Ideas feministas de Nuestra América

╰♀╮ ╰♀╮

K.13 Edda Gabiola Artigas, “Introducción”, VII Encuentro Feminista de Latinoamérica y el Caribe, Chile ’96. Permanencia Voluntaria en la Utopía, abril de 1997

:.

Edda Gabiola Artigas,[1] “Introducción”, VII Encuentro Feminista de Latinoamérica y el Caribe, Chile ’96. Permanencia Voluntaria en la Utopía,[2] abril de 1997

:.

Todo evento tiene un antes y un después, tiene su historia y su contexto. En tanto proceso vivido, deja huellas, memoria en quienes lo “sufrimos”, se instala, se expone y nos expone, nos hace sentir que, de una u otra manera, “honramos la vida” cuando, a contramano del destino, le torcemos el sentido a la resignación y nos negamos a ser espectadoras de lo que otros y otras hacen. El feminismo pide que vivamos con mayúscula, aun extrañas en este mundo extraño, nos asume protagónicas-responsables de nuestro hacer personal y colectivo.

 

Un proceso vivido

En Costa del Sol, El Salvador, en 1993, la mayoría del grupo de chilenas asistentes al VI Encuentro, nos propusimos ser sede del VII Encuentro que se realizaría en 1996. La propuesta fue acompañada de un Compromiso por escrito, en el cual fijábamos nuestra posición respecto a los criterios básicos para su organización: fortalecer el Movimiento Feminista y su autonomía. Delineábamos, además, el rol exclusivo de patrocinantes que podrían ocupar las instituciones y Agencias para la Introducción Cooperación Internacional, sin injerencia en las decisiones políticas, económicas, metodológicas y organizativas del VII Encuentro.

Las intuiciones y reflexiones de una práctica nos llevaba a afirmar que este VII Encuentro debía ser un momento de Evaluación de las políticas y estrategias llevadas a cabo al interior del Movimiento, así como un momento de cambio y proyección que posibilitara el accionar político, consciente e integral de las feministas de la región.

Sabíamos que no iba a resultar fácil. Quienes tuvimos la voluntad política de preparar y organizar el Encuentro, compartíamos un diagnóstico básico del contexto crítico en que se encontraba el feminismo: un proceso de institucionalización acelerado, un discurso mediatizado por negociaciones y lobbies que, sin ser discutido en ningún espacio del movimiento, se levantaba a nombre de todas y fragmentaba en temas a las mujeres y la visión de mundo y rebeldía feministas que nos había caracterizado a través de los años. Teníamos clara conciencia que los poderes, sobre todo económicos, que se habían levantado en las Redes de cara a las Financiadoras Internacionales y otros organismos supranacionales, no eran hechos aislados o neutros para el Movimiento Feminista Latinoamericano y del Caribe, sino que, las más de las veces, se convertían en desmovilización y parálisis al momento de actuar. De hecho, fue la intervención de las COMPLICES en El Salvador, la que comenzó a poner los puntos sobre las íes en esa discusión.

Cada uno de los aspectos, antes mencionados, fue tomando carne, vida y experiencia, en los tres años que duró nuestro trabajo, casi como destino manifiesto.

 

La etapa preparatoria (1994-agosto 1995)

En Chile, desde el Segundo Foro Nacional Feminista (1993), se había ido perfilando cada vez con mayor nitidez, a partir de la aparición pública de las Cómplices, primero, y luego del Movimiento Feminista Autónomo, que quienes tenían la voluntad de fortalecer el Movimiento desde espacios de reflexión y accionar político, éramos las autónomas. De hecho, todos los espacios de articulación de movimiento fueron propiciados por nosotras. Las Feministas de las instituciones, a partir de sus oenegés, estaban abocadas a preparar el camino a Beijing y se restaron sistemáticamente de participar en los espacios propios del Movimiento Feminista.

No obstante lo anterior, la colectiva Agridulce convocó ampliamente a las feministas chilenas para que se incorporaran al proceso del VII Encuentro. Realizamos cinco jornadas de reflexión y análisis, para definir el perfil del Encuentro y hechar las bases iniciales de organización, tomando los primeros contactos con las agencias que habían financiado los encuentros anteriores. En estas jornadas, a las cuales no llegaron más de 20 mujeres, se diseñó el perfil de lo que habría de ser el VII Encuentro, Chile’96.

 

La etapa organizativa (agosto 1995-noviembre de 1996)

En mayo de 1995, el Movimiento Feminista Autónomo organiza el III Encuentro Nacional que reunió a 150 feministas de todo Chile. En dicho encuentro se ratifica lo trabajado en la etapa anterior, se define que el Encuentro será un espacio de discusión, análisis y evaluación de las prácticas feministas al interior del Movimiento y se encomienda a la colectiva Agridulce para que convoque a la constitución de la Comisión Organizadora definitiva, hecho que ocurre en agosto de 1995. Llegamos 13 feministas, todas autónomas, de colectivos y sueltas. Con ese número cabalístico, se despejaron totalmente las dudas de a quien le correspondería la organización.

No está de más decir, que las feministas vinculadas a las grandes oenegés del país, se restaron de participar en todo el proceso y, en forma desleal, iniciaron una campaña de boicot externo contra el Encuentro, campaña que duró hasta su inicio, tomando la forma de boicot económico y de desinformación. Muchas de ellas, en las últimas semanas, solicitaron becas, a lo que dijimos ¡No!; y se inscribieron el mismo día de iniciado el Encuentro, sin que la Comisión Organizadora les haya puesto obstáculos.

El boicot económico tuvo su cara visible en una carta de ICCO, Agencia que había comprometido su apoyo al Encuentro un año antes, en la que nos señalaban que después de un viaje a Perú y Bolivia y habiendo sostenido conversaciones con organizaciones y personas -sin individualizarlas- tenían la impresión que la Comisión Organizadora no garantizaba una participación amplia de las feministas del continente y, por tal motivo/impresión, quitaban su compromiso de apoyo.

El boicot desinformativo tiene su propia cara visible con la publicación, en Cotidiano Mujer Fempress, de la carta de las oenegés chilenas solicitando el cambio de sede del Encuentro. Además de aquel artículo “SE Busca, se busca Un Encuentro”.

Teníamos que correr el riesgo; el trabajo realizado por la Comisión Organizadora se transformó en un quehacer a contracorriente, fue la muestra más clara que nuestros análisis eran bastante cercanos a la realidad y los vivimos en toda su dimensión. Sin lugar físico para funcionar, a no ser nuestras casas que tomamos por asalto, nuestros teléfonos y fax, los correos electrónicos personales, todo estaba en movimiento, pero con una pública fragilidad: ¿Quién iba a creer en nosotras, con esa precariedad? Nosotras mismas. Tuvimos que concentrar esfuerzos en la impresión y difusión de la Boletina, improvisar logo, que todo saliera rápido y lo más seriamente posible. Cómo no recordar esa comunicación de la Global Found en que nos decía que apoyaría con us$6 000 el VII Encuentro. Luego sería Iniciativa Cristiana Romero, Christian Aid, Mama Cash y, en los días del Encuentro, Kulu. Total us$40 000, el 8.66% del financiamiento que recibió El Salvador. Nunca recibimos la totalidad del aporte prometido del VI Encuentro.

Sólo en septiembre, con la llegada de los primeros aportes dos meses antes del Encuentro, logramos establecer una oficina y regularizar la comunicación con las feministas de la región. Sólo el primer día del Encuentro supimos que el riesgo había valido la pena: la llegada de 800 feministas fue el mejor respaldo a nuestra porfiada autonomía.

Cartagena fue el lugar del VII Encuentro, su elección respondió a una cuestión fundamental: Chile aparece en el contexto latinoamericano como un país de éxitos macroeconómicos, de modernidades florecientes, pero quienes habitamos allí, sabemos que existen varios Chiles, y uno es el de la pobreza, demás está decir que es el mayoritario. Cartagena es el balneario de ese otro Chile y, nosotras, somos parte de ese otro Chile. Por tanto, el lugar, también respondía a nuestra propia realidad como organizadoras.

Y no es que la autonomía la midamos en dinero. Fue toda una reflexión, todo un análisis crítico del estado del Movimiento Feminista, una puesta en escena desde otra visión de los cambios que necesitamos. Una propuesta inacabada, por cierto, con muchos vacíos estéticos, pero fue un situarse, desde otra orilla, a ver y actuar políticamente en el mundo.

 

Las opciones metodológicas en el VII Encuentro:

Sabemos que las metodologías no son neutras, que implican opciones políticas. Con este acierto nos embarcamos en el diseño programático del VII Encuentro. ¿Cómo fijar en medio de tanto desencuentro, las líneas de continuidad y ruptura con el pasado reciente?

¿Cómo hacer para que al fin pusiéramos en el centro la discusión política, explicitáremos las diferencias, sin que rondaran fantasmas que hacen pero no dicen? Todas estas cuestiones fueron puestas en  largas jornadas de diseño. Traíamos una historia de tres años de negativas a un debate conjunto.

Por ello, nuestra intención fue abrir el debate entre todas, a partir de tres ejes básicos, que se tradujeron en tres mesas centrales: marcos político y filosófico de las distintas corrientes feministas; el lado oculto y discriminado del Feminismo y, por último, las Estrategias ¿Cómo cambiamos el mundo?

En los cuatro foros nacionales que habíamos realizado, la metodología de mesas había permitido avanzar en el proceso de profundización de una reflexión sobre el Movimiento Feminista en Chile. Además la experiencia en El Salvador nos decía que era posible centrar la discusión allí. Lo que sí cambiamos totalmente fue la concepción de los talleres. Y la intencionalidad, estuvo puesta en tres cosas fundamentales: que todas discutiéramos los ejes planteados en, tanto único espacio colectivo cada tres años del movimiento feminista latinoamericano y caribeño; que los talleres de profundización se constituyeran a partir de las afinidades políticas de las participantes (en vez de repartir papelitos de colores); y, que los talleres no fueran la feria de las oenegés y las Redes que buscan legitimar su trabajo y sus proyectos propios que, con ritmos, objetivos y lógicas distintas, terminan profitando del qué hacer del Movimiento.

Paralelo a esto, que fue lo central del VII Encuentro, se desarrollaron todas las actividades culturales-artísticas, fiestas y rincones de sanación y todas aquellas actividades que las participantes quisieran organizar, todas, parte de la propuesta global de la Comisión Organizadora.

Se pueden discutir mucho las formas que adquirió el diseño programático del Encuentro, pero lo que no se puede dudar… es que “otra cosa es con guitarra”, y la guitarra la pusimos todas las participantes con más o menos afinación. Y lo otro, es que fue un Encuentro desde y para Feministas.

¿Y el después?

Decía antes, que todo evento tiene un antes y un después. Lo vivido en el durante y en el después varía de acuerdo a las distintas perspectivas, miradas, existencias, que en toda su gama se despliegan al estar juntas. Porque, como lo dije en algún momento, en el VII Encuentro sí estuvimos juntas, sí nos vimos, aunque no nos gustara, aunque no quisiéramos asumir las profundas fisuras de nuestras distintas existencias políticas.

No obstante, no puedo dejar pasar dos cosas que me han andado revoloteando desde que el último avión emprendió el retorno a su destino. La primera, es en tanto organizadora… ¡Sí, valió la pena tanta porfía! En la experiencia concreta de organizar un Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, pusimos sueños, deseos de cambio, ganas de transformar. Estoy clara que sólo algunas cosas logramos, pero también fuimos un mosaico complejo de personalidades, de biografías/ visiones, de asperezas, de imposibilidades, de amores y desamores, de encuentros y desencuentros. Entiendo que más de alguna no pudo expresarse en toda su necesidad; otras callamos frente a la agresión, más de alguna manipulación nos alejó de los objetivos. En definitiva, fuimos lo que cualquier colectivo organizador de Encuentros Feministas… sólo una posibilidad de que fuera distinto.

La segunda, tiene que ver con esta idea de la polarización… Creo que cada una por sí misma es un matiz, es una forma, es una manera de pensar la existencia. Cuando lo hacemos por colectivo, vamos construyendo un nuevo arco de posibilidades. Cuando lo hacemos confrontando toda la expresión de visiones y haceres, construimos nuevos mares para la búsqueda, y si el feminismo no es, entre otras muchas cosas, una búsqueda, corremos el riesgo de la uniformidad y de la miopía de sólo un ángulo, expresado desde una sola verdad, desde una sola forma de hacer política y vivir la política.

Ese fue nuestro protagonismo responsable, expresarnos desde otro ángulo y abrir un arco iris, ya no de colores ni de concertaciones, sino de apuestas nuevas para la existencia, para la política radical, para las utopías.

 


[1] Edda Gabiola es una feminista radical chilena que se ha abocado a la microhistoria del movimiento feminista en su país natal desde una perspectiva militante de la producción de conocimiento. Iniciadora de la corriente del feminismo autónomo. Desde 2000 vive en Guatemala donde está comprometida en la defensa de los derechos humanos y al análisis del movimiento feminista.

[2] Editorial La Correa Feminista, México, 1997

:.

Anuncios

Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 10:48 pm

A %d blogueros les gusta esto: