Ideas feministas de Nuestra América

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I.17 Mary Goldsmith, Trabajo doméstico asalariado y desarrollo capitalista,1981

Mary Goldsmith,[1] Trabajo doméstico asalariado y desarrollo capitalista,[2]1981[3]

Texto proporcionado por la autora

Dedicado a las compañeras de CASED

Esta forma no estudiada de explotación del campo por la ciudad se extendió a los sectores medios y populares de los centros urbanos, donde hasta las familias más humildes tenían uno o más sirvientes indígenas, generalmente mujeres o, más exactamente, niñas apenas entradas en la adolescencia. En cualquier caso, sirvientes de casa rica  o de familias de ingresos medios, estos trabajadores carecían  de libertad de movimiento, eran considerados como propiedad particular de sus amos, estaban sujetos a una jornada  prolongadísima y sin descanso, sufrían toda clase de violencia y sólo recibían a cambio comida y habitación diaria, ropa alguna vez al año y una remuneración exigua y arbitrada.[4]

Enrique Flores Cano

Se podría pensar que el autor se refiere a la situación actual de los trabajadores domésticos asalariados; pero no es así: Florescano está hablando del México del siglo XVII. En efecto, mientras algunos aspectos parecen haber cambiado, las condiciones generales permanecen muy similares: los salarios siguen siendo arbitrarios (aunque hoy en día la mayoría de las mujeres reciben entre mil quinientos y dos mil pesos al mes, hay casos frecuentes en que ganan quinientos pesos); la jornada laboral no tiene límite legal (sólo el tiempo necesario para descansar por la noche y tomar sus alimentos)[5] y el único beneficio social existente es un limitado programa del Seguro Social que sólo cubre, aproximadamente, a ochocientas entre más de medio millón de trabajadoras.

La situación de las trabajadoras domésticas ha sido generalmente dejada de lado, tanto por los círculos académicos como por los políticos. Hasta hace muy poco antropólogos y sociólogos no tomaban en cuenta los papeles que desempeñaban las mujeres en la sociedad. Esta situación ha empezado a modificarse con la aparición de estudios sobre mujeres y, consecuentemente, con un interés por las actividades femeninas, el trabajo doméstico, entre otras. Sobre el tema del trabajo doméstico asalariado se ha realizado, recientemente, una serie de estudios en América Latina: (México: Garduño, Grau, Leff, Luna, Salazar; Perú: Rutte García, Smith, Chaney; Brasil: Saffioti, Jelin, Filet-Abreu; Colombia: Rubbo y Taussig; Chile: Alonso, Larrain y Saldías).

La cuestión política es más complicada. Aunque en los Estados Unidos y Europa el feminismo resurge a finales de los años sesenta a partir de un cuestionamiento de la vida cotidiana y con un énfasis en la “política del trabajo doméstico”, en América Latina dicho proceso es diferente. En el caso mexicano parecería que los grupos feminista que discuten e inciden en la “cuestión femenina” hasta lograr llevar el debate al interior de los partidos de izquierda y de los sindicatos independientes, muestran una tendencia a minimizar el tema pues de enfrentarlo abiertamente, se verían ante una caja de Pandora llena de contradicciones personales: los privilegios de clase y los compromisos políticos; las relaciones de poder entre mujeres; la aparente facilidad con que se puede llegar a creer que se tiene un matrimonio “liberado” mientras existe una sirvienta que carga con todas las fricciones. Sin embargo, el hecho de que fem. haya dedicado un número a este tema indica una creciente disposición a asumir dicha contradicción.[6]

Para dar una idea de lo amplio e intrincado del asunto, trataré en este artículo varios aspectos referentes al trabajo doméstico asalariado: en primer lugar me referiré a las formas concretas y sociales del trabajo doméstico: en segundo término, al papel del trabajo doméstico asalariado en el capitalismo; en tercer lugar, a algunas de las características socioeconómicas particulares de las mujeres; y, finalmente, a la relación entre patronas y empleadas.

Del molcajete a la licuadora

Aunque el trabajo doméstico siempre existió, tanto sus formas concretas como sociales han cambiado históricamente. El trabajo doméstico puede ser definido como la producción de bienes y servicios para el consumo interno y/o inmediato: esto incluye todo lo relativo al cuidado de la ropa (lavar, planchar y coser), limpieza de la casa, preparación de alimentos y socialización de los niños. Estos valores de uso contribuyen directamente al mantenimiento y a la reproducción  de la vida y con ella de la capacidad humana para producir. La producción de valores de uso se diferencia, analíticamente, de la producción de mercancías, y entendemos a esta última como la producción de bienes y servicios para el consumo fuera de la unidad básica económica.

En las sociedades donde los productores controlan directamente los medios de producción, la unidad económica básica –sea la familia o cualquier otro grupo social es la responsable tanto de la producción de valores de uso como de mercancías; no hay casi distinción entre el flujo de la producción de valores de uso y de mercancías. Pero al progresar la producción mercantil, esta distinción se acentúa cada vez más. Con el desarrollo del capitalismo la separación entre  mantenimiento y reproducción directa de la fuerza de trabajo por un lado y la producción de mercancías por otro se perfila de manera más clara convirtiéndose el trabajo doméstico en trabajo de la mujer, sea la sirvienta o el ama de casa.

Existe la tendencia a considerar que el trabajo de la casa, como parte de la vida cotidiana, es una constante histórica que no vale la pena analizar como trabajo; sin embargo, pronto se descubre que su forma y contenido concretos han estado sujetos a considerables variaciones a lo largo de los años. Esto ha sido muy bien analizado, para el caso de los Estados Unidos por Ehrenreich y English (1979); con una documentación excelente.

Hasta donde conozco en México no se ha efectuado trabajos similares sobre la situación, por lo que vale la pena analizarla rápidamente, pues pone de relieve la naturaleza ideológica y económica de dicho trabajo, así como sus vínculos con el capitalismo.

Ehrenreich y English señalan que en el siglo XVIII, en los Estados Unidos, las comidas eran sencillas y los niveles de limpieza mucho más bajos que los de ahora; en vez de cada semana la casa se limpiaba en cada primavera, las ropas se lavaban y cambiaban con menos frecuencia; la mayor parte del tiempo del ama de casa estaba dedicado a la producción de ropa y blancos para la casa, velas, jabón, pan, etc. En el siglo XIX, con la industrialización de dichas actividades, muchas mujeres proletarias entraron a trabajar en fábricas, pero las amas de casa de la clase media se enfrentaron a un “vacío doméstico” y al problema de qué hacer con ese tiempo sobrante. La respuesta ideológica a esta situación fue el nacimiento de una relación mística con el “hogar” y la conversión del trabajo casero en una ciencia doméstica, a la cual se le podía aplicar la doctrina taylorista de la organización científica del trabajo.

Esa clase media estaba muy preocupada por la “contaminación que los pobres podían generar”, y creía que las mujeres “sin educación” no podrían entender los nuevos y científicos métodos de trabajo doméstico. Estos “desarrollos” y la distinta conceptualización fueron la respuesta ideológica al creciente “problema de la servidumbre” pues cada vez más mujeres proletarias optaban por trabajar en las fábricas y en los hospitales.

Dada la inexistencia de estudios similares para México, lo que sigue son sólo algunas observaciones preliminares respecto a las formas concretas y sociales que la cuestión toma aquí. En primer lugar hay que señalar que una serie de categorías ocupacionales, comunes en el siglo pasado y tal vez hasta hace una treintena de años, como dama de compañía, costurera, nodriza, tortillera, etc., son muy raras de contar en la actualidad. La primera porque las mujeres tienen ya más contactos sociales fuera de la casa, y, en el caso de personas mayores, se contrata a una enfermera privada o se les manda a un asilo de ancianos. Respecto a los demás casos, muchas de esas actividades han sido industrializadas y/o absorbidas dentro del ámbito del capitalismo con la producción masiva de ropa, de biberones y leche artificial, y con la proliferación de tortillerías y molinos de nixtamal. El trabajo doméstico es quizá una de las pocas ocupaciones que con el desarrollo del capitalismo tiende a ser más compleja en vez de más especializadas, debido a la paulatina desaparición de ocupaciones como lavandera, cocinera, niñera, ama de llaves, etc. y la creciente, aunque relativa, importancia de “la muchacha de pie”, que hace un poco (o un mucho) de todo. Para algunas mujeres que han sido parte de la antigua tradición el ajuste a esta nueva situación es muchas veces muy difícil. En segundo lugar, es por todos conocido que el contenido y el proceso del trabajo en la casa ha cambiado. Las mujeres mayores suelen comentar que las jóvenes no saben lo que es el trabajo duro de la casa: hace apenas treinta años ellas tenían que tallar con jabón, hervir el agua, almidonar camisas y moler en molcajete. No existía las licuadoras, los limpia-alfombras, las aspiradoras o lavadoras. Algunos autores señalan que la presencia de aparatos electrodomésticos no significa una menor carga de trabajo sino la posibilidad de mayores exigencias (Ehrenreich y English (1979), Cowan (1974). Es interesante notar que, aunque en muchas casas hay aparatos eléctricos, a veces no se les permite a las empleadas usarlos, por temor a que los descomponga o los rompan, por lo que todavía hay mujeres que para lavar una alfombra tienen que tallarla arrodilladas, o que lavan la ropa a mano, mientras que la patrona utiliza, muy de vez en cuando, la lavadora. También se da el caso de que ésta se descomponga y dure meses sin ser arreglada, pues la patrona no siente la necesidad de mandarla a reparar. En tercer lugar, es importante distinguir las diferencias de clase en relación al trabajo doméstico. Por ejemplo, en un casa burguesa, el tamaño y la distribución de la misma, el mobiliario, la vajilla, la plata, los muebles finos, más los compromisos sociales de la familia precisan del trabajo de varias empleadas. En una casa de clase media, necesariamente más pequeña, habrá menos autos, menos compromisos sociales; sin embargo, para mantener la casa en funcionamiento y dentro de cierta apariencia de status, se requiere por lo menos de una empleada.

Para la mayoría de la población el trabajo doméstico ha sido, y sigue siendo, el trabajo de amas de casa, sin salario, de las mujeres. El trabajo no asalariado ha coexistido en otras formas sociales, por ejemplo, durante la primera etapa de la colonia, los españoles y los criollos utilizaban el trabajo indígena para las tareas domésticas vía el repartimiento (un tipo  de trabajo forzado) (Gibson, 1966,; Barbosa-Ramírez, 1971). En ese tiempo era común emplear grandes cantidades de sirvientes, muchos de los cuales eran esclavos negros. Esto se explica en parte por la existencia de tarifas protectoras en España que inhibían el desarrollo de las industrias locales; en consecuencia la clase dominante local tenía posibilidades limitadas para reinvertir sus riquezas en actividades productivas y tendían a gastar relativamente más dinero en consumo de bienes suntuarios y sirvientes quienes, aunque no recibieran paga, eran al menos mantenidos.

En el siglo XIX la mayoría de los sirvientes trabajaban por casa y comida, o con un pago mínimo. Dentro de ciertas categorías, como la de ama de llaves o mayordomo, se daba preferencia a blancos o españoles; la mayoría de los sirvientes (73%) eran indígenas o de casta. Ya en esa época el 75% eran indígenas o de casta. Ya en esa época el 75% de todos los sirvientes eran mujeres y había discriminación sexual en el salario; por ejemplo, mientras un cocinero ganaba setenta y cinco pesos, una cocinera sólo quince pesos; si a un galopín se le pagaban trece pesos, una galopina sólo recibía ocho pesos. Su situación tenía además ciertas similitudes con la tienda de raya, ya que para tener acceso a bienes de consumo tales como ropa, los sirvientes tenían que pedir préstamos que los ataban a sus patrones (Salazar, 1978, 1979) durante ese período la mayor fuente de demanda para los sirvientes provenía de las casas de familias ricas, los colegios y los conventos. En algunos conventos había el mismo número de sirvientas de monjas.

Muchas coincidencias pueden verificarse en esas épocas con las costumbres de hoy en día. Las familias de clase media tenían por lo menos una sirvienta y, después de la independencia, los criollos añoraban el pasado quejándose de que los españoles se habían llevado todos los sirvientes “realmente buenos”. También existía una preferencia por sirvientes de provincia, ya que se les podía pagar menos y dominar más fácilmente. Frecuentemente los patrones reclutaban indígenas del campo, trayéndolos desde sus haciendas a la ciudad.

Salario, plusvalía y desarrollo capitalista

Resulta muy tentador considerar al servicio doméstico como el remanente de un pasado feudal. Aunque muchos elementos de la relación patrón–empleada dan esa apariencia (el paternalismo, por ejemplo), es necesario destacar la importancia del salario. Como en el pasado, por lo general se paga a la empleada doméstica en parte con dinero y en parte en especie (casa y comida). Considero que el factor salario comienza a predominar por sobre el pago en especie; para ello me baso en el hecho de que hay cada vez más mujeres que viven fuera y trabajan “de entrada por salida”, recibiendo por ello un salario y, a veces, una comida. Me parece también que los salarios de las empleadas domésticas tienden a aumentar un poco más que los otros salarios generales. Una explicación posible a este cambio es que una sociedad dominada por el capitalismo, las relaciones capitalistas tienden a permear a las demás.

Considero útil definir, aunque sea brevemente, la relación entre trabajo doméstico asalariado y capital. Como en el siglo pasado, la venta y compra de trabajo doméstico cae dentro del terreno de la circulación simple, es decir, que la base del intercambio para ambas partes es la adquisición de valores de uso. La fuerza de trabajo de la trabajadora doméstica no es adquirida para que pueda crear plusvalía (y por lo tanto ganancias) sino por los valores de uso concretos que produce. La trabajadora doméstica contratada de manera privada por una persona y/o casa, intercambia su fuerza de trabajo por ingresos (salario, beneficios o renta), en vez de capital. Difiere en este sentido del asalariado agrícola, fabril o de servicios cuya fuerza de trabajo es intercambiada por capital y que crea plusvalía. Se trata por lo tanto, de un trabajo improductivo.[7]

No es la naturaleza propia del trabajo doméstico, sino las relaciones sociales en que se realiza, lo que define como trabajo productivo o improductivo. Si una trabajadora doméstica se emplea en una agencia de limpieza, es productiva: ella intercambia su fuerza de trabajo por capital variable que se le paga en forma de salario.[8] A través del ejercicio de su fuerza de trabajo se produce un valor mayor que lo que se le pagó en el salario. Este exceso es expropiado por el capitalismo en forma de plusvalía. Sin embargo, para la persona que contrató a la agencia comprando los servicios de esta trabajadora, ella es improductiva porque sus servicios representan un gasto, sea del salario de esta persona o de sus ganancias. Igualmente, una empleada contratada privadamente es, estrictamente hablando, una trabajadora improductiva, en el sentido de que no crea plusvalía.

También en este sentido difieren el trabajo de la sirvienta y el del ama de casa. Las categorías de trabajo productivo e improductivo son aplicables sólo en la compra o venta de fuerza de trabajo por el capital. El ama de casa, esposa de un trabajador asalariado, como es obvio, no vende su fuerza de trabajo ni al capitalista para quien su marido trabaja ni a su marido; en consecuencia su trabajo no es productivo ni improductivo. Esto no niega, sin embargo, que su trabajo facilite la producción y expropiación de plusvalía, en tanto abarata el salario del marido, pues éste no tiene que comprar comida preparada, ni llevar su ropa a lavar, etcétera.[9]

Se puede postular además que el trabajo asalariado ofrece una alternativa más barata que los mismos  servicios producidos bajo condiciones capitalistas. Por ejemplo, un servicio de limpieza cobra aproximadamente quinientos pesos por limpiar un departamento de tres recámaras, mientras que a una mujer de entrada por salida se le paga cuando mucho doscientos pesos su jornada; una lavandería cobra entre sesenta y setenta pesos por una carga de ropa, y una lavandera a domicilio cobra entre treinta y cincuenta pesos (el planchado, que en los servicios se paga por pieza resulta aún más barato con una empleada); una niñera por horas (baby sitter) cobra cincuenta pesos la hora mientras que una sirvienta de planta cobra dos mil pesos al mes y está siempre disponible.

Cuando se examina la estructura ocupacional de varios países se encuentra que los países socialistas del Este, el número de mujeres empleadas en servicios domésticos es insignificante; en los Estados Unidos y en los países de la Europa capitalista, es algo mayor y, en los países subdesarrollados de Asia, África y América Latina, un gran número se emplea en este sector (OIT 1970). Esto implicaría una cuestión cualitativa más que cuantitativa de desarrollo. Por ejemplo, en los países socialistas, existe una política sobre la socialización del trabajo doméstico, dirigida a liberar a las mujeres para la producción, mientras que en los Estados Unidos la disminución de mujeres empleadas en servicio doméstico no se debe a ninguna política al respecto sino que es la consecuencia del desarrollo capitalista y de la creciente demanda de fuerza de trabajo femenina, particularmente en esas actividades económicas orientadas a la valorización del capital. En América Latina, el gran número de mujeres empleadas en el servicio doméstico refleja la naturaleza del desarrollo capitalista dependiente, que tiende a ofrecer posibilidades limitadas de trabajo femenino en la industria de transformación y en el sector capitalista de servicio, y relegando a la mayoría de las mujeres a lo que se ha llamado el sector de empleo informal, caracterizado por los bajos salarios y, con frecuencia, no integrado directamente al sector capitalista.

Y me vine del rancho

En la actualidad, la mayoría de las trabajadoras domésticas de la ciudad de México son oriundas de entidades federativas que generalmente no ofrecen alternativas en el mercado de empleo femenino. La mayoría de estos Estados tienen una cifra de participación femenina en la fuerza de trabajo más baja que el promedio (entre 12% y el 15.6%), mientras que para áreas urbanas, particularmente para la ciudad de México, la cifra de participación femenina en la fuerza de trabajo es mucho más alta (29%) (SIC/DEP, 1971).

Como señalan Rendón y Pedrero: “en las áreas agrícolas más pobres el mercado de trabajo agrícola es reducido para los hombres y prácticamente inexistente para las mujeres” (1975, p. 16). Aunque en varios de esos Estados las mujeres tienen tradicionalmente un importante papel dentro de la producción artesanal, y a veces en el pequeño comercio, las entrevistas realizadas me han permitido observar que la vasta mayoría de las empleadas domésticas no provienen de hogares artesanales y, cuando lo hacen, el servicio doméstico ofrece una fuente atractiva de ingresos inmediatos que puede ser utilizada para gastos familiares. “Tenía ocho hermanos y éramos pobres; yo quería ayudar, así que me vine a México con mi tía, que me encontró una casa”- dice una de las entrevistadas.

Aparte de servir como un medio de absorción de la sobrepoblación rural relativa, el trabajo doméstico asalariado actúa como un medio para mantener los sectores no capitalistas de la sociedad. Este tipo de análisis se ha aplicado frecuentemente a los trabajadores  migrantes  masculinos, mientras ha sido olvidado el papel de las sirvientas en este proceso. La mayoría de las mujeres se inicia con un trabajo de planta y envía por lo menos la mitad de su salario a su casa. Al pasar el tiempo, particularmente después de tener hijos, esas mujeres mandan poco o nada, y sólo siguen enviando dinero cuando se han visto obligadas a entregar a sus hijos a los padres o a otros parientes.

Dado que el servicio doméstico tiene, básicamente, un mercado urbano, las mujeres empleadas en este sector migran a las ciudades (véase cuadro I); la población económicamente activa (PEA) femenina es relativamente más alta en la ciudad de México que en todo el país.

Sin embargo, este flujo migratorio no ha seguido un patrón constante y consistente durante los últimos cincuenta años, como indican Muñoz y Oliveira (1977). Ellos señalan que los años cuarenta estuvieron caracterizados por la sustitución de bienes de consumo con la consecuente expansión de la industria manufacturera y una intensa migración y urbanización; los años cincuenta fueron testigos de una reducción, tanto en la urbanización como en la migración, con una expansión de bienes de capital; en los sesenta se verificó un refuerzo de las migraciones y la consolidación de tendencias anteriores. Estas tendencias generales tienen consecuencias en la incorporación de las mujeres a la fuerza de trabajo.

Safa (1977) señala que, dentro del proceso de desarrollo capitalista, la estructura ocupacional sufre grandes cambios, caracterizados por las siguientes etapas:

1. Agraria o preindustrial, en que las mujeres participan primeramente como miembros de una familia campesina que actúa como unidad de producción y consumo hasta llegar a:

2. La etapa inicial de urbanización e industrialización en que las mujeres son empleadas como trabajadoras domésticas, pequeñas comerciantes, vendedoras y obreras no especializadas, particularmente en industrias de trabajo intensivo como las textiles y las de procesamiento de comida.

3. La expansión de la urbanización y la burocracia estatal, bajo las condiciones del capitalismo monopolista, que llevan a un aumento en el sector de servicios, particularmente trabajos de oficina, comercio, administración pública, servicios sociales, etcétera.

Braverman (1974) plantea que esta tercera fase es la consecuencia de la acumulación de capital, que necesita la expansión de esos sectores que realizan el capital, fundamentalmente el financiero y el comercio, que utilizan principalmente oficinistas y otros trabajadores administrativos.

Safa plantea también que en los países de América Latina hay una especie de mercado de trabajo dual, donde las mujeres de clase media urbanas son reclutadas para labores administrativas y las mujeres proletarias se enfrentan a lo que se ha dado por llamar “trabajo marginal”: pequeño comercio, servicio doméstico, etc.

En 1930 y 1970, en México, mientras el empleo total aumentó 25%, la PEA masculina se incrementó en 214% y la PEA femenina  en 1034% (Lustig y Rendón, 1978).[10] Por otra parte, el servicio doméstico ha bajado relativamente en importancia como fuente de empleo femenino (véase cuadro I). Aunque dicho trabajo todavía ocupa el 45% del sector servicios, (Ruiz Harrel, 1978), esta disminución en la importancia del servicio doméstico corre paralela al crecimiento del sector servicios: educación, hospedaje, asistencia médica-social y trabajos secretariales. Sin embargo, sería un error afirmar que estas tareas ofrecen empleo alternativo a sirvientas, pues sus características sociodemográficas son muy diferentes a las que poseen las mujeres en esos empleos. Las trabajadoras domésticas presentan mayores porcentajes de migración que otras trabajadoras; aproximadamente la mitad de ellas no han terminado la primaria, y el veinticinco por ciento restante son analfabetas (STPS, 1979). Las obreras tienden a alcanzar niveles más altos de educación y las personas contratadas para trabajos de oficina deben tener terminada la secundaria o por lo menos una carrera comercial corta. En términos de su perfil sociodemográfico es más fácil comparar a las sirvientas con las mujeres empleadas en el comercio, y, en especial con las vendedoras ambulantes. Parecería que el servicio doméstico no funciona como una ocupación puente para migrantes, como plantean algunas autores (Contreras Suarez, 1978). Una hipótesis posible es que si bien las sirvientas no tienen otras alternativas, sus hijas, nacidas en la ciudad y generalmente con más estudios, podrían integrarse en ocupaciones de oficina o administrativas.

 

Patronas y empleadas: el futuro de esta relación

Más de sesenta entrevistas, pláticas y discusiones con patronas y empleadas me han permitido observar diversas opiniones, actitudes y comportamientos respecto al problema del servicio doméstico. Hay una tendencia en las patronas a justificar fácilmente su trato con las sirvientas. Esto me recuerda el análisis que hace Memmi de la relación entre el colonizador y el colonizado. Memmi sostiene que para poder vivir con sus acciones, el colonizador las racionaliza, planteando que él trae “modernidad” y “progreso” al colonizado. En esa misma línea, la patrona rara vez reconoce que oprime ya no digamos que explota a su sirvienta; dirá, en cambio que le está haciendo un favor al darle trabajo y que debe ser firme para asegurarse su respeto.

Es muy difícil pensar en una relación alternativa pues, estructuralmente, la relación entre patrona y empleada implica un conflicto de intereses (la patrona querrá pagar menos por más trabajo y la empleada lo contrario) y además, históricamente, dicha relación está inscrita en el marco de poder y dominación. Las patronas se quejan frecuentemente de que las empleadas “les contestan”, como de si alguna manera transgredieran los límites de clase, y atribuyeran esos conflictos a una cuestión de “cultura” o de etnicidad, en vez de entenderlos como un conflicto de clase.

Es obvio que hay variaciones de personalidad dentro de todas las clases sociales. Ser proletariado no garantiza el ser buena persona, ni es razón en sí para ser revolucionario; al mismo tiempo, hay una serie de burgueses que, como individuos, son muy generosos. Estas cuestiones individuales y de carácter afectan la relación entre patrona y empleada. Por otro lado, hay ciertos puntos de costumbres que varían de acuerdo a la clase social. Muchas empleadas dicen que las familias más ricas exigen más y quieren pagar menos. Aunque la burguesía tiene mayores posibilidades de pagar salarios altos, esto no es una garantía de que lo harán. Además, no debemos dejarnos engañar o confundir con los supuestos salarios altos. Por ejemplo, el sueldo de tres mil quinientos pesos pagado a una mujer que en una residencia cocina, lava, limpia, etc., le está ahorrando a la patrona el sueldo de dos o más personas.

Yo plantearía que la relación patrona-sirvienta no puede ser analizada sólo bajo el aspecto económico pues en la mayoría de los casos, está dominada por factores ideológicos. Por ejemplo, entre las burguesas, la cuestión del ejercicio de poder está mucho más marcada; a veces discuten por cincuenta pesos, no tanto por el dinero sino porque están acostumbradas a imponer sus términos. Se han dado casos en que la patrona es capaz de contestar una demanda de indemnización pagando a un abogado muchísimo más de lo que la sirvienta reclama. Sin embargo hay una constante dentro de las diferencias de clase: la sirvienta es el último escalón en todas las casas. De alguna manera resulta una reafirmación para todos los miembros de una casa el hecho de que, no importa que tan malas sean las condiciones, siempre hay alguien más abajo en quien descargar las frustraciones.

Tradicionalmente se ha considerado la administración de los hogares como responsabilidad de las amas de casa, sin diferencias de clase. La burguesía espera que la mujer lleve la casa eficientemente y sea una buena madre. El peso del trabajo cae sobre los hombros de las empleadas domésticas, mientras el ama de casa se dedica principalmente a la socialización de sus hijos, enseñándoles además “buenos modales”, y ocupándose de cuestiones más refinadas como hacer el menú o decorar la casa. La presencia de empleadas domésticas permite a los niños aprender a dar órdenes desde pequeños, reafirmando así su clase social. Es muy evidente en una casa burguesa que el papel clásico del ama de casa como consumidora de mercancías y productora de valores de uso se divide ya que el primero es casi íntegramente asumido por la patrona, y el segundo por las empleadas. Muchas empleadas critican a sus patronas por levantarse tarde, pasarse la mitad de la mañana enfrente del espejo y salir el resto del día con sus amigas, o de compras. Las empleadas no pueden saber que estas actividades sociales sirven muchas veces como redes informales de información económica para los negocios del marido (Lomnitz y Pérez, 1977). En el caso de las mujeres de la pequeña burguesía, tener empleadas las libera del trabajo de la casa para realizar actividades económicas no reconocidas que contribuyen también a los negocios de los maridos, tales como ir a recoger, cobrar y depositar cheques durante las mañanas, etcétera.

Dentro de la clase media y la pequeña burguesía se observa en las amas de casa una tendencia a participar más en el trabajo doméstico, en especial en la cocina. Y aún en casas donde no hacen trabajo doméstico, las patronas intentan hacer creer que sí lo hacen. Una empleada doméstica me comentó su enojo cuando, al servir una cena con invitados, escuchó  a la patrona presumir como si ella hubiera realizado el trabajo.

Sin afán de hacer un repertorio exhaustivo quiero  poner aquí las quejas más usuales de las empleadas domésticas respecto a su situación laboral: falta de control sobre su trabajo; falta de respeto hacia el mismo; mala paga; hostigamiento y asalto sexual. Muchas mujeres señalan que ellas podrían disfrutar su trabajo si no fueran constantemente interrumpidas para hacer mandados. El hecho de estar a disposición absoluta de la patrona, sin un horario, contrasta con el hecho de que eso es, justamente, lo que las amas de casa consideran una características positiva del trabajo: la posibilidad de fijar ellas la hora y la rutina, conservando su control (Oakley, 1974). La crítica que las empleadas hacen a la falta de respeto a su trabajo incluye situaciones en que los cumplidos paternalistas les suenan falsos, como cuando una mujer ha lavado y planchado una pila de ropa y la ve tirada por el suelo, o cuando la patrona la humilla delante de invitados al pasar un dedo para ver si hay polvo, etcétera.

El problema de la comida es importante; muchas se sienten humilladas cuando les dan frijoles y tortillas, mientras el resto de la casa come otras cosas. Ocurre con frecuencia que no les paguen en la fecha correspondientes no tomando en cuenta las deudas o compromisos que puedan tener; muchas veces no pueden salir el día de salida porque la patrona “olvidó” ir al banco y no tiene cómo pagarles. Aunque los salarios son el factor más importante para las trabajadoras, a causa de los insultos de que son víctimas, muchas prefieren dejar un buen trabajo y aceptar otro con menor paga, donde se les reconoce como seres humanos pensantes y con sentimientos, con necesidad de privacía y de tiempo para estudiar o salir con amigas. Un asunto profundamente grave es el asalto sexual en el trabajo. Las mujeres mayores hablan de ello con más libertad, pues hace tiempo que pasaron sus experiencias. Una mujer en una entrevista resumió: “Muchos patrones creen que todo lo que está en su casa es su propiedad, desde los muebles hasta la sirvienta”.

La famosa identificación por parte de la empleada con la patrona es cada vez más un recuerdo del pasado, limitado fundamentalmente a mujeres que han trabajado con la misma familia durante años. En esos casos la mujer obtiene prestigio del status de sus patrones, defendiéndolos, así como también a sus intereses.

Las mujeres jóvenes tienen otras actitudes. La mayoría no se ven a sí mismas como empleadas domésticas, sino que consideran su ocupación como temporal, mientras estudian una carrera o esperan al “príncipe azul”. También hay un número cada vez mayor de mujeres que han estudiado primaria o secundaria, y hasta una carrera corta, y no encuentra un trabajo alternativo. Muchas, después de casarse o juntarse, regresan a trabajar de entrada por salida. Son estas últimas las que más se identifican como empleadas domésticas y que no encuentran, y a veces ni esperan, alternativas; son también las más “agachadas” y las que menos buscan maneras de mejorar su situación laboral.

Parecería que la organización política de las trabajadoras domésticas es un asunto central para el feminismo, pues está claramente unida a la reivindicación del trabajo doméstico reconocido como trabajo “verdadero” y con un valor real, con la consecuente extensión de derechos laborales a estas trabajadoras. Por el momento hay varios obstáculos que impiden su organización política: la naturaleza aislada del trabajo, la ausencia de conciencia de las mujeres para asumirse como empleadas domésticas, y las divisiones y conflictos frecuentes entre compañeras de trabajo. A pesar de todo, tal organización no es imposible, como otros artículos en esta revista lo indican.

Han aparecido además sindicatos locales (Cuautla, en los años cuarenta) y hoy en día existen organizaciones nacionales en varios países (Perú, España, Estados Unidos, Nicaragua, Francia e Israel). Muchas trabajadoras, en especial las de más edad y con hijos, suelen manifestar una incipiente conciencia feminista, como respuesta a la injusticia de la doble jornada, el asalto sexual, etc. La posibilidad de una organización es cada vez más real y la formación de un sindicato no debería ser visto como una fantasía ni como un ámbito limitado sólo a canalizar demandas económicas. Al contrario, una perspectiva feminista socialista debería sugerir un trabajo político más amplio, cuya visión y métodos fueran constantemente enriquecidos y redefinidos por las propias trabajadoras.

Cuadro I

PEA FEMENINA EMPLEADA EN EL SERVICIO DOMESTICO EN CASAS PARTICULARES

País

D.F.

números absolutos

%

números absolutos

%

1930

131,970

35.51

51,237

39.65

1940

152,912

35.36

82,745

49.40

1950

279,419

28.90

(a)

(a)

1960

349,632

22.54

(a)

(a)

1970

488,344

19.50

171,822

24.14

1978

(a)

(a)

332,850

23.74

(a) no hay cifras disponibles para estos años

Fuentes:

1930, 1940, 1970: Censos Generales de Población 1950,1960: En los censos de estos años no aparece el reglón de servicios domésticos; para estas cifras se recurrió a las tabulaciones especiales de Ruiz Harrel (1978).

1978: STPS, Información básica sobre la estructura y características de empleo y desempleo en las áreas metropolitanas de México, Guadalajara y Monterrey, 1979.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

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[1] Mary Goldsmith es doctora en Antropología y profesora titular del Área de investigación “Mujer, identidad y poder”, en la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco y docente de la Especialización y Maestría en Estudios de la Mujer de la misma casa de estudios. Colabora con  la Confederación Latinoamericana y del Caribe de Trabajadoras del Hogar. Ha investigado en torno a antropología y género, estudios de la mujer y educación superior, y sobre todo, servicio doméstico y trabajo doméstico. Sus publicaciones más recientes son: “Espacios laborales y sindicalización de las mujeres en los márgenes del poder. Las trabajadoras domésticas en Tampico y Ciudad Madero, 1929-1944” (en Nicolás Cárdenas García y Enrique Guerra Manzo,  Integrados y marginados en el México posrevolucionario. Los juegos del poder local y sus nexos con la política nacional, 2009);  “Disputando fronteras: la movilización de las trabajadoras del hogar  en América Latina” (en Cahiers ALHIM , 2007); “Feminismo, trabajo doméstico y servicio doméstico en América Latina” (en Julia Monárrez y  Socorro Tabuenca, Bordeando la  violencia contra las mujeres en la frontera norte de México, 2007) y  “De sirvientas a trabajadoras del hogar remuneradas. La cara cambiante del servicio doméstico en México” (en Marta Lamas,  Miradas feministas sobre las mexicanas del Siglo  XX,  2007). Y, como ella misma dice: “por si acaso: nací en Estados Unidos y resido en México desde 1976. Tengo dos hijos, un marido y muchas amigas”.

[2] Publicado originalmente en fem, vol. 4, núm. 16, México, 1981, pp. 10-20.

[3] Este trabajo se basa en una investigación sobre las empleadas domésticas, en la zona metropolitana de la Ciudad de México, que llevo a cabo para mi tesis de doctorado en antropología.

[4] “La formación de los trabajadores en la época colonial, 1521-1750”, en E. Florescano et al., La clase obrera en la historia de México. De la colonia al imperio, Siglo XXI – Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM, México, 1980, p. 99.

[5] “Los trabajadores domésticos deberán disfrutar de reposos suficientes para tomar sus alimentos y de descanso durante la noche” (Artículos 333 de la Ley Federal del Trabajo). Para mayores detalles sobre la legislación con respecto a las empleadas domésticas, véase la Ley Federal del Trabajo, artículos 331-343.

[6] Por otro lado, algunos elementos de la Derecha han mantenido un interés muy activo en este sector. Por ejemplo, el Opus Dei opera dos escuelas en la ciudad de México, exclusivamente para empleadas domésticas, ofreciéndoles primaria, secundaria, y cursos de especialización en el trabajo doméstico, preparando de esta manera “sirvientas ideales” que son eficientes, serviles y leales (véase “Se solicita muchacha”, pág. 100).

[7] Para más detalles sobre la distinción entre el trabajo productivo, ver Braverman (1975), Gough (1972), Marx (1963) y Rubin (1972).

[8] Mientras que el 90% de la PEA empleada en el servicio doméstico en casas particulares es femenina, cuando se industrializan algunas de estas actividades hay tendencia a emplear hombres en vez de mujeres. En las empresas de aseo, aproximadamente 70% de los empleados son hombres, y sólo 30% mujeres (SIC/DGE  1971; STPS 1979). Tal vez esta situación refleja en parte un intento de los empresarios de evitar pagos de prestaciones de maternidad. También implica ciertos prejuicios y actitudes; el gerente de una empresa prefiere emplear hombres porque las mujeres supuestamente no pueden manejar maquinaria pesada (aspiradoras industriales, pulidoras de pisos) y se involucran más en los detalles (qué otra cosa se podría esperar dado que las mujeres son condicionadas para identificarse con el trabajo doméstico).

[9] El trabajo doméstico del ama de casa ha sido un tema de debate últimamente. Lamas (1978) hace una buena  síntesis de varios trabajos y sus implicaciones para la situación de la mujer dentro de la familia. De Barbieri (1978), Fee (1976) y Gardiner (1975) también han hecho contribuciones interesantes.

[10] Postdata: Varios años después de publicar este artículo,  al revisar la información de los censos de 1930 y 1940,  me di cuenta de que la tasa del aumento en la PEAF de 1930 a 1970 fue 667%, inferior a la calculada por Lustig y Rendón, debido a que los datos agregados en los censos no incluían a las trabajadoras remuneradas del hogar.

 

 

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 8:20 pm

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