Ideas feministas de Nuestra América

╰♀╮ ╰♀╮

I.22 Claribel Alegría y D.J Flakoll, “Prólogo” y “Capítulo 1” de No me agarran viva. La mujer salvadoreña en lucha, 1983

:.

Claribel Alegría[1] y D.J Flakoll, “Prólogo” y “Capítulo 1” de No me agarran viva. La mujer salvadoreña en lucha,[2] 1983

:.

Prólogo

Eugenia, modelo ejemplar de la abnegación, sacrificio y heroísmo revolucionario, es un caso típico de tantas mujeres salvadoreñas que han dedicado sus esfuerzos, e incluso sus vidas, a la lucha por la liberación de su pueblo.

En estas páginas aparecen algunas de ellas: mujeres que conocieron y trabajaron  estrechamente con Eugenia y otras, igualmente involucradas en la lucha, que sólo la conocieron  por referencia.

Inés Dimas y “Eva” también cayeron junto con centenares de otras, cuyos nombres quizás seguirán para siempre en el anonimato de las “desaparecidas”.

La lista de las héroes y mártires reconocidas de la revolución salvadoreña es demasiado larga para reproducirla aquí, pero queremos dejar constancia de que este libro está dedicado a su memoria, y en igual medida a las miles de muchachas, mujeres y ancianas salvadoreñas que siguen de frente a la lucha, sin claudicar.

Capítulo 1

Eugenia se tumbó de bruces en el suelo, inspeccionó personalmente el lote de armas escondido debajo del vehículo y verificó que cada una de ellas estaba bien envuelta en trapos que las protegían del polvo. Extendió  el brazo y trató de sacudir uno de los rifles. No pudo. Estaban bien sujetos y eran invisibles desde  afuera.

Se puso otra vez en pie, sacudió el polvo de sus vaqueros y se limpió las manos cuidadosamente con un pañuelo. Metió de nuevo el pañuelo en el bolsillo y dijo con voz firme:

            -es hora, compas, vamos.

Dos de los muchachos subieron a la parte trasera del pickup. El tercero se acomodó en el lugar del chofer y Eugenia abrió las puertas del garaje.

El camioncito arrancó, retrocedió hasta la calle y esperó mientras la muchacha volvía a cerrar las puertas y se sentaba al lado del chofer.

Partieron desde un barrio pequeñoburgués de San Salvador y tomaron la carreta hacia el aeropuerto de Ilopango. Era el 17 de enero de 1981. Hacía ocho días que la Ofensiva General del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) había comenzado. Las fuerzas guerrilleras paralizaron el país durante los tres primeros días, consiguiendo gran parte de sus objetivos militares en el interior. Varias guarniciones fueron inmovilizadas en cabeceras departamentales.

La huelga  general  se inició el día 13 de enero. Cerraron la mayor parte de las industrias en las afueras  de San Salvador, pero la capital misma era un hueso duro de roer. Allí la Junta Militar democristiana tenía concentradas sus fuerzas estratégicas de élite y las tropas habían sido puestas en estado de alerta un día antes de la ofensiva. El gobierno reaccionó rápidamente, militarizado  los servicios de transporte público y obligando a los comercios del centro a mantenerse abiertos. Las tropas gubernamentales controlaban las calles principales. Destacamentos móviles atacaron salvajemente los barrios donde la población intentaba levantar barricadas.

La Junta utilizó todos los medios de comunicación, incluso a los corresponsales extranjeros, para insistir en el fracaso de la huelga. Debido a la escasez de duros golpes de la guerrilla en San Salvador, la masa de la población capitalina no se había animado a apoyarla abiertamente.

Sin embargo, la lucha siguió arreciando en varias partes del país: Chalatenango, Morazán, San Vicente y Suchitoto. A este último lugar se dirigía la comandante Eugenia con sus tres compañeros, llevando un lote de armas y municiones de vital importancia para el combate que el FMLN sostenía allí.

Mientras dejaban a un lado el aeropuerto de Ilopango, Eugenia se esforzó en detectar evidencias del ataque a los hangares de la Fuerza Aérea Salvadoreña, ocurrido una semana antes.

Las cargas explosivas del FMLN destrozaron en algunos casos, o perjudicaron seriamente en otros, un número considerable de los aviones y helicópteros destinados a diezmar las poblaciones controladas por las fuerzas guerrilleras.

Por más que entrecerraba los ojos, Eugenia no pudo ver nada. Era miope la comandante, le fastidiaba llevar gafas. Más de una vez había confundido los camiones de Tropigas, repletos de bombonas, con camiones llenos  de guardias.

Suspiró, Aún faltaban diez minutos para llegar a San Martín, donde empezaría lo difícil. Se recostó en el asiento, cerró los ojos, y sus pensamientos se deslizaron hasta la última reunión con Javier y Ana Patricia.

Ana Patricia no entendía de despedidas. ¿Quién va a entender de esas cosas a los trece meses? Se quedó muy seria, sin hacer comentarios, cuando Eugenia se  la comió a besos, la sofocó en un último abrazo y se la entrego a su padre.

No era la primera vez. En muchas ocasiones, durante la corta vida de la niña, Eugenia la había dejado al cuidado de una u otra “tía” de la organización, mientras ella iba a cumplir una tarea urgente que la mantenía alejada varios días.

Esta vez la despedida había sido más intensa. Imposible pensar en retenerla a su lado en medio de la tensión, la incertidumbre, el peligro constante de la ofensiva.

Las responsabilidades de Eugenia se habían triplicado en las últimas semanas de preparativos para esta nueva fase de la guerra.

Mejor que se haya quedado con Javier, pensó, pero es tan linda la cipota, la echo tanto de menos.

Abrió los ojos. Miró hacia fuera. Miró su reloj pulsera –regalo de Javier para su último cumpleaños—y volvió a cerrarlos para revivir la  despedida.

Fue el 4 de enero. Sólo hacía trece días. Apenas pudo estar con Javier dos horas y media. Conversaron intensamente mientras Ana Patricia jugaba con su muñeca de trapo.

Habían pasado revista a sus siete años juntos, cuatro de los cuales transcurrieron en la clandestinidad. Recordaron las amenazas de aborto y se felicitaron por ese desenlace feliz, que estaba allí frente a ellos, jalando de la mano a Eugenia e insistiendo que viniera a ver un pajarito enjaulado. ¿Sería el adiós definitivo?

Adelante se perfilaba San Martín donde tenían que tomar el cruce para Suchitoto.

Había combates bravos allí y al comandante Ricardo, jefe del Frente “Felipe Peña”, le urgían esas armas y ese parque para seguir enfrentando a la guardia.

Eugenia se había incorporado al estado Mayor del Frente “Felipe Peña”, hacia siete semanas a instancias del comandante Ricardo. Antes de eso se dedicaba a las tareas de organización política en las Fuerzas Populares de Liberación-FPL-Farabundo Martí, pero en vísperas de la Ofensiva general, el comandante  necesitaba con urgencia una persona de probada capacidad organizativa para desenmarañar los difíciles problemas logísticos y de abastecimiento en la zona crucial de San Salvador, así como también en los departamentos de La libertad, Cuscatlán y parte de Cabañas.

Sin titubeos, Ricardo eligió a Eugenia como jefe de la Sección de Servicios del Estado Mayor del Frente.

Una semana antes, al comienzo de la ofensiva, se la responsabilizó también de la organización del transporte de armas y municiones que irían desde la capital hasta el lugar donde fueran más necesarias.

El  viaje que hoy hacía la comandante era para cumplir un pedido específico de Ricardo. Dos días antes la había despertado a las dos de la madrugada, en el puesto de mando, para comunicarle que viajaría de nuevo a San Salvador a organizar el transporte de las armas hasta un punto cercano a Suchitoto.

Eugenia regresó a San Salvador. Despachó las armas el mismo día, pero los compañeros regresaron horas más tarde con la noticia de que el contacto que iba a recibir el lote no había aparecido. Al día siguiente  hicieron  un nuevo intento con los mismos resultados.  Los tres combatientes encargados de la tarea no eran novatos, pero la zona entre San Martín y Suchitoto estaba vigilada por el ejército y peligrosamente infestada con miembros armados de la Organización Democrática Nacionalista (ORDEN) –grupos paramilitares de campesinos que sirven al ejército— y no era fácil detectar la causa de las fallas.

Evidentemente algo andaba mal. Eugenia tomó la determinación de acompañarlos en el tercer viaje para asegurarse de que estaban cumpliendo correctamente sus órdenes.

No era precisamente su obligación acompañar ese lote de armas, pero como dijo Ricardo meses más tarde: “Ella había asumido plenamente su papel en el ejército y en las estructuras militares. Una responsabilidad absoluta radica en el jefe. A la que yo le iba a pedir cuentas era a ella. No se podía presentar con la exclusa de que fulano no le hizo esto”.

El pickup tomó la carretera a la izquierda en San Martín. Eugenia se enderezó y se puso alerta. La zona oriental del país seguía candente en esta segunda semana de ofensiva.  Continuaban las batallas en Morazón, San Vicente, Zacatecoluca, San Miguel y Suchitoto, donde los guerrilleros de Ricardo controlaban los alrededores del pueblo y seguían haciendo presión sobre el cuartel. Imposible entrar a Suchitoto. Apenas había tránsito de vehículos en la carreta. El auto en que ahora  viajaban Eugenia y los tres compañeros había hecho dos veces, en los dos días anteriores, un  recorrido idéntico.  Ésta era la tercera vez  y no podía menos que despertar las sospechas de cualquier retén militar. No había más remedio; Ricardo necesitaba las armas y el parque.

Los cuatro iban “legales” y desarmados. Su documentación estaba en orden y todos habían memorizado su “leyenda”, de la cual dependían para escaparse de un posible contratiempo. Según dicha leyenda, iban a la finca del tío de Ernesto para recoger pollos, huevo y verduras, ya que en San Salvador la comida empezaba a escasear.

Los minutos se hacían horas mientras avanzaban hacia el norte por la desierta carretera.  Dejaron atrás el pueblo de Tecomatepe con su gran volcán asomándose a la izquierda, y tomaron la recta. Un yip con cuatro guardias apareció adelante. Venía en dirección a San Martín.

Sin  cambiar de posición, Eugenia levantó la voz para que la oyeran los compañeros atrás:       -El enemigo –dijo–. Tranquilos. Conversen.

El yip los pasó sin detenerse.

           -¡Uf! –exclamó  Mauricio cuando se perdió de vista–, no sospecharon nada, ni nos miraron siquiera.

Siguieron avanzando y unos minutos más tarde llegaron al cruce para Tenancingo.

            –Aquí es –dijo–, a la derecha.

        –Ya sé –se impacientó Ernesto-, conozco este camino de memoria -¿Perdón!! –sonrió Eugenia–, me lo decía a mí misma.

Tomaron el camino de tierra, dejando detrás una estela de polvo. Después de cinco minutos Ernesto frenó y giro a la izquierda para entrar a una pequeña finca con un letrero en que se leía: “Santa Teresita”.

Estacionó el coche bajo un árbol de fuego, invisible desde el camino.

       –Llegamos –dijo–, ¿no es así, Eugenia?

       –Sí –respondió ella mirando su reloj–, faltan diez minutos. ¿Por qué no bajamos a ver qué pasa?

Envió a Luz a vigilar la entrada, dejó a Ernesto detrás del volante y entró a la casucha con Mauricio. Levantó dos patas de la mesa y después las otras dos. Ningún mensaje. Regresaron al coche y subieron a esperar. Diez minutos. Veinte. Nada.

Eugenia escribió una nota: “estuvimos aquí tres veces. Probaremos alternativa domingo a la misma hora”.

Salió  de nuevo del coche, dobló el papelito y lo colocó debajo de una de las patas de la mesa, en la casucha.

        –Démonos prisa, Ernesto –dijo volviendo a subir al vehículo-, esto ya está quemado, no podemos esperar más.

Ernesto arrancó. Se detuvo a la entrada mientras Luis se materializaba entre los arbustos y subía de nuevo al coche.

Eugenia estaba sombría. Se mordisqueaba el labio inferior.

            –Ojalá tengamos correo de Ricardo a la vuelta –dijo-, la alternativa es más peligrosa, pero por lo menos queda por otra carretera.

Los cuatro guardaron silencio. Ernesto giró a la izquierda cuando llegaron a la carretera asfaltada y tomó rumbo a San Martín.

De nuevo pasaron el volcán de Tecomatepe, esta vez a la derecha, y atravesaron  el pueblo.

A la salida de Tecomatepe hay una curva suave a la derecha y luego otra más cerrada hacia la izquierda.

El sedán apareció de frente apenas Ernesto había enderezado después de la segunda curva. Iba a velocidad moderada.

            –Tres civiles –les advirtió Eugenia Mauricio y a Luis–, vigílenlos.

El sedán pasó y desapareció en la curva.

           -El hombre de atrás se volteó a mirarnos –dijo Mauricio con voz que delataba tensión.

           –De prisa, Ernesto –ordenó Eugenia mirando por la ventanilla trasera.

           –¡Mierda! –masculló Mauricio, mientras el sedán apareció de nuevo-. Nos persiguen.

           -A fondo, Ernesto –dijo  Eugenia apremiante-, tenemos que llegar al cruce para San Francisco.

El pickup aceleró, pero el sedán de atrás era más potente y lentamente cerraba la distancia que los separaba. Eugenia se volvió y miro hacia delante buscando el cruce de caminos. Estaba a la vista. Miró  de nuevo hacia atrás.

           -¡Otro! –gritó Ernesto–, ¡nos agarraron!

Un pick up parecido al suyo apareció frente a ellos en la intersección. Se detuvo bloqueando la carretera. Dos hombres con rifles saltaron de la parte de atrás y les apuntaron.

           –¡Por el terraplén de la izquierda! –gritó Eugenia –. ¡Que no nos agarren vivos1

Sobre el rugir del motor sonaron las ráfagas de subametralladoras.


[1] Claribel Alegría es una de las escritoras salvadoreñas de mediados del siglo XX que más ha insistido en la (re)producción literaria de la vida de las mujeres en su lucha política, por la sobrevivencia y por el reconocimiento de sus derechos. Nació en Estelí, Nicaragua, el 12 de mayo de 1924 de padre nicaragüense y madre salvadoreña. Creció en la ciudad de Santa Ana, al occidente de El Salvador donde, a la edad de ocho años, en 1932, presenció la masacre de más de treinta mil indígenas. En 1943, fue a Estados Unidos para estudiar en la Universidad George Washington, en Washington D.C. En 1948 se graduó en Filosofía y Letras y poco después se casó con el escritor estadunidense Darwin J. Flakoll. Poco a poco adquirió fama internacional como poeta, en 1978 recibió el Premio Casa de las Américas de Cuba por su libro Sobrevivo. En 1985 Alegría regresó a Nicaragua, atraída por el proceso revolucionario y las reformas que iban dándose en el país. Desde ahí se comprometió, junto con su esposo, con la difusión de las violaciones a los derechos humanos de los pueblos de Centroamérica y redactaron varios libros sobre la lucha de las mujeres salvadoreñas. En 1995 Flakoll murió en Managua. Entre los libros de Alegría, pueden enumerarse la novela histórica Somoza, expediente cerrado: La historia de un ajusticiamiento (1993); y los poemarios  Anillo de silencio (1948);Vigilias (1953); Acuario (1955); Huésped de mi tiempo (1961);Vía única (1965); Aprendizaje (1970);Pasaré a cobrar y otros poemas (1973); Sobrevivo (1978, Premio Casa de las Américas de Poesía); Flores del volcán; Suma y sigue (1981). Su narrativa recoge Tres cuentos (1958); Álbum familiar (1984); Despierta, mi bien, despierta (1986); Luisa en el país de la realidad (1987); Cenizas de Izalco (1966); La encrucijada salvadoreña (1980); Nicaragua: la revolución sandinista (1980); No me agarran viva: la mujer salvadoreña en lucha (1983);Para romper el silencio: resistencia y lucha en las cárceles salvadoreñas (1984). Su Ars Poética. Antología, publicada en 2007, abarca de 1948 a 2006.

[2] Editado en la Ciudad de México por editorial ERA (serie popular), en 1983.

:.

Anuncios

Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 8:44 pm

A %d blogueros les gusta esto: