Ideas feministas de Nuestra América

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K.6 Ximena Bedregal, “Introducción” a Ética y Feminismo, ediciones La Correa Feminista, México, 1994

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Ximena Bedregal,[1] “Introducción” a Ética y Feminismo, ediciones La Correa Feminista, México, 1994

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¿Por qué pensar la ética desde el feminismo? ¿a qué estamos aludiendo cuando nos convoca y reúne el deseo de reflexionar ese concepto y su relación con el feminismo? ¿qué es la ética para las feministas? ¿de dónde sale y a dónde apunta el deseo de pensar esto?

Preguntas que adquieren más sentido cuando pensamos que casi ninguna de las participantes en este libro (ni en el seminario que le dio vida) somos, en sus sentidos tradicionales y académicamente aceptados, especialistas en filosofía, teóricas de la ética ni licenciadas, maestras o doctoras en ese “preciso” campo de las divisiones modernas del pensamiento.

1.-

La revolución solitaria, silenciosa y

expectante ya ha dado sus frutos en el

crecimiento personal de muchas mujeres y

la copa de la privacidad comienza a rebosar.

El paradigma está tocado y se tambalea; el

momento oportuno, el “kairos” de los griegos,

ha comenzado su cuenta atrás. Los tiempos

son propicios. Y las Diosas ¿por qué no?

Despiertan de su letargo[2]

Las que alguna vez tuvimos la suerte de nadar en algún libro como Ética para Amador [3] u otro, quizá en ninguno, pero por alguna razón pudimos articular nuestro deseo de vida y alegría con algunos conceptos al respecto, tendremos, al menos, la idea de que la ética es aquel indescriptible que nos permite enfrentar nuestra vida de la mejor manera, siempre en relación con las/los demás y con el medio todo en que vivimos. Una posibilidad de unir la razón y el deseo en esa maravillosa y terrible condición humana que es la libertad. Un intrínseco de la propia libertad: su extensión o su ejercicio al actuar o no actuar prefigurando y asumiendo el grado de responsabilidad que contraemos como consecuencia de esa elección. Que su difícil propósito de verbalizarse es reforzar la libertad del vivir, hacerla más rica, tener cada vez una mejor y mayor buena vida, entendida ésta en su interrelación absoluta con otras buenas vidas.

Desde ese maravilloso momento de ponerle algunas primeras palabras a esa intuitiva necesidad existencial (del corazón y la mente) quedó, al menos en mí, la idea de que era algo absolutamente personal, mi modo humano de construir mi estar en el mundo, mi personal libertad en su relación con la libertad y la buena vida de mis congéneres humanas/os. Y me sirvió de alerta, pauta y refuerzo para la razón de mis deseos y los deseos de mi razón en la edificación cotidiana de mi socialidad y mi politicidad.

Cuando mi modo humano se descubrió humana con sexo de mujer, conocí (sentí y aprendí) que mi ética no tenía nada que ver con ese otro concepto opresivo, ahogante y antiético que me imponían como “la moral”, a la que en mi medio solían llamar ética. Ni siquiera con la que me vendieron como “moral revolucionaria”, donde mi ser mujer seguía siendo sólo una enorme extrañedad y donde seguía sintiendo que las metáforas del poder quedaban viciosamente intactas. Entonces di el salto al feminismo. Mis pautas éticas en la construcción de mi libertad se hicieron una sola cosa con el continuo intento de ser-pensar-actuar feminista (mujer otra, diferente, transgresora, “éticamente” más y más libre). Mi creencia de que las raíces del dilema humano eran económicas y sociales se desarticularon en pedacitos tras un deseo de cambio de sentidos que transformara los significados del ser-estar femenino en el mundo y desde ahí los sentidos del vivir.

Entonces traté (tratamos) de cambiar significados. Lo hice con otras mujeres discutiéndole al poder, apostándole a los derechos de la mujer, buscando con otras hermanas el ponerle palabras al malestar, re-mirando y sintiendo mi/nuestro cuerpo, descubriendo y trabajando en áreas y temas desde donde salieran nuevos imaginarios para mi/nuestra vida femenil. A eso le llamamos “política feminista”. Y en un cotidiano actuar de santa profanidad, sabemos, cambiamos muchas metáforas.

Sin embargo, desde hace tiempo y a pesar de esos cambios sé que hay algo fundamental que sigue intacto (o casi) y estas ideas de la ética empiezan a trascender mi individual libertad y vida. Se han transformado en “un algo” que ya no sólo tiene que ver conmigo, con nosotras mujeres, aunque siga siendo su eje vertebral. En “un algo” que tiene que ver con la certeza (tal vez de las únicas certezas que tengo) de que algo anda muy mal con nuestra visión del mundo en su totalidad y con nuestras formas de establecer relación con todo. Y cuando digo nuestra me refiero a hombres y mujeres, a lo que causa ese malestar generalizado que se impone a todos-as como terrible y violenta forma de la energía vital.

Pero tiene que ver también con otra de mis pocas certezas, la de que el feminismo ha construido algo para entender mucho de lo que pasa y, que hoy, más que nunca, su desafío, partiendo de las mujeres, lo es para toda la humanidad. Con la certidumbre de que lo que tenemos en las manos no es coyuntural, ni se trata del “pan para hoy y hambre para mañana” que es en lo que finalmente desembocaron las utopías conocidas hasta hoy. Por el contrario, lo ya hecho tiene la potencialidad de trastocar la metáfora civilizatoria, la lógica y la ética de la construcción cultural humana. Es decir, las formas en que nos concebimos como humanos en relación con todas/os y con todo. Tiene que ver con la posibilidad de entender la lógica profunda y macrocultural en que nos movemos, sentimos y somos: el patriarcado. Tiene que ver con alguna otra inteligencia y con una diferente emoción e imaginación para cambiarlo.

2.-

Una gravidez de hastío revienta el

mundo. Es como si nos hubiéramos puesto

de acuerdo en la certidumbre de que este

tiempo nuestro ha de encontrar la fisura por

la que rasgarse y soltar tanto lastre

acumulado. El desasosiego, sin embargo,

proviene de no encontrar la salida ni las

esclusas por donde la podredumbre tendría

que verterse.

 

Asumir la posibilidad de cambio implica para las mujeres asumirnos constructoras de otros, nuevos, diferentes, conocimientos y propuestas globales y particulares; de una ética que trascienda la lógica de las demandas reivindicativas y emancipatorias. Aunque la idea de emancipación apele a no vivir en una realidad ajena a uno mismo y a los propios deseos y necesidades, algo en su forma de desplegarse está mostrando sus límites.

La demanda pone, se quiera o no, la solución en manos del otro. Es un pedir para que el otro me otorgue lo que me pertenece. Mi papel, por tanto, se limita a acumular la fuerza que le obligue a otorgarme lo que creo justo tener. Según la fuerza acumulada, podré negociar parte de mis demandas o imponerle la capitulación. Ésta es la ética de la política patriarcal, ¿la política patriarcal misma?

Mis demandas pueden ser muy razonables (la gran mayoría de las veces lo son, especialmente cuando vienen de los/las desposeídos, los/las oprimidos), pero en esa ética difícilmente estará presente la razón, ya que ésta se transforma en sinónimo de poder y de fuerza. En esa medida no cambia la lógica del poder ni toca sus raíces, al contrario, las refuerza y reinstala sin encontrar la salida ni las esclusas por donde la podredumbre tendría que verterse. ¿No es acaso la guerra la máxima expresión de esta lógica de confrontar fuerzas? Guerra, extensión de la política en otro campo. Guerra, realidad insoslayable en el México de 1994 y al parecer ¡Oh temibles dioses, que no Diosas! en el de los próximos meses, ¿años?

Inmersas en este logos han fracasado todas las utopías patriarcales de los últimos dos o tres mil años. Todos los sueños de libertad, igualdad, fraternidad, justicia social y económica vuelven en algún punto a fojas cero y, en una suerte de círculo vicioso interminable y cada vez más dramático y peligroso se reinician una y otra vez. Siempre con renovado deseo de verdad y honestidad y con la misma vehemencia, los sueños acaban por caer en parecido, si no igual, lleno de poder, control y dominio. Con el nombre de desarrollo económico, justicia social, equilibrio político, emancipación grupal, sectorial o étnica o el que sea, se impone nuevamente la misma reciclada (sin) razón por encima de los deseos y necesidades de los individuos, aunque parta y se ancle en éstas.

Esta forma de (des)ordenar la realidad invade lo cotidiano del vivir y los estados de ánimo. Una economía llamada “del desarrollo” cuyo valor está cada vez más en la salud de las macrocifras contables y no en la de los cuerpos y espíritus de las personas concretas de carne y hueso. Un juego de la política que con una retórica oferta de “democracia y equilibrio de las fuerzas mundiales” es cada día más impotente para crear alternativas participativas integradoras y posibilitantes de los deseos, ilusiones y necesidades de los “ciudadanos” (crisis de los partidos políticos, desorientación de los movimientos sociales, estados y gobernadores cada vez más distantes del sentir de sus “representados”, como los aspectos más visibles y cercanos entre otros muchos vacíos).

Un “boom” tecnológico que en la alucinógena inercia de su propia velocidad avanza a instalar la soberbia fantasía patriarcal de deificar la “inteligencia” varonil, posibilita la desmembración absoluta del ser humano y el “control total” de la naturaleza (¿o su fin?). En su camino ya ha marcado los tiempos y espacios del desastre ecológico y camina creando objetos y más objetos que nos vendan al sistema, logrando, al decir de Marcuse, “que la gente se reconozca a sí misma en sus bienes y se convierta en lo que poseen”, por eso los que nada tienen, simplemente no son. Esto es constantemente percibido por la gente y se expresa en un sentimiento perenne de insignificancia, en un estado del cotidiano vivir como, tan sólo, una sobrevivencia en guerra con la vida misma.

Buscando causalidades “lógicas” e inmediatas, se intenta explicar este estado de la realidad con la caída de los muros, la muerte del socialismo, la ruptura de los paradigmas de la modernidad, la complejización de una realidad ganancial y mercadotécnica planetariamente globalizada. Evidentemente esto es coyunturalmente cierto e incide en los límites actuales de la re-creación, pero sólo parcialmente. En la medida en que todos esos factores se ubican dentro de la lógica del mismo sistema que los provoca, en la medida en que nuestra imagen de la realidad está anclada en los paradigmas que provocan tal crisis, se transforman en una determinante absoluta impidiendo entenderlos como consecuencia y cúspide de su propia inviabilidad y esterilidad intrínseca.

La lógica lineal y proyectiva del pensar patriarcal en el que todas y todos estamos más o menos inmersas, nos hace muy difícil colocarnos fuera de sus propias dinámicas explicativas, tener una visión más global y asumir que lo que no funciona es el paradigma fundador. Nos re-coloca ante la imposibilidad de resolver algo con una paradoja; que la guerra resuelve la guerra, que la lógica que ha provocado una situación de miseria e indefensión resuelva la situación generada por ella misma. En otras palabras, que las imposibilidades del sistema van a hacer posible al mismo sistema.

Los signos del sistema están por todas partes, podemos percibirlos. La brecha entre disfrute y exclusión se ha vuelto insuperable. El sistema patriarcal no tiene solución. La totalidad exige ser resituada porque alberga una realidad que ha dejado de ser significante.

 

3.-

Los límites no los diseña ni dios ni el

diablo, ni el espíritu burlón que se divirtiera

constriñendo o reventando lindes. Es la

propia historia con sus tiempos, sus parcas,

repeticiones o saltos, la que abre sus

portones, levanta fronteras o tiende puentes;

es ella quien sopesa la densa carga del

mundo, quien alumbra el tremor de un tiempo

nuevo, la que marca el tiempo exacto, cabal,

en un devenir incierto o caótico que

posiblemente responda a un profundo orden

de simetrías rotas.

Pero ¿donde está la posibilidad de éste giro contracultural? El feminismo está marcando un salto, una asimetría que ensancha los puentes de lo real y reubica las fronteras de la realidad pero lo hace en los marcos de los límites históricos. Tal vez su posibilidad reside en su capacidad de potenciar otras miradas de esa historia y otras imaginaciones del actuar en ella ya que su tiempo viene de antes, apunta más allá y se ubica en el cuerpo y en el deseo transgredido de las mujeres. El feminismo nos ha dado otras pistas por donde comprender y transitar; pero, necesario es reconocerlo, nuestro sistema diferente, feminista, aun no consigue fijar con claridad su propia reflexión.

Las resistencias, reivindicaciones y confrontaciones que ejercitó el movimiento feminista: lucha contra la violencia, por el derecho al cuerpo y a la salud reproductiva, por mayor visibilización histórica, hacia nuevas expresiones “femeninamente” sexuadas de la comunicación y la palabra, tras una participación más igualitaria, etc., que han tenido una importante capacidad de develar muchas de las vértebras mismas de la estructura social, de su dicotomía y su lógica del poder sexuado y que han ensanchado el sentido de realidad de las mujeres, deben asumir hoy el valor de desentrañar y desconstruir la ilusión civilizadora global que las ha fundado.

La ética del sistema está implícita en su modo de pensarse, de mirarse, de representarse el mundo. La conciencia de nuevos requerimientos y lógicas de bienestar apuntan con claridad a nuevas formas de representarse el mundo y la vida en él. Por eso al feminismo le es urgente pensar la ética, dar un nuevo salto que nos haga transitar del pensar, re-pensar los “cortes conflicto”, temáticos o sectoriales, instalados por el patriarcado: al interior de sus mecanismos, hacia la búsqueda de construir un nuevo edificio del pensamiento desde nuestra invención del ser mujer. El salto de un enfoque estrictamente relacional (en el que, por lo demás, se basa el hoy tan manoseado concepto de género) a otro que cuestione el concepto de civilización y su práctica.

Ser mujeres, por esencia o por presencia, no va a cambiar el sistema. Hacer posible un cambio civilizatorio es trastocar el papel simplemente reproductor que nos ha sido asignado. Usando una frase de Margarita Pisano, se trata de “asumir la capacidad de lo creativo humano que se ha autoasignado el modelo varón”, Se trata de re-conocer los caminos que en nuestra práctica política “nos han dado innumerables saberes teóricos, filosóficos e intelectuales”. Nuestra capacidad de ser productoras no tiene nada que ver con lo que hoy –casi compulsivamente y con la consigna de “incorporar la mujer al desarrollo”- nos ofrece el sistema, abriéndonos espacios para que produzcamos bienes materiales necesarios y bienes simbólicos urgentes para su propia autorreproducción. Lo creativo humano para las mujeres es ejercer la seguridad de que nuestra biografía feminista, individual y grupal, nos hace productoras de pensamiento y de prácticas contraculturales reales.

 

 

4.-

Se trata de un esfuerzo por

comprender el sutil entramado de tanto

malestar, de tanto sufrimiento inútil, de esa

barbarie del fondo que guía un mundo

aparentemente civilizado. El intento por

develar lo que no vemos para transformarlo

en lo que nos hace alejarnos de lo evidente,

que no de lo más profundamente real y más –

trágicamente originario.

Sin embargo esto no es simple, no se da por un acto de voluntad o por un ataque espontáneo de “concientización”, puerta al cambio que nos enseñaba la utopía de la izquierda revolucionaria. El discurso feminista se mueve en el orden simbólico, razonable, emotivo, lleno de sentido común, pero la realidad “ser mujer” no está simbolizada, tan sólo designada.

Entonces ¿cómo hacer para que nuestras creaciones culturales (nos) signifiquen y creen una nueva esfera pública y social para la vida? ¿desde dónde podemos las feministas imaginar y practicar una otra ética que instale también una otra forma de mirarse, representarse y pensarse en el mundo, al mundo y al vivir?

Esto es, sin duda, un desafío enorme para las feministas hacia mediados de la última década del siglo. Creemos que no basta con discutir los mismos temas que nos han ocupado las últimas tres décadas. Hoy como nunca, se requiere levantar una sucesión de nuevas propuestas de reflexión, hay que armar nuevas preguntas. Tampoco basta con el aporte que las “especialistas” puedan hacemos desde su especializado conocimiento. Se requiere inventar una diferente manera de hacer teoría colectivamente. Urge nuestro reconocimiento real de las sabidurías que hemos acumulado las mujeres en nuestra práctica militante e impulsamos con una complicidad que supere ese miedo que Paola Melchiori llama “la dificultosa relación con nuestros amores intelectuales”. Nuestras experiencias tienen muchos ecos, no sólo en la metáfora que ya ha sido tocada, también y principalmente en nuestras propias mentes, corazones y vidas concretas. Debemos reconocerlos y recogerlos, simbolizándolos con las palabras que los proyecten como creaciones de cultura, hacerlos una Fiesta.

“El poder hacer la Fiesta consecuencia de sentirse sujeto singular con toda una experiencia que se necesita comunicar, compartir y celebrar, simplemente por ser nacida, por ser sujeto simbólico (o político). La fiesta está adscrita a la esfera pública. No es cuestión fácil para el colectivo femenino que ha aprendido a hacer propios espacios ajenos y en una esfera social donde los pocos jardines que quedan están ocupados o llenos de peligros”.[4]

En ese deseo se unieron en este libro mujeres diversas que desde variadas experiencias les dan vueltas a sus propias preguntas e instalan su particular mirada. En él se cuelgan muchas luces que alumbren la Fiesta, se colocan cintas de muchos colores y de muchos diseños. Algunos de los temas se desarrollan con cierta profundidad, otros muchos sólo se articulan como preguntas abiertas que marcan su presencia como necesidad teórica y práctica, pero todos nos muestran la necesidad profunda de nuevas formas, de nuevas propuestas y de nuevas miradas sobre esta civilización del des-orden y la violencia.

Con toda su diversidad, todos apuntan, sin duda a nuestra enorme necesidad de cambios profundos. Después de todo “si vamos Viendo (orden simbólico) y vamos Diciendo (autoridad) concluiremos sin duda Haciendo la fiesta”.[5] Al menos a eso le apostamos Feministas Cómplices, al entregarles este libro.


[1] Ximena Bedregal es una feminista boliviana de madre chilena que vivió políticamente tanto las revoluciones como las represiones de ambos pueblos. Durante sus años de exilio y creación en México (1982-2006),  trabajó como arquitecta y se manifestó como feminista crítica, fundando hacia principios de la década de 1990 tanto el Centro de Investigación y Capacitación de las Mujeres (CICAM) y la revista independiente y la línea editorial La Correa Feminista, como la corriente del feminismo autónomo. Desde 2007 vive en Bolivia.

(1)    Uso como citas introductorias a cada una de las partes de esta presentación, párrafos del libro Feminismo Holístico: de la realidad lo real; de Victoria Sendón, -Cuadernos del Agora, España, Julio de 1994- porque me resultó enormemente significativo descubrir que, exactamente cuando armábamos este libro, en otras latitudes, se hacían otros con inquietudes tan similares “como si nos hubiéramos puesto de acuerdo en la certidumbre de que este tiempo nuestro ha de encontrar la fisura por la que rasgarse y soltar tanto lastre acumulado’.

(2)    Savater, Fernando, Ética para Amador, Ed. Ariel, México, 1991.

(3)    Elvira Aparici Benegas; “El jardín de las celebraciones”; en Feminismo Holístico: de la realidad a lo real, op. cit.

(4)   Op.cit.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 10:35 pm

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