Ideas feministas de Nuestra América

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H.5 Dolores Correa Zapata, La mujer científica, poema en dos cantos, canto segundo

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Dolores Correa Zapata, La mujer científica, poema en dos cantos, canto segundo[1]

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La palidez de su frente
Por mil arrugas surcada
De una alma enferma, angustiada,
Revela acerbo dolor:
En sus apagados ojos
Entrecerrados ó bajos,
Se adivinan los trabajos
Que gastaron su fulgor.

            Aunque á su rostro le queda
De juventud en encanto,
Se ven las huellas del llanto
Que su mejilla surcó
En el gesto de su boca
Que el dolor ha contraído,
Creí ver como el gemido
Que sus labios marchitó.

            Su cabeza doblegada
Con profundo desaliento,
Y el color amarillento y enfermizo de su tez
Revelaron á mi alma
A la mísera criatura
Que la copa de amargura
Ha apurado hasta la hez.

            A mil tristes reflexiones
Se entregaba el pensamiento,
Cuando á mi, con paso lento,
Un anciano se acercó.
Viendo en mi semblante
Su mirada bondadosa,
A decirme comenzó:

            Tú que pasas por el mundo
Repitiendo en tus cantares
Las angustias y pesares
Que en tu senda hallando vas
De ese sér que allí contemplas
Oye y cantan tú la historia
Tú su nombre grabarás….

            -Decidme, pues, noble anciano,
Le interrumpí sorprendida,
¿Sabéis la historia, la vida
De aqueste ser infeliz?
¿Por qué la gente al mirarle
Le desprecia ó burla? ¿Acaso
Es un ladrón, un payaso o alguna ramera vil?
¿Tal vez algún anatema
Pesa sobre su conciencia
Cuando arrastra su existencia
En tan triste soledad?
¿Es ese sér desgraciado
Un hombre que ha delinquido
O una mujer que ha perdido
Su belleza en la maldad?-

            -Ese sér infeliz de faz sombría
Que siendo objeto de irrisión se ve
Es un sér bello, como tú, hija mía.
Que lleva el nombre de mujer también.
Sér de alma noble y generosa, ella.
Como mujer con el amor soñó,
Y al ver tronchada su ilusión más bella
En aras de la ciencia se inmoló.
Yo guardo aquí como reliquia santa
Su sincera y humilde confesión:
Lee, medita, y con respeto canta
La historia de ese noble corazón.

            -“Señor, de fantasma aquel
Que forjo mi fantasía
Creía encontrar un día
Copiada la imagen fiel;
Mas al acercarme á él
Bebí en sus ojos veneno,
Porque en vez de mi ángel bueno,
Hallé con dolor profundo
Que era un sér de lodo inmundo
Con alma de impuro cieno.

            Vos no sabéis, padre mío,
Lo que siente el corazón
Cuando rueda su ilusión
En las sombras del vacío;
Intenso y horrible hastío
Invade entonces el pecho,
Y de impotente despecho
El llanto que vierte el alma
Deja el corazón sin calma
En lava letal deshecho.

            Pierde la vida su encanto,
El mundo queda desierto,
Y todo parece muerto
Tras de las nieblas del llanto.
El melancólico manto
Del dolor, es un sudario
Que cambia en fúnebre osario
La tierra que al alma cansa,
Pues no brilla una esperanza
De la vida en el calvario.

            Con los ojos empañados
Por las sombras del pesar,
Busqué en torno de mi hogar
Mis afectos olvidados.
Allí con nuevos cuidados
Cambié mi dolor sentido,
Pues pronto en mi hogar querido
Se hizo mi vida más seria,
Al mirar que la miseria
Le escogió para su nido.

            Eran mis padres ancianos,
Eran mis hermanos niños,
Y fueron nuestros esfuerzos vanos
Contra los golpes tiranos
Del inhumano destino,
Que puso en nuestro camino
Las espinas con abrojos
Y las sombras en los ojos
Del que pobre al mundo vino.

Hallando entonces pequeños
Mis juveniles pesares,
Pensando en nuevos azares
Olvidé mis locos sueños
Y de horizonte risueños
Soñé conquistar la palma,
Haciendo dichosa mi alma
Que esa dicha serena
Que da con la dicha ajena
Hermosas horas de calma

            Ser el sostén poderoso
De mi familia querida,
Era el más dulce y hermoso
Grato sueño de mi vida.
A la humanidad unida
Con un lazo puro y santo,
Vivir enjugando el llanto,
Verter el bien, la aventura,
Era la ilusión más pura
Que diera á mi vida encanto.

            Mas siendo débil mujer
Hallé mi fuerza tan poca,
Que soñé en mi audacia loca
Del hombre con el poder,
Creí verle en su saber.
Y alumbrando mi conciencia,
Hallé la clave segura
De derramar la ventura
Haciendo útil mi existencia.

            ¡Ay, Señor! Yo no sabía
Que ese don precioso y bello,
De Dios divino destello
Que llaman sabiduría;
Don de preciosa valía
Que es del hombre el mejor don,
Fuera en la mujer baldón,
Como un estigma maldito
Que deja pronto marchito
Su sensible corazón.

            ¡Pobre de mí! Generosa,
Brindé mi sangre, mi vida,
Y como ofrenda ofrecida
En mi vía dolorosa,
Me hice á los hombres odiosa,
De las mujeres odiada,
Y fui tal vez envidiada
Por ceñirme esa corona,
Que ni el hombre me perdona
Ni es por ellas perdonada.

            Ni la dulce caridad
Iluminó mi sendero,
Pues no por ganar dinero
Sino perdiendo bondad,
Pronto quedé en la orfandad;
Por curar males ajenos
Llevé el contagio á los buenos,
Y fue tan dura mi suerte
Qué brindé sólo la muerte
En vez de días serenos.

            ¡Perdonadme, padre mío!
Lo confieso con rubor,
Fue tan grande mi dolor,
Fue tan inmenso mi hastío,
Que en profundo vacío
De un doloroso aislamiento,
Sólo tuve un sentimiento,
Un odio grande y profundo,
Odio contra todo el mundo,
Que enlutó mi pensamiento.

            Y tanto á odiar aprendí,
Tanto la desgracia abisma,
Que llegué á odiarme á mí misma,
Y tanto en odiarme dí,
Que concluir decidí
Con una existencia odiosa
Que no puede ser dichosa
Al ver que en mal se convierte
El bien que en el mundo vierte
Con profusión generosa.

            Más tendiendo en lontananza
Su luz funesta y sombría,
Surgió en el alma mía
La idea de la venganza,
Y viví con la esperanza
De ir ostentando ante el mundo
El antro oscuro y profundo
De un corazón que era bueno
Y que del mundo en el cieno
Se volvió de cieno inmundo.

            Que ante el mundo arrastrar
Mi existencia desgraciada
Para que mi alma ulcerada
La sociedad al mirar,
Se llegará á horrorizar
Al ver sangrando la herida,
Que como el pueblo deicida
Regaló al mismo Jesús,
Regala con una cruz
A quien le ofrece la vida.

            Y como es en la existencia
Necesaria una ilusión,
Y no la halló el corazón
Ni en el amor ni en la ciencia,
Ahogando con mi conciencia
Afectos y sentimiento,
Quise dar á mi alma aliento,
Y con lazo duro y fuerte
Atarle al mundo de suerte
Que hallara en vivir contento.


[1] En Violetas del Anáhuac, periódico literario redactado por señoras, directora: Sra. Laureana Wright de K., año I, Tomo I, Núm 46, México, octubre 21 de 1888. pp. 370-372. Para la biografía de la autora ver en el capítulo VI de esta Antología la reseña que hiciera de ella su contemporánea Laureana Wright.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 3:42 pm

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