Ideas feministas de Nuestra América

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I.3 Nancy Cárdenas, “De la conciencia feminista como incómodo tesoro”, en Fem, vol. 1, n.1, Ciudad de México, octubre-diciembre de 1976

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Nancy Cárdenas,[1] “De la conciencia feminista como incómodo tesoro”, en Fem, vol. 1, n.1, Ciudad de México, octubre-diciembre de 1976

[Revista prestada del archivo personal de Layla Sánchez Kuri]

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La conciencia feminista nunca llega como un regalo. Es más bien una iluminación paulatina que se va apoderando de una persona sin que ésta pueda hacer nada por impedirlo a menos que esté furiosamente entrenada para el sometimiento.

Es también, o puede ser, una avalancha interior de furia por ese sometimiento padecido tan inconscientemente por una misma o por las demás. Se da, o puede darse, indiferentemente en las mujeres y en los hombres. En las mejores mujeres y en los mejores hombres. En los más fuertes, en los capaces de reflexionar con sistema.

La conciencia feminista no se da en un solo golpe de iluminación. Más bien, creo, es un estado  de percepción constante que uno puede tratar de eludir para evitar problemas de discrepancia con las mayorías o mayores responsabilidades. También puede uno tratar de estimularlo para borrar dentro de sí todo signo de sexismo o para comunicar una idea feminista más madura, más sana.

Así, cuando dirigí mi primera obra profesional, El efecto de los rayos ganma sobre las calénduras (1970), acometí la empresa sin tener más que referencias muy vagas del movimiento feminista ya poderoso que se daba en Estados Unidos. El hecho de que la obra requiera sólo de presencias femeninas (cinco categorías muy bien determinadas por el autor) no requiere decir que sea feminista. Más bien alienta en ella un vago rencor por un admirado mundo femenino al cual se trata de someter narrándolo, pero con la conciencia de que siempre algo se escapa. Porque es innegable que esa madre violenta y sarcástica, irracional y desprotegida, amarga y capaz todavía de grandes ternuras es tan digna de nuestro odio como de nuestro amor. Es, en suma, una persona, no un estereotipo feminista ni antifeminista.

Creo que con ese material –el retrato de las hijas de semejante mujer (Beatrice), una amiguita de ella y una anciana ya con locura senil- el director que daba en libertad de agredir a la figura femenina o simplemente tratar de representarla con sus rasgos positivos y negativos sin obsesiones misóginas. Opté por la segunda opción sólo por el sentido común.

Sin entrar ahora en detalles de los problemas que en este aspecto me plantearon obras como Lo que vio el mayordomo, Aquelarre o… Y la maestra bebe un poco quisiera contarles lo que en relación al feminismo se desprende de otras dos obras que también dirigí y que ejemplifican más intensamente las difíciles relaciones entre mi conciencia feminista en desarrollo y materiales de diversa factura y relación especial con el problema: Los chicos de la banda y Cuarteto.

A Los chicos fui sin dudas en este aspecto, porque en los países cultos la lucha feminista y la de los homosexuales por su liberación se dan conjuntamente e incluso en muchas ocasiones optan por un frente aliado. Es claro el porqué: a los homosexuales masculinos se les desprecia en gran parte por una falsa noción, la de que son hombres que quieren ser mujeres. Y si dentro del esquema machista de pensamiento la mujer es inferior y despreciable, aquél que naciendo hombre opta por identificarse con el mundo femenino es doblemente despreciable. Propiciar, entonces, una aproximación al mundo de los homosexuales (así estuviera sustentada en un freudeanismo ya superado) era también una apertura saludable en la habitual intolerancia de la clase media y un llamado a la reflexión, a la responsabilidad de todos en la opresión a los disidentes, a los que sostienen la validez de la elección personal en materia sexual. “Jueces, fuera de mi cama”, dicen los activistas norteamericanos.

En el caso de Cuarteto no fue tan fácil la decisión. Superficialmente leída, la obra era virulentamente antifemenina. Así, la rechacé en una primera instancia espiritual, pero los materiales feministas que había leído para entonces me hacían reflexionar de manera más consistente. Los personajes (no la obra) eran violentamente sexistas. Los dos hombres y las dos mujeres (porque nosotras no estamos exentas, desgraciadamente, de formar parte de las legiones de enemigos) al aceptar los estereotipos de conducta se agredían a sí mismos antes de agredir a los del sexo contrario. Ellos detestaban incluso el olor de las mujeres; pero ellas, si los varones no cedían a su invitación sexual, los consideraban automáticamente homosexuales risibles. En suma, la enajenación (dice la obra) no es privativa de ninguno de los sexos.

Esta lección, quizá un poco compleja, se desprendía con bastante claridad de la obra y de mi montaje, en el cual evité cuidadosamente favorecer a un sexo o al otro no por cuidarme de los críticos paranoicos que esperan en cada uno de mis montajes que agreda la figura masculina, sino porque sería estúpido desnivelar una obra tan delicadamente estructurada y cuya función principal era mostrar el mundo de los agravios irracionales y no proponer soluciones, lo cual, por otra parte, sería limitativo en el impacto que la obra de arte debe causar en la emotividad e inteligencia del espectador a fin de que sea él el que proponga sus propias soluciones.

En fin, que esto de la conciencia feminista no es algo cómodo, pero eso sí, profundamente enriquecedor. Yo diría.


[1] Nancy Cárdenas (Parras, Coahuila, 1934-Ciudad de México 1994) fue una de las primeras mujeres en “salir del closet” en México: en 1973, durante una entrevista para la televisión acerca del despido de un trabajador homosexual del almacén El Puerto de Liverpool, se declaró lesbiana. Como tal impulsó la primera organización homosexual del país, el Frente de Liberación Homosexual (FLH), en 1974. Con Carlos Monsiváis, en 1975, promueve el Manifiesto en Defensa de los Homosexuales. En 1978 en la marcha del 2 de octubre (en conmemoración de la masacre estudiantil de 1968), encabezó la Primera Marcha del Orgullo Gay a la Plaza de las Tres Culturas. Nancy Cárdenas rompió esquemas, al mismo tiempo que luchaba en favor del reconocimiento y derecho a la diversidad sexual, destacó aspectos que eran símbolos como usar pantalones, no maquillarse, atarse el pelo en una cola o cortarlo demasiado. Como poeta y como dramaturga fue autora de Ella estuvo en el tapanco, El cántaro seco, La vida privada del profesor Kabela y Claudine en la escalera. En 1968 participó en la formación de la Alianza de Intelectuales, Escritores y Artistas en apoyo al Movimiento Estudiantil y, como feminista especializada en sexología y liberación homosexual, dictó conferencias y participó en programas televisivos, congresos, seminarios y simposios nacionales e internacionales relacionados con estos temas. Doctora en Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), estudió dirección teatral en la Universidad de Yale, en los Estados Unidos; y en Lódz, Polonia tomó, cursos de lengua y cultura polacas. Cuando debutó como directora de teatro, con la obra El efecto de los Rayos Gamma sobre las Caléndulas, ganó el Premio de la Asociación de Críticos de Teatro.

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Nancy Cárdenas

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 7:31 pm

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