Ideas feministas de Nuestra América

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I.26 Graciela Hierro, “La condición femenina”, 1985

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Graciela Hierro,[1] “La condición femenina”,[2]  1985

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El mundo siempre ha pertenecido a los hombres.

S. DE BEAUVOIR,
El segundo sexo

1. LA SITUACIÓN ACTUAL

La categoría central aplicable a la condición femenina actual, a mi juicio, es la señalada por Simone de Beauvoir en El segundo sexo: la de “ser para otro”.

Este atributo básico se manifiesta en todos los aspectos de la vida femenina y la define de un modo singular, situándola en un nivel de inferioridad respecto del otro sexo; esto se debe a que, por una parte, tiene como cualquier ser humano la posibilidad ontológica de trascendencia, y se descubre y elige en un mundo donde los hombres le imponen una forma de asumir su propia vida. Desde tiempo inmemorial pretenden destinarla a una inmanencia que nunca puede ser trascendida, ya que hay otra conciencia, la masculina, que se le impone como esencial y soberana y le impide ser “para sí’, y alcanzar la condición propiamente humana. Por consiguiente, el drama de la mujer lo constituye el conflicto entre la reivindicación fundamental de todo sujeto que se plantea siempre como lo “esencial” y las exigencias de una situación vital que la constituye como “inesencial”. Tal como lo aclara Beauvoir en su libro ya clásico para explicar la condición femenina.[3]

El “ser para otro” del que nos habla Beauvoir, se manifiesta concretamente en la mujer a través de su situación de inferiorización, control y uso. Son éstos los atributos derivados de su condición de opresión, como ser humano, a quien no se le concede la posibilidad de realizar un proyecto de trascendencia. Ahora bien, dado que la categoría de “ser para otro” puede y debe ser superada por parte de la mujer, se recurre a la mistificación de la condición femenina.[4] La expresión concreta de esta mistificación se da a través de dos procedimientos: el de los privilegios femeninos y el trato masculino galante. Por su parte, la mujer, a fin de no perder ni los privilegios ni el trato galante, sostiene el statu quo de la condición femenina, se constituye en el baluarte de la ideología que mantiene su condición de opresión. Las características negativas de la condición femenina (inferiorizaci6n, control y uso) subsisten independientemente de los privilegios y el trato galante, y fomentan los rasgos que se consideran positivos para la mujer, como son: la pasividad, la ignorancia, la docilidad, la pureza y la ineficacia. Las características de inferiorización, control y uso, sólo aparecen en forma descarnada en el personaje femenino más devaluado: el de la prostituta; y los rasgos que se presentan como positivos, son inherentes al modelo femenino más valorizado: el de la madre.

Estas dos imágenes, la de la prostituta y la de la madre, se enfrentan y dividen socialmente a las mujeres. A las llamadas “decentes” se les obliga a conformarse al modelo valioso de la madre, bajo amenaza de perder sus privilegios. En esta forma, se intenta convencer a la mujer de que acepte el papel de madre, el cual no implica que las características de opresión, a través de conferirles el “privilegio” central de la mujer valorada: el de ser mantenida por el hombre. Sin embargo, en su papel de madres (hijas y esposas), la opresión se enmascara, pero persiste con los atributos a los que hacemos referencia, que la condiciona y sostiene. Lo cierto es que todas las mujeres albergan las dos imágenes y la tarea de alcanzar el “para sí”, dentro de la condición femenina, tendrá que asumirla y reivindicarla en lo que ambas tienen de positivo, y superar lo que conllevan de negativo.

La inferiorización femenina es producto indirecto de su biología, por las necesidades culturales. La mujer siempre ha estado sujeta a la servidumbre de la especie, por su papel central de procreadora. Y dado que la humanidad es más que una especie animal, cuyo fin último sea la mera perpetuación, la procreación impuesta es sólo una función natural, y nunca puede alcanzar el rango de una actividad o trabajo humano.

En efecto, no supone un conocimiento especial, no es una habilidad adquirida, tampoco conlleva un proyecto de creación y transformación del mundo que suponga el ejercicio del razonamiento, características del trabajo propiamente humano. Y, puesto que los hombres han escogido que ese sea el destino de las mujeres, se los reduce a un “ser para los otros”, impidiendo así la realización de su vocación ontológica humana del “ser para sí”, como lo sostiene Simone de Beauvoir.

Cada vez se comprenden mejor las relaciones humanas, como producto del condicionamiento social. Para muchos pensadores resulta ya innecesario remontarse a la escala biológica para intentar explicar algún hecho de la conducta humana. Por esta razón los ejemplos del mundo animal, desde el avance de la sociología, han dejado de ser pertinentes para explicar el mundo humano. El materialismo histórico, en ese sentido, aporta verdades de gran importancia. El hecho de que la humanidad no es una especie animal, sino una realidad histórica que no sufre pacientemente la presencia de la especie, la toma por su cuenta, y la transforma mediante su acción creadora de acuerdo con los fines culturales que propone cada sociedad histórica. De lo anterior deduce Beauvoir que la maternidad como único proyecto de vida, resulta el intento más pobre que se puede plantear un ser humano.

En vista de lo anterior, la mujer se encuentra controlada sexualmente por las fuerzas culturales que la destinan a la procreación a través de la supresión del impulso sexual femenino y de su capacidad orgásmica. Todo esto, en nombre de la monogamia y al servicio de una civilización centrada en el hombre.

Sherfey, estudiosa de la sexualidad femenina, afirma que el vigor del impulso erótico de las mujeres determina la cantidad de fuerza que la sociedad ha debido ejercitar para suprimirlo. En efecto, si observamos las restricciones que se han ejercido sobre la sexualidad femenina, tendremos la evidencia de su potencialidad erótica. La despiadada sujeción de la sexualidad de las mujeres es también la causa de la subyugación de su vida intelectual, y es por ello que, en gran medida, se constituyen en parásito de la vida emocional e intelectual de los hombres.[5]

Kate Millet interpreta este control de la sexualidad femenina en su medida real. Lo visualiza como el producto de la lucha política entre ambos sexos. Millet sostiene:”si la palabra ‘política’ se define en base a métodos o tácticas envueltas en el manejo de un estado o un gobierno, esta definición puede extenderse al grupo de medidas diseñadas para mantener un sistema de control de un sexo sobre el otro”.[6]

El control de la sexualidad femenina y su limitación a la maternidad (como única salida lícita de su necesidad orgásmica), es el uso que se le da a la mujer en su función de pareja sexual del hombre y encargada del cuidado de la especie. Lo anterior hace que la mujer no pueda asumir su sexualidad como la culminación del deseo sexual o como el deseo de tener hijos, sino que dependa de la sexualidad masculina y sea usada por su pareja ya sea como objeto sexual, sujeta al deseo de placer de las hombres, o como madre, respondiendo a la exigencia de perpetuación de la especie.

A través de la mistificación de “lo femenino”, se garantiza la permanencia del statu quo de la condición femenina, la cual adquiere su expresión concreta en el “privilegio femenino” y el “trato galante”. El primero es la ventaja económica de ser mantenida y el segundo, la obtención de un rango social de trato preferente. Y, para conservar ambos, las mujeres desarrollan la actitud concomitante de “conservadoras” del orden social establecido; por esta razón, la mujer se convierte en el principal defensor y transmisor de la ideología patriarcal.

Por otra parte, la mistificación, nos dice Beauvoir, surge de la divinización del principio femenino reproductor que evoluciona a una mística desacralizada donde ya no se venera a las deidades de signo femenino, sino al principio reproductor, encarnado en las mujeres concretas.[7] La mística femenina conserva un rasgo de la religiosidad primitiva; venera la sexualidad femenina controlada, lo cual permite la manipulación de la capacidad sexual de las mujeres.[8]

A los llamados “valores femeninos” de pasividad, docilidad, pureza e ineficacia, se les confiere un significado profundo, cuando en realidad no son más que rasgos negativos y el instrumento de manejo ideológico de la mujer; en efecto, si se tratara de valores humanos, deberían ser compartidos también por los hombres. Desde el Concilio de Nicea (325 d.C.) se exhorta a las mujeres a que conformen su vida a la imagen de la Virgen María.[9]

La mística femenina tiene aún otro objetivo que señala Friedan: Mantener a las mujeres fuera del mercado de trabajo productivo y como mano de obra gratuita para el trabajo hogareño; en una sociedad de consumo como la norteamericana, la cual analiza esta autora, se intenta asimismo reducirlas al papel de “compradoras de cosas”; son ellas, generalmente, las encargadas de la economía doméstica. En comunidades no opulentas, como la nuestra, el objetivo de la mistificación se centra primordialmente en conservar a las mujeres como mano de obra gratuita para el trabajo doméstico y en menor medida como “consumista”.[10]

La calidad de “mantenida” se confiere como un privilegio, y no como lo que es en realidad: el pago a su función reproductora y trabajadora doméstica; actividades que no se valorizan como trabajo, porque no generan dinero; la condición de “mantenida” hace que las mujeres no puedan considerarse como una clase socioeconómica. Su dependencia -económica- hace que, en general, la pertenencia a una clase socioeconómica sea tangencial, vicaria y temporal. Por tanto, si la mujer pierde la protección de su pareja, con frecuencia desciende de nivel económico dada su escasa capacidad productiva. Tradicionalmente la maternidad se ha considerado como el “destino femenino”; tal hecho dificulta alcanzar una personalidad valiosa por medio de la realización de su trabajo fuera del hogar. De ahí que la identidad femenina se da con base en sus funciones de esposa y madre y, por tanto, dependa siempre de un hombre.

Me refiero ahora al otro factor que mencioné dentro de la mistificación de lo femenino: “el trato galante” por parte de los hombres que, al parecer, es una relación de respeto del hombre frente a la mujer. En realidad este pretendido respeto sólo es superficial; no es, en efecto, diferencia, sino “galantería’, que en el fondo encubre un desprecio burlón al inferior. Sin embargo, esta galantería sólo se confiere a las mujeres que están dispuestas a ajustarse, en la apariencia y en el fondo, a los rasgos y tareas que se consideran útiles para los propósitos culturales masculinos. La mujer que por cualquier circunstancia deja de ajustarse a la supuesta “femineidad” pierde, junto con otros privilegios, el trato galante y se convierte en el blanco de la agresividad masculina.

En todas las sociedades actuales, el Estado sostiene la ideología masculina dominante, y profesa una actitud paternalista sobre la condición femenina, sosteniendo los privilegios económicos de las mujeres en las legislaciones vigentes. Asimismo, tradicionalmente han existido, dentro de la sociedad, dos instituciones que defienden el estado de cosas existentes en lo que se refiere a la situación femenina. Por un lado la familia patriarcal y por el otro la iglesia cristiana; de ahí que ambas instituciones, familia e iglesia, sean el baluarte de la mística femenina.

He hablado de dos tipos de rasgos de la imagen femenina que la mistificación ideológica propone y defiende; unos son positivos y otros negativos. Los primeros (la mujer mantenida y la que recibe trato galante) se personifican hasta en sus últimas consecuencias en la imagen de la madre; los segundos (inferiorizada, controlada y usada) también se personifican totalmente en el modelo femenino más desvalorizado, el de la prostituta. Las dos imágenes se enfrentan como polo negativo y positivo de la condición femenina. Socialmente se pide a la mujer que conserve sus privilegios, su abanderización con el modelo de la madre; la mujer que se ajusta a este modelo, gracias a la mística femenina, se autoconvence de que no posee los atributos negativas de inferiorización control y uso. Sin embargo, como ya apunté, el hecho de ser mantenida y ser sujeta de trato galante, no supera su condición de opresión. El enfrentamiento de las dos imágenes produce en la prostituta sentimiento de inferiorización mayor, puesto que no posee los privilegios de la mujer decente pero, por otra parte, ésta envidia secretamente la libertad sexual y el poder económico de la prostituta, al mismo tiempo que la desprecia.

Hemos visto en forma esquemática la condición femenina actual. Y cómo ésta ha surgido con base en el control ancestral de la sexualidad femenina y su limitación a la maternidad. Estos dos factores han condicionado, en gran medida, su estado actual de inferiorización, control y uso. En el siguiente apartado intentaré profundizar en la investigación de los procesos culturales que han fundamentado la condición femenina actual.

2. LOS FACTORES CULTURALES

¡Confórmate mujer! Hemos venido a este valle
de lágrimas que abate, tú como paloma
para el nido y yo como león para el combate.

SALVADOR DÍAZ MIRÓN

La condición femenina actual obedece a factores culturales; en efecto, las causas de la opresión femenina no son de ninguna manera biológicas, como se ha pretendido mostrar. Se trata de la situación histórica que vive la mujer actual y que obedece en forma primaria, a los requerimientos culturales de la vida sedentaria cuando se hace indispensable una prole numerosa, el cuidado infantil concomitante y la necesidad de que se realice la tarea doméstica. Esto unido a los requerimientos de satisfacción erótica masculina son los factores que han condicionado el sometimiento femenino a su misión de madres, esposas y amantes, en las sociedades llamadas por ello patriarcales.[11]

Para lograr los objetivos culturales que arriba se señalan, el medio utilizado ha sido: el control de la sexualidad femenina; este hecho se ha intentado justificar a través de la mistificación de lo femenino, la identidad femenina que se ha desarrollado no permite la realización de las mujeres como seres humanos completos, ya que su sentido de vida ha sido restringido al amor (erótico y maternal) que, paradójicamente, no puede alcanzarse en plenitud por la condición de opresión en que viven las mujeres sometidas a la reproducción. En suma, la condición femenina actual se deriva del hecho de que la mujer es diferente al hombre; la naturaleza confiere esta diferencia y la sociedad produce la opresión.

Inicio la exploración en tomo a la diferencia biológica de la condición femenina, estableciendo así la relación que puede encontrarse entre la idea de “diferencia sexual” y la situación de opresión en las sociedades patriarcales. Pienso que esta circunstancia y su interpretación, da razón de la calidad de inferiorizadas, controladas y usadas -que sufren las mujeres- a la que hice alusión en la primera parte de esta sección.


[1] Graciela Hierro fue una de las primeras filósofas mexicanas en asumir abiertamente una posición feminista al interior de la universidad. Desde 1972 impartió clases de filosofía de la educación y de ética desde una perspectiva crítica del pensamiento masculino acerca de las mujeres y contra la doble moral sexual. Organizó simposios, seminarios y coloquios nacionales y latinoamericanos sobre Ética feminista, Filosofía de la Educación y Género y Ética del placer. Fue directora del Programa Universitario de Estudios de Género desde su fundación en 1992, hasta su muerte en 2003. Consideraba la enseñanza como un instrumento de formación política y organizaba grupos de estudio con mujeres de diversas procedencias y profesiones; particularmente importante fue su activismo con las enfermeras, para rescatar el valor de su trabajo como mujeres en el ámbito de la salud, en un mundo que lo usa y desconoce a la vez. Durante los últimos veinte años de su vida conformó el grupo Las Reinas, para rescatar el valor de la vejez y la experiencia para la plenitud de la vida de las mujeres.

[2] Publicado en Ética y Feminismo, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1985.

[3]S. de Beauvoir, Le Deuxieme Sexe, p. 17.

[4]El concepto de “mistificación” de lo femenino y sus variadas implicaciones han sido desarrolladas ampliamente en: B. Frieday, The Feminine Mystique.

 

[5]Consúltese Mary J. Sherfey, The Nature and Evolution of Female Sexuality. La autora critica la concepción freudiana tradicional de la sexualidad femenina, a partir de los descubrimientos últimos de la genética humana.

 

[6]K. Millet, Sexual Politics. Sostiene la idea de que toda relación sexual es una relación de fuerza, es decir, política.

[7]S. de Beauvoir, Le Deuxieme Sexe, pp. 355-383.

[8]Erich Fromm, en Psicoanálisis de la sociedad contemporánea, p. 44, señala el gran número de diosas madres y su significación: La Venus de Willendorf, la Diosa-Madre de Mohenjo-Daro, Isis, Istas, Rea, Cibeles, Ator, la Diosa Serpiente de Nippur, Ai, Diosa Acuática de los acadios, Demeter y la diosa hindú Kali, dispensadora y destructora de vida; no son sino algunos ejemplos de la veneración del principio reproductor. Esta constelación de deidades femeninas, así como la evidencia de vestigios matriarcales en la organización de la herencia y los matrimonios en sociedades actuales, permiten suponer que en épocas remotas, las mujeres tuvieron una importancia mayor que la que alcanzaron en las sociedades patriarcales históricas a juicio de Fromm.

[9]M. Warner, Alone of all Her Sex, p. 68.

[10]B. Friedan, The Feminine Mystique, p. 58.

[11] Las sociedades patriarcales existen en el oriente y en el occidente. La condición femenina es la misma en todos los estratos socioeconómicos. Las variantes de acuerdo con la época, localización geográfica, nivel socioeconómico conservan los rasgos básicos del control femenino: madre, esposa, trabajadora doméstica y objeto erótico.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 9:05 pm

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