Ideas feministas de Nuestra América

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J.5 Ana Lau, Las mujeres en la Revolución Mexicana. Un punto de vista historiográfico, 1995

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Ana Lau,[1] Las mujeres en la Revolución Mexicana. Un punto de vista historiográfico,[2] 1995

[Texto proporcionado por la autora]

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La participación de las mujeres en el movimiento revolucio­nario es y ha sido un tema controvertido para aquellos/as que estudian este proceso. El interés que ha sus­citado se tras­luce en el material publicado, tanto en nuestro país como en el extranjero. No obstante que apenas empezamos a conocer un poco más del tema, existen infinidad de preguntas aún no resueltas, aspectos, personajes y acontecimientos que permanecen a la espera de su historiador/a.

Los estudios publicados muestran sólo matices de la ac­tuación social femenina y resaltan, en lo general, a las más conocidas, a las heroínas, a aquellas cuya huella es más fá­cil de rastrear, en tanto que cuestiones tales como las rela­ciones que se establecieron entre hombres y mujeres a raíz del conflicto, los cambios en los patrones de conducta en  tiempos de guerra, los papeles asumidos por las mujeres y su respuesta frente a la sumisión de que fueron víctimas, todavía no ocupan el lugar que debieran dentro de los análisis que se llevan a cabo sobre el proceso revolucionario.[3]

El interés por consignar la par­ticipación femenina durante la Revolución proviene no sólo de los hombres sino también de las mujeres, ambos se han in­teresado, aunque de distinta manera, por rescatar, analizar y explicar que la participación femenina no fue esporádica, se­cundaria ni estereotipada, sino que las mujeres como sujetos sociales deben ser consideradas dentro del contexto y con re­lación a sus demandas específicas y de acuerdo al bando o facción en que participaron.

En este sentido, el material biblio-hemerógrafico existente se puede dividir en 3 grandes bloques: el primero, las fuentes prima­rias, escritas durante el momento mismo de la oposición al porfiriato y en la guerra; un segundo, las obras publicadas entre los años de 1920 y 1950; y el tercero, las publicadas de entonces a la fecha.

El primer periodo abarca aproximadamente de 1887 a 1917 y  es el más interesante porque proviene de las/los mismos/as participantes. Lo que se conoce comprende publicacio­nes con características peculiares, por un lado encontramos las que pugnan por el mejoramiento moral de las mujeres, las que buscan la obtención de derechos e igual­dad y por úl­timo las que influyen en la política ya sea a favor de ellas o las que tratan de impedir que haya cambios en su condición.

La cronología se inicia con la aparición del periódico di­rigido por Laureana Wright de Kleinhans (1846-1896) Violetas del Anáhuac,[4] en donde ya se plantea el problema del sufragio fe­menino, de la igualdad de derechos para ambos sexos y se aboga por la instrucción de la mujer; el periodo concluye con la expedición de la Ley sobre Relaciones Familiares en abril de 1917, que intentó promover un cambio en las relaciones hom­bre/mujer dentro de la familia, en el matrimonio y con los hijos, luego de que la Revolución alteró usos y costumbres en algunas clases sociales, principalmente de la clase media así como, en aquellas mujeres pertenecientes a estratos más bajos.

En un primer momento, fueron las periodistas y las maestras -mujeres educadas- las que dieron a conocer qué sucedía dentro del mundo femenino que a ellas les incumbía; fue­ron las voceras de la corriente oposicionista y dejaron plas­madas en publicaciones periódicas, manifiestos, cartas y so­licitudes sus preocupaciones sociales, que nos ayudan a cono­cer cuál fue su trayectoria de lucha, sus ideas sobre la so­ciedad en la que vivían y los cambios al modelo de mujer que proponían.[5]

En los periódicos encontramos artículos que son el punto de partida para rastrear el pensamiento y acción femenina; mues­tran la aspiración de un cambio significativo con relación a los patrones de conducta social y cultural imperantes hasta entonces y ex­hiben una manera de ser distinta que iba encaminada en el ám­bito privado, a replantear una relación de igualdad con los varones y a nivel político una mayor democrati­zación.

Periódicos, como el ya mencionado Violetas del Anáhuac publicado entre 1887 y 1889 de Laureana Wright; El recreo del Hogar, fundado en Mérida por Cristina Farfán; El Album de la mujer, que encabezaba la fe­minista española, Concepción Gimeno de Fláquer; La Mujer Mexicana, órgano de la sociedad feminista “Protectora de la Mujer”; El Hogar mexicano de Laura Méndez de Cuenca, son una mues­tra de la actividad in­telectual femenina que pugnaba por ob­tener beneficios para su género en lo relativo a la educa­ción, al trabajo y a la vida doméstica y al mismo tiempo pretendían lograr el mejoramiento social de las mujeres de las clases menos favorecidas. Oscilaban entre la caridad y una actitud más cuestionadora.

Además de los puntos de vista femeninos encontramos también las versiones masculinas que, difundidas en artículos y li­bros, manifiestan la preocupación de los efectos que podían alcanzar la proliferación de publicaciones de mujeres y las demandas que esgrimían. El objetivo de estos pensadores iba encaminado a aportar a la discusión elementos que contrarres­taran la rebeldía, que ellos denominaban como “feminista”. En éstos se percibe una clara tendencia a aceptar que se instru­yera a la mujer a fin de que pudiera realizarse con más ahínco en su maternidad y contara con los elementos necesa­rios para convertirse en buena madre, ama de casa y esposa.

Los positivistas ponían énfasis en la vida privada como único límite permitido para su participación social y la ex­cluían de un ámbito colectivo más amplio como era la polí­tica. Paradójicamente aceptaban que las mujeres de los estra­tos bajos transgredieran estas normas y participaran como ex­plotadas. Lo que los hacía caer en una doble moral que por un lado, restringía a unas el acceso al mundo público, mientras que a otras las empujaba a salir por necesidades de sobrevi­vencia, sin que su papel se viera afectado. Como decía Andrés Ortega:

[…] porque para las mexicanas el pudor es su más rico tesoro, su auréola más bri­llante, su imán más atractivo; y como su contacto diario con los hombres, por causa de asuntos académicos, científicos y profesionales, tendría que teñir de carmín en más de una ocasión sus ruboro­sas mejillas, claro es que sería violen­tar su modo de ser, herirlas en mitad del corazón, asesinarlas proditoriamente, masculinizándolas con lo que hoy torcida­mente se llama feminismo.[6]

Hay que hacer notar que, mientras que el pensamiento po­sitivista proponía la sumisión de la mujer frente al hombre y prescribía que la mujer debía permanecer en el hogar y no participar en los asuntos públicos y “en nombre de la diver­sidad biológica (éstos) pedían que se graduara su educación para evitar la total emancipación de la mujer y que con ello desaparecieran las futuras madres y esposas”,[7] las publica­ciones femeninas exaltaban el papel de las mujeres en la educación, en el tra­bajo productivo e inclusive en el queha­cer político.

En este sentido, el empleo femenino[8] de finales del siglo XIX fue creando también las condiciones para una politización de las mujeres y su consecuente participación en organizacio­nes obreras,[9] en grupos políticos y en los movimientos para de­rribar al gobierno porfirista. Su conciencia de explotación, tanto dentro del hogar como en el trabajo, creció rápidamente al grado que algunas mujeres no sólo participaron en el movi­miento revolucionario sino en ocasiones, también fueron van­guardia y líderes.[10]

La flagrante contradicción a la concepción positivista re­sidía en el alto porcentaje de mujeres que se incorporaban a las labores productivas en fábricas y talleres, las que se empleaban en trabajos informales como el servicio domés­tico y la venta callejera de alimentos y otros productos, además de aquellas que participaban como periodistas, maestras, se­cretarias y hasta burócratas y quienes desafiando la pres­cripción llegaban a estudiar una carrera (vale citar los casos de las doc­toras Matilde Montoya, Guadalupe Sánchez, Columba Rivera y Soledad Régules y de las abogadas María Asunción Sandoval de Zarco y Josefina Arce[11]).

Desde el ámbito cotidiano algunas mujeres subvirtieron su con­dición tradicional de amas de casa y abnegadas esposas para integrarse a la oposición y militar dentro de grupos sindica­les, mutualistas y revolucionarios. Apoyaron la causa anti­porfirista con los medios que tenían a su alcance. Fueron ma­dres, esposas, correligionarias, correos y espías. Y en   los ámbitos y misiones en los que participaron lo hicieron con igual intensidad y compromiso que sus compañeros varones.

Periódicos y semanarios como Vésper,[12] dirigido por la periodista y militante antiporfirista, Juana Belén Gutiérrez de Mendoza, (1875-1942) La Corregidora, de Sara Estela Ramírez (1881-1910),[13] La Mujer moderna[14] de Andrea Villarreal y muchas otras aparecidas en la primera dé­cada de este siglo son reflejo del afán de estas mujeres por cambiar la inmutabilidad a que estaban sometidas a través de cambios po­líticos y de la instauración de una de­mocracia que final­mente, pensaban, las haría acreedoras a derechos polí­ticos.

Mujeres como Dolores Jiménez y Muro (1848-1925) quien mi­litó en el magonismo, favoreció a Madero y por último, se de­cidió por el zapatismo para combatir a Huerta; Juana Belén Gutiérrez de Mendoza (1875-1942) crítica acérrima del go­bierno de Díaz, directora y fundadora de Vésper, tribuna desde donde atacó al régimen y fue perseguida, como maderista fundó clubes de mu­jeres en apoyo al caudillo y solicitó el voto. Elisa Acuña y Rossetti (1887-1946) compañera de lucha de Juana y periodista editora de varias publicaciones como Fiat Lux y La Guillotina; Andrea Villarreal (1881-1963) cono­cida magonista colaboradora de Regeneración, quien se desem­peñó como correo y enlace de la causa en México y en los Estados Unidos y en 1909 fundó el periódico mensual indepen­diente La Mujer Moderna como órgano del “club liberal Leona Vicario”. Estas y muchas otras se en­tregaron a la causa con devoción y pelearon con la pluma por convicción. Sus artícu­los muestran una incipiente ideología de género[15] que las hacía combinar al mismo tiempo cuestiones políticas con transformaciones de índole privado en lo referente a la emancipación femenina.

Aquellas mujeres que se dedicaron al periodismo fueron activas promotoras de cambios en la situación para su género y tam­bién participaron en el terreno político en contra del go­bierno de Porfirio Díaz, se comprometieron con los movimien­tos de opo­sición fundando organizaciones que protestaban con­tra los abusos del régimen y promovían la efectividad del su­fragio y la no reelección, al tiempo que pedían mejoras a la condición femenina. Al igual que algunos de sus compañeros sufrieron destierro, prisión y persecuciones.[16]

A partir de 1910 encontramos una creciente politización fe­menina, las discusiones en la prensa comprueban esta aseve­ración, las mujeres insertas en organizaciones que respalda­ban a Madero se pronuncian y manifiestan en documentos donde combatían la reelección de Díaz o en cartas en donde solici­taban ayuda para sus hijos o familiares, estas últimas nos hacen ver cómo las mujeres a partir del ámbito privado se co­munican con el poder. Las precursoras, en estos momentos, se definieron por uno u otro bando, pelearon pero también escri­bieron y las encontramos en los documentos como creadoras, firmantes o propagandistas de planes revolu­cionarios.[17] Al lado de éstas, una pléyade de mujeres de todas las clases sociales se incor­poró al movimiento en todas sus facetas: las tenemos de con­trabandistas, co­rreos, enfermeras, soldaderas, maestras …

También aquellas que si bien no participaron en el debate político, ni en la lucha armada, pugnaron con la pluma, por la superación de la mujer a partir del estudio, formaron clubes de ayuda a las desampara­das, lucharon por adquirir derechos y otras tra­bajaron por la protección de los desvalidos.

Temas como la violencia hacia las mujeres y la prostitución, esta última reglamentada en el porfiriato, no siempre fueron atendidos ya que se consideraron “males sociales” producto de las circunstancias. Durante la lucha armada muchas mujeres para sobrevivir tuvieron que prostituirse mientras otras fue­ron violadas y sus hogares destruidos. Encontramos relatos que nos informan de la proliferación de “casas de mala nota”, de burdeles en los pueblos por donde pasaban las tropas, en ellos, las mujeres se guarecían para obtener alimentos, segu­ridad y era sobre todo, una manera de encarar el abuso y las vejaciones.[18]

Por otro lado, al cambiar de lugar de residencia, de hombre o de bando, las experiencias sexuales de las mujeres se vieron alteradas y su concepción de entorno familiar se modificó y esta situación bastante gene­ralizada, también fue objeto de discusión y es posible rastrearla en los debates del Congreso Constituyente, donde el proyecto del ar­tículo 22, proponía la pena de muerte al violador.[19]

Su pa­pel tradicional de proveedoras se acentuó, cuando durante la lucha armada, se ocuparon de las tareas de la pro­ducción mientras sus hombres peleaban, sostu­vieron sus hogares en pueblos y ciudades, así como también solucionaron las necesidades cotidianas de los soldados de ambos bandos, cocinaron, lavaron, parieron, fueron a la guerra y dispararon, al mismo tiempo otras fun­gieron como voceras de propuestas políticas.

Los documentos con que contamos nos permiten conocer cómo participaron y qué pensaban sobre los asuntos políticos. Una de las principales representantes del feminismo en la Revolución fue Hermila Galindo[20] (1885-1954) quien además de publicar el semanario La Mujer Moderna,[21] fungió como secreta­ria de Carranza y fue ardiente defensora de su doctrina, la que propagó con entusiasmo en escritos y discursos. Durante el período armado de la revolución se desarrolló una nueva forma de relaciones entre hom­bres y mujeres,[22] éstas se desenvolvieron en todos los ámbitos y las feministas se apresuraron a publicitar estos cambios.

Tal fue el caso, por ejemplo, del primer editorial de La Mujer Moderna, aparecido el 16 de septiembre de 1915, Galindo escribía, refiriéndose al aniversario de la Independencia:

 

Deseamos honrar este aniversario de re­dención, inaugurando nuestras tareas pe­riodísticas, con las que deseamos coadyu­var a la redención de la Patria, la re­dención de los principios salvadores y redención de la mujer, levantando el es­píritu femenino a la altura de su deber y su derecho, para que no permanezca por más tiempo impasible ante la solución de los más trascendentales problemas socia­les y políticos, que afectan tanto al hombre como a la mujer, que es su compa­ñera y su igual.[23]

La actuación femenina fue tan visible que los líderes se veían obligados a dirigirse a las mujeres prometiéndoles igualdad de derechos y privilegios. “La mayoría de los pasa­tiempos literarios y de los elogios tributados a la Revolución dedican alguno que otro párrafo al papel de las mujeres mexicanas en la sociedad, empleando con frecuencia esos elogios para subrayar los alegatos en pro de la plena integración de la mujer en la nación mexicana”.[24]

Tales fueron los casos de proyectos, en el nivel legisla­tivo, dentro de las distintas facciones de la Revolución. La exigencia de hacer coincidir la realidad con los cambios en las relaciones personales y de ¿género? que la guerra había alterado hizo que se argumentara la necesidad de reformar disposiciones existentes. Discusiones y alegatos se entablaron durante las reuniones de la Soberana Convención de Aguascalientes[25] para otorgar protección a las mujeres. Entre los zapatistas, por ejemplo, en 1915, se emitió un proyecto de ley sobre el ma­trimonio[26] en el que se aceptaba el divorcio y se borraba el estigma de ilegitimidad para los hijos. Los constitucionalis­tas, por su parte promulga­ron en 1915 una ley del divorcio[27] y en 1917 la Ley de Relacio­nes Familiares.[28] Esta legislación manifiesta la preocupación que los revolucionarios mostraban para corresponder con algu­nos derechos a la participación de las mujeres y al mismo tiempo llevar a cabo cambios que ayudaran a la modernización del país. Sin embargo, prejuicios milenarios entre los que la religión ju­gaba un papel muy importante, harían que la obtención del su­fragio tuviera que todavía esperar casi cuatro décadas.

El hecho de que las mujeres fueran consideradas como una fuerza política capaz de ser atraída por las propuestas revo­lucionarias, propició la organización de dos congresos femi­nistas a los que asistieron una mayoría de maestras, en Mérida, Yucatán, en enero y noviembre de 1916. El objetivo de ambas reuniones giró en torno a la discusión y examen del grado de participación de las mujeres en la nueva socie­dad que se pretendía establecer. Por la lectura de los esta­tutos, de los trabajos y los debates que se verificaron du­rante las sesiones, sabemos qué temas preocupaban al gobierno constitucionalista y a las asis­tentes[29]: los argumentos coincidieron en admitir la importan­cia de re­conocer las capacidades de las mujeres, fo­mentar su instruc­ción y solicitar se modificara la legisla­ción a fin de que pudieran participar de manera más activa en la so­ciedad.

  No obstante las peticiones y la participación organizada de muchas mujeres, los constituyentes no consideraron que el sufra­gio era conveniente para ellas, aduciendo que si bien había algunas mujeres excepcionales capacitadas para participar en la vida pública, la gran mayo­ría no lo estaba. Y añadían:

La diferencia de los sexos determina la diferencia en la aplicación de las acti­vidades; en el estado en que se encuentra nuestra sociedad, la actividad de la mu­jer no ha salido del círculo del hogar doméstico, ni sus intereses se han des­vinculado de los de los miembros masculi­nos de la familia; […] las mujeres no sienten, pues, la necesidad de participar en los asuntos públicos, como lo demues­tra la falta de todo movimiento colectivo en ese sentido.[30]

El razonamiento esgrimido por los constituyentes, eludió la participación femenina durante el periodo de lucha y su ex­plicación manifestó el temor a que esas mujeres participaran polí­ticamente como ciudadanas iguales. Con este argumento dejaron claro que soslayaban la participación femenina en la guerra y conside­raban que hombres y mujeres tienen papeles sociales diferentes al reforzar las labores domésticas como único ámbito per­mitido para ellas.

La obtención del voto entrañaba el reconocimiento de las mujeres como sujetos políticos con capacidad para la conduc­ción y acceso a la toma de decisiones dentro de la sociedad. La negación del voto en sí, implicó que se excluía a las mu­jeres no sólo de la posibilidad de participar políticamente dentro del proyecto por el que algunas habían luchado y al que habían defen­dido, sino que se las hacía a un lado en las decisiones acerca de la conducción de la sociedad que se estaba conformando.

Pero las mujeres sufragistas no quitaron el dedo del renglón.

Terminada la lucha armada, encontramos una generación de escritoras que no habían participado en la Revolución o por su edad vivieron el movimiento tangencialmente. Sus es­critos, con afanes políticos, con miras a la obtención del sufragio, rescataron la participación de sus congéneres y fundamenta­ron su actividad política a partir de la gesta armada. Nuevas leyes, una apertura mayor de puestos de trabajo y de educa­ción para las mujeres permitió su incorporación en la vida económica del país. Así encontramos entre 1920 y 1950 una se­rie de publica­ciones que inician el rescate de la actuación femenina du­rante la Revolución.[31]

Estas mujeres en su momento se apoyaron en sus ante­cesoras para crear el vínculo que justificara sus peticiones, sus motivaciones políticas y les permitiera organizarse con miras a la obtención de derechos sociales, también dejaron constancia por escrito de sus ideas. Cabe mencionar aquí solo algunas publicaciones, que parten en un primer momento de una descripción detallada de los nombres y de la reivin­dicación de las acciones de aquéllas que participaron en la Revolución.

A través de la lectura de libros como el de Margarita Robles de Mendoza, La evolución de la mujer en México (1931); La mujer mexi­cana es ciudadana. Historia con fisiono­mía de una novela de costumbres (1940) de María Ríos Cárdenas; Ana María Hernández, La mujer mexicana en la indus­tria textil (1940) nos permiten analizar a la Revolución desde la pers­pectiva que da el tiempo y la distancia. Y a través de ellos conoce­mos las premisas que planteaban y que giraban en torno a lo que se debatía dentro del país: in­crementar la educación del pueblo como panacea para erra­dicar los males que lo aquejaban y hacer en­trar a México en una etapa de progreso.

Margarita Robles de Mendoza, maestra, socióloga y femi­nista, y delegada de México en la Comisión inter-americana fe­menina de Washington, aducía refiriéndose al voto femenino que:

Para que las leyes dejen de ostentar ese sórdido matiz egoísta y unilateral que los hombres les han dado desde tiempos inmemoriales, y para que las nuevas leyes igualitarias se incrusten definitivamente en las costumbres, es necesario que la mujer tome parte directa en la edifica­ción de las construcciones legislativas, y en su antecedente indispensable de ac­ción social y de actividad política.[32]

Pero la necesidad de que las mujeres cumplieran con sus de­beres la llevó a plantear que para darles derechos primero había que educarlas y para ello proponía la creación de es­cuelas que las preparasen para enfrentar los retos que el país reclamaba.

  En el mismo sentido, María Ríos Cárdenas, presidenta de la Confederación Femenil Mexicana, en su libro La mujer mexi­cana es ciudadana. Historia con fisionomía de una novela de costumbres, dedica una parte a la mujer en la guerra y se apoya en su participación “desde las soldaderas hasta las que han ostentado un grado militar, (ya que) han contribuido a crear y sostener la soberanía de la República mexicana”,[33] todo ello a fin de respaldar sus propuestas para obtener el sufragio durante la administración cardenista.

Otro ejemplo, en una conferencia dictada en septiembre de 1937 por Matilde Rodríguez Cabo intitulada “La mujer y la Revolución” la autora, imbuida por el pensamiento socialista de los años treinta en México y cuando se discutía la posibi­lidad de que se otorgara el sufragio femenino (que Cárdenas prometió y no cumplió), se valió de la actuación femenina re­volucionaria para argumentar que “un gobierno que quiere so­lucionar los problemas del país tiene que considerar dentro de su programa el capítulo relativo a la mujer”.[34] Rodríguez Cabo revisa los conceptos emitidos por los hombres para con­cluir que ellos sólo habían observado a la mujer desde el punto de vista sentimental, olvidando considerar el aspecto de la mujer trabajadora, productora, educadora y factor de­terminante en la organización social.

No obstante, en momentos como éste de efervescencia, anotaba la autora, “corresponde a nosotras las mujeres, en primer lu­gar, y en cumplimiento de un elemental deber de justicia, re­cordar y conceder el lugar de iniciadoras a aquellas valero­sas mujeres que nos precedieron en la lucha y nos marcaron el derrotero a seguir…”.[35] A pesar de la valerosa actuación tanto en el frente de batalla como desde la intimidad del ho­gar, la actividad de las mujeres no ha sido tomada en cuenta, y espera que con la obtención de derechos civiles, “la revo­lución efectivamente empiece a saldar la cuenta que tiene con la mujer”.[36]

En 1940 se publicó La mujer mexicana en la industria tex­til, escrito por la Inspectora Federal del Trabajo, Ana María Hernández quien elaboró un estudio del trabajo textil de la mujer mexicana a través del tiempo y destacó a las mujeres activas en el movimiento obrero durante la Revolución. Mientras que Fortino Ibarra de Anda, dedicó un volumen entero de su libro sobre el periodismo para estudiar a Las mexica­nas en el periodismo (1935).[37]

Para finalizar con esta etapa, en 1942, se publicó el artí­culo académico de Lillian Estelle Fisher, “The influence of the present Mexican Revolution upon the status of mexican women”,[38] en donde la autora subraya que las mujeres luego de la Revolución, obtuvieron más derechos de los que tenían antes, no obstante, en el momento en que escribe, su posición seguía siendo in­ferior a la del hombre. Además, resalta como los principales logros obtenidos con la Revolución: la ley del divorcio y la protección de las mujeres trabajadoras que el artículo 123 otorga y concluye afirmando:

Las mujeres están trabajando para resol­ver sus propios problemas e interesándose en el mejoramiento de la educación de los pobres, servicios comunitarios y muchas otras cuestiones vitales que afectan a su país. Cuando obtengan el voto en toda la república, que por ahora es su meta prin­cipal y para la cual solo es cuestión de tiempo, obtendrán el bienestar para su sexo y se convertirán en el factor deci­sivo del destino humano.[39]

El último bloque de estudios relativos a la participación femenina en la Revolución, abarca de la década de los cin­cuenta hasta el día de hoy. En ésta distinguimos dos tipos de obras: las escritas para exaltar la labor revolucionaria de las mujeres con motivo del otorgamiento del voto en 1953 y estudios más académicos que buscan explicar las causas de la incorporación femenina a la lucha armada, cómo fue esa actua­ción y elaborar un conjunto de hipótesis que permitan anali­zar el papel de las mujeres en la guerra y las relaciones que éstas establecieron con sus contrapartes masculinos.

Recurriendo a una tónica glorificadora y triunfalista de la ac­tuación de las mujeres en la Revolución encontramos a la periodista veracruzana, Artemisa Sáenz Royo, “Xóchitl”, quien luego de que en 1953, fuera obtenido el sufragio, de­dicó su libro al presidente Adolfo Ruiz Cortines impulsada “por la gran oportunidad de dar a conocer algunos hechos ig­norados de varias mujeres que lucharon en favor de la ideolo­gía revolu­cionaria, y por los caídos, por los opresos por un régimen autócrata e injusto”.[40] Sáenz Royo enlista en la Historia po­lítico social cultural del movimiento femenino en México, 1914-1950, las acciones en que las mujeres resaltaron. Añade, años después, en el cincuentenario de la Revolución, más nombres al panteón de las heroínas en Semblanzas: mujeres mexicanas, re­volucionarias y guerreras, revolucionarias ideo­lógicas.[41] En el mismo sentido reivindicatorio y de rescate esta el libro de Aurora Martínez Vda. de Hernández, Antorchas de la Revolución.[42]

El primer intento serio por examinar a la mu­jer en la Revolución es el libro La mujer en la Revolución mexicana[43] de Ángeles Mendieta de Alatorre, quien tiene el mérito de haber consultado los expedientes del Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa que consignan los nombres de las mujeres que participaron activamente en la Revolución y además se valió de las semblanzas aparecidas en El Nacional[44] que consignaban las hazañas de las revolucionarias.

El libro aporta una visión general de la participación po­lítica de las mujeres mexicanas durante el periodo 1900-1953, poniendo especial atención en la etapa revolucionaria y en las biografías de las más sobresalientes.

El interés de esta investigación reside en haber abordado el tema con mayor seriedad y haber propiciado, a partir de las referen­cias bibliohemerográficas que aporta, la curiosidad de otros/as por continuar con investigaciones que permitan extraer en úl­tima instancia, una visión integral de la actua­ción de las mujeres, que evite o deje de lado los estereoti­pos aún vigen­tes en gran parte de la sociedad. De la misma Ángeles Mendieta hay publicadas dos biografías, una de Juana Belén Gutiérrez de Mendoza y otra de Carmen Serdán.[45]

Las investigaciones posteriores al libro de Mendieta apor­tan material interesante acerca de acontecimientos en los que las mujeres fueron las protagonistas principales, además, ana­lizan sus objetivos políticos y en ocasiones hasta sus motiva­ciones. Ya no son sólo heroínas sino mujeres de carne y hueso con pasiones y debilidades humanas, vistas dentro del con­texto histórico en el que les tocó vivir.

Entre éstas obras encontramos las escritas en inglés que manifiestan la fascinación que la Revolución ha ejercido entre la comunidad académica del vecino país que, aunado al re­nacimiento del movimiento feminista norteamericano, bus­có las raíces de su lucha en el pasado, lo que permite entender la pro­liferación de estudios que ahora comentamos.  Mencionaremos sólo algunos:

En 1967, apareció el artículo de Frederick C. Turner[46] que disparó la nueva corriente académica de estudios referidos a las mujeres en la Revolución. Su te­sis parte de examinar el grado de nacionalismo que impidió a las mujeres mexicanas adquirir el sentido de pertenencia, como miembros activos de la comunidad nacional y en cambio dice que las mujeres mexicanas hubieron de buscar ese comple­mento en las lealtades de índole religiosa”.[47] Además, examinó los cambios que la guerra provocó a nivel tecnológico, fami­liar y social y advirtió que la Revolución ha sido conside­rada como la “madre de los derechos políticos de las mujeres y de su emancipación social” por lo que la creación del mito de las heroínas resultó natu­ral.

Shirlene Ann Soto, The mexican woman: a study of her parti­cipation in the Revolution. 1910-1940,[48] al igual que Turner considera que la religión fue el obstáculo que impidió la plena integración de las mujeres a la vida nacional luego de la Revolución. El objetivo de su investigación gira alrededor del resca­te de la mujeres ignoradas por la historia y pretende incrementar el conoci­miento de las dinámicas que se crearon durante la Revolución mexi­cana e informar a los lectores norteamericanos acerca de las mujeres que participaron. Su estudio, nos introduce en el con­texto revolucionario destacando la actuación femenina a par­tir del lugar que ocupaban en la escala social y del bando o facción al que se afiliaron. El énfasis de su estudio reside en analizar con mayor profundidad el movimiento de mu­jeres en Yucatán desde los congresos feministas auspiciados por Salvador Alvarado hasta las reformas promovidas por Felipe Carrillo Puerto durante su gobierno entre 1922-1924. El problema que presenta y que es reflejo del momento en que fue escrito, es que habla de las mujeres sin considerar sus relaciones con los otros grupos sociales, me explico, todavía rei­vindica la ac­tuación femenina per se, sin preocuparse por examinar su fun­ción so­cial y las vinculaciones que se esta­blecieron entre hombres y mujeres.

Por último, Against all odds. The feminist movement in Mexico to 1940, de Anna Macías.[49] forma parte con los dos an­teriores, de la misma corriente de rescate del feminismo y pretende demostrar la existencia de un movimiento feminista en nuestro país entre 1890 y 1940. El aporte de esta obra re­side en la vastedad bibliohemerográfica y en la información sobre la historia de las demandas feministas y en haber esbo­zado las diferencias de género entre hombres y mujeres; ca­racterísticas que hoy ocupan un lugar principal en los análi­sis de las académicas.

La necesidad de evaluar el comportamiento femenino se hizo patente en estos años, había que rescatar a las mujeres como sujetos sociales para justificar los avances y compartir una memoria colectiva en tanto grupo social especí­fico. En 1975, el Año Internacional de la Mujer, favoreció la aparición de algunos artículos de rescate como los de María Antonieta Rascón, Marcela Lagarde y Susana Vidales.[50]

También hay que señalar que las historiadoras mexica­nas también nos hemos preocupado por estudiar a nuestro gé­nero, y aunque los libros son contados, creo que significan un avance y una nueva manera de abordar e interpretar la his­toriografía de la Revolución.[51]

En este sentido, se puede constatar el inte­rés por conocer la histo­ria de las mujeres la que obedece, en buena medida, a la preocupa­ción por situarlas como sujetos históricos, subra­yando su presencia, su importancia y signi­ficado en una so­ciedad y en un momento determinado; para ello la ca­tegoría analítica de género ha resultado de gran utili­dad porque per­mite examinar la forma en que las sociedades organizan las relaciones sociales entre los individuos de uno y otro sexo y provoca la necesidad de replantear el concepto de Historia.

Con esta orientación, encontramos artícu­los y libros cuyo objetivo es examinar la Revolución desde otra óptica y desde un marco conceptual que vincule a las mu­jeres, no sólo al con­texto histórico nacional sino a proble­mas específicos de gé­nero capaces de resolver lo que signifi­can los papeles que juegan en los distintos pro­cesos sociales.

En esta corriente ubico los artículos acerca de Hermila Galindo[52], Carmen Serdán[53] y las Antologías El álbum de la mujer. Antología ilustrada de las mexicanas, (El porfi­riato y la Revolución,[54] Mujeres y Revolución.1900-1917[55] y el de Esperanza Tuñón Mujeres que se organizan. El Frente Único Pro Derechos de la Mujer. 1935-1938,[56] recientemente aparecidas ya que presentan nuevas lí­neas de investigación e interrogantes que considero, permiti­rán avan­zar en la comprensión de un movimiento social que to­davía tiene mucha tela de donde cortar.

Para terminar, debo subrayar que el estudio e investigación sobre los antecedentes de las luchas de las mujeres, es una condición sine qua non porque no sólo descubre su vigencia en el pre­sente sino que cuando se las vincula a las reivindicaciones permanentes que las militantes feministas han esgrimido y siguen demandando, adquieren importancia en tanto que nos las revelan como un grupo social actuante cuya condición de sujeto histórico no sólo es innegable, sino di­námico y actual.


[1] Ana Lau es una historiadora feminista, comprometida con el rescate del hacer y pensar colectivo de las mujeres de los siglos XIX y XX. Interesada en la actividad política de las mujeres, ha investigado sobre sindicalistas y obreras, y tiene varios libros y artículos sobre las mujeres en la Revolución Mexicana. Ana Lau encarna a la feminista de academia, en la que se confunden el activismo, la investigación y la docencia, y considera la enseñanza una forma de participación en el movimiento. Es profesora-investigadora del Departamento de Política y Cultura de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, en el área de investigación “Mujer, identidad y poder”, y fue coordinadora de la Especialización y Maestría en Estudios de la Mujer, de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, y responsable del Área de Concentración de “Mujer y Relaciones de género en el Doctorado en Ciencias Sociales, de la misma universidad. Entre sus publicaciones se encuentran: “Las precursoras: mujeres en la oposición porfirista” en “Más allá de la Adelita. Las mujeres en la Revolución”, en Proceso. Bi-Centenario, México, núm. 3, junio 2009; “De cómo las mujeres se fueron a la Revolución” en Bicentenario, El ayer y hoy de México, Instituto Mora, México, enero-marzo 2009, Vol. 1, nùm.3, pp. 52-59; “Las luchas por transformar el status civil de las mexicanas: las organizaciones pro sufragio femenino. 1919-1930”, en Nicolás Cárdenas García y Enrique Guerra Manzo  (coords.) Integrados y marginados en el México posrevolucionario. Los juegos de poder local y sus nexos con la política nacional, Porrúa/UAM-Xochimilco, 2009, pp. 297-347; “Historia de las mujeres, ¿Un nuevo acercamiento al discurso histórico o sólo un suplemento?”, en Patricia González Gómez y Alicia V. Ramírez Olivares,(eds.), Confluencias en México. Palabra y Género, México, Fomento Editorial BUAP, 2007; “El feminismo mexicano: balance y perspectivas” en Liz Maier y Natalie Lebon (comps.) De lo personal a lo político: 30 años de agencia feminista en América Latina, México, LASA/UNIFEM/Siglo XXI, 2006. pp. 181-194; “Expresiones políticas femeninas en el México del siglo XX: el Ateneo Mexicano de Mujeres y la Alianza de Mujeres de México (1934-1953)” María Teresa Fernández, et.al, Orden social e identidad de género. México, siglos XIX y XX,  CIESAS/Universidad de Guadalajara, 2006, pp. 93-124; “El movimiento feminista en México. ¿Una liberación posible?”, en GénEros, Colima, Universidad de Colima/Asociación Colimense de Universitarias/Centro Universitario de Estudios de Género, febrero de 2001, año 8, núm. 23, pp. 18-26; “Una vida singular: Juana Belén Gutiérrez de Mendoza”, en Sólo Historia, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (INEHRM), número 8, abril-junio 2000, pp. 9-14; Mujeres y Revolución, en coautoría con Carmen Ramos, México, INEHRM/INAH, 1993.

[2] Publicado en Secuencia, Revista de Historia y Ciencias Sociales del Instituto Mora, México, septiembre-diciembre de 1995, vol. 33, pp.85-102.

[3] Por ello pensé que sería interesante revisar parte del material biblio-hemerográfico que existe sobre el tema. Soy consciente de que he dejado de lado cantidad de material, pero utilizo el que considero más conveniente para los fines del presente artículo.

[4] Violetas del Anáhuac. Periódico literario, redactado por señoras, México, Tipografía de Aguilar e Hijos, 1888. Para ver sobre Laureana Wright  y el periódico  Cfr. Nora Pasternac, “El periodismo femenino en el siglo XIX. Violetas del Anáhuac” en Ana Rosa Domenella y Nora Pasternac (eds.) Las voces olvidadas. Antología crítica de narradoras mexicanas nacidas en el siglo XIX, México, El Colegio de México/PIEM, 1991, pp. 399-448.

[5] Cartas, escritos y peticiones se pueden encontrar en Ana Lau y Carmen Ramos (Introd. y Compilación), Mujeres y Revolución 1900-1917, México, INEHRM/INAH, 1993.

[6] Andrés Ortega, “El feminismo. Discurso pronunciado por el Sr. Lic. D. Andrés Ortega en el acto de ser recibido como socio en la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, el jueves 13 de junio de 1907”, en Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, México, 5a. época, Tomo II, 1907, p.333., en  Ana Lau y Carmen Ramos, (Introd. y Compilación), Mujeres y Revolución …, op. cit, pp. 91-100.

[7] Moisés González Navarro,”El Porfiriato.Vida social”, en Daniel Cosío Villegas (coord.), Historia Moderna de México, Editorial Hermes, México, 1957, p. 577.

[8] En 1895, 51.3% de la matrícula educativa estaba com­puesta por mujeres y para 1910, ésta ascendía a 64.4%; en tanto que en el “ámbito laboral formal” en 1895 había 183 293 mujeres empleadas en actividades fabriles y en 1910 el número había ascendido a 199 287. Cfr., Vivian Vallens, Working women in Mexico during the Porfiriato, 1880-1910, San Francisco, R&F Research Associates, 1978.

[9] Las obreras participaron en asociaciones, mutualidades y sindicatos desde antes de mediados del siglo XIX, no se integran en estos momentos, Cfr, por ejemplo, La mujer y el movimiento obrero mexicano en el siglo XIX. Antología de la prensa obrera, México, CEHSMO, 1975 y María de la Luz Parcero, Condiciones de la mujer durante el siglo XIX, INAH, 1992 (Col. Científica, 264).

[10] Tal como lo consignan algunos Expedientes del Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional  (AHSDN).

[11] Cfr, Moisés González Navarro, “El Porfiriato. Vida social”, en Daniel Cosío Villegas, Op. Cit., pp. 634-635.

[12] Vésper. Justicia y Libertad, México, D.F,

[13] Emilio Zamora, “Sara Estela Ramírez: una rosa roja en el movimiento” en Magdalena Mora y Adelaida R. del Castillo (eds.), Mexican women in the United States, struggles past and present, Los Angeles, Chicano Studies Research Center Publications/University of California,  1980, pp. 163-169.

[14] La Mujer moderna, San Antonio, Texas, diciembre 1909, Tomo I, núm. 1.

[15] Utilizo el concepto tal y como lo maneja Teresa de Lauretis en su artículo intitulado “La tecnología del género” en donde discute cómo se va constituyendo el género a partir de lenguajes y representaciones culturales y cómo el género tiene la función de constituir a los individuos concretos en hombres y mujeres, por lo tanto juega un papel importante en la construcción histórica ya que sigue realizándose en nuestros días como en el pasado. La ideología de género es una posición en la existencia social en general, no importando si las mujeres se perciben o no a sí mismas como definidas por el género. Vid, Carmen Ramos E., (Comp.) El género en perspectiva, de la dominación universal a la representación múltiple, México, UAM-I, 1991, pp. 231-278.

[16] Aurora Martínez Vda. de Hernández publicó una relación histórica en la que incluye los artículos publicados por su marido acerca de varias mujeres que participaron en la revolución, apud. Antorchas de la Revolución, México, Gráficos Galeza, 1964.

[17] Cfr., Ana Lau y Carmen Ramos, op.cit.

[18] Cfr., Martha Eva Rocha Islas, “Nuestras propias voces. Las mujeres en la Revolución Mexicana”, en Historias, México, Dirección de Estudios Históricos del INAH, octubre 1990-marzo 1991, núm. 25, pp. 120-121, y Francisco l. Urquizo, Recuerdo que…, México, INEHRM, 1985.

[19] Diario de los Debates del Congreso Constituyente, 1916-1917,Tomo II, Imprenta del Gobierno, 1917.

[20] Gabriela Cano ha examinado las propuestas feministas de Hermila Galindo, Cfr., “Revolución, feminismo y ciudadanía en México, (1915-1940)”, en Georges Duby y Michelle Perrot (dirs.), Historia de las mujeres, Trad. Marco Aurelio Galmarini, Madrid,  Taurus Ediciones, 1993, Tomo 5, pp. 685-695.

[21] Suponemos que toma su nombre como homenaje al periódico de Andrea Villarreal cuyo primer número apareció en diciembre de 1909.

[22] Ya fuera porque perdían a su pareja y se arrimaban a  otro hombre. O bien, otra forma de intercambio de pareja eran los raptos. En la clase media se dieron muchas separaciones por ausencia del cónyuge, quien se quedaba a vivir en alguna región distante.

[23] “Laboremos!”, en La Mujer Moderna, Semanario ilustrado, México, septiembre 16, 1915, año 1, núm. 1.

[24] Frederick C. Turner, La dinámica del nacionalismo mexicano, México, Ed. Grijalbo, 1971, p. 245.

[25] Florencio Barrera Fuentes, Crónicas y debates de las sesiones de la Soberana Convención revolucionaria, México, INEHRM, 1965, 3 vols.

[26]  “Proyecto de ley sobre el matrimonio” en Martha Eva Rocha, (Comp.) El Album de la mujer. Antología ilustrada de las mexicanas. El porfiriato y la Revolución, México, INAH, 1991, vol IV, (Col. Divulgación), p. 268.

[27] En Ana Lau y Carmen Ramos (Comps), Las mujeres…, op. cit., pp. 311-326.

[28] Ibidem, pp. 327-349.

[29] 1916 El Primer Congreso Feminista de Yucatán. Anales de esa memorable Asamblea, México, INFONAVIT, 1975 (Edición facsimilar del Primer Congreso Feminista de Yucatán, Mérida, Edición Ateneo Peninsular, 1916.)

[30] Diario de los Debates del Congreso Constituyente, op. cit., y Alberto Bremauntz, El sufragio femenino desde el punto de vista constitucional, México, Ediciones del Frente Socialista de Abogados, 1937.

[31] Las reseñas de los títulos elegidos a continuación se restringen a aquellas obras que tratan del desempeño de las mujeres durante la Revolución. Estoy consciente de que existen muchas más publicaciones pero el análisis se reduce sólo a las que reivindican a  las mujeres que lucharon durante el período revolucionario.

[32] Margarita Robles de Mendoza, “La emancipación completa de la mujer”, editorial de El Universal, 20 de diciembre de 1929 en La evolución de la mujer en México, México, s.e., 1931, p. 66.

[33] María Ríos Cárdenas, La mujer mexicana es ciudadana. Historia con fisionomía de una novela de costumbres,(1930-1940), A. del Borque impresor, México, 1942, p. 130.

[34] Matilde Rodríguez Cabo, “La mujer y la Revolución”, México, s.p.i. (Conferencia dictada en el frente Socialista de Abogados), 1937, p. 14.

[35] Ibidem, p. 15.

[36] Ibidem, p. 30.

[37] Hernández, Ana María, La mujer mexicana en la industria textil, México, Tipografía Moderna, (Sría. del Trabajo y Previsión Social), 1940 e Ibamerra de Anda, F., El periodismo en México, (vol. II: Las mexicanas en el periodismo), México, Editorial Juventa, 1937 (Aparece también con Imprenta Mundial, 1935). De ambos libros se han extraído datos para muchos artículos que se refieren a las mujeres en la revolución, un ejemplo: Filosofía y Letras. Revista de la Facultad de Filosofía, México, Imprenta Universitaria, enero-diciembre de 1956, Tomo XXX, núms. 60-61-62.

[38] En The Hispanic American Historical Review, North Carolina, vo. XXII, núm. 1, pp. 211-228.

[39] Ibidem, p. 228.

[40] Historia político social cultural del movimiento femenino en México,1914-1950, México, Manuel León Sánchez, 1954, p. 9.

[41] México, Manuel León Sánchez, 1960.

[42] Op.cit.

[43] México, INEHRM, 1961.

[44] La mayor parte de éstos fueron escritos por Rubén García en 1959.

[45] Ángeles Mendieta A., Carmen Serdán, México, Centro de Estudios Históricos de Puebla, 1971; Ángeles Mendieta Alatorre, Juana B. Gutiérrez de Mendoza, 1875-1942. Extraordinaria precursora de la Revolución mexicana, México, INEHRM, 1983.

[46] “Los efectos de la participación femenina en la revolución de 1910” en Historia Mexicana,  México,  vol. 16, núm. 4, abril-junio de 1967.

[47] Frederick C. Turner, La dinámica del nacionalismo mexicano, México, Grijalbo, 1971, pp. 238-239.

[48] California, Palo Alto, 1969 y también el artículo: “Yucatán’s Leadership in the women’s movement: the first and second feminist congresses, 1916”, California State University, Norhridge, 1985, p. 12.

[49] Westport, Connecticut, Greenwood Press, 1982. Sus ponencias previas que la llevaron a escribir el libro son:  “The mexican Revolution was no Revolution for women” en Lewis Hanke, ed., Latin America, a historical reader, Boston, Little Brown, 1974. “Women and the mexican Revolution, 1910-1920” en The Americas, julio de 1980, vol.37, núm.1, pp. 53-82. Y el artículo “Felipe Carrillo Puerto y la liberación de las mujeres en México” en Asunción Lavrín (Comp.), Las mujeres Latinoamericanas. Perspectivas históricas, México, FCE, 1985, pp. 329-346.

[50] Ma. Antonieta Rascón, “La mujer y la lucha social en la historia de México”, en Imagen y realidad de la mujer, México, SepSetentas, 1975, p. 139-174; Marcela Lagarde, “Hacia una memoria feminista” en El Machete, México, septiembre de 1980; Susana Vidales, “Ni madres abnegadas ni adelitas”, en Críticas de la economía política, México, El Caballito, 1980, núm. 14/15.

[51] Carmen Ramos y Asunción Lavrín elaboraron un análisis historiográfico de las investigaciones que se han abocado al estudio de las mujeres en México desde la conquista hasta la época actual, tanto en México como en los Estados Unidos, ponencias que presentaron  dentro del Simposio de Historiografía mexicanista que se llevó a cabo en Oaxtepec, Morelos en 1990. Cfr., Memorias del Simposio de historiografía mexicanista, México, Comité Mexicano de Ciencias Históricas,/IIH, 1990.

[52] Gabriela Cano,”En estricta justicia…un proyecto feminista en el movimiento constitucionalista” en Memoria del Congreso Internacional sobre la Revolución mexicana, México, Gobierno de San Luis Potosí/INEHRM, 1991, p. 163-171. Y también, “Las feministas en Campaña. La primera mitad del siglo XX”, en Debate feminista, México, año 2, Vol. 4, septiembre 1991, p. 269-292 y el citado “Revolución, feminismo y ciudadanía en México.(1915-1940)”, Op.Cit.

[53] Carmen Ramos, “Carmen Serdán. Mujer de su tiempo”, en Fem, año 13, núm. 74, febrero 1989, p. 25-27.

[54] Martha Rocha (compiladora), op.cit. y “Nuestras propias voces. Las mujeres en la Revolución Mexicana”, en op.cit.

[55] Ana Lau y Carmen Ramos (Introd. y Compilación), op.cit.

[56] México, Miguel Angel Porrúa/Coordinación de Humanidades, UNAM, 1992.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 10:08 pm

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