto, la persecución histórica con tanta virulencia hacia ellas, con características que no ha tomado jamás la persecución entre varones, porque entre ellos existe la legitimidad del poder.

Los lugares que abre la masculinidad a la feminidad no son inocentes, pues para el sistema es funcional y necesario que las mujeres ocupen los lugares que los hombres ya no necesitan o van dejando, los lugares simbólicamente sucios, haciéndolas permanecer en espacios en el estereotipo agudo del diseñador de la feminidad, me refiero con esto a lugares signados como los ejércitos, la policía, la mano de obra barata para industrias y laboratorios contaminantes, etcétera.

Las pensadoras y académicas que podrían tener una visión más clara de la necesidad de un cambio cultural profundo, se funcionalizan a los últimos pensamientos y teorías generadas por la masculinidad (desde Aristóteles hasta Baudrillard) y no se dan cuenta que la masculinidad las trasviste, que están sirviéndola desde la ilusión de la igualdad y/o de la diferenciación.

La masculinidad como macrosistema cultural sigue siendo quien genera, produce y define lo que es conocimiento válido y lo que aunque permita la participación de las mujeres en ella. Sigue siendo la estructura patriarcal la que legitima o deslegitima a las mujeres que le colaboran, tanto en la ciencia, la literatura, la filosofía, la economía, como en los demás campos. Las mujeres que ocupan estos espacios, estas pequeñas elites, no leen su propia funcionalidad, aunque la incomodidad de estar en estos espacios masculinos persista, pero es tanto el costo de salirse de este útero masculino que prefieren no hacerlo, ni pensarlo siquiera. Manteniendo espacios intocables, sagrados, libres de cualquier interrogación; la maternidad, su maternidad, el amor romántico, su amor, la familia y su forma de relacionarse, como si el pensamiento no estuviera marcado, ejecutan la operación de neutralizar el pensamiento y las ideas de los varones, sumándose a ellas, es aquí donde se trasviste el pensamiento producido por las mujeres, donde pierde su capacidad transformadora y donde se fija la permanencia del sistema.

La estructura de la esclavitud con que funcionamos se ha ido haciendo cada vez más profunda, más oculta, más travestida y más sutil. Los ataques de nostalgia de las mujeres a la protección del varón están demasiado presentes, hoy más que antes y tienen todas esas marcas corporales de la sexualidad de dominación. Sospechoso y nada inocente es que nos toque siempre andar un paso atrás de los avances de la cultura masculina. Sospechoso es que se comience a reflexionar  acerca del fin de la historia, justo cuando las mujeres empezamos a recuperar nuestra historia, cuando recién comenzamos a ejercer como sujetos políticos pensantes. Sospechoso es que aparezca el posmodernismo a reciclar lo ya hecho y pensado por la masculinidad, armando una modernidad/masculinidad disfrazada que no es sino un constante retorno, una modernización pragmática, relativa, que habla de la muerte de las ideologías, cuando las ideologías que han fracasado son las de los de los hombres, ninguna ideología elaborada por grupos de mujeres ha fracasado aún, pues sencillamente no hemos gozado más que del poder de las agitadoras, que nunca se ha transformado en un poder real, de prueba de otro sistema cultural.

Si seguimos el hilo de nuestra historia de mujeres, podremos ver que desde el proceso agitador del pensamiento de las mujeres hasta ahora, hemos constituido varios movimientos pensantes y actuantes,[3] por esta historia que ha corrido siempre al margen de la historia, me parece tan dudoso que a las puertas del siglo XXI, la masculinidad pretenda dar por terminada la historia, entonces nunca estuvimos ni al inicio, ni al final, por ello no dejo de sospechar de las políticas de igualdad, o de diferencia tan esgrimidas hoy, dentro de un pragmatismo transable y eclipsante de nuestras luchas y de nuestros aportes.

Debemos tener mucho cuidado por tanto, de los análisis triunfalistas de avance, de los lugares conquistados, del espejismo de retirada de la vieja estructura patriarcal, y más que nada de la fantasía de una presunta muerte del patriarcado. El concepto de patriarca puede que esté sujeto a cuestión, a remodelación, lo que no se ha cuestionado es la cultura de la masculinidad, que se sigue leyendo como la única macrocultura posible, la única creada por la humanidad en un continuo, he allí el triunfo de la masculinidad, no el nuestro.

La reflexión desde un espacio político/cultural no feminizado como lugar de referencia es fundamental, por aquí y sólo por aquí para la liberación de las mujeres y los cambios urgentes que necesitamos. Profundizando crítica y políticamente el espacio secundarizado que nos ha asignado la historia, podremos empezar a plantear la posibilidad de ejercer nuevos modos de relación y nuevas estrategias “feministas”, más rebeldes, menos funcionales y menos recuperables.

El pensamiento de algunas teóricas feministas está adquiriendo esta dimensión de la autonomía. La crítica que ha venido desarrollando este pensamiento, está generando la posibilidad de ejercitar otras propuestas civilizatorias. Avanzamos, hacia la posibilidad de entablar un diálogo horizontal con la masculinidad desde un lugar creado externamente a ella, liberándonos de los nostálgicos deseos de permanecer en una cultura, que por más que la queramos leer como nuestra, nos ha sido ajena por más de 20 siglos.


[1] (n.1929) Poeta y ensayista estadounidense, es una de las voces más importantes de la crítica feminista comtemporánea.

[2]Christine Pizan (1364-1430) La Cité des dames. Las obras de Christine Pizan dieron contenido feminista a la larga polémica entre hombres y mujeres que se suelen llamar la Querella de las mujeres; una polémica cuya misoginia, Pizan criticó inteligentemente.

[3] : el movimiento de la Querella, el movimiento de las preciosas, el movimiento sufragista, el movimiento feminista.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 10:53 pm

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