Ideas feministas de Nuestra América

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J.3 Gabriela Cano y Verena Radkau, “Lo privado y lo público o la mutación de los espacios (historias de mujeres 1920-1940)”, 1988

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Gabriela Cano y Verena Radkau,[1] “Lo privado y lo público o la mutación de los espacios (historias de mujeres 1920-1940)”, 1988[2]

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1. Los antecedentes

La ampliación de la mirada histórica

Un primer paso hacia nuevos enfoques historiográficos ha sido el reconocimiento por parte de algunos historiadores, muchas veces implícito, de que –en principio- cualquier asunto humano puede y merece ser historiado. Hubo pioneros que dieron este paso hace ya varias décadas. Sin embargo, de corrientes alternativas que impactaron y provocaron en el gremio y entre su clientela, no podemos hablar sino hacia los años sesenta y, en grado creciente, los setenta.

Cuestionar la jerarquía de la historicidad implica para los innovadores deshacerse, no siempre de manera fácil, de una serie de costumbres intelectuales aprendidas a su vez en defensa ante añejas quimeras (idealismo, positivismo, etc.) y, precisamente por ello, queridas.

Hay que reconocer por ejemplo que dentro de las estructuras macro, lo micro tiene su lugar y a menudo posee mayor valor explicativo también para aquellas que expresan las grandes fórmulas como “el modo de producción”, “el Estado”, “la clase”, “la conciencia de clase” etc. Estos conceptos muchas veces pretenden captar estructuras, pero estructuras carentes de los actores sociales, de los sujetos históricos, quienes se mueven dentro de ellas y también las modifican. Asimismo resulta poco productivo mantener una artificial dicotomía entre una base material y una superestructura; a consecuencia inmaterial; la primera es generalmente sinónimo para datos económicos “objetivos”, la segunda, lugar de “desviaciones” ideológico-subjetivas y demás manifestaciones espirituales imprecisas. Por más que se acuda a la determinación, al reflejo o aun a la dialéctica para construir el puente entre ambos campos, ello en la mayoría de los casos no da resultados positivos. Es preciso entonces cerrar la brecha y ver nuestra concepción del mundo como una fuerza material que participa en la construcción de la realidad y no “descubre” o “refleja” simplemente algo ya dado. (Nun, 1981: 21; Meiksins, 1983:99)

El británico Raymond Williams –sin ser historiador, cercano a los planteamientos de historiadores como E. P. Thompson por ejemplo-, señala en este contexto:

La futilidad que implica la seriación de la conciencia y el pensamiento del proceso social material. […] Esto conduce directamente a un reduccionismo simple: la ‘conciencia’ y ‘sus productos no pueden ser nada más que ‘reflejos’ de lo que ya ha ocurrido en el proceso social material. […] ‘la conciencia y sus productos’ siempre forma parte, aunque de formas muy variables, del propio proceso social material (Williams, 1980:78s)

Este punto de vista tiende a borrar la separación entre objeto y sujeto e incorporar la subjetividad como elemento digno de análisis; y también borra los límites entre espacios: si antes la vida pública, y de preferencia en sus momentos heroicos y culminantes, ha monopolizado el interés de los historiadores, ahora se descubre la vida privada y la vida cotidiana en general en su significado histórico. Evidentemente, este ensanchamiento espacial hace visibles a actores sociales escondidos en la sombra de la ahistoricidad, especialmente a las mujeres.

Todos estos cambios y aperturas aquí sintetizadas permiten hablar de una verdadera “ruptura epistemológica” en la ciencia histórica a la cual, por cierto, han contribuido otras ciencias sociales, sobre todo la antropología social. Entre las corrientes que reflejan de alguna manera esta ruptura, habría que mencionar una de las nuevas corrientes de la historia social representada básicamente por historiadores ingleses, la “historia de las mentalidades” proveniente de Francia sobre todo, la “historia oral” también de cuna anglosajona y, más recientemente todavía, lo que –forzando un tanto la diversidad real- podríamos llamar “historia de las mujeres”.[3] Son estas dos últimas vertientes las que intentaremos conjugar en nuestro trabajo.

Esas voces que nos hablan del pasado[4]

La historia oral surge de una necesidad práctica y de una carencia metodológico-teórica.

¿Dónde encontrar los rastros de aquellos agentes históricos silenciados doblemente: en su propio tiempo y por los historiadores de épocas posteriores? Los documentos usados tradicionalmente por la historiografía hablan poco o nada de ellos o requieren de una laboriosa lectura a contrapelo para descubrir algo más detrás del discurso obvio.

Con sus evidentes limitaciones en el tiempo, la historia oral puede mitigar este problema de fuentes al crear su propia materia prima con características sui generis, como veremos más adelante.

En un plano menor, la historia oral puede proporcionar datos no contenidos en otras fuentes que permiten ampliar o modificar la información disponible. Pero su principal tarea es contribuir a un conocimiento histórico al cual las fuentes usuales no dan acceso.

Los testimonios individuales y subjetivos de la historia oral son instrumentos clave para desentrañar la compleja relación entre el proceso social y la vida individual en un momento histórico determinado o, en otras palabras, para superar las ya mencionadas dicotomías estériles entre lo macro y lo micro, lo material y lo inmaterial, lo objetivo y lo subjetivo, lo público y lo privado.

La historia oral sirve poco o nada a los coleccionistas de datos o hechos históricos, ni a los buscadores de la “verdad” en el sentido historicista del “como realmente sucedió”. Nos dice menos sobre los eventos, y más sobre su significado, de qué manera perciben los actores sociales lo que conocemos como historia. A menudo la imaginación, el simbolismo y los deseos establecen una divergencia, narran otra historia. Se amplía la noción misma de “hecho histórico”. Los procesos individuales y colectivos de simbolización constituyen tanto un hecho como los hechos tradicionalmente reconocidos como tales (Portelli, 1981:100)

La construcción del pasado: subjetividad y memoria

Aquí cabe profundizar en dos problemas especialmente presentes en la historia oral que han sido objeto de acaloradas y más o menos bizantinas polémicas en el gremio de historiadores: la subjetividad (y con ella el papel del individuo) y la memoria.

La subjetividad inherente a las fuentes orales implica el riesgo de un nuevo mito. Muchos de quienes trabajan con material oral sostienen que la particular riqueza de ésta reside en su carácter subjetivo en el sentido “único” e “irreductible”. Esta verdad a medias aísla consciente o inconscientemente al individuo en su contexto social y abre la puerta de regreso hacia el culto al gran personaje igualmente “único”.

Debemos comprender la subjetividad misma como un producto histórico y no como alguna ominosa “esencia humana” extemporal o como una segregación entre lo individual y lo social. Sólo así podemos establecer la relación entre los procesos sociales macro y la narración personal micro (Popular Memory Group, 1982:207). La narración individual resulta representativa y significativa para un contexto mayor, no porque exprese una humanidad general y abstracta o una subjetividad particular única, sino porque es producto de individuos sociales (op. cit., p. 234).

Vale la pena recordar aquí el texto clásico que quizá haya contribuido en mayor grado a una interpretación esquemática del problema de base-superestructura y del papel del sujeto histórico: La ideología alemana (1945/1946). Pero precisamente en este trabajo, Marx no tuvo empacho en insistir en lo que puede ser un lugar común, pero que no por ello deja de ser cierto:

“La primera condición para toda la historia humana es, desde luego, la existencia de individuos humanos vivientes.” (La ideología alemana, MEW 3, 1969:20). (Subrayado nuestro)

A nuestro modo de ver, Marx se refiere aquí al mimo “dato obvio”, mencionado por otros autores mucho después, de que la “existencia humana sólo se realiza bajo la figura individual” (Pereyra, 1984:36) Esta figura individual desde luego no es un individuo abstracto o natural en un sentido de pre-social. Las relaciones sociales se entienden a través de los seres humanos quienes se mueven en ellas, son producidas, reproducidas o cambiadas a través de la acción de individuos sociales concretos. Entenderlas de otra manera implicaría colocarlas detrás o fuera de la actividad práctica y revivir así el determinismo mecanicista ya mencionado.

Centrarse en los papeles y caracteres de los individuos no significa en sí mismo esconder o disfrazar las relaciones sociales o las causas estructurales de fondo. Estas últimas, tienen que verse precisamente en su acción a través de la actividad y subjetividad humanas (Popular Memory Group, 1982.247).

Profundicemos en este aspecto de la relación sociedad-individuo, acudiendo nuevamente a Raymond Williams:

… la “sociedad” nunca es solamente una “cáscara muerta” que limita la realización social e individual. Es siempre un proceso constitutivo con presiones muy poderosas que se expresan en las formaciones culturales, económicas y políticas y que, para asumir la verdadera dimensión de lo “constitutivo”, son internalizados y convertidas en “voluntades individuales”. (Williams, 1980:107)

Estamos aquí en el fondo frente al problema de que los conjuntos sociales son abstracciones (para una crítica ver Pereyra, 1984: 27) y que para captarlos en un nivel concreto tenemos que acudir a sus integrantes individuales concretos. En este contexto se ubica por ejemplo la crítica de E. P. Thompson de un concepto de clase ortodoxo, en el fondo cosificado.

Es pertinente, para deslindarnos de cualquier voluntarismo en la interpretación de la historia, insistir de nuevo en que las voluntades individuales que aparecen en la cita de Williams:

no son átomos desestructurados en colisión, sino que actúan con, sobre y contra cada una de las otra como ‘voluntades’ agrupadas: como familias, comunidades, grupos de interés y, sobre todo, como clases. (Thompson, 1981:145)

En suma, podemos afirmar que entre los antecedentes que dieron origen a las actuales preocupaciones por el sujeto y por la subjetividad en los procesos históricos contamos en menor grado una historiografía tradicional que deja fuera del acontecer histórico a la mayoría de la humanidad. De mayor alcance para la discusión resulta ser una corriente de la tradición marxista misma que privilegia las condiciones económicas o en el mejor de los casos a grupos sociales abstractos que devienen en categorías estáticas, tan generales que su distancia de los procesos y sujetos históricos concretos las convierten en disfuncionales.

Distanciándose de las experiencias concretas de los individuos, puede quizá con mayor facilidad mantenerse una supuesta objetividad científica, lo que explicaría la renuencia aún de historiadores marxistas arriesgarse con términos escurridizos como “subjetividad”, “experiencia”, etc. Ante ello, enfoques como la historia oral pretenden reconstruir el sujeto concreto, el individuo “real” y “viviente” como diría Marx, a la historia, frente a un sujeto abstracto como por ejemplo “el Estado”, “la clase dominante”, etc. Ello permite dar su peso y su significado dentro de los procesos históricos a las relaciones interpersonales, a las representaciones colectivas, a lo personal y a lo cotidiano frente a las que la tradicional historiografía política, institucional o económica considera como fuerzas motrices.

En la historia oral es central una aceptación de historia como construcción, lo que permite descubrir o construir la subjetividad como objeto de la investigación histórica (Ortu 1985: 175). Luisa Passerini, protagonista de la storia orale en Italia, ofrece una definición de subjetividad que puede ser útil, a pesar de ser (o quizá por ello) deliberadamente amplia, como reconoce la propia autora: “subjetividad es aquella esfera de acción simbólica que abarca –tanto en el nivel individual como colectivo- aspectos cognoscitivos, culturales y sicológicos”. (Passerini, 1985:290)[5]

En la historia oral de la subjetividad se expresa en niveles tangibles y susceptibles al análisis histórico a través de la memoria. Ésta no registra simplemente el pasado como una sucesión lineal de hechos y acontecimientos acabados. Siguiendo la misma idea ya expresada de que no existe ninguna realidad fuera de nuestra percepción humana, debemos reconocer que la memoria re-construye el pasado. Este proceso de creación e interpretación está lleno de silencios, de contradicciones y aún de inconsistencias. Ello más que mostrar las fallas de la memoria como fuente histórica (crítica sostenida por no pocos adversarios de la historia oral), muestra la complejidad de la experiencia y conciencia humanas (“Oral history”, en History Workshop Journal, núm. 8, otoño, 1979, pp. i-iii.)

Los testimonios recopilados por la historia oral –repetimos- no son un simple “record” –más o menos preciso- de eventos pasados, sino productos culturales complejos; incluyen interrelaciones entre memorias privadas y representaciones públicas, entre experiencias pasadas y situaciones presentes. La memoria como proceso no es un campo estático y cerrado que se abre una vez encontrada la clave mágica del método y de las preguntas adecuadas.

Al entender la memoria y sus narraciones como construcciones culturales tanto a nivel individual como social, lo que para los críticos de la historia oral constituye un obstáculo para el análisis científico: el carácter no objetivo de las fuentes,[6] se convierte para los historiadores orales en un recurso, lo que para aquéllos es el fin, para éstos es el punto de partida. (Popular Memory Group 1982:226; Portelli 1981:103)

En este contexto se ubica también la ya mencionada problemática de la “verdad” y “falsedad” históricas.[7] Si no se trata de contrastar hechos objetivos con percepciones subjetivas y de tomar un mayor o menor acercamiento a los primeros como criterio de la verdad, estamos en libertad y –por qué no reconocerlo- en riesgo de encontrar varias verdades.[8] Por ejemplo cuanto una historiografía tradicional percibe el transcurrir del tiempo como algo lineal, en la narración personal se convierte quizá en circular; la periodización según grandes acontecimientos políticos, en su impacto sobre la vida cotidiana, puede tomar matices muy diferentes;[9] en general, un mismo suceso tiene diferente significación para diferentes personas dependiendo de muchos factores, como por ejemplo la clase, la edad, el género, etcétera.

Mujeres -¿una historia olvidada?

Precisamente en esta última tesis de la especificidad de una historia vivida y percibida por las mujeres se basa en la historiografía dedicada a ellas. En nuestra opinión se trata no tanto de una “historia olvidada”,[10] sino de una historia que aún no ha sido escrita.

En la visión androcéntrica también en la historiografía mexicana, las mujeres aparecen como caso especial y muchas veces marginal de una historia masculina declarada “general” Se les toma ocasionalmente en cuenta cuando invaden espacios de varones y en consecuencia pueden analizarse con los criterios utilizados para éstos. Más en general, se las recluye en espacios femeninos “privados” y como tales por definición ahistóricos. Aquí está la raíz de la tan evocada “invisibilidad histórica” de las mujeres.

Con los instrumentos usuales de la historiografía (aun de la marxista) en el mejor de los casos se hace visibles a las escasas heroínas que lograron abrirse paso hacia la vida pública y con ello hacia la historicidad. Para encontrara las demás hay que cambiar los criterios mismos que asignan esta historicidad. Ello implica, como ya dijimos, cambios de óptica, redefiniciones, conceptualizaciones heterodoxas.

Las características de la historia oral que intentamos resumir, su énfasis en la vida cotidiana y personal (a diferencia de la vida “pública” y los grandes conjuntos sociales) la convierten en instrumento idóneo para realizar el encuentro mencionado.

Nos interesa en este contexto destacar que en la conformación de las experiencias narradas en las historias de vida, confluyen tanto el género, como la ubicación social y la generación, además de los innumerables factores individuales constituidos de la personalidad del sujeto. Desde nuestro punto de vista, la manera cómo nuestras entrevistadas viven los procesos de socialización escolar, el trabajo remunerado, el matrimonio y la maternidad (por mencionar sólo algunas de las experiencias y momentos históricos particulares. El género, la ubicación social y temporal pueden visualizarse como algunas de las múltiples coordenadas que cruzan las experiencias humanas y al hacerlo las van conformando según el momento, en que ocurren: no hay que perder de vista que el género, la clase social, la generación son abstracciones que nos permiten aislar y clasificar diversos aspectos de la vida humana, para el análisis. Pero en la realidad, los factores genéricos, sociales y generacionales existen como una unidad. De ahí que pequen de artificialidad aquellos esfuerzos explicativos que encuentren factores únicos, la clase o el género, para interpretar las experiencias humanas e incluso las interpretaciones lulistas (patriarcado/capitalismo), tan empleadas por estudiosas feministas, que Benería y Roldan han criticado acertadamente en un trabajo reciente. (Benería y Roldán, 1987:11-12)

Las experiencias humanas están entonces inscritas en y son indivisibles de los procesos históricos. Si bien nuestro interés específico es el análisis del género en las historias de vida que hemos recopilado y esta categoría constituye el eje ordenador siempre tenemos presentes los otros factores, la ubicación social y la generación. La puntualización de la categoría género por parte de Benería y de Roldán en el mencionado trabajo, resulta adecuada para los fines del presente trabajo:

El género puede definirse como una red de creencias, rasgos de personalidad, actitudes, sentimientos, valores, comportamientos, y actividades que hacen diferente a los hombres de las mujeres mediante un proceso de construcción social que tiene una serie de características distintas. Es un proceso histórico, que se desarrolla en diversas esferas macro y micro, como son el estado, el mercado de trabajo, las escuelas, los medios de comunicación masiva, la legislación, la familia, la unidad doméstica y las relaciones interpersonales. Supone la jerarquización de los rasgos personales y actividades de tal manera que normalmente, se les dé un mayor valor a aquellas acciones y características asociadas a los hombres. (Benería y Roldán, 1987: 11-12)

Queremos hacen hincapié en la idea de que el género se expresa en una amplia gama de aspectos de la vida humana, tanto en aquellos que tienen que ver con la conciencia, con creencias, sentimientos y valores, como también con actividades de la vida social. La categoría de experiencia, también central en nuestra investigación, nos permite captar esta variedad de manifestaciones de la existencia humana el historiador inglés E.P. Thompson ha explicado el sentido de emplear la categoría de la experiencia para el análisis histórico:

(La experiencia es) una categoría que por imperfecta que pueda ser es indispensable para el historiador ya que incluye la respuesta mental y emocional, ya sea de un individuo o de un grupo social a una pluralidad de acontecimientos relacionados entre sí o a muchas repeticiones del mismo tipo de acontecimiento.

La experiencia surge en el interior del ser social con el pensamiento de hombres y mujeres sobre lo que les ocurre a ellos y a su mundo El ser social y la conciencia no existen separados más que en la abstracción. […] Dentro del ser social tienen lugar cambios que dan lugar a la experiencia transformada, y esta experiencia es determinante en el sentido en que ejerce presiones sobre la conciencia social existente, plantea nuevas cuestiones proporciona gran parte del material para ejercicios intelectuales más elaborados. (Thompson, 1981: 19-20)

Esta categoría, capaz de recoger la “respuesta mental y emocional” de los sujetos históricos (individuales o colectivos) resulta entonces indispensable para estudios que empleen testimonios de vida recopilados mediante la metodología de la historia oral como fuente principal, pues la mayor riqueza de estos relatos es precisamente que expresan el punto de vista de hombre y mujeres sobre la manera cómo interpretan sus propias acciones, las de los demás y los acontecimientos macrosociales. Otra de las posibilidades para la investigación histórica que nos reporta el empleo de la categoría de la experiencia nos permitirá comprender la historia como un proceso en movimiento constante.

Las categorías de género y experiencia son entonces instrumentos teóricos que orientan las cualidades, valores, actitudes y creencias, y también el tipo de actividades que comparten tres mujeres de una misma generación y sector social en un determinado momento histórico.

Permitir hablar de ellas mismas quizá nos ayude a corregir o matizar aquella imagen de la mujer-víctima que aparece en tantos y bienintencionados intentos de rescate.[11]

Las características de la fuente oral

¿Cuáles son estas características sui generis del material oral de la que hablamos al inicio?

En primer lugar, y a diferencia de otros tipos de documentos históricos, la entrevista de historia oral y el testimonio como su resultado generalmente son manufacturados por el propio investigador, junto con el entrevistado. Esta combinación de productor y consumidor de la fuente convierte la relación entre ésta y el historiador como algo bastante complejo.

La entrevista está muy lejos de ser una simple tarea de recopilación. Su preparación (selección de personas a entrevistar, elaboración de la guía), realización y análisis implica un proceso selectivo e interpretativo pre-concebido de parte del historiador. El entrevistador, al hacer peguntas, está formulando hipótesis que se confirman, afinan o modifican con las respuestas del entrevistado. Bien puede decirse entonces que la guía de las entrevistas es una hipótesis de trabajo. (Joutard, 1986:352.)

            En la euforia de dar voz a miembros de grupos mudos o silenciados socialmente, es fácil caer en una especie de populismo al creer que la historia oral permite la expresión espontánea, directa y libre del entrevistado. Ante esta ingenuidad es importante subrayar la meditación del historiador. Si los hechos no hablan por sí mismos, tampoco lo hacen las narraciones. La fuente oral no es algo acabado, libre de “contaminaciones” externas. Ignorar también cómo la memoria dominante puede actuar sobre la memoria subalterna y cómo reacciona ésta. Una defensa de la historia oral con argumentos “espontaneistas” resulta contraproducente, porque relega a un segundo término lo que constituye –como hemos visto- el eje de la historia oral: las complejas determinaciones y los efectos culturales. (Popular Memory Group, 1982:224)

            Es legítimo reconocer las potencialidades democratizadoras de la historia oral, tanto por los temas que abarca como por la peculiar forma en la que se construye su material, la entrevista. Es también legítimo, reclamar una relación igualitaria entre entrevistador y entrevistado o historiador e historiado y, desde luego, existe siempre la posibilidad de una relación de esta índole. Pero, no debemos olvidar que por encima de ello, el control del discurso histórico permanece en manos del historiador. Él escoge a la gente que deba hablar, él pregunta y estructura así también la memoria. (Portelli, 1981: 104) No siempre bastan las buenas intenciones individuales para escapar a una práctica de investigación que con frecuencia contribuye y profundiza las divisiones sociales que son también relaciones de poder y de desigualdad; en nuestro caso, de poder cultural, más que económico o político.

            Sin embargo, las experiencias con historia oral ya existentes a nivel internacional permiten afirmar en términos generales, que al menos se han ampliado la perspectiva de lo que significa el conocimiento histórico y modificando la idea de que este conocimiento sea patrimonio excluido de los círculos académicos.

La guía de entrevistas

Una guía para entrevistas de historia oral no tiene nada que ver con el rígido diseño de una encuesta cuantitativa. Sirve más bien de hilo conductor para estructurar los temas abordados y permitir la contrastación o comparación entre, en este caso, las diferentes entrevistadas. Pero cada una, sin verse encajonada y según las circunstancias de vida personales, puede enfocar los diversos campos temáticos de manera diferente privilegiando unos y descartando otros.

Hemos intentado de elaborar nuestra guía teniendo en cuenta las cualidades específicas de la historia oral para la historia de mujeres.

Damos espacio amplio a la dimensión supuestamente privada[12] de la vida de nuestras entrevistadas, sin descuidar sus actividades en el terreno tradicionalmente masculino de la vida “pública” y las posibles contradicciones y fricciones entre ambas esferas. El supuesto teórico que sostiene la estructura de la guía es la necesidad de introducir –como ya se ha mencionado- la variable de “género” como concepto analítico dándole la misma importancia que tiene por ejemplo un concepto consagrado como “clase”. De otra manera no es posible captar a nuestras entrevistadas como miembros de un grupo social distinguible: las mujeres. En otras palabras, no basta con entrevistar a mujeres con las preguntas de siempre,[13] sino que hay que hacerles otras preguntas.

Evidentemente, no todas estas preguntas tendrán respuestas. Pero en estos casos también los silencios son elocuentes. Nuestras entrevistadas nacieron entre 1898 y 1911. Aunque las tres, cada una a su manera, se desviaron del camino que trazaba la socialización de su época para las mujeres, esta misma socialización también las formó. Así, existen por ejemplo ciertos tabúes como la sexualidad, donde la información obtenida en las entrevistas parece más bien magra. Decimos “parece”, porque no hay que olvidar, que percepciones y conductas con respecto a determinados fenómenos tanto personales como sociales se manifiestan a menudo de manera indirecta, en algún comentario marginal y hasta inesperado: En este sentido hay que aprender a escuchar lo que no se dijo o lo que se dijo en otra forma que la prevista.

Las entrevistadas

Queríamos entrevistar a mujeres viejas para llegar lo más atrás en el tiempo posible y poder ver su vida durante la álgida transición hacia el México moderno contemporáneo en las décadas de los veinte, treinta y cuarenta, en el supuesto de encontrar continuidad y cambio significativos para las mujeres. Tanto nosotras como las propias entrevistadas, privilegiamos un período de vida entre los veinte y los cuarenta y cinco años aproximadamente.

El círculo de candidatas a ser entrevistadas fue reducido por razones obvias y se cerró aún más tomando en cuenta que para realizar entrevistas a profundidad se necesita una base de confianza y que puertas y confianzas generalmente no se abren a desconocidos. Se requirió de parte de las entrevistadoras de alguna referencia personal para ser admitidas, sobre todo, cuando las entrevistas se efectuaron en las casas particulares. En más de un sentido invadimos espacios íntimos.

Finalmente, hicimos entrevistas con tres mujeres, nacidas, como se dijo, entre 1898 y 1911. Alura Flores ha sido maestra en educación física, declamadora profesional y promotora de bailes y atuendos folklóricos; Josefina Vicens, además de ser autora de dos novelas sobresalientes, ha sido funcionaria de organizaciones campesinas hegemónicas, cronista de toros, dirigente de los trabajadores cinematográficos y escritora profesional de guiones de cine; Guadalupe Zúñiga, con formación profesional de psicóloga, fue juez del Tribunal para Menores y profesora universitaria en las áreas de psicología y trabajo social. Las trayectorias personales de estas tres mujeres han seguido cursos diversos, tanto en el ámbito público como en el privado. En sus testimonios puede apreciarse una muestra de la variedad de sus experiencias, percepciones y opiniones; incluso es posible vislumbrar en los relatos aspectos de los temperamentos de las entrevistadas. La riqueza de los testimonios, manifestaciones de individualidades, rebasa el análisis del presente ensayo y sólo podrá apreciarse en los testimonios mismos.

Por encima de la diversidad, las tres comparten la generación, el origen de clase (media), el espacio urbano de la ciudad de México y el ejercicio de una profesión, cuando ello todavía no era común para los miembros femeninos de su estrato social. Este último dato nos indica que Guadalupe Zúñiga de González, Alura Flores y Josefina Vicens no son precisamente mujeres “comunes y corrientes”. Ejercían lo que el historiador italiano Ginzburg llama “la propia libertad condicionada” dentro de “una jaula flexible e invisible”. (Ginzburg, 1981:22)

Pero cómo y hasta dónde lo hacían nos dice mucho sobre estas normas y condiciones vigentes. En la inconformidad (tanto implícita como explícita) que con diferentes matices muestran las tres, surge quizá con mayor claridad el significado del ser mujer en la primera mitad del siglo veinte mexicano. Cuando un diseño de vida personal transgredía lo socialmente establecido, en nuestro caso la femineidad, es precisamente esta trasgresión la que define los límites impuestos Éste es un aspecto más de lo que hemos llamado el proceso de desentrañar la compleja relación entre el proceso social y la vida individual.

El problema de la representatividad

La pregunta siguiente que se nos plantea se refiere a la posibilidad de hacer generalizaciones a partir de las experiencias particulares de nuestras entrevistadas, con el fin de atribuirles un peso más allá de estas particularidades. Sobra decir que la selección de mujeres entrevistadas en ningún momento intentó ser una muestra estadísticamente representativa del universo social al que pertenecen. La metodología de la historia oral no permite la formación de este tipo de muestras, según ha argumentado Philippe Joutard, reconocido especialista en la construcción de fuentes orales. (Jourtard, 1986: 346-348)

Si de entrada estamos negando la representativita cuantitativa de nuestras fuentes, se hace necesario preguntarse por la validez y el sentido de un trabajo como el que hemos realizado para la investigación y el conocimiento sobre la formación del género femenino. Este problema lo discute –entre otros- el historiador Carlo Ginzburg en la introducción a El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI, libro que reconstruye la vida y la visión del mundo de Menocchio:

Es justo preguntarse que relevancia social pueden tener las ideas y creencias de un individuo al nivel social de Menocchio cuando se les considera aisladamente. Cuando hay equipos de investigadores que hacen historia cuantitativa de las ideas o historia religiosa seriada. La indagación sobre un individuo puede parece paradójico y absurdo “casi un retorno al telar manual en la época del telar automático”. (Ginzburg, 1981:21)

La aparente insensatez de optar por el telar manual en un mundo automatizado, requiere de una explicación. El propio Ginzburg nos la brinda, haciendo una crítica a ese telar automatizado que es la historia cuantitativa y a la historia serial. Este tipo de historiografía, explica Ginzburg, parte de la idea equivocada de que solamente se puede conocer la historia de las clases subalternas, empleando la sociología y la demografía para el estudio cuantitativo de la sociedad del pasado (Ginzburg, ibid.). Esta metodología historiográfica, según explica Francois Furet, uno de sus exponentes más reconocidos, sustituye el hecho histórico por la serie, es decir, “hace la construcción del dato histórico en función de una análisis probabilística”. (Furet, 1976:171.) En este tipo de historiografía no hay lugar para incorporar la experiencia de las clases subalternas y los sectores marginados; sus voces y su interpretación del mundo y de sí mismos quedan silenciadas. Sin rechazar la utilidad de los trabajos de la historia cuantitativa, es necesario reconocer su parcialidad e intentar complementarlos con aquellas investigaciones que, en palabras de Ginzburg, “intentan ampliar hacia abajo la noción histórica del individuo” (Ginzburg, 1981:21.) Nuestro esfuerzo por construir fuentes que narran historias de vida se hizo con la perspectiva de que el conocimiento sobre la formación histórica del género tendría que incluir el punto de vista de las mismas mujeres. La necesidad de trabajos con el énfasis en la profundidad y la calidad de la información, interesados principalmente en la percepción e interpretación del sujeto y la forma de cómo éstas se relacionan con su comportamiento, ha sido reconocida incluso desde la sociología tradicionalmente interesada en forma prioritaria por la investigación cualitativa. (Schwartz y Jacobs: 1984)

2. Las historias

Los primeros años

Los recuerdos más viejos de Alura Flores y Guadalupe Zúñiga corresponden a los últimos años de la dictadura porfiriana; los de Josefina Vicens se ubican temporalmente en los primeros años del movimiento revolucionario. Las familias Flores y Zúñiga habitaban en la ciudad de México, mientras que los Vicens vivieron en Tabasco hasta fines de la segunda década del siglo, cuando a causa de la revolución se vieron forzados a emigrar y se establecieron en la capital.[14]

Podemos suponer que ninguna de las tres familias pasó penurias económicas serias; las ocupaciones de los señores Flores, Vicens y Zúñiga (pequeños comerciantes los dos primeros, e ingeniero militar el tercero), los ubicaban en la clase media.

De sus esposas, solamente la señora Barnes de Flores tenía un trabajo fuera de la unidad doméstica como educadora en una institución de la iglesia bautista. Se trataba de una actividad que desempeñaba más por su compromiso religioso que por el ingreso que ésta le pudiera proporcionar. Ella era una norteamericana que había venido a México como misionera para propagar la fe bautista.

En cambio, las señoras Vicens y Zúñiga se dedicaban a ocupaciones dentro de su hogar. En el caso de la señora Vicens ello incluía ayudar a su marido en la tienda de abarrotes ubicada en la parte frontal de la casa en donde vivían, además de las tareas propiamente domésticas. El matrimonio para la señora Vicens había significado el fin de su trabajo como maestra de escuela que era motivo de orgullo para ella; su hija Josefina recuerda, “mi madre tenía mucho honor que Carlos Pellicer había ido a sus clases de primaria”. (JV: 1.)

El ámbito familiar, la primera instancia del proceso de socialización, es donde las personas adquieren valores y actitudes fundamentales aun cuando en su vida posterior los rechacen. De las tres entrevistadas, Alura, plenamente identificada con los valores religiosos, y las ideas sobre el sentido del trabajo y de la disciplina de sus padres, es quien reconoce en toda su amplitud la influencia familiar en su vida:

Lo que soy propiamente, lo poquito que pude haber sido es basado en lo que mi madre me enseñó y en el amor que siempre he sentido por mi trabajo y el sentido de responsabilidad que como persona mi madre me fomentó desde muy niña. […] Considero que la formación que me dio mi madre y mi religión me han dado la fortaleza para enfrentarme a todos los problemas, porque a nosotros nos enseñaron que en el dolor y en la necesidad y en la lucha es como se logra realmente aprender a luchar y con el deseo ferviente siempre de salir adelante y no tener cobardía en ningún momento. (AF: 4 y 6)

La disciplina impuesta por la familia, al menos en la retrospectiva, no era rechazada por Alura, quizás por el origen religioso de las normas que regulan su vida:

A mí nunca me pesó la disciplina de mi madre, ni de mi padre, nunca, al contrario… (AF: 6)

En cambio, Guadalupe Zúñiga y Josefina Vicens sí recuerdan haber resentido un tanto la disciplina familiar; reconocen que en más de una ocasión el deber ser chocaba con su ser. Quizás por ello recuerdan con especial cariño su paso por la escuela primaria, que con todo y sus limitaciones era un espacio para satisfacer curiosidades y hacer travesuras. Asistir a la escuela daba una oportunidad para alejarse de la vigilancia familiar y divertirse en un grupo muchas veces burlando las reglas disciplinarias:

De mi primera infancia sólo recuerdo las maldades que hacía yo en la escuela primaria junto con mis amigas, éramos muy fiesteras. (GZ: 1)

Los lugares de juego eran los patios de la escuela y la casa y aún las calles donde había posibilidad de juntarse con niños del vecindario:

Jugábamos al pan y queso […] Era un juego muy común y corriente. La famosa “Doña Blanca está cubierta de pilares de oro y plata. “Eso eran los juegos de entonces. También a San Miguelito, éste también era un juego muy viejo. Después de la escuela no jugábamos así, pues es que después nada más cada quien con su familia. Fue una disciplina muy seria. (GZ: 3)

(La casa) tenía un patio enorme también, muy grande, en donde jugábamos a la reata y a la pelota con los niños de las otras viviendas. Cuando había piñatas, ahí las hacíamos. (AF: 7)

[…] me gustaba jugar a las coleadas, a agarrarse de los coches así en patines y luego sentir la coleada. Para lo que era yo una nulidad era para el trompo. Jamás logré bailar un trompo. En cambio para el balero era yo sensacional. Y me gustaban las escondidas, la matatena y el hoyito matón; […] también jugaba yo a las canicas, jugaba con los chamacos de la cuadra: algunos de ellos no iban a la misma escuela que yo porque eran riquillos, entonces, los mandaban a una escuela particular, pero vivían en la cuadra en unas casas mejores. Éramos cuates de la cuadra. (JV: 4)

La escuela sin duda es tan importante como la familia para el proceso de socialización. Es, además, el primer espacio extradoméstico (y casi el único) en la vida de las niñas Alura, Josefina y Guadalupe. Se puede decir que la escuela es donde se desarrolla una vida cotidiana relativamente independiente de la familiar. Es un ámbito donde es posible empezar a desarrollar una personalidad autónoma. Se abren las puertas a una serie de experiencias que no pueden ocurrir en el ámbito familiar. En la escuela se puede entrar en contacto con puntos de vista distintos e incluso contrapuestos a los sostenidos en el hogar; hay oportunidad para establecer relaciones sociales cotidianas que no necesariamente pasan por vínculos familiares.

Los recuerdos de la vida escolar guardan un lugar muy especial en memoria de Guadalupe Vicens y Guadalupe Zúñiga. Las experiencias afectivas e intelectuales que ahí vivieron les fueron muy satisfactorias.

Yo era muy feliz en la escuela, me gustaba todo. Además lo digo sin pretensión, era yo muy buena alumna. […] El español, la geografía y las ciencias naturales me gustaban mucho. Pero tenía mucha dificultad –que lograba vencer- para lo que llamaban las matemáticas, que entonces no eran más que sumas, restas, multiplicaciones y divisiones. (JV: 3.)

Las tres fueron buenas y aplicadas alumnas, por interés propio y por presiones paternas; pero la escuela además de darles la satisfacción del aprendizaje era una institución en la cual se formaban vínculos afectivos significativos. Privaba un ambiente cálido; en el que tanto las profesoras como la directora conocían personalmente a los alumnos y se interesaban en ellos.

En las escuelitas primarias de entonces, todo era así, doméstico, como familiar (GZ: 3)

El sistema escolar masivo, despersonalizado y burocratizado estaba lejos aún.[15] Los diplomas de fin de curso que guarda Guadalupe Zúñiga los firmaron con su puño y letra el Presidente Porfirio Díaz y Justo Sierra, el Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, y en su momento, el Presidente Madero. La señora Zúñiga recuerda bien la ceremonia en que el General Díaz le entregó personalmente un diploma por su destacado aprovechamiento.

En la escuela se formaron lazos de intensa amistad, algunos de los cuales se prolongaron por toda la vida. Casi siempre eran amistades femeninas, tanto en los caso de Guadalupe Zúñiga que asistió a una escuela sólo de niñas, tanto en el de Josefina Vicens que fue a una institución mixta.

La exclusividad de las amistades femeninas en la infancia es sin duda un elemento central en la formación de la identidad del género y de la designación de roles genéricos. Subyace a esta separación social entre niños y niñas la noción de que unos y otros tienen modos de ser y costumbres diferentes entre sí, que a veces incluso son incompatibles.

El grupo de amigas de Guadalupe Zúñiga, ejerciendo sus prejuicios de género y raciales, se divertía haciéndole “maldades” a un muchacho español que vivía en una vecindad atrás del patio de su escuela (GZ: 2); y Josefina Vicens recuerda las actitudes diferenciadas hacia niños y niñas de los maestros.

Había más niñas que niños en la escuela. Los maestros eran un poco más enérgicos con los varones, porque ellos además eran más bárbaros; luego se daban unos trancazos, y peleas de box. (JV: 3)

La identidad de género fundamentada en la diferencia del otro, adquirida desde la infancia en la familia, se fortalece en la escuela. Esta visión dicotómica de lo masculino y lo femenino persiste en la conciencia de nuestras entrevistadas, quienes a lo largo de su vida adulta entienden que tanto hombres como mujeres tienen cualidades propias que los distinguen a unos de los otros.[16]

Las figuras de las maestras de escuela sin duda constituyeron también un elemento central en la formación de identidad de género de Guadalupe Zúñiga y Josefina Vicens. Muy presentes en la memoria de las entrevistadas, las profesoras Soledad Anaya Solórzano, Josefina Zubieta y Carmelita Aranzolo, formadas en la Escuela Normal para Profesoras Porfirianas; eran mujeres profesionales, con cierta autonomía personal y respeto social e impactaron a las niñas Josefina Vicens y Guadalupe Zúñiga, intelectualmente inquietas desde su infancia hayan optado por desarrollar actividades de carácter público en su vida adulta.

Los años de preparación

Al terminar la primaria superior, Alura Flores, Josefina Vicens y Guadalupe Zúñiga siguieron desempeñando actividades en el terreno de la vida pública a diferencia de la mayor parte de sus compañeras de escuela, que seguramente a partir de entonces se dedicarían exclusivamente a tareas domésticas.

Josefina deseaba incorporarse lo más pronto posible al trabajo remunerado,

Como lo que yo quería era libertad y trabajar, entonces, acabando la primaria me metí a estudiar un a carrera de comercio que era de dos años. Era la academia del profesor Morales, pero no me acuerdo del primer nombre. Era de dos, pero yo la hice en un año y después, al poquito tiempo, empecé a trabajar. (JV: 12-13)

En cambio, Alura y Guadalupe optaron por continuar sus estudios.[17] Alura ingresó a la Escuela Nacional Preparatoria en 1920, y Guadalupe a la Escuela Normal para Maestras en 1913.

Como alumna de la Normal, Guadalupe Zúñiga continúo estando en un ambiente exclusivamente femenino. Según ella recuerda, ahí privaba la camaradería entre las estudiantes y había espacio para la diversión, pero también para el estudio intenso dirigido por profesores excelentes. Sus recuerdos sobre experiencias en la Normal, se refieren precisamente a las dificultades del aprendizaje y a la satisfacción de haberlas salvado: Con gran orgullo, la señora Zúñiga hace una evaluación retrospectiva de la institución en que se formó:

En la normal tuvimos también maestros excelentes. Para entonces, la Escuela Normal era la profesional cumbre para señoritas […] La Normal era la escuela superior y, claro, como era la escuela mejor de todas, pues el gobierno le dio mucho impuso a la Escuela Normal, donde realmente hubo lumbreras, Ezequiel Chávez, Enrique Aragón. La escuela estaba ahí juntito a la Iglesia de la Encarnación, allí donde ahora es la Secretaría de Educación, en la calle de González Obregón. (GZ: 8)

Alura también está muy orgullosa de su escuela, la Nacional Preparatoria.[18] Aun cuando a la Prepa asistían jóvenes de ambos sexos,[19] y el ambiente de agitación y de discusión estudiantil podía facilitar que se relajaran un poco las formalidades de la relación entre muchachos y muchachas, persistía una separación entre los géneros que se manifestaba incluso en los espacios físicos.

(Las mujeres) en el tercer piso (del edificio de San Ildelfonso) teníamos un área que llamaban el Gineceo y era el lugar en el que nosotras pernoctábamos, pudiéramos decir. Ahí llegábamos; teníamos salas de estudio especialmente para nosotras y teníamos una prefecta que se llamó Dolores A. Castillo, una persona preciosísima que nos orientaba y que estaba muy pendiente y muy celosa de las muchachas: que no se juntaran mucho con los muchachos.

La prefecta era muy celosa, de eso quizá podrán hablar algunos de los muchachos. Eran un poquito fuertes en sus decires y la llamaban “olores a bolillo” porque se llamaba Dolores Castillo y entonces ellos le decían: vamos a ver a los “olores a bolillo”.

Nos custodiaba como si fuéramos realmente santas; era un cuidado especial en aquellas épocas, no como ahora, que ya se han roto todos los tabúes, que ya no existe nada de eso. (AF: 15)

Con todo y la vigilancia sobre las alumnas, la Preparatoria les daba la posibilidad de que, al lado de sus compañeros varones, tuvieran una educación sólida, desarrollaran sus intereses personales y profundizaran en las actividades que prefirieran.

Alura recuerda cuánto apreciaba las clases de literatura:

(De los maestros), al que más recuerdo es a Erasmo Castellanos que nunca olvidaré, porque aún ya salida, siendo egresada de la preparatoria, íbamos a escuchar sus clases. Daba clases de literatura universal y era un cervantino. Te podía narrar cualquier capítulo del Quijote de la Mancha, porque tenía una memoria extraordinaria. (AF:)9)

En la Preparatoria había lugar para que los alumnos participaran en actividades socioculturales que muchas veces se llevaban a cabo fuera de las horas escolares. Éste era uno de los pocos ámbitos en que los jóvenes de ambos sexos se podían relacionar en función de un interés común, lo cual se contrapone a la tendencia a mantenerlos separados. Junto con compañeros y compañeras, Alura practicaba la declamación, actividad a la cual después de algunos de ellos se dedicarían profesionalmente.

Creo que empecé en 1923-1924 con Manuel Bernal, fue preparatoriano 20-24 y nos reuníamos. Hacíamos unas pequeñas reuniones, mesas redondas para leer poemas, para declamar poemas y luego, pues, hacíamos una tertulia los sábados, a veces los domingos en distintas casas de los compañeros. Manuel puso su academia, una academia de declamación a la que yo ingresé para poder tener documentos de que yo había estudiado la asignatura y ahí me titulé con Manuel Bernal…

Fue también en la Prepa donde Alura Flores comenzó a practicar el deporte en forma sistemática

(En la Preparatoria) encontré la profesión de mi vida que fue el deporte. Ahí yo competía por la preparatoria y ahí aprendí a hacer el deporte con verdadero cariño, defendiendo los colores de mi escuela; allí nace para mí la inspiración para mi carrera, que soy profesora de educación física. Teníamos un entrenador que nos inculcó una gran devoción para el deporte, entonces allí jugando y entrenando aprendí muchas que sumadas a las disciplina que yo traía, me ayudaron a llegar a ser campeona. (AF: p. 12.)

Justamente al terminar la Preparatoria, Alura formó parte de uno de los primeros equipos de básquet-ball femenil. Compitió en natación y optó por dedicarse profesionalmente al deporte, actividad en que fue una mujer pionera,

Cuando era yo estudiante de preparatoria practicaba natación y básquet-ball y volley-ball, pero más que todo básquet-ball, yo no soy pionera del básquet-ball. Antes que nosotros había habido quintas de básquet-ball […] Yo fui también de las primeras mujeres que se atrevieron a competir en natación. Eso era un escándalo, presentarse en traje de baño en las albercas públicas y en competencia… (AF: 14-16)

A principios de los años veinte, ser una mujer deportista suponía desafiar tabúes en relación con el cuerpo femenino, lo cual se manifestaba especialmente en las actitudes hacia la natación.

Las mujeres sí podían nadar, pero se consideraba un poquito deshonesto mostrar (el cuerpo). Eran unos trajes no como los de ahora, tenían una faldita pequeña y eran todos cubiertos simplemente se veían los brazos y del muslo al pie… (AF: 15)

Para Alura fue más fácil romper con esos tabúes, porque según ella misma lo explica, su madre, siendo norteamericana, “no era tan cerrada” como algunas madres mexicanas y ella “veía con mucha naturalidad que yo jugara al deporte…” (AF: p. 15)

Asimismo, puede pensarse que la nueva percepción del cuerpo femenino que conlleva la práctica del deporte para las mujeres, fue asimilada por Alura sin dificultades mayores pues la educación moderna para hombres y mujeres, promovida por los protestantes, incluía tanto el aspecto físico como el intelectual. (Bastian, 1987:177).

El uso de uniformes deportivos y trajes de natación que dejaban ver más el cuerpo femenino de lo que el pudor tradicional permitía, era una de las razones centrales por las cuales no se veía bien que las mujeres practicaran deportes. Si para Alura por sus condiciones personales, fue relativamente fácil superar las ideas tradicionales al respecto, el temor a que las deportistas mostraran su cuerpo era una actitud predominante. De suerte que los uniformes de las muchachas, en vez de intentar facilitar la libertad de movimiento necesario para el deporte, buscaban cubrir lo más posible el cuerpo. Este era el caso de los “bloomers” que siendo demasiado anchos, estorbaban para correr y de las faldas de los trajes de baño que hacían resistencia, quitándole velocidad a las nadadoras.

Los uniformes de deporte eran una especie de pantalones, con mucho pliegue que nos llegaban debajo de la rodilla porque nos eran menos estorbosos, nos daban un poquito más de libertad de movimiento. (AF: 15)

Las mujeres que querían este “poquito más de movimiento” y ambicionaban espacios más amplios que los tradicionalmente asignados, tenían que enfrentarse a un mundo hecho por para seres humanos masculinos. Ello implicaba también someterse a valores que no formaban parte de los cánones de la educación femenina: competitividad, agresividad, extroversión, etcétera.

La educación bautista de Alura fue un factor que sin duda facilitó su buen desarrollo en el deporte que exige una rigurosa disciplina, una gran entrega personal y un sentido del éxito:

Le pongo todo el corazón, le pongo toda mi responsabilidad. Tengo un sentido grande que me sembró mi madre en mi ser. Lo que yo soy se lo debo a mi madre eminentemente, porque ella me dio toda la pauta del deber cumplido. Teniendo el deber cumplido, hay éxito siempre, no puede ser de otra manera. (AF: 10)

De su paso por la Normal y la Preparatoria Nacional tanto Alura Flores como Guadalupe Zúñiga, guardan recuerdos positivos, que ocupan un lugar importante en la reconstrucción de su historia de vida. Es probable que las buenas experiencias que ellas tuvieron en estas instituciones de enseñanza haya sido un factor que contribuyó a que ambos jóvenes decidieran proseguir sus estudios en un nivel superior. Guadalupe Zúñiga ingresó a la Escuela de Altos Estudios de la Universidad Nacional para estudiar psicología y obtener el título de profesora académica. El prestigio de esta institución superaba al de la Normal. Entonces, la Escuela de Altos Estudios era vista como la cúspide de la enseñanza humanista.[20] Aún cuando eran pocas las mujeres que accedían a las instituciones de enseñanza superior, al menos en el nivel de las aspiraciones, el horizonte profesional para el género femenino se había ensanchado.

Claro que las mujeres que las hubo por fortuna superiores, no se conformaban o no tenían vocación para maestra y estudiaban alguna otra profesión, que fuera medicina –que era generalmente la que tomaban- o de abogados, pero no había muchas. (GZ: 8)

Alura, al mismo tiempo que cursaba el último año de la preparatoria, iniciaba la carrera de profesora de educación física en la Escuela de Educación Física dependiente también de la Universidad Nacional.[21]

Las experiencias en las referidas escuelas universitarias también fueron altamente gratificantes para Guadalupe y Alura. La señora Zúñiga se emociona vivamente cuando recuerda a sus profesores de la Escuela de Altos Estudios:

…el maestro Enrique Aragón, el maestro Chávez, y Antonio caso, el gran maestro Antonio caso. Eran las lumbreras y lo seguirán siendo. Qué maestros, qué sabiduría, qué exactitud; sobre todo qué facilidad para hacerse entender. No eran maestros que no dejaran huella, la dejaban no sólo por la profundidad y la extensión de sus conocimientos sino también por su trato. Eran pues, digo yo, los santos universitarios… (GZ: 6)

Estudiar en escuelas de enseñanza media y superior significó para Alura Flores y para Guadalupe Zúñiga el desarrollo de un interés serio y comprometido con actividades de la vida pública; el deporte y la natación para Alura; el magisterio y la psicología para Guadalupe. Es decir, su vida tenía un sentido más allá del ámbito doméstico: tenían una personalidad propia en el mundo público. La vida escolar también favoreció la formación de relaciones personales con hombres, relaciones que tenían como fundamento la comunidad de intereses. Además, el título universitario significaba una capacitación superior para el trabajo que como veremos más adelante, les permitiría tener acceso a puestos mejor remunerados y con mayor prestigio social. Todos estos elementos fueron integrados, sin demasiados conflictos aparente, como parte de su identidad de género por Guadalupe Zúñiga y Alura Flores, en la primera mitad de la década de los veinte.

Sin embargo, en esta fase de formación calificada como “feliz” por las dos entrevistadas quienes la vivieron, se abrieron también cada vez más estas fisuras entre el ser y el deber ser femeninos que hemos mencionado. En una actitud un tanto ambigua, tanto la familia como la sociedad en su conjunto, por una parte impulsaron la superación individual de las jóvenes en términos generales para, al mismo tiempo, obstaculizarla o al menos limitarla en su realización concreta. Guadalupe Zúñiga recuerda:

Las penas que yo sufrí cuando llegaba de la universidad […] En la Escuela de Altos Estudios salíamos a las nueve de la noche, o a veces a las ocho. Pero para llegar a donde yo vivía estaba largo, por eso llegaba yo tarde y ahí la molestia, el problema, la protesta del papá militar. Además yo tenía que salir de mis estudios con alguno de mis hermanos, yo sola no. Ellos estaban estudiando y era su obligación que yo viniera con ellos. Si llegaba sola, ahí estaba el disgusto. Mi papá se puso muy duro, porque le dije, “pues yo tengo que seguir estudiando” –“pues no vas a llegar aquí sin tus hermanos”… (GZ: 5)

Ir a bailes o similares diversiones nocturnas estaba naturalmente condicionado por la presencia de un chaperón.

Diversiones teníamos con muchos trabajos, uno que otro baile, rarísima vez. Eso fue mucho más adelante, siempre que fuera la mamá con nosotras. Vamos, que una señorita fuera sin la mamá imposible. Y si, por estarnos polveando a arreglando nos daban diez, ya no salíamos. (GZ: 23)

Los varones podían ir solos y además tenían el privilegio de elegir:

Los muchachos, también sinvergüenzas, estaban echando ojo a ver cual les convenía más. Les hacíamos el favor de aceptar con mucho gusto. (GZ: 12)

Cuando salía con los novios llevaba chaperona, desde luego. Si estábamos hablando de la prehistoria […] Si estaban ahí los novios, mi papá o mi mamá estaban sentados en las sala, no podíamos platicar ni nada. Siempre salíamos con alguna de mis hermanas o las del novio. Entonces era una vigilancia tremenda. (JV: 18)

Para relacionarse de una manera un poco menos controlada, existía la posibilidad de darse “escapadas”.

Eran tiempos de cambios en la situación social de la mujer; donde la identidad y los roles de género se estaban redefiniendo.[22] Las actitudes frente a estas transformaciones eran variadas. Esto se expresa en una anécdota narrada por Guadalupe Zúñiga, acerca de un cambio tan importante para la imagen de la mujer de principios del siglo veinte, como lo fue el pelo corto. Algunos veían en ello un desafío a la feminidad tradicional que tocaba el terreno de la moral y por tanto merecía el rechazo mas violento, mientras otros, como la propia Guadalupe le quitaban todo carácter subversivo a la nueva imagen femenina y la interpretaban como un capricho de la moda, dictadora a la que más valía obedecer:

Cuando se empezó a usar el pelo corto, hasta se pelearon los de la Escuela de Medicina con los de la Normal: eso que nos hubiéramos cortado el pelo en aquel tiempo produjo un escalofrío moral a los muchachos. No lo toleraban. Hubo peleas entre estudiantes de la Normal y Estudiantes de Medicina, porque, muchacha con pelo corto que pasaba por la escuela de Medicina, entonces en Santo Domingo, se la metían los muchachos para castigarla. Le pegaban o la maltrataban y claro que se enfurecían los normalistas. Yo creo que se sintieron mal, pues quién sabe qué sentirían. […] Yo me corte la trenza. Mi mamá estuvo de acuerdo. Los papás claro que sintieron que aquello no era una cosa denigrante ni peligrosa si la moda lo traía. De todo podemos prescindir menos de la moda. Mi papá con las trenzas ni se metió. Mi mamá fue la que me dijo no, ya no se usan, a para qué. (GZ: 13)

Asalariadas de por vida

El ingreso al mundo del trabajo asalariado ocurrió muy temprano en la vida de Alura Flores, Guadalupe Zúñiga y Josefina Vicens. Antes de cumplir veinte años y cuando todavía según estudiando en las escuelas superiores. Alura Flores y Guadalupe Zúñiga iniciaron su carrera como profesoras en escuelas primarias. Por su parte, Josefina Vicens empezó a recibir un salario siendo aún más joven. Su primer empleo fue como taquígrafa y mecanógrafa en una empresa de transportes y, posteriormente, en el Departamento Agrario.

Más relevante que su temprana incorporación al trabajo asalariado en el hecho de que las tres entrevistadas hayan mantenido un empleo remunerado sin interrupciones significativas a lo largo de toda su vida. Ni el matrimonio ni la maternidad las llevó a alterar una vida profesional. Hoy en día todavía continúan desempeñando actividades profesionales.[23] Según hemos señalado, aquí nos interesa primordialmente el período 1920-1940, que en forma aproximada corresponde a los primeros veinte o veinticinco años de vida laboral de las mujeres entrevistadas. Estas dos décadas de las vidas de Alura Flores, Guadalupe Zúñiga y Josefina Vicens, abarcan la etapa escolar, su ingreso al trabajo, y el ascenso en su carrera profesional hasta ocupar puestos de alta jerarquía y responsabilidad, así como el matrimonio y la maternidad en el caso de las señoras Zúñiga y Flores. Sin embargo, la continuidad de su participación en la vida pública que va más allá de los límites temporales de este trabajo, merece ser destacada pues es quizá el más importante factor común en la vida de las mujeres entrevistadas. En los tres casos encontramos que lo que ocupa el espacio más amplio en los recuerdos y suscita los detalles más vivos es, indudablemente, la vida del trabajo. Ello resulta coherente con la actitud comprometida con el quehacer público y la satisfacción que éste les causaba, pero no perdamos de vista que tal vez el lugar destacado de los recuerdos del trabajo en la narración de la historia de vida también resulta de la percepción de la entrevista como un asunto “serio”, en el cual se debe dar un mayor énfasis a la vida pública que ellas llevaron y que las hace un tanto excepcionales, condición que es muy consciente para las tres.

La opción profesional seguida por Guadalupe Zúñiga y Alura Flores, el magisterio, en ese entonces, era una de las pocas alternativas de empleo remunerado para mujeres de clase media. Fincada desde el porfiriano, la participación de las mujeres en el magisterio aumentó rápidamente a lo largo de las dos primeras décadas del siglo: En realidad, fue el magisterio el único campo profesional con una participación femenina significativa. La profesión magisterial se estimaba adecuada para las mujeres pues era considerada una actividad que requería más sensibilidad que ciencia y se entendía que su ejercicio era compatible con los valores atribuidos al género femenino (Bazant, 1982: 148-149). Las mujeres entraron a un terreno público, el profesional, desempeñando actividades emparentadas con la maternidad. Quizá por eso se pensaba que el trabajo magisterial desarrollado por mujeres era cualitativamente distinto al efectuado por los profesores varones, lo cual se traducía en una serie de obstáculos para la carrera de las profesoras.

Las mujeres que optaban por dedicarse al magisterio, encontraban un ambiente poco favorable. No faltaba quien resistiera el desplazamiento de los varones de las filas del profesorado por sus colegas mujeres. Sus sueldos eran menores que los pagados a los profesores varones, por efectuar el mismo trabajo y se intentaba mantener a las mujeres en los niveles escolares más bajos. (Cano, 1984: 42-48)

Con todo, la participación femenina en el magisterio se vio impulsada institucionalmente con el proyecto educativo vasconcelista iniciado en 1920; entonces, el “mito del maestro se vuelve espacio de la mujer” (Blanco, 1977: 109). Frente a las posiciones cientificistas de la educación, prevaleció la idea de que la tarea del maestro era fundamentalmente de carácter espiritual moral y requería una gran dosis de sensibilidad, la creciente incorporación de mujeres a las filas del magisterio fue ganando aceptación social. (Cano, 1984: 249-258)

El empleo de Josefina Vicens como taquígrafa y mecanógrafa en una oficina era también una ocupación que para fines del porfiriato estaba dominada casi totalmente por mujeres. Sabemos que, “con el crecimiento de las ciudades y la mayor abundancia de comercios, tiendas y oficinas especializadas, las mujeres empezaron a trabajar como empleadas, secretarias, taquígrafas, tenedoras de libros y dependientas de los grandes almacenes” (Ramos, 1987:159). Las tres ingresaron al mundo público del trabajo asalariado por vías ya transitadas por mujeres en ocupaciones no manuales que les brindaban el salario y un relativo prestigio social que las reafirmaba como miembros de la clase media.

Si para la década del veinte, ser maestra o secretaria era ya compatible con ser mujer, lo particular de los casos de las señoras Flores, Vicens y Zúñiga es que ninguna de ellas se quedó en el primer escalón de la jerarquía laboral. Ni Guadalupe Zúñiga, ni Alura Flores permanecieron como maestras de escuela primaria por mucho tiempo. Igualmente, Josefina Vicens ascendió rápidamente en la burocracia.[24] La profesora Zúñiga, teniendo estudios universitarios de psicología, pronto fue nombrada maestra de esa especialidad en la Escuela de Enseñanza Doméstica (1920); impartió español en la Escuela de Verano de la Universidad Nacional (1925); y cursos de psicología en la Facultad de Filosofía y Letras así como en la Escuela de Trabajo Social de la SEP. Sin embargo, el magisterio no fue la principal ocupación remunerada de Guadalupe Zúñiga. Siendo psicóloga profesional, ella fue nombrada juez del Tribunal para Menores, desde que éste fue fundado en 1926 por el licenciado Primo Villamichel.[25] A partir de entonces Guadalupe Zúñiga se dedicó a actividades relacionadas con la rehabilitación social de niños y jóvenes.

Por su parte, la profesora Alura Flores cuenta cómo ascendió profesionalmente en su carrera magisterial en la escuela de Corte y confección:

A mí me dieron una primaria. Como mi especialidad es la natación trabajé en el Centro Revolución que era la cárcel de Belem y ahí hay una alberca. Luego entré a la Alberto Correa que ahora, creo, desapareció; (estaba) donde está la Cibeles, hasta que llegué a la Escuela de Corte y Confección ahí trabajé veinticinco años consecutivos […] Subí de maestro de grupo hasta jefe de clases y luego inspector. Yo manejé masas con esa escuela, porque toda la escuela la llevábamos a espectáculos en el estadio de la Universidad. Presentamos el Quinto Sol con Efrén Orozco y toda esa pléyade de grandes directores. (AF: 20)

El gran despliegue de energía que sin duda le exigía a Alura el trabajo en la Escuela de Corte y Confección de la SEP no le impidió tener otras ocupaciones. En 1932 ella se inició como profesora de baile folklórico en la Escuela de Verano de la Universidad Nacional (actividad que todavía hoy desempeña). Esta experiencia fomentó en ella el interés por conocer y divulgar danzas y vestuarios regionales. Con el tiempo ésta se convirtió en otra actividad profesional que incluso la llevó a integrarse como profesora de Educación Física a una misión cultural de a SEP enviada a Chiapas a mediados de los años treinta. También en la Universidad, Alura Flores continuó avanzando en su carrera como profesora de ecuación física, ahí llegó a ser entrenadora de básquet-ball y volley-ball femenil y fue campeona nacional en varias ocasiones.

La trayectoria laboral de Josefina Vicens muestra también una línea ascendente. Al poco tiempo de trabajar como empleada de jerarquía inferior en el Departamento Agrario,[26] ella pasó a ser secretaria particular de la jefatura de esta dependencia:

(Primero) trabajaba yo con todos los jefes de Departamento que nos llamaban para dictarnos. Había un departamento de control, estábamos allí todas las empleadas y entonces, que llamaban del departamento legal, que llamaban del departamento tal, y así trabajábamos. […] Fue muy chistoso cómo conseguí el puesto que logré tener. Eso sí se los voy a contar. […] Había un reloj registrador, de esos que se jalaba uno la palanca y aparecía un papelito donde ponía uno su nombre y su número de credencia y, de repente, que me aburre y en vez de poner Josefina Vicens, puse el número de mi credencial y “María Antonieta”, al siguiente día era yo “Napoleón” y al siguiente día era yo… en fin, puros personajes, Leona Vicario y así. Me mandaron llamar del departamento administrativo, como comprenderán. “¿Esto qué es?”, me dice el jefe del administrativo. Digo, “ay señor, si está el número de mi credencial pues para ¿qué quiere usted mi nombre?” –“No, no, aquí esas cosas no se hacen. Usted pone su nombre”. Entonces yo no le hice caso, seguí poniendo una serie de personajes como no tienen idea. Yo después me enteré que el jefe del administrativo pedía el rollo donde estaban las firmas, para ver qué nombre había puesto porque ya lo divertía […]

Un día me manda llamar don Ángel Posada,[27] el ingeniero Posada, que era el jefe del departamento agrario […] Dije “Ahora sí”. Llegó ahí a la secretaría particular, me hace pasar a su privado, y me dice “A usted no le gusta firmar”. Dijo no, “sí me gusta pero, pues es que se me ocurrió eso y si ya me había dicho el jefe del administrativo que no lo hiciera, pero…” Y entonces me dijo, “Pues ya no va a firmar […] usted se va a venir a trabajar a la secretaría particular conmigo”. Su secretario particular era César Martino,[28] que fue “amigo mío”…”

Seguramente Josefina Vicens fue ascendida de puesto más por su capacidad para el trabajo que por su protesta juguetona contra la monotonía de la burocracia. Su facilidad para redactar causaba asombro en la Academia Comercial donde estudió. Recuerda cómo sus maestros al ver la calidad de sus ejercicios de redacción dudaban que fuera ella quien efectivamente hacía las tareas.

Estando en la secretaría particular del Departamento Agrario, Josefina adquirió conocimiento sobre la situación de los campesinos, y estableció relaciones personales que le permitieron llegar a ocupar la Secretaría de Acción Femenil de la Confederación Nacional Campesina (CNC) en 1938, año en que ésta fue fundada.

[…] me eligieron Secretaria de Acción Femenil de la CNC, dizque me eligieron, para mí que me nombraron. ((JV: 24)[29]

Siendo parte del equipo político de ideólogos del agrarismo formado por Graciano Sánchez, León García y César Martino, Josefina Vicens también ocupó el puesto de Secretaria de Acción Femenil del Sector Agrario del Partido de la Revolución Mexicana (PRM). Previamente, ella se había ido como secretaria de César Martino en la campaña que lo llevó a ser diputado por Jalisco.

Tan distintas entre sí como son las vidas de trabajo de Alura Flores, Guadalupe Zúñiga y Josefina Vicens, tienen en común el haber sido las tres empleadas de instituciones recién creadas o reorientadas por el estado posrevolucionario. Desde la SEP, la Universidad Nacional, el Tribunal para Menores, la CNC y PRM respectivamente, las tres contribuyeron a la consolidación del proyecto estatal. En sus respectivas instituciones ocuparon puestos de influencia muy pronto: a los veintiocho años de edad Guadalupe Zúñiga fue Juez del Tribunal para Menores (1926) y a esa misma edad Josefina Vicens fue Secretaria de Acción Femenil de la CNC y el PRM (1938). En los tiempos de formación de instituciones el país estaba en manos de jóvenes de alrededor de treinta años, estaba en el poder la generación de los “revolucionarios de entonces”.[30]

El análisis de las trayectorias laborales de Josefina Vicens, Guadalupe Zúñiga y Alura Flores nos muestra que una parte muy significativa de su carrera estuvo dedicada a actividades dirigidas a mujeres: Josefina Vicens, como Secretaria de Acción Femenil de la CNC y del PRM, fue organizadora de mujeres campesinas; la psicóloga Guadalupe Zúñiga en el Tribunal para Menores tenía la responsabilidad de juzgar los casos de delincuencia juvenil femenina. Además, ella trabajó durante más de veinte años en una institución de educación para mujeres, la Escuela de Enseñanza Doméstica. Por su parte, Alura Flores también trabajó muchas décadas en una institución educativa a la que asistían mayoritariamente mujeres, la Escuela de Corte y Confección, y como entrenadora profesional (la máxima jerarquía en la carrera de educación física) ella trabajó con equipos femeniles.

Guadalupe Zúñiga recuerda, “lo de mujeres me tocaba a mí” (GZ: 15). Si bien su opinión era la de mayor peso en los casos de delincuencia juvenil femenil, las decisiones se tomaban entre los tres jueces a partir de los estudios médico, psicológico y pedagógico que cada uno de ellos hubiera efectuado según su respectiva especialidad. La presencia del punto de vista femenino en el tribunal era considerada indispensable, pues incluso “conforme a la ley uno de los jueces tenía que ser mujer”. (GZ: 16)

En el caso de Josefina Vicens, la necesidad de una instancia especial para mujeres en la Confederación Nacional Campesina estaba bien establecida. Ya en la Confederación Campesina Mexicana, antecesora de CNC, había una secretaria femenil y en la Declaración de Principios y Programa de Acción y Estatutos de la CNC (29 de agosto de 1938) se habla de promover la organización de las mujeres campesinas y elevar su situación. (Historia documental…, 1981: 28-36.)

Era un hecho socialmente aceptado que los cargos ocupados por Josefina Vicens y Guadalupe Zúñiga los tuvieron mujeres. Como Juez del Tribunal para Menores y como Secretaria de Acción Femenil de la CNC, no estaban invadiendo terreno masculino. Aun cuando se trataba de puestos de influencia social (dirigida específicamente a mujeres) y con una relativa posibilidad de decisión, persistía una división genérica del trabajo, la cual se manifestaba de diferentes maneras.

En el Tribunal para Menores la organización de los jueces aparentemente no fue jerárquica, sin embargo el trabajo cotidiano mostraba otros matices.

Uno era el presidente y claro, el hombre tenía que ser el presidente. Pues eran hombres, se aprovechaban. (GZ: 15)

Aun cuando Josefina Vicens insiste en que “como mujer jamás me sentí discriminada, ni limitada”, la división genérica de las ocupaciones también marco el desarrollo de su carrera de formas más o menos evidentes. Tal vez la más clara fue el hecho de que ella nunca ocupara un puesto de elección popular como lo hicieron sus compañeros con una trayectoria similar a la suya. Consideramos que nunca “se le ocurrió” llegar a ser diputada o senadora, porque la legislación no permitía que una mujer ocupara cargos de elección de este tipo.

Por ser mujer ella se quedaba al margen de los aspectos más violentos de la lucha política. La única relación que tenía con las pistolas era la de ser madrina. Que Josefina Vicens asumiera tareas propias del rol femenino, resultó conveniente para la campaña de León García por la gubernatura de San Luís Potosí, cargo por el cual también contendía Pérez Gallardo.

Un día nos asaltaron los Pérez Gallardo, pero feo, así, con bala y todo, en el Frente que nosotros teníamos, el Frente Popular. Entonces yo me llevé todos los archivos mientras ellos se balaceaban. Yo agarre los archivos, todo lo que tenía León allí de papeles importantes y todo eso y me fui saltando azoteas con todos los papeles y de repente llegué a una casa desconocida; dije “ay, perdone, me equivoqué”, pero salí por otra calle. Entonces, las armas, como yo era la única mujer, las guardaban en mi cuarto. Mi tina estaba llena de pistolas. (JV: 42)

Josefina Vicens tenía buenas relaciones de camarería con sus compañeros de trabajo. Especialmente cercanos eran César Martino, León García y Ramón Bonfil; a los cuatro amigos los llamaban “Los Mosqueteros”. Sin embargo sus relaciones personales en el trabajo estaban teñidas por un papel genérico femenino: Josefina Vicens era una suerte de confidente de sus compañeros hombres. Aún en el ámbito público se ocupaba de asuntos de la vida privada.

Tanto Josefina Vicens como Guadalupe Zúñiga calificaban como respetuoso y protector el trato que recibían de sus compañeros de trabajo hombres. Según entendemos se trataba de un respeto a su papel genérico, lo cual suponía una delimitación de sus actividades. Por su parte, ellas tampoco cuestionaban el papel social desempeñado por hombres. Por ello no sintieron que hubieran tenido que enfrentar obstáculos para el desarrollo de su carrera.

En cambio, el caso de Alura Flores es un tanto distinto. El trabajo de entrenadora que ella desempeñó sí podía ser ocupado por hombres. Ella sí estaba invadiendo terreno masculino, lo cual resultaba amenazante para sus colegas varones, y provocaba especial resentimiento por el destacado desempeño profesional de Alura.

Una de las cosas más desagradables que sentí era el encono de los hombres cuando un entrenador mujer les ganaba. ¿Cómo va a ser posible que un entrenador mujer les ganara en los deportes a los hombres que se creían únicos? (AF: 19)

El ritmo de trabajo de una entrenadora era muy intenso y requería de una entrega casi total, que en el caso particular de Alura Flores entre otros factores, fue posible con base a la estricta disciplina de su religión bautista, inculcada desde su niñez. Esta entrega contrastaba con el rechazo masculino y lo hacía más injusto para ella.

El trabajo asalariado en el ámbito público fue una fuente de satisfacción patronal para Alura Flores, Josefina Vicens y Guadalupe Zúñiga. El estímulo intelectual combinado con su interés en el servicio social era lo principal para la psicóloga Zúñiga:

Siempre he tenido trabajo que no es trabajo, no se puede llamar trabajo aquello que usted hace realmente como una satisfacción intelectual. Siempre está uno recibiendo información, estímulo, cómo le diré: impulso. Está usted recibiendo así como el rayo del sol que nos llega a todos. (GZ: 19) Siempre me he sentido cuando menos aprovechada en el sentido de aprender, de sentir que se sirve de algo, sea poquito como promover que otros hagan. Porque eso sí, hago que hagan, ¡qué convenenciera! Estoy convencida de que si no hay alguien que promueva a otros, se quedan con sus propios valores encerrados. En cambio, si usted les da un poco de cuerda, trabajan. GZ: 19)

A Josefina Vicens, su empleo le permitía conocer ámbitos distintos al clasemediero en el cual ella se desenvolvía. Además estaba identificada con el proyecto político y social de la CNC:

Cuando tuve que ir con la Campesina a visitar muchas regiones, entonces sí fui muy feliz. Hacia yo comparaciones, una reunión en mi casa no tenía ninguna validez junto a una reunión con esa gente. Porque con una mesura, con un respecto, con una humildad al mismo tiempo solicitaban cosas muy importantes como era su parcela, su título de propiedad, su crédito para poder cosechar y todo eso. Entonces parecía un insulto el ambiente en que yo estaba […] Me acuerdo que decía yo, si mi papá fuera campesino en vez de comerciante; tenía así como deseos de otra cosa sí más entrañable. Y eso mismo fue provocándome un interés profundo en los campesinos. (JV: 23-24)

Alura Flores era una verdadera apasionada de su profesión

El deporte es una afición que se convierte en pasión y solamente con esa pasión logras obtener esos triunfos. La satisfacción de ganar es algo que no puedo decir. (AF: 20)

Para ella también, el trabajo público era una manera de ser consecuente con la vocación de servicio social que le daba su convicción religiosa en la fe bautista:

Yo siento que he podido dar la medida de mi capacidad para lo que Dios me pudo haber puesto en este mundo. (AF: 9)

La emotividad con que Alura evoca las actividades a que dedicó su vida es elocuente:

Tengo tres altares en mi corazón en mi pecho. El altar mayor es la poesía y la declamación que es lo que más me llega al alma al corazón. En la mano derecha es el altar de mi profesión, la educación física. Allí también me dediqué con todo el corazón a los entrenamientos y a ser entrenador de primera fuerza de la Universidad Nacional Autónoma de México, que es la corona más grande que tengo, porque para que una mujer llegara a esa posición no era fácil. Y por último, el tercer altar está mi lado izquierdo cerca de mi corazón, es el folklor de mi patria, o sea México, su música, sus danzas, sus trajes regionales, costumbres y tradiciones (AF: 21)

Para mujeres de la generación de Guadalupe Zúñiga, Josefina Vicens, y Alura Flores, era perfectamente posible que el trabajo en la vida pública fuera fuente de satisfacción personal. Estos empleos les daban la posibilidad de ampliar su visión el mundo más allá de su ambiente familiar de clase media. Además, les permitían tener influencia social y eran una fuente de prestigio y un ingreso económico, indispensable para llevar una vida de acuerdo con sus aspiraciones.

Formadoras de nuevas generaciones de mujeres

Teniendo en sus manos la responsabilidad de formar, orientar, organizar e incluso dirigir a mujeres en otros sectores sociales urbanos y rurales, Alura Flores, Guadalupe Zúñiga y Josefina Vicens, en algunos aspectos reforzaban los roles y las identidades de género tradicionales y en otros, introducían nuevos valores genéricos.

En contra de prejuicios dominantes, Alura Flores logró que el uniforme de deportes para mujeres se innovara para facilitar el libre movimiento del cuerpo.

Yo trabajaba en la Escuela de Corte y Confección y le hice notar a la directora que sí ahí era el centro de la moda y de enseñar cómo vestir bien, pues en el deporte también teníamos que iniciar la era moderna de que la muchacha usara lo que se llama short. (AF: 15)

En su labor como entrenadora, Alura hacía ver a sus alumnas que la satisfacción personal por el éxito en el deporte, lograda mediante disciplina ajena al ámbito doméstico podría ser sucedánea de la belleza física, un valor femenino por excelencia.

[…] fui muy feliz, porque la satisfacción más grande que yo tenía era ver que mis muchachitas, que inclusive no fueron muy hermosas ni muy agraciadas físicamente, eran magníficas jugadoras… (AF: 19).

Siendo funcionaria de la Confederación Campesina Nacional, Josefina Vicens promovía la organización de mujeres campesinas en las ligas femeniles y cooperativas de producción. Con ello fortalecía el dominio político del campesinado, a la vez que favorecía el mejoramiento económico de las mujeres del campo, pero sin llegar a cuestionar la división genérica del trabajo.[31]

Como Secretaría de Acción Femenil de la CNC iba yo a toda la República a trabajar con las Ligas Femeniles. Me ocupaba de ver qué inquietudes tenían las campesinas; sus necesidades mayores; y las posibilidades que tenían para poder hacer cooperativas en un ejido. Y entonces conseguirles un molino de nixtamal, una artesanía en que pudieran desenvolverse […] A veces yo hablaba en los ejidos. Mis discursos eran muy cordiales y muy a su alcance. Nunca usaba yo la palabra estructural, por ejemplo. No, no, era muy a su alcance: “Compañeras, ustedes tienen que mejorar; no es posible que se queden nada más cuidando niños y haciendo tortillas. Tienen que mejorar una industria pequeña, artesanía, un molino de nixtamal”… En fin, pero en su lenguaje, en su lenguaje.

Esto sí les llegaba. Porque no había nada de elocuencia, ni nada de eso, era a su nivel. Creo que es un sistema completamente equivocado hablarles desde esa altura. A su altura, a su comprensión, a su lenguaje cotidiano, lo entienden mucho mejor. -¿”Pues si verdad señorita?” –me decían- “pues nosotros sí quisiéramos, pero “¿cómo le hacemos?”- Eso es en lo que nosotros les vamos ayudar, si hay disposición- “Ustedes elijan quién va a ser la mera mera, la que va a distribuir el trabajo, la que va a hacer esto, la que va hacer aquello –Oye, tú pos Chona, verdad? Esa es muy bragada; ay, no, y porqué no Lucha? Y así se hacían sus elecciones de sus comités femeniles… (JV: 26-27)

Los esfuerzos de la juez Zúñiga estaban dirigidos a corregir los “desórdenes en la conducta” de jóvenes que llegaban al Tribunal para Menores por haber incurrido en “faltas de orden sexual, insubordinación en el hogar o robo”. La “readaptación social” de los menores tendía a lograr que estos se comportaran de acuerdo con valores sociales y de género dominantes.

Se consideraba que estos “desórdenes” se gestaban en la familia:

Hogares bien organizados en el sentido del cumplimiento del padre y de la madre en todos los aspectos, estaban bien encauzados. Pero cuando no había esa capacidad o sea esa preparación o esa situación económica, entonces faltaba cualquiera de los aspectos básicos para la educación de la criatura. (GZ: 16)

Por eso el primer paso era intentar que la propia familia cumpliera su función como institución socializadora de los valores dominantes, y cuando esto no era posible, se enviaba a los jóvenes a instituciones que de alguna manera sustituyeran la familia:

En primer lugar, llamar a la familia es la cosa elemental, hacer que la familia le ponga un poco de atención en la vida […] Cuando el hogar no ofrecía garantías, entonces había que sacar al chico del hogar, para internarlo en un establecimiento especial con personal especial y reglamentos especiales y vigilancia estricta con ordenamientos que el tribunal dictaba. También se podía mandar a un chico a una escuela de tratamiento [.].) Yo propuse que hubiera una casa especial para niñas. (GZ: 17-18)

La psicóloga Zúñiga consideraba que las mujeres podrían ser “readaptadas” mejor en un ambiente exclusivamente femenino.

También se casaron

Tanto Guadalupe Zúñiga como Josefina Vicens y Alura Flores contrajeron matrimonio. En los tres casos ellas tenían una amistad con sus maridos; éstos fueron personas con quienes ellas compartían intereses.[32] Aun cuando siendo jóvenes sus relaciones con los hombres se daban de acuerdo con convenciones estrictas y bajo la vigilancia de los padres, ya no eran los tiempos en que los matrimonios se hacían más por los arreglos familiares que por el interés de los contrayentes.

En los tres casos el matrimonio es una etapa de la vida a la que se puede llegar sólo cuando la pareja ha alcanzado cierta solvencia económica.

La fundación de una nueva unidad doméstica de clase media parece siempre requerir de una cierta infraestructura. Al respecto, el relato de Alura Flores es contundente: “Entonces fue cuando nos casamos, porque ya podíamos tener un poquito de entradas…” (AF: 17). Josefina Vicens cuenta una anécdota que deja ver una actitud cuestionadora hacia la visión del matrimonio, entendido como una empresa que requiere una inversión económica inicial. En una ocasión, su novio y ella salieron a hacer compras pre-matrimoniales

Llegamos a mi casa, y mis hermanas, muy curiosas, “¿Qué compraron? –“Cigarros”. Mi hermana Amelia, la que era sí muy femenina dijo “¿Cigarros?”. Creían que íbamos a llegar con una vajilla o un florerito o unas cosas así, de la cocina, o algo… (JV: 22)

Aún hoy el matrimonio es visto por muchas mujeres como una forma de dejar de ser trabajadoras asalariadas. En cambio, nuestras tres entrevistadas al casarse continuaron desempeñando sus actividades laborales en el mundo público.

En la retrospectiva, para ninguna de las tres mujeres el matrimonio parece significar un paso de gran trascendencia en su vida. Como que sucedió y ya. Es notable la ausencia de los esposos en las narraciones. El factor tiempo no parece indicado para explicar el fenómeno, ya que éste se da tanto en los dos matrimonios de corta duración (Alura Flores enviudó a poco tiempo y Josefina Vicens se separó de su marido al año) como en la unión más larga. Pareciera que la vida posterior al casamiento sucedieron cosas que para nuestras entrevistadas cobraron un mayor peso y opacaron un tanto el recuerdo de la pareja. Donde más presente está, es en la memoria de Josefina Vicens, pero no precisamente en la calidad de marido sino del amigo que fue, tanto antes como después de la corta relación matrimonial.

En suma, para la periodización de la vida personal, el matrimonio al parecer fue mucho menos impactante que, por ejemplo, los avances en la vida profesional.

El valor de la maternidad

En opinión de Alura Flores, madre de un hijo, la maternidad es la mayor realización posible para una mujer:

[…]pienso que para una madre lo más grande es su hijo, es decir la maternidad es la que nos da el mayor valor, pienso yo, a las mujeres. (AF: 24)

Sin embargo tanto en el relato de Alura Flores como en el de Guadalupe Zúñiga, la maternidad, al igual que el matrimonio, ocupa un lugar secundario con respecto a sus actividades en el ámbito público. Observamos una distancia entre la gran importancia que nuestras entrevistadas atribuyen a la maternidad en el nivel discursivo y el significado que la experiencia concreta de ser madres tuvo en su vida personal. Pareciera como que en la práctica su papel social público restó relevancia a la maternidad, sin embargo en el nivel de la conciencia, el rol de madre ocupa un lugar central en su identidad genérica.

Ello ocurre también en el caso de Josefina Vicens quien nunca tuvo hijos pero considera que a las mujeres la maternidad les da una cualidad específica, que las hace superiores a los varones:

[…] a mí como la maternidad me parece maravillosa, absolutamente maravillosa, un milagro sensacional, entonces la mujer, como que nunca se desprende totalmente de ésta y como que está más interiorizada con los hijos que el padre. Claro, no en todos los casos, pero creo que así es en general. (JV: 5)

Ella reconoce la maternidad abstracta tal como lo exigía la ideología dominante de la femineidad, mientras que la maternidad concreta, sobre todo en sus esclavizantes aspectos de carga doméstica se relega a un segundo plano.

Yo pensé en tener hijos, pero con mucho miedo. Porque decía yo: sería bonito, pero… lo pensaba yo tanto que quiere decir que no tenía ganas. Porque no era el instinto así femenino de ay, ay, yo un hijo. Yo decía, ay, Dios mío; cuando veía yo a mis sobrinillos que se enfermaban y que mis hermanos sufrían… (JV: 40)

El no tener hijos no significaba que Josefina Vicens cuestionara (al menos de forma consciente) la visión tradicional de la maternidad; ella explica y justifica el no haber sido madre por la conciencia de lo excepcional de su vida propia.

[…] decirles que estoy así frustrada porque no tuve un hijo, les diría puras mentiras y yo no soy de esa gente. Además no hubiera podido vivir como lo hice. Si desde chica lo que quería ser es vagabundo andar con mi morralito así atrás y dormir cada noche en un sitio. Pues imagínese una gente así pues como que nada femenina. (JV: 40)

Josefina Vicens entiende que sus aspiraciones de autonomía son incompatibles con el rol femenino tradicional e incluso rechaza una idea fundamental definitoria del género: la del instinto maternal. Pero lo hace de una manera individual; ello no implica una intención de transformar socialmente los valores y los roles genéricos dominantes.

Resulta interesante señalar que, a la distancia, parece que para las tres entrevistadas el aspecto más satisfactorio de la maternidad fue el éxito económico y social de sus hijos.[33] Con gran orgullo las señoras Zúñiga y Flores detallaron los logros de las carreras de sus hijos y Josefina Vicens hizo lo mismo con respecto a sus sobrinos más cercanos. Los hijos de las señoras Zúñiga y Flores y los sobrinos sobre quienes platicó Josefina Vicens, son profesionistas con una posición en los estratos más acomodados de los de la clase media. El éxito de una madre se asocia entonces a la movilidad social de los hijos.

Para Alura Flores, Guadalupe Zúñiga y Josefina Vicens, el trabajo doméstico fue una obligación marginal. Lo relegaron en otras mujeres: en empleadas domésticas y en el caso de Alura Flores y de Guadalupe Zúñiga, también en sus respectivas madres quienes se encargaban sobre todo de la crianza del nieto.

Mi mamá me resolvía todos los problemas; si no ha sido por mi mamá, no hubiera podido hacer todo. (GZ: 20)

Tuve la dicha de tener una madrecita muy preciosa […] Yo le dejaba al niño a mi madre y me iba yo a trabajar. (AF: 17)

En los recuerdo de ambas, esta fase de su vida no presentaba problema alguno a nivel familiar, o como se expresa Guadalupe Zúñiga, “la casa marchaba como en rieles” (GZ: 20). Quizá los recuerdos de las abuelas quienes tuvieron que batallar con el servicio doméstico y los problemas de la infancia –si pudiéramos evocarlos-, pintarían un cuadro menos idílico.

Tener una ocupación remunerada en el ámbito público las podía salvar de cocinar, barrer y lavar, pero la formación del niño seguía siendo su responsabilidad. Guadalupe Zúñiga al destacar la importancia de los cuidados maternales para el niño, deja entrever ciertos sentimientos de culpa por no haberse dedicado de tiempo completo a su hijo:

No amamanté a mi hijo toda la temporada que debía haber sido; se usaba mucho y con buen resultado la mamila. Había todo lo necesario. El niño estaba bien alimentado. (GZ: 20)

Su formación como psicóloga especializada en el tratamiento de jóvenes infractores había convencido a Guadalupe de que su hijo necesitaba un hogar convencional en el cual padre y madre cumplieran los roles socialmente designados a su respectivo género. Así que ella hacía esfuerzos denodados por ocuparse personalmente del niño; organizaba los horarios de sus empleos como juez, y como maestra en las distintas escuelas donde trabajaba de tal manera que pudiera dedicar una parte del día a su hijo.

Tanto Guadalupe Zúñiga como Josefina Vicens se declaraban explícitamente incompetentes para los quehaceres domésticos:

Yo no sé nada de eso. Bueno cuando me quedo sola, muchas veces no hay remedio, tengo que hacer pero no es frecuente. (GZ: 22)

Yo he sido lo menos hogareña del mundo… no sé hacer un solo guiso, nada. Si yo no tuviera quién me cocinara y no tuviera yo algo de dinero para un restaurante, pues me moriría de hambre (JV: 38)

Cabe subrayar que esta actitud hacia el trabajo doméstico que sin duda tenía un sentido innovador en cuanto a los valores femeninos tradicionales de domesticidad, era posible sólo para mujeres que como nuestras entrevistadas, formaban parte de la clase media.

3. La moraleja

De la complejidad y riqueza del material de las entrevistadas hemos tratado aquí solamente algunos aspectos. Las limitaciones propias de un ensayo no permitieron profundizar más. Sin embargo, aún esta visión somera permite algunas consideraciones finales.

Al tratar de caracterizar las actitudes de nuestras entrevistadas ante la vida surgen palabras como “ambivalencia”, “ambigüedad”, “transición” y binomios como “continuidad y cambio”, “aceptación y resistencia”, etcétera.

Ello en realidad no puede sorprendernos, ya que sus vidas individuales –como tanto hemos insistido- son marcadas por una sociedad en transición y sujeta a cambios profundos. Pero los procesos históricos, a diferencia de los planteamientos teóricos, no avanzan en saltos o rupturas bruscas, sino que arrastran mucho del bagaje viejo al seguir nuevos caminos. En el caso de las mujeres y en especial el de nuestras entrevistadas, hay muchas evidencias para este fenómeno. A las mujeres por lo general, se les colocaba fuera de los procesos históricos y se les asociaba a una naturaleza estática e invariable. De esta manera se construyó la ficción de una femineidad atemporal. Cuando las mujeres concretas se salían de los espacios supuestamente ahistóricos y entraban a la historicidad, la ficción de lo eterno femenino se hacía cada vez más insostenible y cada vez más ancha la brecha entre una ideología conservadora y las necesidades del desarrollo histórico concreto.

Durante la infancia, los conflictos para nuestras entrevistadas eran menos obvios, ya que, la sociedad en general y a nivel familiar se mostraba más permisiva y tolerante respecto a la imposición de normas diferenciadas por género. Ello explica por qué esta fase vital sea calificada de feliz y recordada por sus posibilidades de hacer travesuras e incluso ser “malas”, es decir moverse con un mínimo de libertad.

Las limitaciones mayores vienen con la adolescencia y pubertad, cuando aumentan las exigencias por parte de la familia y la sociedad. Ello conlleva más conflictos y, al mismo tiempo, más conciencia de estos conflictos.

Pero este periodo se recuerda también con una conciencia del carácter excepcional de la propia vida individual, frente a las condiciones sociales generales. En esta conciencia, las posibilidades individuales, por ejemplo en la educación superior, son vistas como un privilegio, pero también como una conquista de quienes se tienen como pioneras.

En la conciencia de su otredad, las tres entrevistadas muestran lo que podríamos llamar una identidad de mujeres. Pero no se trata de una identidad homogénea, sino compleja y hasta contradictoria. Además es básicamente una identidad como mujer individual y no como perteneciente a un colectivo. Pocas veces dicen: Nosotras, las mujeres…, y a menudo: Yo, como mujer diferente de los varones, pero diferente también de las demás mujeres. Eso es cierto incluso para Alura Flores y Josefina Vicens que estaban interesadas o participaban en la lucha colectiva por el sufragio femenino.

El discurso de las tres sobre el tema clave para una concepción tradicional de la mujer –familia, matrimonio, maternidad- no puede calificarse precisamente como heterodoxo; se mueve dentro de tópicos bastante usuales. La desviación de las normas se realizó en la práctica. Aquí, con matices diferentes, Guadalupe Zúñiga, Alura Flores y Josefina Vicens optaron por una estrategia de evasión. Las dos primeras asumieron formalmente los papeles de esposa y madre, pero delegaron una buena parte de las consecuencias concretas a otras mujeres, sus madres, sus sirvientas. Josefina Vicens rompió en la primera oportunidad con el compromiso formal y rechazó para sí una maternidad que no le habría permitido llevar la vida que había escogido.

En las narraciones existen otros indicios para un rechazo de los estereotipos sobre el deber ser femenino. G. Zúñiga y J. Vicens se confiesan carentes de cualidades domésticas básicas, como cocinar, tejer. Ello implica, desde luego, un menosprecio hacia estas actividades. Alura Flores, por otra parte, se dedicaba una profesión considerada como monopolio masculino. En la caracterización física de las alumnas, lo importante es su entrega al deporte, no su apariencia.

Es evidente, que sólo la posición de clase con su infraestructura correspondiente (sobre todo el servicio doméstico), ofrecía las condiciones para convertir este rechazo en un diseño de vida alternativo.

En el caso de estas tres mujeres, una conciliación entre las esferas privada y pública, aparentemente aún no era posible. Al decidir su incursión en el mundo masculino, tuvieron que renunciar prácticamente a la vida privada, a sus limitaciones, pero también a sus satisfacciones. La vida del trabajo sobredeterminaba cualquier otro aspecto de sus existencia. Es notable, por ejemplo, que al preguntárselas por sus amistades, las repuestas se refieren casi siempre a contactos con compañeros de trabajo, centrados a su vez en problemas de actividad profesional. Ello explica quizá por qué no se recuerdan fricciones entre “lo privado” y “lo público”.

A diferencia del reconocimiento de la vida privada y del cuestionamiento de la separación de esferas, que domina hoy en día en el feminismo, en corrientes alternativas de las ciencias sociales y en la vida diaria de algunas mujeres, en la primera mitad del siglo, al parecer era necesario aceptar esta separación y los valores que implicaba y adaptarse a ellos, lo que exigía una buena porción de autonegación.

Las estrategias de vida de tres mujeres que hemos intentado trazar en base a las narraciones, tienen elementos de enfrentamiento, sobre todo a nivel familiar en la adolescencia y juventud, de adaptación y aceptación de la sociedad masculina en la edad adulta y de conservación de valores femeninos, a pesar de que éstos ya quedaron descartados para la propia vida personal.

Nuestras historias son historias no de cualquier ser humano, sino de seres humanos femeninos, lo que se percibe aún en la negación de lo femenino. Son historias particulares, sus protagonistas no se conocen y las contaron por separado. Pero a pesar de ello, se conectan entre sí y con un contexto social mayor, hacen un poco más visible esta “jaula flexible” en la que ellas y todos nosotros nos movemos.

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Anexo Metodológico

 

En este anexo presentamos una síntesis de la metodología seguida para la construcción de las fuentes orales empleadas para este trabajo. Ello es indispensable para hacer la crítica histórica de las fuentes y consideramos que es de interés para el lector, por tratarse de un tipo de trabajo cuyo desarrollo metodológico está en discusión.

Siguiendo la guía adjunta, las entrevistas se efectuaron por las investigadoras[34] en sesiones de una hora y media o dos horas en promedio en las fechas que enlistamos más abajo. En todos los casos, las sesiones fueron grabadas en cassettes y posteriormente transcritas textualmente.

Fecha
Guadalupe Zúñiga 19 de agosto, 1987

30 de septiembre, 1987

Alura Flores 8 de julio, 1987

27 de enero, 1988

Josefina Vicens 29 de julio, 1987

4 de septiembre, 1987

9 de septiembre, 1987

23 de septiembre, 1987

7 de octubre, 1987

En todos los casos las señoras entrevistadas tuvieron una buena disposición para colaborar con el proyecto, aun cuando en principio las tres insistieron en que su vida no era importante y por lo tanto, hacer su historia no valía la pena. Hicimos un esfuerzo especial por explicarles a las tres entrevistadas el propósito de la investigación; para ello antes de iniciar las entrevistas propiamente dichas, las integrantes del equipo de investigación les hicimos una visita conjunta. Una de ellas incluso nos pidió que le leyéramos el proyecto de la investigación. Con todo, nuestro interés en la vida cotidiana sólo se les fue haciendo claro a medida que avanzó la entrevista. En ellas persistió la idea de hablar sobre los asuntos excepcionales de su vida. Si platicaron de cosas aparentemente triviales fue por nuestra insistencia y porque cuando empezaban a hacerlo lo disfrutaban; parecía como si por momentos dejaran atrás su percepción de que la entrevista era un asunto “serio” para hablar de cosas “importantes”.

El ambiente de las sesiones siempre fue cordial. Alura Flores, Josefina Vicens y Guadalupe Zúñiga nos tuvieron confianza de contarnos aspectos de sus vidas que les provocaban emociones intensas. Pero es claro que hubo asuntos de los que prefirieron no hablar.

Los relatos son distintos entre sí. En el de Alura Flores en ocasiones se emplea un tono de oratoria y el de Josefina Vicens es el de una escritora con un dominio pleno del lenguaje. Su narración se distingue por el frecuente uso de diálogos en la construcción de anécdotas.


[1] Historiadoras feministas preocupadas por el nivel, la calidad y la universalidad de la “historia de las mujeres”, Cano nació en México y es actualmente profesora en el COLMEX y la Universidad Autónoma Metropolitana, además que autora de diversos libros, mientras Radkau nació en Alemania en 1946 y ha sido investigadora del CIESAS. Juntas publicaron Ganando espacios. Historias de vida, UAM-I, México, 1989. En la década de 1980, enfrentaron estudios formales y enfrentaron la doble tarea del trabajo de archivo y de la recopilación de historias orales, hasta asumir la importancia del estudio desde una “perspectiva de género” sea de los sujetos y la temática como de la acción de historiar.

[2] En: Vania Salles y Elsie McPhail (comp.) La investigación sobre la mujer: informes en sus primeras versiones, Programa de Investigación y Estudios de la Mujer-COLMEX (Serie documentos de investigación núm.1), Programa de financiamiento para investigaciones y tesis de maestría y doctorado, 1986-1987, México, 1988, pp. 514-562.

[3] Muchas feministas no dudarían en llamar a estas corrientes “historia feminista”. Tomando en cuenta la falta de definición del término “feminismo” y su frecuente cercanía a un panfleto coyuntural, preferimos la etiqueta menos cargada de connotaciones previas de “historia de la mujer” o “historia de mujeres”.

[4] Este subtítulo plagia el título del libro de Philippe Jourtard, Esas voces nos llegan del pasado. Pero con una variante que rebasa lo meramente lingüístico. La historia oral se ocupa del pasado; lo hace, sin embargo, desde el presente. Esto es importante para la discusión sobre cómo se reconstruye el pasado.

[5] Una muestra de que esta preocupación no es exclusiva de la ciencia histórica es esta definición de subjetividad proveniente de un estudio sociológico: “Primero significa –en comparación con enfoques objetivistas y materialistas –la referencia al ‘significado’, a las estructuras del conocimiento, a los modelos de interpretación etc. Inclusión de la ‘subjetividad’ significa también la percepción científica de las estructuras de significado de los mismos sujetos analizados […] Finalmente la inclusión de la subjetividad puede referirse a la percepción de las peculiaridades individuales en las condiciones de vida. Con ello se señala que las abstracciones generalizantes usuales, no captan de manera adecuada las condiciones de vida reales en su respectiva expresión concreta […] El fin […] debe ser […] el de analizar la ‘subjetividad’ en su mediación con las condiciones ‘objetivas’”. (Becker-Schmidt, 1983:31)

[6] Detrás de esta crítica se esconde la mitificación de la fuente documental escrita como algo supuestamente acabado y objetivo. Tanto las fuentes escritas como las orales son originadas por seres humanos y por ello sujetas a un complejo proceso de selección y representación, tanto en su producción original como en su interpretación posterior. Muchas de las críticas a la selectividad, parcialidad, imprecisión, etc., de las fuentes orales se podrían hacer igualmente a las escritas.

[7] Véase acerca de los “errores en la historia”, también Bloch, 1981:84 ss)

[8] Como matices quizá diferentes pero apuntalando en el fondo hacia el mismo fenómeno se afirma en un reciente trabajo mexicano basado en historia oral: “La utilidad social de lo que se cree y de lo que se diceque pasó –tan importante para los historiadores como lo que realmente pasó- es el motor interno de una actualización discursiva que nunca se detiene. La utilidad social es la semilla de la verdad, esto es, de la interpretación de la realidad en diferentes momentos […] verdad y realidad son cosas distintas: la realidad factual valorada y representada imaginariamente es la que se convierte en verdad accesible, recordada y aceptada, con usos presentes que explican los hechos pasados a la luz de su impacto en las personas vivas […] esta gran cadena de procesos mentales de percepción, de recuerdo, de interpretación, de selección y de narración como verdad, es decir, todo el gran proceso de la memoria…” (Prieto, et al 1987: 6, subrayados del original).

[9] Hechos consagrado del registro histórico oficial, como el fascismo italiano o el frente popular francés, simplemente desaparecen de las narraciones de la gente como muestran por ejemplo Luisa Passerini y Philippe Joutard –no porque la gente no los haya vivido y los recuerda de manera diferente.

[10] Así lo supone el subtítulo del recién aparecido libro de Julia Tuñón, Mujeres en México. Una historia olvidada.

[11] “Los talentos y la necesidades de las niñas son manipulados según el género por los adultos y el ámbito social. Pero esta manipulación nunca se logra por completo. Según las posibilidades subjetivas pueden surgir diseños de vida que rompen con los clichés de una femineidad ‘natural’ o fijada mediante una socialización específicamente femenina” (Becker- Schmidt et al.,1983:135)

Ver experiencias concretas en: Elizabeth Burgos. Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, Siglo XXI Editores, México, 19, Verena Bakau, “La fama y la vida”, Cuadernos de La Casa Chata, 108, México, 1984.

[12] Añadir el “supuestamente” es pertinente porque cuestionamos la separación entre una esfera privada y una pública que es producto de una determinada ideología de lo femenino.

[13] Las pocas entrevistas a mujeres existentes por ejemplo en el Archivo de la Palabra del Instituto Mora no nos dicen mucho sobre su problemática como seres humanos femeninos.

[14] Probablemente el señor Vicens Ferrer, propietario de una finca platanera emigró de Tabasco a raíz del gobierno del General Francisco Múgica.

[15] Un estudio reciente (Necochea, 1987) que utiliza como fuente historia de vida de obreras de Río Blanco encuentra en los recuerdos escolares de mujeres obreras de la misma generación que nuestras entrevistadas elementos parecidos a los contenidos en los testimonios de Flores, Vicens y Zúñiga La escuela ocupa un papel central en sus memorias infantiles, y es recordada como un ambiente amable y cálido; se da un particular y afectuoso reconocimiento a las maestras cuyos nombres se recuerdan con precisión sorprendente. Es de particular interés, que esta visión positiva de la escuela no aparece en las historias de vida de generaciones posteriores recogidas por Necochea. Ella lo atribuye a la masificación y burocratización de la enseñanza primaria.

[16] Así lo expresan las tres entrevistadas en diferentes momentos de su relato. Este asunto no se desarrolla en el presente trabajo por limitaciones de espacio.

[17] Entonces se ingresaba a la Escuela Preparatoria o a la Normal inmediatamente después de terminar la primaria superior; la enseñanza secundaria se inició hasta 1924.

[18] Los egresados de la generación 20-24 de la ENP están organizados en una asociación fundada por Miguel Alemán (también miembro de está generación poco antes de concluir su período presidencial. La asociación además de fomentar las relaciones entre sus miembros, promueve el conocimiento de la obra de los preparatorianos 20-24, que destacaron en la política, las artes, y la cultura. Tiene un local propio donde se reúnen frecuentemente y donde efectúan actividades culturales. (AF: 11 y 12)

[19] Una biografía de Frida Kahlo sostiene que en 1922, año en que Frida ingresa a la ENP, de 1 000 alumnos, sólo 35 eran mujeres. (Herrera, 1984:34)

[20] Hay un testimonio recopilado en Prieto et al. 1987:389s, que corrobora esta impresión. Se trata de doña Felisa Argüelles, esposa de Jorge Prieto Laurens, nacida en 1900: “[…] se hacía una buena carrera en la Normal […] mi hermana sí pasó a Altos Estudios, lo que después fue Filosofía y Letras […] ella si se había nutrido […] en la cultura de mi papá…”

[21] Fundada en 1920 por José Vasconcelos cuando era rector de la Universidad Nacional, la Escuela de Educación Física universitaria tuvo una corta vida. La fundación de una escuela de esta naturaleza correspondía a la concepción vasconcelista de una educación que comprendiera todos los aspectos de la personalidad.

[22] Al respecto Carlos Monsiváis comenta: “y la modernización que se desata al cabo de la Gran guerra produce esa orgía de nuevas conductas y liberaciones parciales llamada legendariamente los veinte, con su caudal de mujeres emancipadas, las sufragistas que exigen la igualdad jurídica y política y las flappers que demandan autonomía social y sexual. Y en el baile frenético participan Scott Fitzgeral, Freud, las vanguardias europeas, Hollywood y la incorporación de la mujer a la industria. Si el cine no admite audacias temáticas, si derrocha ‘figuras contemporáneas’ jóvenes que desde el movimiento corporal pregonan la ruptura con lo victoriano […] En México, la sociedad se estremece y las jóvenes se entusiasman al punto de la copia tierna y desesperada”. (Monsiváis, 1988,28)

[23] En 1988, Alura Flores (83 años de edad) imparte clases de danza mexicana en la Escuela para Extranjero de la UNAM y cursos de oratoria en diversas instituciones de enseñanza media, además de ser organizadora de festivales folclóricos; Josefina Vicens (77 años) es vicepresidenta de la Sociedad General de Escritores de México, y Guadalupe Zúñiga de González (90 años) es miembro del patronato Auxiliar de Prevención Social para Menores.

[24] En realidad Josefina Vicens es conocida más bien como escritora, por ser autora de El libro vacío (1958), novela que recibió el Premio Villaurrutia; de Los años falsos (1982) y de más de cincuenta guiones de cine. Sin embargo, su actividad como escritora profesional, a la que se dedicó desde principios de la década del cincuenta, ocupa un lugar marginal en este trabajo, ya que, según hemos dicho, nuestro interés se centra en los primeros cuarenta años de su vida.

[25] El cargo de juez que tuvo Guadalupe Zúñiga no era en el poder judicial, puesto que el Tribunal para Menores fue una instancia del ejecutivo; en 1926 dependía del gobierno del D.F., y posteriormente, de la Secretaría de Gobernación.

[26] Fundado en 1934, el Departamento Agrario sustituyó a la Comisión Nacional Agraria.

[27] El ingeniero agrónomo Ángel Posada fue oficial mayor de la Comisión Nacional Agraria en 1935; jefe del Departamento Agrario al año siguiente. Fue asesinado en 1938 mientras hacía su campaña a la gubernatura de Chihuahua.

[28] César Martino Torres, ingeniero agrónomo, participó en misiones culturales entre 1929 y 1931, trabajó en el Departamento Agrario (1936) y fue diputado por Jalisco (1937-1949).

[29] La mayoría de los dirigentes de la CNC eran surgidos de capas medias. Precisamente la participación en la confederación de personas que no fueran de origen campesino fue uno de los asuntos más debatidos en la asamblea constitutiva de la CNC. El Presidente Cárdenas, promotor del proceso de unificación campesina que llevó a la creación de la CNC, recomendó a los asambleístas que eligiesen como representantes “a aquellos elementos de clase que hubiesen mostrado cariño a las masas campesinas y que diesen representación a las mujeres”. El nombramiento de Josefina Vicens en el Comité Ejecutivo de la CNC coincide plenamente con la orientación del Presidente de la República (Garrido, 1982: 260) y “Discurso de Lázaro Cárdenas” en el Congreso Constituyente de la CNC, 28 agosto, 1938 en Historia documental…: 93-94

[30] Luis González encuentra que la generación de minorías rectoras los “revolucionarios de ahora” (nacidos entre 1889 y 1905). A partir de 1928 llegaron “a la cúspide del poder y de la influencia personas de la generación de 1915 que apenas tenían un promedio de edad de 30 años, pues ninguna era mayor de 40 y no faltaba la de sólo 25”. (González, 1984: 89). Si bien es cierto que ni Guadalupe Zúñiga ni Josefina  Vicens, ni Alura Flores pueden considerarse integrantes de esta minoría rectora, no deja de ser interesante saber que acceder a puestos cúspide antes de los treinta años era común para los hombres de su generación.

[31][31] La CNC promovió la igualdad de derechos económicos de las mujeres campesinas; intentó que el ejecutivo mediante un decreto, hiciera posible que las Ligas Femeniles Campesinas pudieran adquirir molinos de nixtamal y las máquinas de coser de la misma forma como se pagaban los arados e instrumentos de labranza; el costo se cubría en partes iguales por el gobierno federal, el gobierno local y los interesados. (Informe de Graciano Sánchez de su gestión frente a la CNC, 29 diciembre 1929 Historia Documental.

[32] El marido de Alura Flores fue un compañero de la Preparatoria que, como ella, estudió en la Escuela de Educación Física y también fue profesor de deportes. Josefina Vicens se casó con un amigo con quien compartía intereses literarios; él estaba vinculado al grupo de los Contemporáneos. Por su parte, Guadalupe Zúñiga contrajo matrimonio con un médico cuyo trabajo tenía relación con los problemas de menores infractores.

[33] Aun cuando Josefina Vicens no tuvo hijos propios, sostiene una relación maternal con sus sobrinos.

[34] Verena Radkau y Gabriela Cano hicieron las entrevistas a Guadalupe Zúñiga y Josefina Vicens (Carmen Ramos estuvo presente en la primera sesión). La entrevista a Alura Flores la hizo Gabriela Cano.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 10:01 pm

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