Ideas feministas de Nuestra América

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G.1 Eva Duarte de Perón, Evita, La Razón de mi vida, 1951

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Eva Duarte de Perón, Evita,[1] La Razón de mi vida, 1951 (extractos)

[Selección y nota de Rosario Galo Moya]

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Cap. XV

El camino que yo elegí

[…] Yo elegí la humilde tarea de atender los pequeños pedidos.

Yo elegí mi puesto en el pueblo para ver desde las barreras que podían haber impedido la marcha de la Revolución.

Yo elegí ser “Evita”… para que por mi intermedio el pueblo y sobre todo los trabajadores encontrasen siempre el camino de su líder.

Cap. XVI

Eva Perón y Evita

Nada hay en mi destino de extraordinario y menos de juego de azar.

No puedo decir que creo lógico y razonable de todo cuanto me ha sucedido, pero no sería leal y sincera si no dijese que todo me parece por lo menos natural.

He dicho ya cuáles son las grandes causas de la misión que me toca cumplir en mi Patria, pero no sería completa mi explicación si no dijese también algo acerca de los motivos circunstanciales que me decidieron a iniciarme en la colaboración estrecha con el General Perón, después que fue Presidente de los Argentinos.

Antes de entrar en el tema es conveniente recordar que Perón no es sólo Presidente de la República: es, además, conductor de su pueblo.

Esta es una circunstancia fundamental y se relaciona directamente con mi decisión de ser una esposa del Presidente de la República distinta del modelo antiguo.

Yo “pude” ser ese modelo. Esto lo digo bien claro porque también se ha querido justificar mi “incomprensible sacrificio” arguyendo que los salones de la oligarquía me hubiesen rechazado.

Nada más alejado que esto de toda realidad, ni más ausente de todo sentido común.

Pude ser una mujer de Presidente como lo fueron otras.

Es un papel sencillo y agradable: trabajo de los días de fiesta, trabajo de recibir honores, de “engalanarse” para representar según un protocolo que es casi lo mismo que pude hacer antes, y creo que más o menos bien, en el teatro o en el cine.

En cuanto a la hostilidad oligárquica no puedo menos que sonreírme.

Y me pregunto: ¿por qué hubiese podido rechazarme la oligarquía?

¿Por mi origen humilde? ¿Por mi actividad artística?

¿Pero acaso alguna vez esa clase de gente tuvo en cuenta aquí, o en cualquier parte del mundo, estas cosas, tratándose de la mujer de un Presidente?

Nunca la oligarquía fué hostil con nadie que pudiera serle útil. El poder y el dinero no tuvieron nunca malos antecedentes para un oligarca genuino.

La verdad es otra cosa: yo, que había aprendido de Perón a elegir caminos poco frecuentados, no quise seguir el antiguo modelo de esposa de Presidente.

Además, quien me conozca un poco, no digo de ahora, sino desde antes, desde que yo era una simple “chica” argentina, sabe que no hubiese podido jamás representar la fría comedia de los salones oligarcas.

No nací para eso. Por el contrario, siempre hubo en mi alma un franco repudio para “esa clase de teatro”.

Pero, además, yo no era solamente la esposa del Presidente de la República, era también la mujer del conductor de los argentinos.

 A la doble personalidad de Perón debía corresponder una doble personalidad de mí: una, la de Eva Perón, mujer del Presidente, cuyo trabajo es sencillo y agradable, trabajo de los días de fiesta, de recibir honores, de funciones de gala: y otra, la de Evita, mujer del líder de un pueblo […]

Unos pocos días al año, represento el papel de Eva Perón […] La inmensa mayoría de los días soy en cambio Evita, puente tendido entre las esperanzas del pueblo y las manos realizadoras de Perón, primera peronista argentina, y éste sí que me resulta papel difícil, y en el que nunca estoy totalmente contenta de mí.

[…] sí interesa que hablemos de “Evita”: y no porque sienta ninguna vanidad en serlo sino porque quien comprenda a “Evita” tal vez encuentre luego fácilmente comprensible a sus “descamisados”, el pueblo mismo, y ése nunca se sentirá más de lo que es… ¡nunca se convertirá por lo tanto en oligarca, que es lo que peor que puede sucederle a un peronista!

XVIII

“Evita”

Cuando elegí ser “Evita” sé que elegí el camino de mi pueblo.

Ahora, a cuatro años de aquella elección, me resulta fácil demostrar que efectivamente fue así.

Nadie sino el pueblo me llama “Evita”. Solamente aprendieron a llamarme así los “descamisados”. Los hombres de gobierno, los dirigentes políticos, los embajadores, los hombres de empresa, profesionales, intelectuales, etc., que me visitan suelen llamarme “señora”; y algunos incluso me dicen públicamente “Excelentísima o Dignísima Señora” y aun a veces, “Señora Presidenta”.

Ellos no ven en mí más que a Eva perón.

Los descamisados, en cambio, no me conocen sino como “Evita”.

Yo me les presenté así, por otra parte, el día que salí al encuentro de los humildes de mi tierra diciéndoles “que prefería ser Evita a ser la esposa del Presidente si ese Evita servía para mitigar algún dolor o enjugar una lágrima”.

[…]

Ahora si me preguntasen qué prefiero, mi respuesta no tardaría en salir de mí: me gusta más mi nombre de pueblo.

Cuando un pibe me nombra “Evita” me siento madre de todos los pibes y de todos los débiles y humildes de mi tierra.

Cuando un obrero me llama “Evita” me siento con gusto “compañera” de todos los hombres que trabajan en mi país y aun en el mundo entero.

Cuando una mujer de mi Patria me dice “Evita” yo me imagino ser hermana de ella y de todas las mujeres de la humanidad.

Y así, casi sin darme cuenta, he clasificado, con tres ejemplos, las actividades principales de “Evita” en relación con los humildes, con los trabajadores y con la mujer.

La verdad es que, sin ningún esfuerzo artificial, sin que me cueste íntimamente nada, tal como si hubiese nacido para todo esto, me siento responsable de los humildes como si fuese la madre de todos; lucho codo a codo con los obreros como si fuese de ellos una compañera más de taller o de fábrica; frente a las mujeres que confían en mí me considero algo así como una hermana mayor, en cierta medida responsable del destino de todas ellas que han depositado en mí sus esperanzas.

XXII

Una sola clase de hombres

[…] Yo, sin embargo, por mi manera de ser, no siempre estoy en ese justo punto de equilibrio. Lo reconozco. Casi siempre para mí la justicia está un poco más allá de la mitad del camino… ¡Más cerca de los trabajadores que de los patrones!

Es que para llegar a la única clase de argentinos que quiere Perón, los obreros deben subir todavía un poco más, pero los patrones tienen mucho que bajar.

Lo cierto es que yo, que veo en cada obrero a un descamisado, y a un peronista, no puedo ver lo mismo, si no está bien probado, en un patrón.

Soy sectaria, sí. No lo niego; y ya lo he dicho. Pero ¿podrá negarme alguien ese derecho? ¿Podrá negarse a los trabajadores el humilde privilegio de que yo esté más con ellos que con sus patrones?

¿Si cuando yo busqué amparo en mi amargo calvario de 1945, ellos, solamente ellos, me abrieron las puertas y me tendieron una mano amiga?

Mi sectarismo es además un desagravio y una reparación. Durante un siglo los privilegiados fueron los explotadores de la clase obrera. ¡Hace falta que eso sea equilibrado con otro siglo en que los privilegiados sean los trabajadores!

Cuando pase ese siglo creo que recién habrá llegado el momento de tratar con la misma medida a los obreros que a los patrones, aunque ya para entonces el Justicialismo habrá conseguido su ideal de una sola clase de hombres: los que trabajan.

XXXII

Limosna, caridad o beneficencia

Tal vez porque mi más profundo sentimiento es el de la indignación ante la injusticia, yo he conseguido hacer mi trabajo de ayuda social sin caer en lo sentimental ni dejarme llevar por la sensiblería.

[…]

En la vereda de enfrente, algunos mediocres han discutido y creo que deben seguir discutiendo -¡ya no me queda tiempo que perder en oírlos- sobre mi obra. No me importa lo que piensen de mí, ni de lo que hago. Me basta saber que hago lo mejor que sé y lo mejor que puedo. Pero me causa gracia la discusión, cuando no se ponen de acuerdo ni siquiera en el nombre del trabajo que yo hago.

No. No es filantropía, ni es caridad, ni es limosna, ni es solidaridad social, ni es beneficencia. Ni siquiera es ayuda social, aunque por darle un nombre aproximado yo le he puesto ése.

Para mí, es estrictamente justicia. Lo que más me indignaba al principio de la ayuda social, era que me la calificasen de limosna o de beneficencia.

Porque la limosna para mí fué siempre un placer de los ricos: el placer desalmado de excitar el deseo de los pobres sin dejarlo nunca satisfecho. Y para eso, para que la limosna fuese aún más miserable y más cruel, inventaron la beneficencia y así añadieron al placer perverso de la limosna el placer de divertirse alegremente con el pretexto del hambre de los pobres. La limosna y la beneficencia son para mí ostentación de riqueza y de poder para humillar a los humildes.

[…]

No sé dónde he leído que el amor no es solamente querer a los demás, sino también hacerse amable. Bueno: eso es lo que yo quiero que sea mi obra.

Que nadie se sienta menos de lo que es, recibiendo la ayuda que le presto. Que todos se vayan contentos sin tener que humillarse dándome las gracias.

Por eso inventé un argumento que me resultó felizmente bien:

-Si lo que yo doy no es mío, ¿por qué me lo agradecen?

Lo que yo doy es de los mismos que lo llevan.

Yo no hago otra cosa que devolver a los pobres lo que todos los demás les debemos, porque se lo habíamos quitado injustamente.

Yo soy nada más un camino que eligió la justicia para cumplirse como debe cumplirse: inexorablemente.

Por eso trabajo en público. Yo no pretendo hacer otra cosa que justicia y la justicia se debe administrar públicamente. Esto lo he dicho ya tantas veces en mis cinco años de luchas que a nadie le parece ahora denigrante llegarse hasta mi mesa de trabajo.

Por eso yo no espero nunca el agradecimiento, que es una manera de humillación, aunque me emociona la gratitud de los humildes como ninguna otra cosa. Sobre todo porque se expresa tan sinceramente.

XLVII

Las mujeres y mi misión

Mi trabajo en el movimiento femenino nació y creció, lo mismo que mi obra de ayuda social y que mi actividad sindical: poco a poco y más bien por fuerza de las circunstancias que por decisión mía.

No será esto lo que muchos se imaginan que ocurrió… pero es la verdad.

Más romántico o más poético, o más literario y novelesco sería que yo dijese por ejemplo que todo lo que hago ahora lo intuía… como una vocación o como un destino especial.

¡Pero no es así!

Lo único que traje al campo de estas luchas como preparación fueron sentimientos como aquellos que me hacían pensar en el problema de los pobres y de los ricos.

Pero nada más.

Nunca me imaginé que me iba a tocar algún día encabezar un movimiento femenino en mi país y menos aún un movimiento político.

Las circunstancias me abrieron el camino.

 

XLIX

Quisiera mostrarles el camino

Lo primero que tuve que hacer en el movimiento femenino de mi patria, fué resolver el viejo problema de los derechos políticos de la mujer.

Durante un siglo –el siglo oscuro y doloroso de la oligarquía egoísta y vendepatria- políticos de todos los partidos prometieron muchas veces dar el voto a la mujer. Promesas que nunca cumplieron, como todas las que ellos hicieron al pueblo.

Tal vez fué eso una suerte.

Si las mujeres hubiésemos empezado a votar en los tiempos de la oligarquía, el desengaño hubiese sido demasiado grande… ¡Tan grande como el engaño mismo de aquellas elecciones en las que todo desmán, todo fraude y toda mentira eran normales!

Mejor que no hayamos tenido entonces ningún derecho. Ahora tenemos una ventaja sobre los hombres: ¡No hemos sido burladas…! ¡No hemos entrado en ninguna rara confabulación política! No nos ha manoseado todavía la lucha de ambiciones… Y, sobre todo, nacemos a la vida cívica bajo la bandera de Perón, cuyas elecciones son modelo de pureza y honradez, tal como lo reconocen incluso sus más enconados adversarios, que sólo se rinden a la verdad cuando no es posible inventar ya una sola mentira.

Hoy la mujer argentina puede votar y… yo no voy a repetir la frase de un político que al ofrecer a sus conciudadanos una ley electoral dijo demasiado solemnemente:

-“¡Sepa el pueblo votar!”

No. Yo creo que el pueblo siempre supo votar. Lo malo es que no siempre le fué posible votar. Con la mujer sucede lo mismo.

Y sabrá votar. Aunque no es fundamental en el movimiento femenino, el voto es su instrumento poderoso y con él las mujeres del mundo tenemos que conquistar todos nuestros derechos… o mejor dicho el gran derecho de ser simplemente mujeres y poder cumplir así, en forma total y absoluta, la misión que como mujeres debemos cumplir en la humanidad.

Lo que yo creo que no podemos olvidar jamás es una cosa que siempre repite Perón a los hombres: que el voto, vale decir la “política”, no es un fin sino un medio…

Yo creo que los hombres, en su gran mayoría, sobre todo en los viejos partidos políticos, no entendieron nunca bien esto. Por eso fracasaron siempre. Nuestro destino de mujeres depende de que no hagamos lo mismo.

Pero… yo no quiero detenerme tanto en este asunto de los derechos políticos de la mujer.

Más que eso me interesa ahora la mujer misma.

Siento que necesita salvarse.

Yo quisiera mostrarles un camino.

LII

La gran ausencia

Yo creo que el movimiento femenino organizado como fuerza en cada país y en todo el mundo debe hacerle y le haría un gran bien a toda la humanidad.

No sé en dónde he leído alguna vez que en este mundo nuestro, el gran ausente es el amor.

Yo, aunque sea un poco de plagio, diré más bien que el mundo actual padece de una gran ausencia: la de la mujer.

Todo, absolutamente todo en este mundo contemporáneo, ha sido hecho según la medida del hombre.

Nosotras estamos ausentes en los gobiernos.

Estamos ausentes en los parlamentos.

En las organizaciones internacionales.

No estamos ni en el Vaticano ni en el Kremlin.

Ni en los Estados mayores de los imperialismos.

Ni en las “comisiones de energía atómica”.

Ni en los grandes consorcios.

Ni en la masonería, ni en las sociedades secretas.

No estamos en ninguno de los grandes centros que constituyen un poder en el mundo.

Y sin embargo estuvimos siempre en la hora de la agonía y en todas las horas amargas de la humanidad.

Parece como si nuestra vocación no fuese sustancialmente la de crear sino la del sacrificio.

Nuestro símbolo debería ser el de la madre de Cristo al pie de la Cruz.

Y sin embargo, nuestra más alta misión no es ésa sino crear.

Yo no me explico pues por qué no estamos allí donde se quiere crear la felicidad del hombre.

¿Acaso no tenemos con el hombre un destino común? ¿Acaso no debemos hacer juntos la felicidad de la familia?

Tal vez por no habernos invitado a sus grandes organizaciones sociales el hombre ha fracasado y no ha podido hacer feliz a la humanidad.

El hombre ha creado, para solucionar los graves problemas del mundo, una serie casi infinita de doctrinas.

Ha creado una doctrina para cada siglo.

Y luego de probarla, vencido, ha intentado otra y así sucesivamente.

Se ha apasionado por cada doctrina como si fuese definitiva solución. Le ha importado más la doctrina que el hombre y la humanidad.

Y eso se explica: el hombre no tiene una cuestión personal con la humanidad como nosotras.

Para el hombre la humanidad es un problema social, económico y político.

Para nosotras, la humanidad es un problema de creación… como que cada mujer y cada hombre representa nuestro dolor y nuestro sacrificio.

El hombre acepta demasiado fácilmente la destrucción de otro hombre o de una mujer, de un anciano o de un niño.

¡No sabe lo que cuesta crearlos!

¡Nosotras sí!

Por eso nosotras, mujeres de toda la tierra, tenemos, además de nuestra vocación creadora, otra, de conservación instintiva: la sublime vocación de la paz.

LIII

El partido peronista femenino

El partido femenino que yo dirijo en mi país está vinculado lógicamente al movimiento Peronista pero es independiente como partido del que integran los hombres.

Esto lo he dispuesto precisamente para que las mujeres no se masculinicen en su afán político.

Así como los obreros sólo pudieron salvarse por sí mismo y así como siempre he dicho, repitiéndolo a Perón, que “solamente los humildes salvarán a los humildes”, también pienso que únicamente las mujeres serán la salvación de las mujeres.

Allí está la causa de mi decisión de organizar el partido femenino fuera de la organización política de los hombres peronistas.

Nos une totalmente el Líder, único e indiscutido para todos.

Nos unen los grandes objetivos de la doctrina y del movimiento Peronista.

Pero nos separa una sola cosa: nosotras tenemos un objetivo nuestro que es redimir a la mujer.

Ese objetivo está en la doctrina Justicialista de Perón pero nos toca a nosotras, mujeres, alcanzarlo.

Para ello incluso deberemos ganar previamente la colaboración efectiva de los hombres.

En esto soy optimista. Los hombres del peronismo que nos dieron el derecho de votar, no han de quedarse ahora atrás.

La organización del partido femenino ha sido para mí una de las empresas más difíciles que me ha tocado realizar.

Sin ningún precedente en el país –creo que ésta ha sido mi suerte- y sin otro recurso que mucho corazón puesto al servicio de una gran causa, llamé un día a un grupo pequeño de mujeres.

Eran apenas treinta.

Todas muy jóvenes. Yo las había conocido como colaboradoras mías infatigables en la ayuda social, como fervientes peronistas de todas las horas, como fanáticas de la causa de Perón.

Tenía que exigirles grandes sacrificios: abandonar el hogar, el trabajo, dejar prácticamente una vida para empezar otra distinta, intensa y dura.

Para eso necesitaba mujeres así, infatigables, fervientes, fanáticas.

Era indispensable ante todo “censar” a todas las mujeres que a lo largo y a lo ancho del país sentían nuestra fe peroniana.

Esa empresa requería mujeres intrépidas dispuestas a trabajar día y noche.

De aquellas treinta mujeres sin otra ambición que la de servir a la causa justicialista sólo muy pocas me fallaron…

Quiere decir que eligiéndolas por su amor a la causa más que por otras razones, elegí bien.

Todas están hoy trabajando como el primer día.

Me encanta seguir desde cerca la marcha de todo el movimiento. Lo importante es que conservan intacto el sello femenino que yo quise infundirles.

Esto me acarreó algunas dificultades iniciales.

En zonas apartadas del país hubo algunos “caudillos” políticos –muy pocos felizmente quedan ya en el movimiento Peronista; la mayoría está en los viejos partidos opositores- que creyeron hacer del movimiento femenino cosa propia que debía responder a sus directivas e insinuaciones.

Mis “muchachas” se portaron magníficamente cuidando la independencia de criterio y de acción.

En eso me di cuenta de que mis largas conversaciones con aquel primer grupo inicial habían sido bien aprendidas.

Y que el movimiento femenino en su actividad política nacía bien y empezaba a marchar solo.

Hoy, en todo el país, miles y miles de mujeres trabajan activamente en la organización.

Con la plenipotencia que me otorgó la Primera Asamblea Nacional, yo puedo dirigir libremente todos los trabajos de la organización.

Eso me cuesta muchas horas de paciente trabajo, de reuniones, conversaciones personales con las delegadas censistas, algunos disgustos, muchas dificultades pero… todo se compensa con la alegría que tengo cuando, en las fechas nuestras, puedo llegar al Líder con mis mujeres para darle cuenta de nuestros progresos y de nuestras victorias.

Los centros políticos del partido femenino se llaman “unidades básicas”.

En esto hemos querido imitar a los hombres.

Pero mucho me temo que nuestras unidades básicas estén más cerca de lo que Perón soñó que fueran cuando las aconsejó como elementos fundamentales de la organización política de los hombres.

El General quiso que los hombres de su partido político no constituyesen ya los antiguos y desprestigiados “comités” que, en las organizaciones políticas oligárquicas que soportó el país, eran antros del vicio que cada elección abría en todos los barrios y en todos los pueblos.

Perón quiso que los nuestros –los centros políticos del peronismo- fuesen focos de cultura y de acción útil para los argentinos.

Mis centros, mis unidades básicas cumplen aquel deseo de Perón.

En las unidades se organizan bibliotecas, se dan conferencias culturales, y sin que yo lo haya establecido expresamente pronto se han convertido en centros de ayuda y de acción social.

Los “descamisados” no distinguen todavía lo que es la organización política que yo presido de lo que es mi Fundación…

Las unidades básicas son para ellos algo de “Evita”. Y allí van buscando lo que esperan que pueda darles Evita.

Ellos mismos, mis descamisados, son los que han creado en mis unidades básicas una nueva función: informar a la Fundación acerca de las necesidades de los humildes de todo el país. La Fundación atiende estos pedidos haciéndoles llegar directamente su ayuda.

Esto me ha sido duramente criticado. Mis eternos supercríticos consideran que así yo utiliza mi Fundación con finalidades políticas…

¡Y… tal vez tengan razón! Lo que al final aparece como consecuencia de mi trabajo es de repercusión política… la gente ve, en mi obra, la mano de Perón que llega hasta el último rincón de mi Patria… y eso no les puede gustar a sus enemigos…

Pero… ¿puedo yo desoír el clamor de los humildes, cualquiera sea el conducto por el cual me llegue?

Si alguna vez los partidos que se oponen a Perón me enviasen algún pedido de algún descamisado también la Fundación acudiría allí donde fuese necesario.

¿Acaso alguna vez la Fundación ha preguntado el nombre, la raza, la religión o el partido de alguien para ayudarlo?

Pero estoy segura que ningún oligarca me hará jamás un pedido semejante.

¡Ellos no nacieron para pedir…!

¡Y menos para pedir por el dolor de los humildes…!

Para ellos eso es melodrama… melodrama de la “chusma” que ellos despreciaron “desde sus balcones” con el insulto que es nuestra gloria: “¡descamisados!”


[1] María Eva Duarte nació en Los Toldos, provincia de Buenos Aires, Argentina, el 7 de mayo de 1919. Con una infancia signada por la estrechez económica y sobre todo por el hecho de ser hija “ilegítima”, al igual que sus tres hermanas (Blanca, Elisa y Erminda) y su hermano Juan Ramón, de Juan Duarte, un estanciero de la zona. Posteriormente, la familia se traslada a Junín y allí cambia modestamente la situación económica. Eva no era sobresaliente en la escuela, pero le apasionaba declamar y actuar en cuanta fiesta escolar se presentaba. Con el deseo de convertirse en actriz, viaja muy joven a Buenos Aires. Hay muchas versiones sobre este viaje; la más difundida afirma que se escapó con el cantante de tangos Agustín Magaldi y que se apega mucho a la biografía de “esa mala mujer”, inventada por los opositores al peronismo para desprestigiarla; otra, más familiar, es la de su hermana Erminda, quien dice que no sólo no se escapó, sino que viajó acompañada por su madre. Ya en Buenos Aires trabaja en la radio, en algunas compañías teatrales y papeles muy secundarios en el cine. No podría decirse que tenía grandes éxitos como actriz, sino más bien que estaba entre la medianía de las actrices y actores. El 15 de enero de 1944, la provincia de San Juan fue sacudida por un terremoto que ocasionó muchas vidas. En la tarea de solidaridad con las víctimas de esa tragedia, se organizó en el Luna Park un festival para recaudar fondos. Allí, en ese lugar, Eva se acercó al entonces coronel Perón, ya Secretario del Trabajo y Previsión, cuyo trabajo a favor de los obreros le estaba rindiendo buenos resultados. A partir de entonces, comienza la verdadera historia de Evita, la “abanderada de los humildes”, la mujer que recorrió los sindicatos y los barrios para levantar a los obreros cuando Perón fue encarcelado en la Isla Martín García, el 17 de octubre de 1945, fecha fundacional de lo que sería el movimiento peronista. Como relata en su autobiografía (Ediciones Peuser, 1951), de la cual publicamos algunos extractos, ella prefirió no ser una mujer de Presidente como las anteriores; quiso ser, además de la esposa del presidente, la mujer del líder, con todas las obligaciones que ello implicaba. Ocupa para sus actividades políticas, las antiguas oficinas de la Secretaría del Trabajo (ahora ya Ministerio) y sus actividades se centran en el apoyo a las fuerzas sindicales,  y la organización administrativa y política de lo que sería su mayor obra: la Fundación Eva Perón. Durante los pocos años de funcionamiento (fue literalmente destrozada por la dictadura militar que derrocó al gobierno peronista) construyó en el país una serie de asilos para ancianos, casas-hogar para niños, no solamente huérfanos; también hizo hogares para jóvenes que acogían a madres solteras con sus hijos. Además de todo esto, se ocupaba de la ayuda directa, razón por la cual, las oficinas siempre estaban copadas por gente de todos los lugares de Argentina. En 1947, logra, mediante la intervención de diputados afines a ella, el voto femenino. Se abre un nuevo frente en sus actividades: la formación del Partido Peronista Femenino (después  será considerado sólo como una “rama” del movimiento justicialista) y su extensión a todo el territorio argentino. La primera incursión de las mujeres en la política fue a través del voto y de candidatas en 1952. Año de su muerte. El cáncer se adueñó de ese cuerpo que no descansaba. Murió el 26 de julio de 1952. El pueblo argentino lloró muchos días la muerte de la “abanderada de los humildes”, la “madre de los descamisados”. Un estudio aparte merece el trato que los militares golpistas le dieron al cadáver embalsamado, que apareció enterrado en una tumba italiana a principios de la década de 1970.

Evita, como ella quería ser nombrada, no fue una feminista ni mucho menos. Le tocó cumplir un papel que le estaba reservado en la historia argentina. Podríamos decir que tan sólo le interesaba la independencia de las mujeres, de las esposas, de las que no eran parte del proceso productivo. Para eso, implementó un proyecto de salario para esposas, en el sueldo de los maridos, que la harían más independiente en cuestiones de dinero. Además, las Unidades Básicas del Partido Peronista Femenino fueron verdaderos centros de capacitación de las mujeres para ejercer sus derechos de mujeres, así, en cursivas, como ella lo escribe en su libro.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 3:03 pm

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