Ideas feministas de Nuestra América

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I.14 Giovanna Machado, “La mujer y la medicina (Resurrección de las brujas)”, Caracas, 1979

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Giovanna Machado,[1] “La mujer y la medicina (Resurrección de las brujas)”,[2] Caracas, 1979

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El famoso estudio de Barbara Ehrenreich y Deirdre English[3] sobre el rol de la medicina en la represión de la mujer, en el cual nos basamos para la elaboración de este apéndice nos lleva a reflexionar sobre la relación que ha tenido la mujer con el poder médico a través de los siglos, de igual forma nos permite conocer el proceso de la medicina académica para llegar a la posición que ocupa ésta hoy en día.

Siempre se ha ocultado el hecho de que la medicina que conocemos en la actualidad pudo triunfar solamente después de haber masacrado durante cuatro siglos a millones de mujeres: las brujas, las cuales fueron las enfermeras, los médicos populares y las empíricas del pasado. Nadie ha querido aceptar que los primeros médicos de la Historia del Mundo fueron mujeres. Y fue así, eliminándolas, como la llamada medicina “moderna” alcanzó el monopolio de clase y de casta de una “ciencia” tan decisiva para el control del pueblo y de las mismas mujeres.

Se ha ocultado también que el éxito, en cuanto a la profesión médica masculina, reservada a una élite social, no fue un “proceso natural debido a los cambios y progresos de la ciencia médica”, que se sucedieron más tarde, sino que las mujeres, detentoras de una práctica y una tradición empírica y bastante experimentada, habían sido eliminadas físicamente para siempre. El objetivo fue el monopolio político y económico de la medicina, es decir, del control sobre la teoría y la práctica, sobre los beneficios y sobre el prestigio que se derivaba al transformarse la medicina en institución.

La supresión violenta de las mujeres significó la destrucción de la sub-cultura y del poder que las mujeres y el pueblo poseían, el cual fue sustituído con una institución que fue emanación directa del poder de clases (iglesia, nobleza y los nacientes grupos burgueses), una institución al servicio de los ricos, negada a las mujeres y al pueblo, y que se hizo continuadora directa de la misoginia de la iglesia en esa época.

Las mujeres siempre fueron enfermeras. Fueron los primeros médicos de la Historia Occidental. Sabían hacer abortos, fungir de enfermeras, consoladoras[4] y consejeras. Fueron las primeras farmaceutas, cultivaban hierbas medicinales e intercambiaban recetas y secretos para curar enfermedades. Durante siglos las mujeres fueron los médicos sin diplomas, excluídas de los libros y de la ciencia oficial, aprendían sus conocimientos recíprocamente, transmitiéndose sus experiencias de unas a otras, de madre a hija. La gente del pueblo las llamaba “les sages” (las sabias) y las autoridades las llamaban brujas o charlatanas.

En el pasado las mujeres fueron médicos autosuficientes, a menudo los únicos médicos que los pobres y las mujeres mismas podían procurarse.

El aniquilamiento de las brujas en la Edad Media fue una lucha política que se enmarca en una lucha de clases. Las brujas eran las médicas del pueblo, y su ciencia era parte de la sub-cultura popular. Inclusive hoy en día la práctica médica de estas mujeres prospera en los movimientos de rebelión de las clases marginales y también en los países del Tercer Mundo, donde la medicina “científica” todavía no ha podido llegar a cubrir todas las necesidades de salud de la población rural e indígena. Los profesionales médicos masculinos, en cambio, casi siempre han servido a la clase dominante, sea como médicos o como políticos. Las Universidades, fundaciones filantrópicas y leyes, vieron la luz debido a la intervención de la clase dominante a la que servían.

Las brujas representaron una amenaza política, religiosa y sexual para la Iglesia Católica, como para la Protestante y para el Estado.

La cacería de brujas fue una campaña organizada, iniciada y financiada por la Iglesia y el Estado. El Malleus Maleficarum, de Kramer y Sprenger (1484) recoge parte del terrorismo que invadió a Europa en la Edad Media. La cacería de las brujas no fue un fenómeno que surgió espontaneamente de la población campesina, sino que fue una campaña terrorista calculada y querida por la clase dominante.

La acusación de brujería cubría delitos que iban desde la subversión política y la herejía religiosa, hasta la inmoralidad. Las mujeres consideradas como brujas eran acusadas de tener una sexualidad femenina, de estar organizadas, de cometer crímenes sexuales imaginarios contra los machos, de copular con el diablo, de tener poderes mágicos sobre la salud, es decir, de poseer capacidades médicas y obstétricas.

La Iglesia asociaba a la mujer con el sexo y cada placer del sexo era condenado, porque dependía del diablo. La bruja representaba una triple amenaza para la Iglesia: era una mujer y no se avergonzaba de serlo; parecía formar parte de un movimiento clandestino organizado de mujeres del pueblo; era una médica, cuya actividad se basaba en estudios empíricos, y frente al fatalismo represivo del cristianismo ofrecía la esperanza de cambios en este mundo. Por estas razones se procedió a eliminarlas.

La mujer y la medicina institucional

Las instituciones médicas no son sólo servicios, son un potente instrumento de control social que ha tomado el lugar de la institución religiosa en cuanto surge de la ideología sexista y se apoya en los roles sexuales. “Aunque no es el único sector de nuestra sociedad donde se manifiesta el sexismo institucionalizado; no hay que olvidar el sistema educativo”. La medicina es la institución laica que ha tomado o sustituido a la religión, heredando todas las misoginias y los terrores del sexo y en particular de la sexualidad femenina. Nos preguntamos si es el médico de hoy, el moderno confesor y el “padre espiritual” para los problemas del sexo, de comportamiento y de “moral”.

El sistema médico es una de las fuentes de la ideología sexista y aun si queremos oponernos a él, dependemos totalmente de los instrumentos técnicos de la medicina para reivindicar a las mujeres, para reivindicar algunas de las más fundamentales y primitivas libertades: la maternidad.

La absoluta dependencia física de los instrumentos técnicos de la medicina hace que el sistema médico sea aún más potente, en cuanto fuente de la ideología sexista.

La medicina ha utilizado la sexualidad de la mujer misma, para excluirla de lo social y del poder, pero no por motivaciones religiosas, sino en virtud de una nueva ciencia: la Biología. Es decir, no es que la Biología determine el rol social de las mujeres, sino que ésta se ha limitado a interpretarlo como un destino biológico natural. La sexualidad, si finaliza con la reproducción de la especie, es sagrada e intocable, pero si se escapa de este esquema se vuelve patológica e inmoral.

El sistema médico reduce a las mujeres a una categoría biológica, abstrayéndolas de sus ocupaciones, de sus formas de vida y de su individualidad.

Pero, no es tan sólo la Biología el problema; el problema es el poder en todas las formas en que se presenta. Para combatir esto se necesita información válida sobre biología y sobre salud, sobre toda la medicina que se refiere a las mujeres y así se logrará entender que no es la biología quien oprime, sino el sistema social basado en la división de los sexos y en la división en clases de la sociedad.

La opresión de la mujer está determinada por lo social y no por lo biológico. Y el actuar sobre esta base es lo que nos permite apropiarnos de nuestros cuerpos, alcanzar un control de las escogencias sociales que nos conciernen y, por supuesto, alcanzar un control de las instituciones de la sociedad que actualmente condicionan estas escogencias.

La mujer y la “auto-gestión” de su propio cuerpo

En vista de que todo el conocimiento de la medicina referente a la mujer ha sido monopolizado por hombres desde tiempos remotos y en vista de que las mujeres sufren las consecuencias de un estado dependiente en cuanto a la “auto-gestión” de su propio cuerpo, problema que se ha evidenciado de forma más patética en los últimos años, con respecto al problema del aborto, de las píldoras anticonceptivas y de otros métodos que se aplican a las mujeres, tenemos que en ciertos países como Inglaterra, Estados Unidos, Francia e Italia, algunos grupos feministas han comenzado a tomar en sus manos esta medicina y han establecido sus propios centros de consulta. En los mencionados centros las mujeres adquieren formación e información detallada sobre lo referente al funcionamiento de su cuerpo (anatomía, fisiología, enfermedades, etc.), las mujeres aprenden a hacerse el auto-examen, realizan publicaciones, organizan charlas, etc.

El auto-examen o examen que puede realizarse la propia mujer pone el acento sobre el conocimiento que debe tener de sí misma y del propio cuerpo; ésta es una tentativa de apropiación de las técnicas médicas, despojándolas de sus cargas ideológicas. El auto-examen da a la mujer una visión precisa de lo que debe ser para cada una la asistencia médica, de esta manera, el humillante examen ginecológico, por ejemplo, no encontrará satisfacción a costa de nuestra dignidad, la mujer informada a través de la experiencia del conocimiento y la re-apropiación del cuerpo, a través del aprendizaje del auto-examen y de las técnicas médicas necesarias, empezará a comprender cuáles son sus necesidades reales; de esta manera podrá hacer frente a la ideología médica del sistema sexista y clasista en el cual vivimos. Esto constituye la única forma de propiciar una modificación radical cuantitativa y cualitativa de la asistencia médica general y de las condiciones sociales y políticas que determinan la misma.

En Francia, a raíz de la campaña por la liberación del aborto, se constituyeron grupos de mujeres que aprendieron a realizar el aborto por el método Karman (comentado anteriormente) y poco a poco esta práctica se extendió entre gran número de personas que aprendieron a practicar el aborto y así ayudaron a otras personas a solucionar su problema. El Movimiento para la Legalización del Aborto y la Contraconcepción (MLAC) en 1973 ha sido el promotor principal de toda esta actividad,[5] al crear centros de consulta en todo el país en los cuales no solamente se practicaron abortos clandestinos, con gran despliegue publicitario hasta lograr la aprobación de la legalización del aborto en Francia, sino que también se continúa informando a la población sobre contracepción, métodos anticonceptivos, educación sexual, etc.

En los Estados Unidos estos grupos han ido aún más lejos, no solamente se han dedicado a formar e informar a las mujeres sobre su cuerpo, a hacerse el auto-examen ginecológico, a publicar estudios, etc., sino que también se han dedicado a mejorar e idear nuevos instrumentos ginecológicos, pensados por mujeres para utilización de las mujeres; el caso más notorio es el de la fabricación en plástico del espéculo que se puede adquirir en la farmacia (instrumento para uso ginecológico). El plástico es un material más adecuado y más suave al contacto con los delicados órganos genitales femeninos que el contacto duro y frío de los instrumentos de metal ideados por los hombres. Como hasta ahora también esta parte de la medicina era monopolio masculino nos encontramos ante un avance notable. El grupo que más se ha destacado en esta labor es el “The Boston Women’s Health Collective”.[6]

También en Estados Unidos, en Los Angeles, se ha creado una clínica en la que las que practican el aborto son mujeres que han abortado anteriormente, sin ninguna experiencia médica. Lo cual ha confirmado la opinión de que junto a cierto grado de habilidad manual, las cualidades de la persona tienen más importancia que una formación académica. En un país como China Popular, la técnica del aborto por aspiración la realizan las enfermeras y las estadísticas muestran un porcentaje mínimo de complicaciones con respecto al porcentaje del método cuando es practicado por médicos; los mismos chinos argumentan que el trabajo realizado por las mujeres es más meticuloso que el de sus compañeros masculinos.[7]

En Italia se creó en 1976 el Grupo Feminista para la Salud de la Mujer (Gruppo femminista per la salute della donna), que sigue la misma trayectoria de los grupos antes mencionados.

Indudablemente las mujeres, a través de estas actitudes, rescatan un conocimiento y saber que les fue propio por miles de años y que les fue arrebatado, cuando se ejecutó a millones de mujeres conocedoras de la medicina en la oscura época de la Edad Media. En tal sentido manifestamos que nos encontramos ante la Resurrección de las Brujas en el siglo XX, la mujer nuevamente rescata el conocimiento sobre su propio cuerpo.

En Venezuela las mujeres no tenemos ni voz ni voto, ni ninguna fuerza ante el acaparamiento de la medicina por parte de los académicos, nos contentaremos con esperar que se opere un cambio de mentalidad y una evolución de las costumbres, en especial por parte de la mujer, la única que puede exigir y fomentar una transformación en este sentido.


[1] La italiana Giovanna Mérola adoptó el apellido de su marido venezolano, Machado, durante el período en que estuvo casada. Nacida en Italia, emigró a Venezuela de niña y ahí murió en 2007, después de una vida dedicada al feminismo y a los derechos de las mujeres. A mediados de 1977, Giovanna Mérola, Carmen Cassasa, Marta de la Vega y Marisol Fuentes teorizaban en torno a los movimientos de emancipación de la mujer en el mundo y en América Latina, publicando diversos artículos. En un número especial de la revista Al Oído, dedicado al tema de la mujer, en el cual colaboraron, afirmaron que era “sumamente difícil hablar de un movimiento feminista en Venezuela, lo que existe en realidad son pequeños grupos de mujeres que, aisladamente, se reúnen para discutir, estudiar, preparar trabajos y realizar algunas actividades de difusión a través de la prensa, radio y televisión”. Igualmente hacían votos para que las mujeres venezolanas se organizaran “por encima de tendencias partidistas”, logrando “constituir un auténtico Movimiento de Liberación Femenina que contribuya a la liberación total de este pueblo”. Ese deseo era compartido por otros sectores de mujeres venezolanas, por ejemplo las feministas que en 1978 se reunieron en el  Grupo Persona se reivindicaban autónomas respectos de los partidos y las organizaciones masculinas. Poco después, Giovanna Mérola y otras feministas conformaron el grupo La Conjura, trayendo de Europa una rica experiencia feminista, a nivel teórico y práctico. El grupo La Conjura publicó durante dos años y medio una de las revistas feministas: Una mujer cualquiera. En 1979, Giovana Machado -quien volvió a ser Mérola luego de su separación- publicó un importante libro sobre el aborto en Venezuela, ampliamente discutido en 1979, del que sacamos el texto que reproducimos aquí. En él dio a conocer que alrededor de 400.000 mujeres al año se practicaban el aborto en las peores condiciones para su salud. “El hombre atormenta –escribe Giovanna-, mata por solaz, por razones políticas, económicas, raciales, religiosas, sociales, clasistas y, sin embargo, se siente hondamente afectado por la mujer que aborta, le preocupa la vida humana dentro de ella, pero no de la vida de la mujer[…] no es comprensible tanto respeto y consideración por la vida intrauterina y tanto desprecio e indiferencia por la vida extrauterina”.

[2]  Giovanna Machado, En defensa del aborto en Venezuela, Editorial Ateneo de Caracas, Caracas, 1979, pp. 133-138.

[3]  Barbara Ehrenreich y Deirdre English, Le streghe siamo noi (Versión italiana), ed. La Salamandra, Milán, 1977, 194 páginas. Título original: Witches Midwives and Nurses.

[4] En la Edad Media se utilizó un grupo de plantas llamadas “consolantes”, que eran administradas por las brujas para calmar dolores.

[5] Comité pour la libérté de l’avortement et de la contraception, Liberons l’avortement, Maspero, París, 1973, 136 páginas.

[6] The Boston Women’s Health Book Collective, Our Bodies, Ourselves, Publicado por Simon and Schuster, Nueva York, 1973, 276 páginas.

[7] Alberdi, C. y Victoria Sendón, Aborto, sí o no, Bruguera, Barcelona, 1977, p. 56.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 8:10 pm

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