Ideas feministas de Nuestra América

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K.11 Elizabeth Álvarez, “Conversando entre nosotras”, 1996

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Elizabeth Álvarez,[1] “Conversando entre nosotras”, 1996[2]

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He tomado con preocupación y ocupación esta conversa entre nosotras para compartir la experiencia propia, conocer la de otra y enriquecer en la interlocución el quehacer político, ojalá también para articularlo a partir de las afinidades y avanzar en la propuesta vertebral del feminismo que es cambiar la vida, transgrediendo el orden establecido por lo aberrante del mismo y apuntando a la construcción de otro orden civilizatorio, lo cual implica revolucionar la vida. Tener otra mirada y otra práctica en los distintos espacios de la vida.

Y claro, esto queda en una fantasía y discursos sino tocamos la entraña patriarcal depositada fundamentalmente en las relaciones de dominación y avasallamiento tan palpable en las interrelaciones genéricas de lo privado que se expande a los otros espacios de vivir, alimentando lo público-conocido como un pulpo que, finalmente, nos enreda y enajena.

He vuelto con cuidado la mirada al sentido de los encuentros feministas. Para ello me he valido del recuento de la propia práctica/experiencia y del recuento crítico que de esas experiencias de encontramos materializó mi amiga Amalia Fischer, en la única investigación sistematizada que sobre el conjunto de encuentros ahora existe.

¿Para qué encontramos? El objetivo del primer Encuentro, realizado en 1981 en Colombia, era reunir a mujeres comprometidas con la práctica feminista para intercambiar experiencias, opiniones, identificar problemas y evaluar distintas prácticas desarrolladas, así como planear tareas y proyectos hacia el futuro.

Para mí, el objetivo mantiene vigencia si parto de que el feminismo es una concepción filosófico-político-cultural-ética sin fronteras, atinente a la humanidad. Si parto de que su hacer político transformador requiere de haceres articulados que necesitan crecimiento, consolidación y profundización. Y si entiendo que esta visión de otro imaginario, orden civilizatorio, está desafiada por las lógicas que intentamos derrumbar y que se anidan en el macrosistema patriarcal que no da regalías a las feministas para no favorecer su propio derrumbe.

Pero no está desafiado nuestro quehacer político sólo por el patriarcado externo y sus remodelaciones, por decirlo de alguna manera; sino también por el patriarcado interno que no terminamos de desvanecer en cada una de nosotras, que nos resta fuerza, permea nuestras relaciones entre mujeres y se ciega a la posibilidad de des-pensar lo establecido y de pensar lo no pensado.

El VII Encuentro que ahora estamos concretando plantea, desde las organizadoras, la necesidad de este espacio autónomo para debatir en torno al carácter político del quehacer del movimiento feminista, favoreciendo la reflexión y discusión de las distintas visiones y posiciones existentes. La intención es que el encuentro sirva para evaluar lo que ha sido la construcción de movimiento y sus políticas en los últimos años. Evaluación, señalan las del Encuentro Julieta Kirkwood, que nos permita proyectar estrategias de acción futura. En el trazo, esta propuesta se corresponde al objetivo formulado por las feministas del primer encuentro. La práctica de nuestro estar acá ocupadas de esas líneas de acción, nos dirá si logramos materializar ese sentido.

Después de quince años de encontramos ha corrido mucha agua bajo el puente. El feminismo de los inicios de los ochenta contaba con genealogía conocida, con saberes teóricos y prácticos orientados a la destrucción del patriarcado y a la reconstrucción de otro orden. La autonomía, la autoconciencia y lo personal como político vertían luces para la revolución de la vida cotidiana. Y con matices en sus expresiones, el carácter transgresor caracterizaba la epopeya de las mujeres. Eran aún tiempos de esperanza y de certidumbres que se traducían en el hacer.

Estos tiempos tienen otro panorama. Dentro del movimiento feminista se ha instalado y crecido una tendencia que repite de alguna manera otras rutas fallidas, las de instalarse en el sistema para que con la ciudadanía se opte a funciones de decisión dentro del poder patriarcal (sus instituciones) y desde ahí mejorar la condición de las mujeres, visibilizar a las mismas a través del empoderamiento. Son haceres políticos demandantes del Estado, de un conjunto de reivindicaciones emancipatorias para nuestro género. En este feminismo hay también una lucha social contra la discriminación a las mujeres, pero su horizonte de lograr lo posible lo coloca en un conformismo y limamiento de la rebeldía, perdiendo la capacidad de propuesta de cambio que el feminismo ha planteado y que lo diferencia de otros movimientos políticos y filosóficos que anidan la cultura dicotómica: la guerra, la violencia y la muerte para finalmente refrescar el sistema.

Sospecho, estoy cierta, que no va por ahí la gesta y el sentido de mi feminismo y que, por esos rumbos, parte sustantiva del movimiento será devorado por la lógica de dominación, desgastándose y derrochando energía en una causa no nuestra, debilitando al conjunto del movimiento. El orden actual es de barbarie, anticivilizatorio para el conjunto de la humanidad, su modelo está en cuestión y no se trata de remendarlo sino de imaginar, construir y movernos dentro de una simbólica no patriarcal que no sea la del paradigma del modelo opresor.

“El movimiento feminista -advierte Victoria Sendón- nació al calor de la euforia por las libertades y heredando esquemas emancipatorios de la izquierda, puede que consiga integrar a muchas mujeres en ese club exclusivo de los machos al que se ha llamado ‘lo público’, pero no tiene visos de cambiar el modelo cuando se evidencia cada vez más que es el modelo el que no funciona. En las universidades hay más mujeres que varones y ¿en qué ha cambiado el modelo universitario? Es cuestión de poder, se me puede apostillar, pero ¿qué clase de poder, bajo qué mecanismos se va a ejercer? Los partidos políticos tienen cada vez más mujeres que creyeron en ese camino hacia el poder, y ¿qué son ahora esos partidos? ¿Dónde encontrar los nuevos cauces? ¿Cómo hacer saltar los engranajes?”.

La participación de un fuerte sector del feminismo en lo público, la institucionalización del feminismo, la relativización de la autonomía en aras de supuestos logros, la burocratización y la tecnocratización en que ahora muchas invierten esfuerzos, no ponen en cuestión la vida cotidiana para revolucionarla, pues en el reino del patriarcado y por ende de la subordinación, en ese espacio político, lo privado es inviolable y toda odisea que intente trastocarlo será frenada; otras cosas se podrán pactar y negociar, las que le den una faz de apariencia de cambio al modelo vigente, algo así como humanizar al patriarcado. Por ello, la orientación de este feminismo no apunta a desvertebrar la lógica del sistema. Ubica, por demás, en una práctica enajenada a las mujeres, donde no deciden sobre sí mismas sino alrededor de los intereses de la macrocultura que queremos demoler.

Como muchas, vengo de una práctica revolucionaria en la izquierda. Luego, de una escisión crítica dentro de ella, después de una renuncia a esa isla “fortalecedora”, pero también enajenante, conozco sus amañados vericuetos y métodos, su lógica dicotómica y como elefanta con memoria los rechazo donde éstos aparezcan.

Reconozco sus pisadas, las propias huellas dejadas en esa ruta y por ello ni los discursos ni la producción de un pensamiento lúcido me son suficientes cuando los traducimos y/o nos guiamos por ellos, hilando grandes distancias en lo cotidiano de la práctica, los distintos espacios de la vida: lo íntimo, lo privado y lo público.

La mayor demanda que me hago a mí misma como feminista es la de la coherencia, procuro no autotrampearme ni hacer trampas a las otras en la construcción de cambiar radicalmente la vida, el mundo. No siempre lo logro, pues son fuertes los depósitos que del patriarcado tengo en el inconsciente y éstos afloran. Pero el esfuerzo y los pequeños logros son cotidianos. Me responsabilizo de mí y sé que ello supone responsabilizarme con otras en los afanes de instalar otro imaginario y construir otro orden civilizatorio. Esa relación en el hacer que es interacción tiene que ser desde una posición ética y autónoma.

Cuando me acerqué al feminismo, no pensaba en feminismos (en el sentido político filosófico). Creía en el sentido trastocador de éste y en su otra lógica sin pirámides ni inclinados planos. En el transcurso constaté la existencia de diversas visiones del feminismo y fui periférica en el de mis inicios que tenía muchas semejanzas en las prácticas con las de la izquierda a la que había renunciado. Los discursos no eran similares, pero las prácticas y métodos tenían mucho de aquella experiencia. Ese feminismo me inconformaba a mí y a otras. Con ese feminismo, a mi juicio, no se revolucionaba la vida.

En México, en una colectiva de la cual soy parte: Deliberadas: Complicidad Feminista, vislumbré a través de la genealogía y la práctica, otro feminismo cuyo esfuerzo se guiaba por transformarla vida, incluida la de cada quien. Portando en balbuceos este otro feminismo, me acerqué y participé en la organización del VI Encuentro Feminista que realizamos en El Salvador en 1993.La inconformidad y el no acomodamiento no radicaban sólo en mí. Así, en un sentido de búsqueda con otras mujeres de la región centroamericana, México y otras partes, nos acercamos para ir perfilando la vecindad de nuestros feminismos y nos reunimos alrededor de intenciones y búsquedas en los Feminismos Próximos. Esta ruta con otras afines es una valiosa e incipiente experiencia en construcción, que no da cuenta de sus haceres en las estadísticas, que transcurre en autonomía, que descree de las representaciones y pirámides en su hacer y que coloca al feminismo como forma de vida. Para mí, los Feminismos Próximos están caracterizados, entre otros elementos, por la autenticidad de la búsqueda y por la valiosa, necedad ética de casar medios y fines en el aporte a la construcción de un imaginario y hacer antipatriarcal y en práctica cotidiana. En mi travesía feminista que requiere de más articulaciones afines, tengo cercanía como de-liberada con las feministas.

Mi búsqueda con otras deviene de una profunda inadecuación en el mundo, del malestar que me (nos) provoca habitar una sociedad neutra donde se nos niega existencia, pero a la vez se nos usa: es una sociedad de cautiverios. Me (nos) inconformamos de  estar en esa cultura de exterminio, cuya lógica  amenaza el planeta todo, arrastrándonos en su vorágine que globaliza la miseria y la enajenación. Ante esto que es hecatómbico, no sólo nos queda tener deseos de cambio sino, como dice Margarita Pisano, cambiar los deseos, movernos en otra simbólica.

Este hacer político de cambio que no tiene mapas trazados ni recetas establecidas y que propone una búsqueda conjunta, sólo lo podemos hacer en colectivo, sin perder en él nuestras individualidades-autonomías y moviéndonos revolucionariamente en los espacios íntimos y privados, re-significando para transformar la vida, lo público; politizando nuestro hacer en la coherencia de medios y fines, siendo parte no ajena a un movimiento social, cuya fantasía no paralizante es transformar la vida; esto ya no sólo es tarea del feminismo, aunque en el vientre del mismo se aloja otro porvenir distinto a lo vivido.

Desde que el feminismo aparece en el siglo XIX como un movimiento social de carácter internacional con identidad y autonomía teórica-organizativa, hemos cabalgado largos trechos. Debemos suponer que también su contraparte, el patriarcado, se ha organizado y definido tácticas y estrategias para resguardar sus intereses. Desde él es iluso esperar regalías. Y el feminismo, desde donde lo vivo, no intenta “mejorar” la vida de las mujeres sino radicalmente cambiarla misma.

Para Simone de Beauvoir y lo comparto, la teoría feminista supone una transformación revolucionaria de nuestra comprensión de la realidad. Y esto es favorecer otro modo de mirar para construir otro estar-ser, lo cual supone despatriarcalizar nuestra forma de ver y estar en el mundo. Abandonar también, dice Victoria Sendón, teorías emancipatorias que habíamos hecho nuestras, pero construidas desde la lógica del patriarcado. Nos toca imaginar lo no imaginado, pensar lo no pensado. Y no es fácil.

No partimos de cero. Las luchas feministas presentes y que nos antecedieron, así corno el cuerpo teórico del feminismo, dan cuenta que hay camino recorrido y que en esos logros se ha materializado, visibilizado y explicitado la revuelta de las mujeres contra el orden establecido y las propuestas de otra política, de otra lógica. Entregar nuestra historia de rebeldías no es mi asunto, más bien es verla críticamente y aprender de ella para seguir tejiendo otra realidad.

Sin embargo, aún no tocamos suficientemente la entraña del patriarcado y quizá lo largo de nuestro proceso libertario, lo extenuante del mismo y la debilitación de las alianzas con luchas “progresistas” golpeadas, colocan al feminismo en un momento de crisis de su sentido transgresor. El patriarcado como sistema macrocultural hegemónico de depredación se ha fortalecido y se refuncionaliza y nuestra sana necedad también tiene aliento para buscar la buena vida, un mundo habitable para todas y todos, una búsqueda que ya no sólo es de nuestro movimiento.

En el contexto de crisis de alternativas, la cooptación para la institucionalización del feminismo ha procedido devastando consolidaciones construidas en el movimiento. Sobre todo cuando el feminismo demanda al Estado y otras instituciones el decreto de la des-enajenación de las mujeres, base de su sustento.

Parte importante del movimiento feminista ha entrado en una ola prolongada de desgaste, de pactos con las estructuras de poder y por tanto, de debilitamiento de su rebeldía y de conformismo con lo “posible”; se acepta finalmente lo que el señor decida dar en la rebatinga de derechos y los tiempos del señor nuevamente se imponen.

Y no creo que, mayoritariamente, el feminismo considere que en ese hacer no haya logros para la instalación de las mujeres en las prestaciones sociales y su figuramiento público. Como tampoco creo que las sufragistas pensaran que lo único que aspiraban era a ejercer la ciudadanía a través del voto, la igualdad. Pero si algo le tenemos que aprender a la historia es a no subestimar a quien detenta el poder, no podemos considerar que el patriarcado se humaniza. Ni tampoco creo acertado pensar que las mujeres metidas en el Caballo de Troya salgan venciendo al patriarcado por migajas que éste a su conveniencia está dispuesto a dar. De ese rumbo me alejo.

En el afán de comprender otras posiciones-visiones he pensado en cómo la izquierda, en algunos de sus sectores, llamaba a profundizar las relaciones capitalistas (fuerzas productivas) para hacer crecer al proletariado y, entonces, desde ahí crecer la fuerza de la revolución a mayor industrialización. Será que el trabajo con el movimiento de mujeres de algunas feministas, peleando sus derechos, logrando decretos de igualdad, las lleve a pensar que ello crece el feminismo y su propuesta de transgresión al patriarcado. Bien, son muchas dudas, quizá éste es el tiempo de escucharnos con respeto, de compartirnos los sentidos de nuestro andar.

Creo que el feminismo es para subvertir el orden patriarcal, esa macrocultura hegemónica, cuya lógica históricamente dicotomiza y genera relaciones piramidales negando existencia y buena vida a las mujeres. El feminismo es coherencia entre el pensar y el vivir y significa la gran revolución de la vida cotidiana, con ello la propuesta que conlleva no sólo es cambiar la vida sino, por ende, el mundo para gestar con otro imaginario otro orden civilizatorio. Al ser lo personal político, el feminismo se convierte en una forma de vida individual y una forma de lucha colectiva. Al tocar éste todas las esferas de las interrelaciones genéricas y poner en cuestión las mismas, su desafío toca las entrañas y corazón del sistema con dominio masculino en lo íntimo, lo privado y lo público. Por tanto, el feminismo es una propuesta política encaminada a gestar otro orden civilizatorio.

El viejo juego de la arenga política patriarcal, inmediatista y efectista, nos ha hecho jugar malas pasadas al acudir a él. Meternos a la lógica binaria de lo posible y lo utópico es simplificar el problema, negar a corrientes del feminismo sus visiones prácticas, posibilidades y utopías, es no complejizar el quehacer político. Tal vez, por la necesidad vital del movimiento y de nosotras en él, estas conversaciones posibiliten encontrar y explicitar direcciones y sentidos de nuestros movimientos en pos de construir otro orden-des-orden.

Quiero terminar esta inicial reflexión, recordando lo que me impactó en el VI Encuentro Feminista, durante el taller de las Cómplices, la expresión efectivista de una de una de las feministas no cómplice; ella decía que la corriente radical desmovilizaba a las mujeres, las desactivaba para la acción, andaban sólo en utopías. Ese decir me quedó dando vueltas y respondí en silencio e instintivamente que quienes desmovilizaban eran las otras al cautivar la transgresión. Quizá ahora lo que tengo que entender éticamente es que las orientaciones y sentidos del hacer son diferentes y que desde las propias direcciones no se desmoviliza si se actúa en el sentido de las propias convicciones y direcciones. Pero hay que aclararlo para precisar las diferencias.

Lo sano para el movimiento será explicitarnos en las visiones y los haceres, reconocernos en coincidencias y diferencias. Admitir que en unos y otros haceres, nos damos contexto, pero no pretexto. Sería, además, necesario vemos en la historia política del movimiento feminista y encontrar desde esa mirada analítica y crítica causas de nuestros derroteros esperanzados en un tiempo cargado de derrotas para la humanidad, en todos los planos de la vida social, política, económica, ética, cultural.

Ojalá tengamos la sabiduría en esta VII reunión de nuestros feminismos, de convertir la misma en un encuentro de nuestras diferencias y coincidencias, con lo que ello implica en el quehacer político, más que un desencuentro sostenido en el irrespeto de las diversidades, dinámica propia de la lógica patriarcal, amadora de las verdades absolutas y de sostenerse en esa concepción y práctica del paradigma soy yo.

Chile, noviembre de 1996.


[1] Poeta y feminista guatemalteca, participó activamente en las luchas por la liberación de su pueblo durante los años 1970-80, acercándose al movimiento de liberación de las mujeres durante el exilio en México, donde con amigas de Guatemala, Honduras, Panamá y Québec organizó un grupo de discusión y autoconciencia que redundó en la formación de De-Liberadas: Complicidad Feminista. Cercana a las posiciones del feminismo autónomo, hoy construye puentes dialogales entre varias corrientes radicales del feminismo centroamericano.

[2] Intervención leída por la autora, Elizabeth Álvarez, de Guatemala, en la primera plenaria del VII Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, Cartagena, Chile, noviembre de 1996 y publicado en Permanencia voluntaria en la utopía, La autonomía en el VII Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, Chile 96, editorial La Correa Feminista, México, 1997.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 10:43 pm

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