Ideas feministas de Nuestra América

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I.19 Rigoberta Menchú, en Me llamo Rigoberta Menchú y así nació la conciencia, 1982

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Rigoberta Menchú,[1] en Me llamo Rigoberta Menchú y así nació la conciencia, 1982[2]

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Nosotros somos los vengadores de la muerte Nuestra estirpe no se extinguirá mientras haya luz en el lucero de la mañana.“

Popol Vuh

Así es cuando llega el momento en que yo salí de allí, feliz, pero, al mismo tiempo, me pasaba algo que nunca soñé. Me sacaron los compañeros por avión hacia México. Me sentía la mujer más destrozada, más deshecha porque yo nunca imaginé que me tocara que un día tenía que abandonar mi patria por culpa de todos esos criminales. Pero también sentía la esperanza de regresar muy pronto. Regresar a seguir trabajando porque yo no quería suspender ni un solo momento mi trabajo porque yo sé que sólo puedo levantar la bandera de mis padres si también me entrego a la misma lucha que ellos no acabaron, que ellos dejaron a medias.

Estuve en diferentes lugares de México y allí sí que no sabía qué hacer. Nosotros los pobres nunca soñamos un viaje al extranjero, nunca soñamos con un paseo siquiera. Porque eso no lo tenemos. Entonces salí, conocí otros lugares, otras personas. Estuve con muchas personas que sí me quieren mucho y he recibido de ellos el mismo cariño que de mis seres queridos. Me recuerdo que me pedían testimonios sobre la situación en Guatemala y en ese tiempo yo estaba bastante herida. Me invitaron a participar a una conferencia de muchos religiosos de América Latina, de América Central y europeos, donde me pedían una explicación sobre la vida de la mujer y yo con justa razón y con tanto gusto, hablé de mi madre en esa reunión. Tenía que soportar muchas veces el gran dolor que yo sentía al hablar de ella; pero yo lo hacía con tanto cariño, pensando que no era mi madre la única mujer que ha sufrido, sino que hay muchas madres que son valientes como ella. Luego me avisaron que iban a tener visitantes y que iba estar junto con compañeros que iban a salir de Guatemala. Yo estaba feliz. No importaba quiénes fueran los compañeros y compañeras, porque yo tenía un gran amor hacia todo el pueblo y los siento igual que mis hermanos, cualquiera de ellos que sea. Poco tiempo después me dieron la sorpresa de mis hermanitas y así es cómo yo me sentí feliz. Y no importando, pues, que nosotros, no sólo yo, sino que todos mis hermanos, no conocimos la tumba de mi hermanito, de mis hermanitos muertos en la finca. No conocimos la tumba de mi hermanito torturado, ni de mi madre, ni de mi padre. Mis hermanos, a partir de la muerte de mis padres, no sé nada de ellos, tengo grandes esperanzas que estén vivos. Es que cuando nos separamos, mi hermanita pequeña andaba con mi madre, era como una colaboradora. La otra se había ido a la montaña, con los compañeros guerrilleros. Pero salieron las dos fueras del país simplemente porque mi hermanita, la que estaba en la montaña, pensó que tenía que ayudar a la otra, acompañarla para que ella no hiciera cualquier cosa fuera de lo normal. Mi hermana optó por la armas. Ocho años tenía mi hermanita cuando se fue de guerrillera. Ella pensaba como una mujer adulta, ella se sentía mujer, especialmente para defender a su pueblo. Así es como mi hermanita se fue a la montaña. Quizá porque ella había conocido primero a los guerrilleros que yo, porque yo empecé a salir de la comunidad e ir a otras comunidades, empecé a alejarme de la montaña, empecé a subir a otros pueblos más poblados donde ya no hay montañas como las maravillas que nosotros tenemos en casa. No era tanto que los guerrilleros venían a la aldea, sino que mi hermana bajaba a la finca de los Brol, al corte de café y llegó un momento en que la mayor parte de los mozos de los Brol eran guerrilleros, y a causa de la situación mi hermana tuvo contacto con la guerrilla. Y mi hermana sabía guardar todos los secretos. Nunca contaba a mis padres que ella tenía contacto directo porque pensaba inmediatamente que podría causar la muerte de mis padres y arriesgaba todo. Pensaba en la vida de sus padres y pensaba también en la vida de ella, entonces ella guardaba todo ese secreto. Cuando nosotros supimos que mi hermana desapareció, inmediatamente se investigó y se buscó y mucha gente decía, ah, es que ella tenía relación con la guerrilla, entonces de plano que se fue a la montaña. No estábamos seguros y nosotros habíamos pensado que quizás ella se perdió, que la habían secuestrado o lo que sea. Porque las amenazas que recibíamos era que si no caía mi padre, caía uno de nosotros. Lo supe en el setenta y nueve, cuando una vez mi hermana bajó de la montaña y nos encontramos. Me dijo: “Estoy contenta y no tengan pena, aunque yo tenga que sufrir hambre, dolor, caminatas largas en la montaña lo estoy haciendo con tanto amor, y lo estoy haciendo por ustedes”. Fue en una celebración de misa de una población donde a ella le dieron permiso a escuchar la misa, a hacer su comunión y todo eso. Entonces, bajó a la población y de mera casualidad que estábamos en misa.

En México me encontré con unas personas que nos habían ayudado desde Europa; antes, cuando estaban mis padres. Nos encontraron las mismas personas. Nos ofrecieron ayuda para que nosotros viniéramos a vivir en Europa. Ellos decían que no era posible que un ser humano pudiera aguantar tanto. Y los señores de buen corazón, nos decían que, vamos allá. Allá les vamos a dar una casa, les vamos dar todo lo que quieran. Incluso habrá oportunidad para que tus hermanitas estudien. Yo no podría decidir por mis hermanitas, que consideraba que eran mujeres capaces de opinar y de pensar por su vida solas. Entonces, hablaron con mis hermanitas e inmediatamente ellas rechazaron las proposición que nos hacían. Que si querían ayudarnos, que nos mandaran la ayuda, pero no para nosotros, para todos los huérfanos que se han quedado. Entonces los señores no entendían por qué a pesar de todo lo que nos ha pasado, queremos vivir todavía en Guatemala. A pesar de todos los riesgos que tenemos. Claro, no lo entendían porque sólo nosotros que llevamos nuestra causa en el corazón estamos dispuestos a correr todos los riesgos. Después que le pasó un poco la rabia al ejército de buscarnos como locos, regresamos a Guatemala con la ayuda de otros compañeros. Regresamos a Guatemala y así fue cómo mis hermanitas optaron cada una por una organización. Mi hermanita, a última, decía, yo soy una compañera. Porque nos dijeron los compañeros que nosotros escogiéramos lo que más nos convenía donde fuera más favorable para nosotros aportar más. Entonces, yo amo al CUC y lo amo porque así es cómo he descubierto que teníamos que desarrollar lo que es la guerra popular revolucionaria, pelear contra nuestros enemigos y, al mismo tiempo, que como pueblo tenemos que pelear por un cambio. Yo estaba clara en eso. Ya entonces yo dije, yo amo al trabajo de masas aunque corra todos los riesgos que tenga que correr. Mi hermanita decía: “Hermana, desde ahora somos compañeras, yo soy una compañera como tú y tú eres una compañera como yo”. Y yo tenía tantas penas porque mi hermanita creció en la montaña, creció en mi aldea, era una aldea muy montañosa, ella ama las montañas, lo verde, toda la naturaleza. Entonces yo pensé que ella quizás optaría por una tarea más dura todavía que la mía. Y es cierto, pues. Ella dijo: “Sólo puedo hacerle honor a la bandera de mi madre, cuando yo también tome las armas. Es lo único que me queda”, dijo mi hermanita, y lo tomó con tanta claridad, con tanta responsabilidad. Dijo, “Yo soy una mujer adulta.” Entonces, ellas tuvieron que buscar sus medios como llegar a sus organizaciones porque estábamos desconectadas de todo. Así es cómo mis hermanas se fueron a la montaña y yo me quedé en la organización de masas. Pensé mucho si regresaba al CUC, pero me di cuenta que en el CUC había suficientes dirigentes suficientes miembros campesinos y, al mismo tiempo, muchas mujeres que asumen tareas en la organización. Entonces yo opté por mi reflexión cristiana, por los Cristianos Revolucionarios, “Vicente Menchú”. No es porque sea el nombre de mi padre, sino porque es la tarea que me corresponde como cristiana, trabajar con las masas. Mi tarea era la formación cristiana de los compañeros cristianos que a partir de su fe están en la organización. Es un poco lo que yo narraba anteriormente, que yo fui catequista. Entonces, mi trabajo es igual que ser catequista, sólo que soy catequista que sabe caminar sobre la tierra y una catequista que piensa en el reino de Dios sólo para después de la muerte. Y así es como yo, con toda mi experiencia, con todo lo que he visto, con tantos dolores y sufrimientos que he padecido, aprendí a saber cuál es el papel de un cristiano en la lucha y cuál es el papel de un cristiano en la tierra. Llegábamos a grandes conclusiones con los compañeros. Reflexionando la Biblia. Hemos encontrado que la Biblia se ha utilizado como un medio para acomodarse y no para llevar la luz al pueblo pobre. El trabajo de los cristianos revolucionarios es más que todo la condena, la denuncia de las injusticias que se cometen con el pueblo. El movimiento no es clandestino. Es secreto porque somos masas y no podemos escondernos plenamente. Nosotros, por las condiciones que tenemos, decimos clandestinos a los compañeros que no viven en la población que viven en la montaña. Decimos secreto a todo trabajo que se hace escondidamente, pero viviendo en la población. Entonces, también denunciamos la postura de la iglesia como jerarquía, que muchas veces se toman de la mano con el régimen. Eso es precisamente lo que yo reflexionaba mucho, pues, porque se llamaban cristianos pero muchas veces son sordos y mudos ante el sufrimiento del mismo pueblo. Y eso es precisamente a lo que yo me refería anteriormente al pedir que los cristianos cumplan verdaderamente con la práctica de lo que es ser cristiano. Muchos se llaman cristianos pero ni merecen llamarse cristianos. Tienen toda la tranquilidad y una casa bonita y eso es todo. Por eso puedo decir que la iglesia en Guatemala está dividida en dos. En la iglesia de los pobres y muchos han optado por la iglesia de los pobres y tienen la misma convicción que el pueblo. Y la iglesia, como jerarquía y como institución que sigue siendo como una camarilla. La mayor parte de nuestro pueblo es cristiano. Pero, sin embargo, si sus mismos pastores, como se llaman, son lo que enseñan los malos ejemplos, se toman de la mano con el régimen, tampoco vamos a soportarlos. A mí me da mucho que pensar todo eso. Por ejemplo, las monjas, su vida cómoda, me daba pena, porque eran mujeres desperdiciadas, que no hacen nada por los otros. Entonces mi participación a nivel de dirigencia, precisamente porque es el enemigo que conozco. Así es que mi tarea es más que todo transportar papeles al interior, o adentro de la ciudad y organizar a la gente al mimo tiempo practicando con ellos la luz del evangelio. Yo no soy dueña de mi vida, he decidido ofrecerla a una causa. Me pueden matar en cualquier momento pero que sea en una tarea donde yo sé que mi sangre no será algo vano sino que será un ejemplo más para los compañeros. El mundo en que vivo es tan criminal, tan sanguinario, que de un momento al otro me la quita. Por eso, como única alternativa, lo que me queda es la lucha, la violencia justa, así lo he aprendido en la Biblia. Eso traté de hacerle comprender a una compañera marxista que me decía que cómo quería hacer la revolución siendo cristiana. Yo le dije que toda la verdad no estaba en la Biblia, pero que tampoco en el marxismo estaba toda la verdad. Que ella debía aceptar eso así. Porque tenemos que defendernos en contra de un enemigo, pero al mismo tiempo, defender nuestra fe como cristianos, en el proceso revolucionario y, a mismo tiempo estamos pensando que después del triunfo nos tocarán grandes tareas como cristianos en el cambio. Yo sé que mi fe cristiana nadie me la va a quitar. Ni el régimen, ni el miedo, ni las armas. Y eso es algo que tengo que enseñar también a mi gente. Que juntos podemos hacer la iglesia popular, lo que verdaderamente es una iglesia popular, lo que verdaderamente es una iglesia, no como jerarquía, no como edificio, sino que sea un cambio para nosotras las personas. Lo opté, también, como contribución a la guerra popular del pueblo. Que el pueblo, como mayoría, seamos los que hagamos el cambio. Y yo sé y tengo confianza que el pueblo es el único capaz, las masas son las únicas capaces de transformar la sociedad. Y no es una teoría nada más. Opté por quedarme en la ciudad o en población, porque, como decía, hubiera tenido oportunidad de portar el arma, pero en cambio, aportamos en diferentes formas y todo va hacia un mismo objetivo. Esa es mi causa. Como decía anteriormente, mi causa, no ha nacido de algo bueno, ha nacido de algo malo, de algo amargo. Precisamente mi causa se radicaliza con la miseria que vive mi pueblo. Se radicaliza por la desnutrición que he visto y que he sufrido como indígena. La explotación, la discriminación qu
e he sentido en carne propia. La opresión, no nos dejan celebrar nuestras ceremonias, y no nos respeten en la vida como somos. Al mismo tiempo, han matado a mis seres más queridos y yo tomo también entre los seres más queridos, a los vecinos que tenía en mi pueblo, y así es que mi opción por la lucha no tiene límites, ni espacio. Por eso es que yo he pasado por muchos lugares donde he tenido oportunidad de contar algo sobre mi pueblo. Pero yo necesito mucho tiempo para contar sobre mi pueblo porque no se entiende así. Claro, aquí, en toda mi narración yo creo que doy una imagen de eso. Pero, sin embargo, todavía sigo ocultando mi identidad como indígena. Sigo ocultando lo que yo considero que nadie sabe, ni siquiera un antropólogo, ni un intelectual, por más que tenga muchos libros, no saben distinguir todos nuestros secretos.

París, 1982


[1] Rigoberta Menchú Tun  nació en Uspantán, Departamento de El Quiché, Guatemala, el 9 de enero de 1959, hija de Vicente Menchú Pérez, un activista en la defensa de las tierras y los derechos indígenas, y de Juana Tum Kótoja, partera y hierbera indígena. Desde muy joven se involucró en las luchas reivindicativas de los pueblos maya de Guatemala, lo que le valió la persecución política y el exilio. En 1979 estuvo entre las fundadoras del Comité de Unidad Campesina -CUC- y  formó parte de la dirección de la Representación Unitaria de la Oposición Guatemalteca -RUOG-, hasta 1992. Ese mismo año le fue otorgado el Premio Nobel por la Paz en reconocimiento a su trabajo por la justicia social y el respeto a los derechos de los indígenas, coincidiendo con el quinto centenario de la invasión española de América, y con la declaración de 1993 como Año Internacional de los Pueblos Indios. En la Lectura del Premio, reivindicó los derechos históricos negados a los pueblos originarios y denunció la persecución sufrida desde la llegada de los europeos al continente americano, momento en que concluyó una civilización plenamente desarrollada en todos los ámbitos del conocimiento; asimismo insistió en la necesidad de paz, la desmilitarización y la justicia social en Guatemala, así como el respeto por la naturaleza y la igualdad para las mujeres. Su libro autobiográfico Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia (1983) es resultado de unas conversaciones con Elizabeth Burgos, quien las grabó y transcribió. En él, explica cómo comenzó a trabajar en una finca de café a los cinco años de edad, en condiciones que causaron la muerte de hermanos y amigos suyos. Igualmente relata la represión de la que fue víctima su comunidad por parte de terratenientes y miembros del ejército de Guatemala. En la infancia, recibió cierta educación católica, cosa que la vincularía más tarde a colaboraciones con la Iglesia Católica. Ya adulta, participó en protestas contra el régimen militar por sus abusos contra los derechos humanos. La Guerra Civil de Guatemala (1962 y 1996), recrudeció a principios de la década de 1980, desatando la masacre de 200 000 mayas a mano del dictador Ríos Montt durante los primeros ocho meses de 1982. Entonces se vio forzada al exilio a México. Poco antes, en 1981, su padre fue asesinado en la embajada española de la Ciudad de Guatemala, donde se refugió cuando participaba en una marcha con líderes campesinos, sindicales y estudiantes universitarios. En su memoria, durante1991, participó en la preparación de la declaración de los derechos de los pueblos indígenas por parte de las Naciones Unidas. En 1998 fue galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional, junto con Fatiha Boudiaf, Fatana Ishaq Gailani, Somaly Mam, Emma Bonino, Graça Machel y Olayinka Koso-Thomas “por su trabajo, por separado, en defensa y dignificación de la mujer”.

[2] En Elizabeth Burgos, Me llamo Rigoberto Menchu y así nació la conciencia, Arcoiris, Madrid, 1982, pp. 266-269.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 8:27 pm

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