Ideas feministas de Nuestra América

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I.15 Julieta Kirkwood, “Desafíos y propósitos feministas”, Chile, 1980

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Julieta Kirkwood,[1] “Desafíos y propósitos feministas”,[2] Chile, 1980

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Ha señalado J.P. Sartre que destacar las contradicciones entre la universalidad de los supuestos científicos del conocimiento propuestos por la cultura dominante, y la particularidad que asumen las experiencias concretas de su aplicación en el medio ideológico, es la tarea que corresponde a toda investigación sociológica comprometida. Desde esta perspectiva, los caminos y los fines que el proyecto emancipador global propone a la sociedad para el logro de un sistema de relaciones más justo, deberán ser constantemente puestos en cuestión a fin de tomar en consideración a los nuevos sectores sociales emergentes, y de incorporar al cuerpo teórico social los nuevos matices, dimensiones y expresiones de la gran lucha por el cambio.[3]

Al amparo de estas consideraciones nos planteamos la necesidad de analizar el problema femenino en la sociedad chilena para determinar cómo se manifiesta, a partir de la inserción social de las mujeres, esta contradicción señalada entre los postulados universalísticos de igualdad, basados en la ciencia y la cultura burguesa occidental, y las vivencias concretas de opresión que ellas experimentan.

Cuál es el grado de conciencia que se tiene de la situación en tanto grupo; cuál es el carácter de su emergencia como sector diferenciado, y cuáles son los matices que su propia demanda le imprime al proceso de cambio global, son en términos gruesos los grandes problemas que nos proponemos investigar en tomo a la mujer chilena. Se partirá del supuesto que, desde el momento mismo en que esta contradicción entre universalidad y particularidad se verifica, quedará también determinada la posibilidad del surgimiento o de la formación de una conciencia contestataria femenina, la que, en tanto posibilidad, podrá o no asumir expresiones sociales concretas. Ninguna de las formas en que se ha expresado históricamente la conciencia femenina colectiva podrá, para los efectos de esta investigación, ser atribuida a la transitoriedad de la moda, a un proceso de imitación desfasado, ni al reemplazo de actividades políticas más expresas o, en el momento actual, a una respuesta emocional o neurótica ante los avances del autoritarismo.

Por el contrario, todas esas formas, de las más variadas dimensiones, constituirían otras tantas expresiones de una historia más significativa pero no escrita ni develada en su totalidad, cuyos períodos de crisis, de brotes, de apariencia, no son sino hitos sobresalientes de la continuidad del proceso de formación de una conciencia global que el Orden le impone a las mujeres en los distintos sectores y clases; de una conciencia que ha cambiado y que ha aparecido disfrazada, siempre asumiendo las nuevas formas que la concreción de su contradicción fundamental le ha exigido.

Esta historia, sin embargo, ha permanecido invisible en tanto no ha sido narrada, reconocida ni expresamente asumida por sus protagonistas en cuanto sector social específico; y de continuo aparece subsumida bajo las diversas historiografías asumidas como reales. Asumir el pasado como realidad única es un elemento indispensable y necesario para la comprensión e interpretación de la realidad presente. El reconocimiento de las falsas imágenes construidas en determinado estadio de las relaciones sociales, permite apreciar distorsiones y desvirtuaciones de las imágenes presentes con respecto a la realidad. La recuperación de la historia femenina no escrita, desde una perspectiva que asuma su virtual liberación, nos permitirá entender mejor el por qué y el cómo de su opresión y comprender la búsqueda de los significados y los mecanismos de autosustentación de dicha opresión.

La historia femenina no diferenciada, sumida en los procesos sociales globales está, con apretada frecuencia, sesgada por una visión general masculina y contiene ese sello; está sesgada por recuentos estadísticos realizados con perspectiva ajena a su resolución, y fundamentalmente distorsionada en cuanto ha sido contada como una serie de hazañas espectaculares de mujeres individuales, con miras a la autoafirmaci6n de las mujeres en el cumplimiento de su trayectoria convencional. Por el contrario, la recuperación de la historia propia de opresión y contestación de todo un colectivo de mujeres, permitirá satisfacer la necesidad de que las generaciones presentes de mujeres conozcan su propio pasado real, con vistas a que su inserción futura no tienda, nuevamente, a la negación de sí mismas y a la reafirmación de su no-identidad.

Cuando hablamos de una historia no escrita del movimiento femenino, no pretendemos señalar que existen varias historias paralelas de los diversos grupos dominados o discriminados (como serían por ejemplo, además de la de las mujeres, la de las minorías o mayorías étnicas, la de los campesinos y los obreros), sino que existe una historia posible y real, oculta para la dominación misma y que es la que se proyecta hacia la destrucción de toda forma de dominación.[4] En el abanico de relaciones de dominación, la de mayor elaboración y status teórico es la que se ocupa de las relaciones entre clases sociales antagónicas.

Sin embargo, la sola teorización sobre este conflicto o antinomia no expresa ni resuelve la total complejidad de las formas de dominación y discriminación, ni todas las contradicciones que en ellas se originan. Por el contrario, en la medida en que el conflicto de clases se transforma en el eje de la teorización y la práctica política de la totalidad de los sectores protestatarios, debe necesariamente asumir con similar urgencia los problemas que implican las otras contradicciones sociales emergentes. De no hacerlo así, no resultará idóneo para conducir el proceso general de liberación social y se resolverá, probablemente, en nuevas formas de dominación y en nuevas rigideces.

A la inversa, en un sistema político como el del Chile actual, en que se cierra totalmente la posibilidad de expresión de los proyectos globales de liberación económica, política y social, es más probable que lleguen a hacerse manifiestas aquellas demandas específicas, como la reivindicación feminista, en tanto no aparezcan aún expresamente vinculadas al proceso político global de liberación.

Al respecto, podríamos hablar de tragedia y de responsabilidad del proyecto político popular alternativo: su responsabilidad es cumplir con la necesidad de inc1usividad de todas las dimensiones y de todos los sectores sociales en su formulación. Su tragedia es que la no consideración y la evasión de aquellas dimensiones en lo que respecta a las mujeres ha precipitado, en diversos momentos y ámbitos políticos, un similar fenómeno social: la opresión femenina deviene en reacción.[5]

En este sentido puede apreciarse en Chile que en los momentos de mayor profundización democrática y mayor participación social y política, el movimiento popular en su conjunto no asumió -ni política ni teóricamente- ciertas categorías de problemas reivindicativos más específicos, los cuales se suponían automáticamente resueltos por la gran resolución del “conflicto de clases fundamental”.

Tal fue el caso del problema femenino, que pasó a ser efectivamente manipulado y agitado por los sectores más reaccionarios en contra del proyecto popular. En la actual situación de fuerte autoritarismo político-social, que niega la existencia misma del conflicto social global, emergen dichas reivindicaciones femeninas sin encontrar, aparentemente, mayor obstáculo o rechazo que la negación de su validez específica, o el desinterés tanto por el oficialismo como por importantes sectores ligados a la oposición democrática y popular. [6]

Es necesario tener presente, sin embargo, que en tales circunstancias el movimiento femenino emergente podría quedar realmente desarticulado del proyecto global de liberación y éste aparecería, nuevamente, insuficientemente formulado.

Hasta aquí algunas de las consideraciones en cuanto a la importancia para la sociedad global y su alternativa democrática, del planteamiento de la problemática femenina.

La relevancia de la incorporación académica del tema aparece en primer lugar avalada, al igual que toda temática con referente político-social, por el manifiesto rechazo de las universidades chilenas a realizar la búsqueda de conocimiento objetivo en áreas conflictivas.

En cuanto a la naturaleza misma del tema de la mujer en el ámbito académico, son varios los desafíos. Primeramente está la dificultad en precisar el objeto a estudiar: ¿qué es o qué son las mujeres?, ¿cómo conectar las reivindicaciones femeninas con la situación histórica específica de las masas? La cuestión femenina ¿es una herencia o prolongación de clase del marido, del padre?, ¿cuál es su posición al interior de las fuerzas productivas? Cómo la mujer puede definir su situación como sector que no tiene contrapartida con otras clases o grupos dado que:

– no está clara su situación al interior de las relaciones productivas, ni puede objetivar su situación de trabajo, esencialmente doméstico, como pueden hacerlo los obreros;

– su trabajo, su explotación, no tiene pago, siendo efectivamente “su trabajo” toda la producción y reposición de la fuerza de trabajo;

– es reducida a “su rol femenino”, a “su función biológica” y, por tanto, carece de una identidad de ser que le sea propia. Es meramente un vínculo;

– existe dificultad para expresar teóricamente su condición, la que es inicialmente de opresión, de difícil proyección al mundo.

De allí la necesidad de un tiempo largo entre la denuncia, la toma de conciencia y la elaboración teórica-objetiva de la condición de la opresión lo que, al decir de J.P. Sartre, no representaría en ningún caso un obstáculo negativo puesto que “la teoría se hace en la praxis”.[7]

Está también la dificultad en incluir como objeto de estudio de las ciencias sociales y políticas, aquello que tradicionalmente ha sido considerado un problema privado, personal o, a lo sumo, un problema de la pareja.

Finalmente, existe la tendencia a la reducción del problema a datos cuantificados en cuotas de participación política, laboral, sindical, etc., desconectando sus significados del sistema global de relaciones sociales.

Para analizar este punto, un problema adicional: la inexpresividad del lenguaje científico y la pérdida de contenidos que significa, para la demanda feminista, la traducción a lo académico de una demanda que está en los inicios de su expresividad donde, más que un fenómeno social concreto, se tiene una serie de manifestaciones de acontecimientos cuasi individuales.

Sintetizando, con el presente trabajo se pretende contribuir a ciertas cuestiones sociales y teóricas fundamentales del momento presente en el problema de la mujer.

¿Es posible construir un proyecto político alternativo de liberación y democracia donde sea efectivamente resuelto el problema femenino? ¿Quién debe formularlo? ¿Cuáles son las interconexiones de la virtual liberación femenina con la liberación social y cómo fue esta relación en la historia y cómo es hoy en día? ¿Cuáles son las nuevas categorías a incorporar en el análisis? ¿Es válida la oposición tajante entre lo público y lo privado, entre lo racional y lo afectivo, dentro de una concepción de la historia y del cambio abierto al devenir? ¿O es más expresivo asumir la complejidad creciente de las categorías culturales?

En profundo contraste se ubicaba la concepción del autoritarismo para la mujer, que no sólo le niega el salto al porvenir para superar lo insostenible, sino que, en un continuo lamentar la pérdida de los “buenos tiempos” de la femineidad, se plantea la misma salida que a su vez planteó la vertiente reaccionaria del romanticismo en Europa: de espaldas al futuro, se vuelve a valorizar el pasado sin elaborarlo, comprenderlo ni mucho menos rebasarlo, en un extraordinariamente confuso culto a la diferenciación de derechos y obligaciones “naturales”, que para lo femenino implica una clausura de sus posibilidades humanas.

1. Desafíos y propósitos feministas

La perspectiva feminista promueve y destaca, tanto a partir de la presencia femenina en la historia como en el momento presente, la necesidad de estudiar, comprender y explicitar los contenidos y demandas de los distintos movimientos femeninos no reduciendo su problemática a cuantificaciones de participación política, laboral, sindical, sino que tratando de captar su más profundo significado de contestación frente a un orden tradicionalmente discriminatorio hacia las mujeres, así como relevar sus aportes, latentes o manifiestos, al proyecto de cambio global.

Trataríase, en otras palabras, de desacralizar el análisis de lo femenino. Este análisis no se realiza a partir de un individuo ni de un grupo que posea una identidad, una personalidad integrada, sino que debe partir desde sujetos que aún no son tales sujetos.[8] Es desde allí que debe enfocarse el por qué y el cómo de la opresión y de la toma de conciencia de esta opresión, y las formulaciones para su posible negación.

Las feministas nos proponemos una inmensa tarea que tal vez nos sobrepase en dureza, más no en entusiasmo. ¿Cómo se concretiza dicha opresión y discriminación de las mujeres en distintos momentos de la evolución social?; ¿cómo son asumidos -o no- por el proyecto popular?, ¿cuál ha sido la real participación político-social de las mujeres?, ¿qué fundamento ha tenido su adscripción de clase?

Finalmente, es preciso establecer el lugar o papel específico que la actual condición femenina -no contestataria- tiene en el proceso social total; cómo esta condición afirma o reafirma el autoritarismo y qué significa esto para la posibilidad de recuperación democrática.

El análisis feminista se propone develar algunos mitos respecto a lo femenino e integrar su reflexión al contexto histórico. En este sentido, la clasificación de las mujeres según jueguen un “rol pasivo” o un “rol activo” es una falsa diferenciación. Lo definido como pasivo, lo femenino, es en verdad un agente tremendamente activo de reproducción de lo establecido y del inmovilismo político social, cualidad que salta con las crisis, con los quiebres o rupturas sociales, con los cambios revolucionarios. Recordemos la movilización de las cacerolas y la participación electoral femenina de izquierda, por debajo de un 18%, en el período de la República en Chile.

Otro inquietante problema plantea el mito de la igualdad en la incorporación social y política de ambos sexos. Nos encontramos con la imposibilidad teórica y actual de la igualdad, en un mundo diferenciado por la naturaleza del trabajo productivo y del trabajo doméstico. En situaciones mínimas puede afirmarse una integración igualitaria cuando exista, además, una integración de la mujer a la fuerza de trabajo general; pero esta integración no ha rebasado históricamente un 20% de la PEA (Población Económicamente Activa) femenina en Chile, ni menos ha rebasado un alto grado de discriminación al interior mismo de la PEA: un trabajo femenino que está mayoritariamente orientado al trabajo de servidumbre o accesorio, con sueldos y salarios diferenciados por sexo, es la tónica general.

Está también el mito de la clase social como único determinante de la movilización política femenina; éste parece ser un error de proyecciones voluntarias por cuanto la clase es vivida como secundaria por los sectores femeninos mayoritarios, y ha sido así históricamente. La política, la economía, lo social, son mediatizados por el marido, por el padre pero, por sobre todo, por la ideología patriarcal dominante. Es más que probable que en el momento actual y en vista de la experiencia vivida por la situación de cesantía generalizada, la mujer haya sufrido un cambio en su rol económico, situación que sí podría hacer cambiar su autopercepción social, al mismo tiempo que inducirla a redefinir su anterior condición, pero este tipo de hipótesis debe ser muy cuidadosa.

Sería también de importancia para la investigación feminista levantar, a partir del análisis del presente como del pasado, las dimensiones políticas particulares del movimiento femenino, su evolución, dirección y orientaciones, para proporcionar antecedentes a los actuales movimientos de mujeres, en los cuales puede percibirse una cierta tendencia a la búsqueda de “organización” sin claridad en los fines y metas específicas de su movimiento, lo que claramente acabaría transformándonos, nuevamente, en organizaciones de base para otras decisiones más claramente establecidas por el lado de la tradición patriarcal.

Con estas reflexiones quisiéramos contribuir a que los objetivos anteriores ayuden a formar la conciencia de que la constitución del proyecto político total lo será también a partir de las marginalidades, una de las cuales la constituyen las mujeres. El camino hacia la inclusividad social -democracia real- parte, como decíamos, desde todos los sectores excluidos en una redimensión de los tiempos y espacios sociales y políticos.

 

2. Algunos supuestos teóricos

En el desarrollo de esta investigación esbozaremos una elaboración teórica ni demasiado acabada ni profunda, en parte producto del aislamiento internacional, del menosprecio de la actividad intelectual por la “peligrosidad” que representa toda idea nueva; en parte por la muy reciente recuperación del tema de la liberación de la mujer.

A modo de síntesis, estos supuestos podrían ser:

– hay una historia no conocida ni reconocida de la mujer en Chile que se la percibe cuando sale a la luz en forma de crisis, de expresiones irruptivas de un proceso no aclarado y no develado, incluso para aquellas que lo han vivido en su generalidad;

– estas crisis o momentos tampoco son claras expresiones de una reivindicación neta femenina; con frecuencia aparecen teñidas de contenidos valóricos e ideológicos contemporáneos a su surgimiento, los que oscurecen y disfrazan la posibilidad de un contenido femenino más propio;

– las expresiones personales o geniales de presencia femenina pública, como “ejemplaridades”, no nos hablan de esa nuestra historia oculta; la ejemplaridad no representa ni sustituye los procesos sociales;

– desde los inicios de esta historia está presente la demanda femenina por la construcción de una sociedad no opresiva ni discriminatoria, de participación e incorporación plena. Ello incluye la exigencia de ser persona acorde con los cánones teóricos universalistas postulados por la sociedad políticamente constituida, más allá del ámbito de las declaraciones formales;

– la rebeldía o contestación femenina, como lo plantea Camus para “El hombre rebelde”,[9] surge cuando hay una “toma de razón” o de “conciencia de la contradicción” entre los principios universales de igualdad teórica propuestos por la organización social, y las vivencias concretas de desigualdad experimentada entre los sexos. Siguiendo al mismo autor, esta toma de razón corresponde a una “razón informada” que es capaz de percibir la totalidad concreta de la sociedad y que es capaz, al mismo tiempo, de captar la constitución de la sociedad en sectores discriminados y discriminadores y la naturaleza de las relaciones que se establecen entre ambos;

– la conciencia que proviene de esta razón informada es irrenunciable al sujeto que la realiza. Su no visibilidad, su negación aparente, es obra del control ideológico hegemónico que actúa desde nuestra perspectiva sobre la mujer atomizada y aislada en su vida cotidiana doméstica;

– la rebeldía individual, para trascender el disgusto personal necesita devenir en rebeldía social, ir más allá de la propia percepción de la discriminación. Es preciso reconocerla en todos los semejantes, reconocerla en las otras, e identificarnos con las otras;

– la rebeldía social contiene entonces elementos de universalidad, en el sentido de que la búsqueda y la virtualidad de la nueva sociedad a construir se postula para TODOS, discriminados y discriminadores;

– la virtualidad[10] de una nueva sociedad está también inscrita en la historia oculta femenina; es un proceso continuo de sucesivas tomas de conciencia de que el Orden, que es esencialmente discriminatorio, puede ser re-construido de acuerdo a un nuevo sistema de valores e ideologías, de relaciones concretas alternativas y no contradictorias.

La cuestión de la virtualidad, es decir, de lo que va a ser con algún elemento de voluntad desde los sectores dominados, en general se traduce en cómo desean o aspiran estos sectores a que esta nueva sociedad se realice, y esto tiene que ver con el cómo quieren que su proyecto se realice.

En este ámbito, la historia femenina habrá de leerse como una historia que posee tiempos y espacios propios; que no obstante aparecer oculta al presente, se nos manifiesta en tanto nos permitamos leerla desde la perspectiva del fin que dicha historia persigue, y que no es otro que la búsqueda y la recuperación de identidades que nos son y nos han sido negadas a las mujeres.

Ello le daría un contenido de veras revolucionario a la protesta femenina, en tanto busca la sustitución del viejo orden tradicional en lo que es su base de sustentación: la organización de la vida cotidiana, que es una cuestión concreta absoluta y no abstracta, como sería por ejemplo la destrucción de las clases sociales. La revolución en la vida cotidiana sería la extrema precisión en el tiempo y en el espacio de un cambio social real para la sociedad en su conjunto.

Un movimiento contestatario se origina y realiza a partir de las exigencias de aquello que ha de realizar: la sociedad alternativa. De ahí por una parte, la condición progresista del movimiento feminista en tanto busca la real concreción de un proyecto alternativo a la dominación y, por la otra, su carácter universal en cuanto aparece donde quiera que la sociedad se haya dado una constitución injusta en lo familiar y  lo cotidiano.


[1] Julieta Kirkwood Bañados (1937-1985) encarnó desde la sociología y el activismo una de las figuras más influyentes en la génesis y desarrollo del moderno feminismo chileno. Trabajó a favor la recuperación de la historia de las mujeres e investigó acerca de las causas del conservadurismo femenino, la conformación de los movimientos sociales y sobre la participación femenina en la política. Sus aportes a la teoría feminista son un sostén de la teoría feminista continental, sea por su originalidad y su fuerza sea por la influencia que han ejercido sobre el pensamiento de las feministas de otros países de Nuestra América. Durante la dictadura militar, con su amiga y compañera Margarita Pisano, participó en acciones de protesta y se involucró con organizaciones de mujeres populares y de defensa de los derechos humanos. En 1979, fundaron el Círculo de Estudios de la Mujer que, posteriormente, dio paso a la creación de la Casa de la Mujer La Morada y a Radio Tierra, de donde se difundió el lema: “Democracia en el país, en la casa y en la cama”.

[2] Publicado póstumamente en Ser política en Chile, Editorial cuarto propio, Santiago de Chile, 1990.

[3]Este texto con algunas correcciones, fue originalmente publicado como Material de Discusión Nº7 por el programa FLACSO-Santiago, en Octubre de 1980. Correspondía en realidad a un conjunto de proposiciones de un proyecto del mismo nombre formulado, no para abrir el debate feminista, ni menos para cerrarlo, sino tan sólo entregar un aporte desde las circunstancia chilenas a una problemática que ya era asumida en su significación política, social, económica y académica en casi todos los lugares de la Tierra.

[4]Sobre el rol del intelectual comprometido, ver J. Paul Sartre Realidad social y expresión política, Ed. Síntesis, Buenos Aires, 1976.

[5]La idea de una historia oculta posible y no escrita, que surge desde los sectores dominados dando cuenta de las formas que adquiere para ellos la historia de la dominación, se desarrolla en “Evolución del proyecto político popular alternativo”, Informe a PISPAL 1978, de Rodrigo Baño, Enzo Faletto, Julieta Kirkwood, FLACSO, Santiago.

[6]Como ejemplos, además del caso de Chile en 1972 con el “movimiento de las cacerolas vacías”, está la movilización reaccionaria de mujeres en Brasil y Argentina. En la misma línea de conducta se inscribe la votación por el “SI” en el plebiscito del 11-9-80, en donde la efectividad de la movilización desde y hacia la derecha, de una amplia mayoría femenina, una vez más fue claramente perceptible. Una revisión más exhaustiva de estos significados surge como desafío a la labor presente, considerando, claro está, los elementos que hacen discutible dicho acto electoral.

[7]Creciente y positivamente los “departamentos femeninos” han intentado teorizar sobre el rol de la mujer y su participación en este período del impuesto receso político, lo que ha quedado de manifiesto en encuentros de mujeres.

[8] J. P. Sartre. Crítica de la razón dialéctica. Editorial Losada, Buenos Aires, 1963. “La mujer no nace, es hecha por la sociedad y la cultura”, sostiene Simone de Beauvior en el Segundo Sexo, Buenos Aires, Editorial Siglo XX, 1977, 2 Volúmenes.

[9]Sobre las ideas de rebeldía y conciencia informada, ver Albert Camus en El hombre rebelde, Editorial Losada, Buenos Aires, 1960.

[10]La idea de “virtualidad” la tomé prestada a Henry Lefebvre en La revolución urbana, Madrid, Alianza Editorial, 1972.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 8:15 pm

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