Ideas feministas de Nuestra América

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K.1 Ana María Giacosa, “Los silencios del pentagrama”, en Viaje alrededor de mí misma, 1989

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Ana María Giacosa,[1] “Los silencios del pentagrama”, en Viaje alrededor de mí misma, 1989[2]

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Hay una expresión que todos hemos escuchado alguna vez: “Detrás de un gran hombre hay siempre una mujer”. Por razones obvias, nosotras la recordamos más que los varones. A juzgar por el tono en que se la enuncia o por el contexto en que estaba escrita, tenía el carácter de un homenaje al sexo fenómeno. Una forma galante de señalar la participación silenciosa y anónima de las mujeres en la grandeza, la fama o la gloria. Personalmente -no creo haber sido la única- siempre me pareció un premio consuelo. Aquél “detrás” me sonaba mal un mundo que reivindicaba el “adelante”. Donde el afán de destacarse ser los primeros parecía una saludable apetencia en muchachos y muchachas. Si alguien hubiese afirmado que el opacamiento voluntario, el ocultamiento de las capacidades o de la inteligencia eran una virtud le hubiera respondido con una franca carcajada de desprecio. Estaba bien para los santos y los mártires, pero tratándose de personas comunes –hombres y mujeres- me parecía tan censurable como retrasarse voluntariamente en una carrera o a tender el arco a desgano. En una palabra, jugar en contra.

Al cabo de los años entendí que la citada expresión entrañaba un sacrificio en nombre del amor. Si era así, existía la posibilidad de escuchar o de leer alguna vez el aforismo invertido. Después de todo, el amor es un sentimiento muto y no es descabellado suponer que también un hombre puede estar “detrás” sosteniendo e impulsando una “gran mujer”. Al margen de los casos reales, confieso que nunca lo escuché ni lo vi escrito.

Aquella soberbia carcajada adolescente debería disminuir los decibeles al enfrentarse con la realidad. Las cosas parecían ser irreversiblemente de una manera. Tendríamos que deponer rebeldías y amoldarnos al “detrás”. Detrás de Tarzán estaba Jane, Olivia detrás de Popeye, detrás del Quijote la Dulcinea, detrás del Dante, Beatriz, detrás del jefe, la secretaria y así hasta la eternidad. Todo trataba de convencernos que ese discreto lugar no era despreciable. Los silencios del pentagrama son tan necesarios como las claves y las notas. Pero ¿qué argumento justo podía esgrimirse para hacerle comprender a una niña que sus oídos deberían de permanecer sellados ante los cantos de sirena de la fama, la gloria o la aventura? ¿Que brillar y destacarse era poco femenino? ¿Cómo explicarle que entre el “ser” y el “estar” se esperaba que elija el segundo, que debía renunciar a ser “Yo” para escuchar el permitido solo de violín que no era en la mayoría de los casos una interpretación magistral sino que desafinaba a menudo?

En honor a la verdad, no era con palabras que se explicaban estas cosas. Recuerdo los juegos infantiles y descubro ahora que no eran endebles bejucos remisos a sostener mi peso los que me impedían imitar a Tarzán. Una carga de cosas innombradas pero casi palpables curvaba mi espalda de diez años sobre el tarro donde freía papas para los pequeños amos de la improvisada jungla. En nombre de tantas cosas, el grito de Tarzán quedó en mi garganta reducido a un murmullo o a un silencio.

El posterior conocimiento de la existencia de mujeres destacadas a lo largo de la historia, el creciente número de representantes del género femenino ocupando cargos de responsabilidad, de notoriedad en todas las áreas no me resultó suficiente para compensar la voz, el pincel, la palabra o la nota inexpresada de tanta mujer. En nombre del amor, de los prejuicios, o de la descarnada imposibilidad, ¡cuánto libro sin escribir, cuadro sin pintar, talento sin desbastar!

Una enorme dosis de crueldad e injusticia con la humanidad era necesaria para legitimar el ostracismo -voluntario o no- del campo de las actividades superiores a que se vieron sometidas las mujeres. Más allá de la apetencia por la fama o la gloria, la gran mayoría quería sólo expresarse obedeciendo al “imperativo categórico”, sin importarle el juicio de la posteridad o la trascendencia de su obra. Al igual que muchos verdaderos artistas del otro sexo. Pero en el cálculo de probabilidades, una sola Elizabeth Vigée Lebrun llegaría al Louvre, y por casualidad. Entre nosotros, una sola Lola Mora desprejuiciada y anacrónica esculpió contra viento y marea dejando su obra. Entre tanto, cuántas luchas sin historia, cuántas mujeres notables y geniales oscurecidas detrás de “grandes hombres”. Es difícil medir el desgarramiento y el sacrifico ocultos tras el renunciamiento nada ajeno a la milenaria tradición de sumisión. Ambos –hombres y mujeres- podían estar sacudidos por mismos afanes trascendentes, pero en el estrecho firmamento sólo cabía una estrella.

En vela junto a la puerta del horno, Jane Baillie Welsh cuidaba que el pan adquiriera el exacto grado de cocción exigido por su violento e hipocondríaco consorte, Thomas Carlyle. La víctima de las violencias de aquel ogro taciturno, era una exquisita escritora, que dominó sus impulsos literarios en aras del ambiente familiar adecuado para que el filósofo misántropo diera forma a su teoría del culto al héroe, lejos del horno del supuesto. Una última singularidad del atormentado personaje, un postrer sentimiento de culpa, permitió que se conociera el cuaderno de memorias donde su esposa consignó las tristezas y tribulaciones de un alma incomprendida y lo describió con rasgos nada favorecedores. Un diamante rescatado de las cenizas también u obra de la casualidad.

Una capacidad artística extraordinaria, una inteligencia asombrosa y una personalidad deslumbrante sumadas a la belleza, acompañaban a Alma Shindler. Juicios recientes no escatimarán el calificativo de “genial” para esta mujer sin obra que sepultó su genio junto a sus partituras para ser decisiva en la obra de los hombres que amó. A los veinte años renunció a sus posibilidades creativas para consagrarse por entero al gran compositor Gustav Mahler. Con la misma dedicación aportó posteriormente a la obra del pintor Oskar Kokoschka y del escritor Franz Werfel. Podrán decirme que las sinfonías de Mahler bien valen cualquier renunciamiento: Pero no es menos cierto que el sacrificio de Alma Mahler ha privado la humanidad del disfrute de su genio musical y tal vez “de la gran sinfonía que ninguna mujer compuso”.

Casi en la misma escala, la notable y prácticamente desconocida Lou Andrea Salomé, cuya vida transcurrió en la compañía de Nietzsche, Freíd y Rilke, también sacrificó aquí su personalidad en la entrega voluntaria y la sumisión al genio principal. No voy a enjuiciar aquí la legitimidad de los renunciamientos que hombres y mujeres han estado y están dispuestos a hacer en nombre del amor. Cito estos ejemplos –trascendidos de una larga lista anónima- porque me han conmovido más que otros. Pero no puedo negar que me acosan las dudas: ¿libre decisión en nombre del amor o rendición inconfesable ante las formas sutiles o bárbaras de confiscar el talento femenino? Aunque parezca irreverencia, tratándose de tales genios me hubiera gustado decirle a Carlyle que bien podía haber horneado de vez en cuando el pan para permitirle a su mujer escribir con cierta tranquilidad. Absoluto, contradictorio y desprovisto Malher, que se conformara con una semi-dedicación a cambio de duplicar los genios musicales de su casa.

Han existido, existen aún, formas menos sublimes de expropiar el talento de las mujeres. Durante largos años, el mediocre periodista casado con la escritora francesa Colette usufructuó el éxito de sus novelas. El joven aspirante a escritor Jules Sandeau ocultó por un tiempo su prosa opaca tras el brillo avasallante de Aurora Dupin, conocida como George Sand. Un silencio cómplice disimuló hasta el último momento el verdadero sexo de escritoras que, doblegadas ante las convenciones, usaron seudónimos masculinos como Fernán Caballero o Víctor Catalá. El estrecho parentesco con una celebridad también fue fatal para la cretividad femenina: Nadie recordará a la esposa de Juan Boscán o a la hija del Condestable de Colonna, aunque ambas fueron notables escritoras.

Ensalzar aptitudes de menor valía para ocultar otras superiores también ha sido maniobra común. ¿Quién que no haya buceado en los archivos y las curiosidades históricas podrá enterarse de la sagacidad política y admirable estilo de nuestra Mariquita Sánchez de Thompson? Su frondosa correspondencia con personalidades de la época constituye un testimonio revelador. Sin embargo, la veremos siempre sentada al piano como figura principal de las tertulias coloniales.

En estos ejemplos ilustrativos se incluyen a mujeres cuya categoría social les permitía mucho más que a las otras. Renunciantes o no. Imaginemos la interminable lista, pasada y presente, de mujeres de toda condición social que vieron aplastada su singularidad bajo el peso de los prejuicios, la carencia de cultura o dinero, o … el renunciamiento en nombre del amor con mayúscula.

Siempre detrás, sosteniendo a la espalda el pesado morral donde su hombre deposita la caza, camina la mujer por la selva chaqueña. Poseedora de ella, disimula su fuerza. Dedos femeninos ejecutan una interpretación extraordinaria de Beethoven que resuena solitaria entre los muros familiares. Quisiera que todos la escucharan. Quisiera levantar la losa que pesa sobre tanta capacidad creadora disimulada sin nacer o sin crecer. Una apetencia tan humana como el humano deseo de conocer la otra cara de la Luna. En nombre de la libertad, del arte, la ciencia y numerosos etcéteras, las mujeres, los hombres y los pueblos debieran aunar esfuerzos y exigir la inmediata e imprescriptible libertad del talento femenino.


[1] Ana María Giacosa pertenece a una generación y un tipo muy amplio de mujeres de mediados del siglo XX: militante política y profesional, escribió sobre las mujeres, defendió la libertad de sus vidas, pero no se reivindicó nunca feminista, para no tener que “renunciar”, “limitar” o “excluir” sus prácticas políticas en organizaciones mixtas. Nacida en Argentina y muerta en el exilio en México, fue Convencional Constituyente de Salta, su provincia natal, candidata a gobernadora, y dirigente del Movimiento Patriótico de Liberación. Fue periodista y crítica de la literatura. Durante la dictadura militar sufrió la cárcel y luego optó por exiliarse. Viaje alrededor de mí misma es un recorrido autobiográfico por el mundo de las mujeres en la historia, desde Penélope hasta Eva Perón.

[2] Ediciones de la Patria Grande-Casa Argentina de Cultura, México, 1990, pp. 25-30.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 2, 2011 a 12:41 am

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