Ideas feministas de Nuestra América

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F.20 Orientación del feminismo en Panamá, transcripción de la conferencia pronunciada por Clara González[1] en el Instituto Nacional el 20 de enero de 1923, reproducida en La Estrella de Panamá los días 27, 28 y 29 de enero y el 6 de febrero del mismo año

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Orientación del feminismo en Panamá, transcripción de la conferencia pronunciada por Clara González[1] en el Instituto Nacional el 20 de enero de 1923, reproducida en La Estrella de Panamá los días 27, 28 y 29 de enero y el 6 de febrero del mismo año

[Texto proporcionado por Urania Ungo y Yolanda Marco]

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Señores:

El señor rector del Instituto Nacional, quien siempre tiene para los jóvenes una voz de aliento en sus labios y para las damas una frase de respeto y de exquisita galantería, es quien ha verificado el gran milagro de que hoy, ante vosotros, me presente desde este alto sitial que sin ejecutorias de ninguna clase ocupo, y desde donde me han precedido verdaderos paladines de la elocuencia y por donde han desfilado las figuras más conspicuas de la intelectualidad panameña y no pocas estrellas del cielo cultural del extranjero.

Sí señores; el encontrarme con vosotros en este salón por mil conceptos prestigioso, lo debo a la amable condescendencia del doctor Octavio Méndez Pereira, pues hace tiempo deseaba yo expresar mis ideas respecto del tema que he escogido para el desarrollo de la presente conferencia, y confiada en que jamás se ha oído decir que alguien haya tocado en vano a las puertas del Instituto Nacional, con una intención ajena a todo egoísmo, me acerqué al que tiene en sus manos el porvenir de este plantel, y le manifesté mis deseos, resultando de todo esto lo que a vuestros ojos tenéis.

No puedo menos, antes de pasar adelante, que expresar de la manera más sentida, mi sincera gratitud al doctor Méndez por su buena acogida, y pediros a todos los que me escucháis, que olvidéis por un momento a los que en este lugar os han deleitado con sus amenas disertaciones, porque necesariamente vendría la comparación entre ellos y yo y de esta comparación reconozco que saldría muy mal librada y vosotros con una decepción difícil de perdonar y olvidar.

Como quiera que ya habéis oído hablar de feminismo, pues que en las últimas semanas no poca literatura se ha hecho alrededor de este asunto, he querido sin embargo, escoger como tema de esta que he dado en llamar conferencia, la orientación del feminismo en Panamá, no porque crea que voy a ilustraros ni a introducir algo nuevo sino simplemente porque crea que con la fuerza dinámica de la repetición contribuya en parte a hacer infiltrar en los panameños, no sólo las ideas feministas, sino el deseo sincero de ponerlas en práctica.

Os habrá extrañado que al lado de la expresión ideas feministas, haya colocado el término panameños, acaso porque creáis que he debido emplear la palabra panameñas; pero no me arrepiento, pues si bien es cierto que el feminismo es la lucha de la mujer por alcanzar la plenitud de su vida, o el esfuerzo supremo de la misma, por la adquisición de todos los derechos que por naturaleza le corresponden en  igualdad de condiciones al hombre, no es menos cierto que sus beneficios redundan no sólo a favor de ella, sino a favor de la comunidad toda, y que el hombre por lo tanto debe generosamente prestarse a ayudar en la realización del bello ideal de justicia que encarna este concepto.

El feminismo sí; cuántas inquietudes despierta en tantas almas ingenuas, en tantas conciencias timoratas, pero cuántos anhelos, cuántas esperanzas y cuánta variedad de matices luminosos entrevén aquéllos que saben mirarlo a través del prisma ideal de una fe ciega, una enérgica voluntad de acción.

El problema feminista ha surgido en Panamá más pronto de lo que se esperaba; las mujeres panameñas calladas en apariencia, conformes y enemigas de la lucha, van demostrando ya con lujo de detalles, que ni son tan conformes y calladas como se las ha creído, ni tan pasivas que lleguen a olvidarse de sí mismas y a permanecer en esa lamentable indiferencia que malogra todo lo que con un poco de bien encaminada actividad, pudiese ser fuente de grandeza y bienestar para la patria.

Y no podría ser de otra manera. Vivimos en una época de transición, de anhelos y de reivindicaciones. Los problemas sociales del momento han abierto vastos horizontes de iniciativas individuales y de aquí y de allá surgen diferentes programas para su pronta solución.

Por un lado se contempla el empeño cada vez mayor de los grandes estadistas ensayando la reconstrucción política del mundo sumido cada vez más en el caos de divergencias sin fin; por otro lado la lucha del proletariado por un nuevo régimen social económico que derrumbe para siempre la muralla de la mezquindad tiránica del capitalismo, y por asegurar a los infelices la parte de dicha que viles egoísmos les han negado; por otro lado, en fin, la mujer que se levanta altiva, y no diré vengadora, pero sí resuelta y consciente a reclamar lo que le pertenece y lo que considera que es hoy imprescindible en la obra social que ya despunta con irisados albores en el cielo de la ansiada realidad.

Sí señores; quiere ella colaborar con el hombre en la magna obra de perfeccionamiento y de un progreso social que hagan más factible la felicidad humana.

Fuera de su mente las preocupaciones frívolas que hicieron de ella una muñeca de lujo o una joya de adorno en el bien cuidado cofre de la vanidad masculina, y fuera también los prejuicios dentro de los cuales se la ha encerrado engañándola para hacerla equivocar su verdadera misión de altruismo que no sólo debe llegar a los límites estrechos de un hogar, sino extenderse por la inmensa y fértil llanura de las relaciones sociales!

Y esto que digo respecto del deseo creciente de la mujer por emprender labor efectiva en pro de ella y de sus semejantes,  aunque es cierto que se ha manifestado y más prontamente se ha puesto en práctica en países donde la lucha por la existencia es más ardua y más intensa como sucede en las naciones del Viejo Continente, y en no pocas del Nuevo, también es verdad que en Panamá, como dije al principio, ya empieza el elemento femenino a despertar de la dulce placidez que le proporciona su sueño de irresponsabilidad y alejamiento de las cuestiones en que se impone una pronta voluntad de querer y una constante resolución de hacer.

Sí, comienzan las panameñas a unirse, no para esconder en los repliegues del grupo su pereza intelectual y para descansar sobre lo que hagan las más activas, ni para seguir soñando sin inquietudes en la impunidad que llega a hacerse injustificable en las asociaciones formadas a base de una solidaridad mal entendida, sino para pasar del estado de inutilidad al de fuerza creadora de valores morales y positivos que hagan más amable y provechosa la existencia en esta vida tan corta, pero en la que hay tiempo suficiente para tejer la tela de nuestro ulterior destino.

Pero ¿cuál es la pauta que las mujeres se han trazado para comenzar su labor pro-feminismo? ¿Hacia dónde dirigen sus esfuerzos? ¿Es cierto que sólo persiguen unas la igualdad con el hombre desde un punto de vista y otras desde otro diferente, o que aquello que las primeras rechazan lo acogen unas segundas como único objeto de sus aspiraciones?

No, yo he creído siempre y los sucesos de los últimos días han confirmado mi creencia, que unas y otras laboran en la persecución de un mismo ideal de renovación, de perfeccionamiento, y de justicia.

Sin embargo, es preciso concretar las diversas faces del feminismo porque las mujeres panameñas deben trabajar, ya que con entusiasmo del todo simpático, digno de la causa que defienden, se han aprestado a la lucha.

Cada país tiene sus necesidades que lo caracterizan  y todo movimiento que se inicia debe, por consiguiente, responder a la pronta solución de las dificultades locales, sin la cual carecería dicho movimiento del mérito principal que es el de la oportunidad.

He aquí, pues, algunas orientaciones, varios caminos, por donde se puede llegar a la meta de los deseos más exigentes aunque con modalidades distintas de tiempo y de forma.

I

Las mujeres panameñas deben, por todos los medios a su alcance, trabajar por que todo el elemento femenino de la República sea poseedor de una educación sólida que lo prepare para desempeñar, de manera eficiente, las altas funciones que está llamado a realizar tanto en la familia como en la sociedad.

Por educación de la mujer no debe entenderse solamente una preparación intelectual para poder asimilar las nociones de cualquier ciencia o arte, sino una cultura que le permita darse cuenta de las cuestiones de vital importancia que se agitan a su alrededor; y una bien cimentada ilustración sobre cualquier profesión escogida según sus aptitudes y según sus inclinaciones naturales, incluyendo si ello es preciso y puede ser fuente de su bienestar económico, cualquier carrera liberal.

En la educación de la mujer debe estar comprendida también su preparación para manejar, cual valiente y experto piloto, el timón de la economía, el orden, la limpieza y la higiene de la nave doméstica, tan propensa a zozobrar en el tempestuoso piélago de las relaciones de familia cuando en éstas falta ese delicado sentimiento de la dulzura, la paciencia, y esas esenciales cualidades que caracterizan a una mujer de hogar, a saber: la actividad, la vigilancia y la energía.

La mujer necesita más todavía en el terreno de la educación, y a medida que se reflexione sobre las responsabilidades que en su carácter de madre tiene, a medida que se piense en su actuación, como tiene en sus manos el porvenir de la raza, y en las necesidades sociales del presente que la obligan las más de las veces a batirse sola y a atender a sus necesidades, veremos que se hace imprescindible el que tanto ella misma, como los que con el poder del gobierno pueden regir los destinos del país, se preocupen seriamente en el estudio del importante problema de la educación femenina.

Sería injusto negar que en Panamá existen centros docentes de donde salen cada año multitud de jóvenes preparadas para la lucha por la vida, y nos enorgullecemos de contar con el más bello exponente de esos centros, con la Escuela Normal de Institutoras, actualmente bajo la competente y experta dirección de don Nicolás Victoria J.

Pero para los fines de una intensificación de la cultura de la mujer no bastan ni las escuelas primarias actuales, ni la Normal con su pequeño departamento profesional, ni la sección del Instituto Nacional que prepara en algunos cursos profesionales, sino que urge, aunque para ello sean precisos algunos sacrificios económicos, el ensanchamiento del radio escolar primario para disminuir más rápidamente el porcentaje de analfabetos en la república. La ampliación de los talleres escuelas por parte del Gobierno o por la de las agrupaciones feministas, a base de una buena organización y de métodos adecuados para conseguir que mujeres pobres encuentren allí la facilidad de aprender o de perfeccionarse en un oficio y la facilidad de practicarlo en mejores condiciones y sacar mayor provecho que si lo practicaran en su casa con los inconvenientes que la falta de recursos les proporciona, sería ideal, junto con la creación de escuelas netamente profesionales para mujeres y escuelas para adultos.

También iniciando una amplia labor educativa por medio de conferencias públicas sobre economía doméstica, puericultura, fisiología eugénica, alcoholismo, urbanidad, literatura y artes, y fundando periódicos, revistas, haciendo circular folletos, estableciendo bibliotecas femeninas y gimnasios públicos, se elevaría muy pronto a una gran altura el nivel cultural de la mujer panameña en el triple aspecto que contempla una educación verdaderamente integral y armónica.

II. Pasemos a otro aspecto de la cuestión feminista.

El feminismo no sólo entraña un ideal de justicia porque pretende para la mujer la igualdad respecto del hombre en todas las esferas de la vida, comprendiendo en esto el disfrute de los derechos de que goza él como ser humano y libre pero responsable ante sí y ante sus semejantes, y sin confundir esos mismo derechos con las infracciones a la moral, que para ambos están vedadas, sino que abarca también las actividades femeninas enderezadas a mejorar en lo posible las condiciones morales de la mujer, las cuales constituyen la base de su engrandecimiento desde el punto de vista social. Creo pues llegado el momento de decir algo al respecto, pues desgraciadamente en Panamá se hace imperiosa la necesidad de trabajar muy especialmente en ese sentido.

El problema es de los más serios y complicados cuya solución precisa emprender sin pérdida de tiempo, si se quiere que el mal en fuerza de su rápida propagación, sea incurable y si se quiere evitar que las generaciones venideras a medida que se lancen a la conquista del porvenir, están cada vez más incapacitadas para sufrir los rudos embates en la lucha por la existencia y en la lucha por que habrán de sostener con el medio ambiente y la malas pasiones.

Se reconocen a primera vista como causas generadoras de corrupción y que es preciso combatir, en primer lugar, la falta de una educación moral; en segundo lugar, el estado de sumisión económica en que se encuentra la mujer panameña ya por su poco amor al trabajo, ya por falta de oportunidades para ocuparse en algo que le distraiga del ocio, semillero fecundo de las más funestas y viles pasiones, o en algo que le proporcione los medios de vivir una vida honesta y relativamente independiente.

La mujer que desde pequeña no ha sido acostumbrada al trabajo, la que necesitando atender a su subsistencia pasa toda clase de humillaciones en la búsqueda de un empleo sin conseguirlo, la que se sienta aguijoneada por la miseria sin tener quien de manera desinteresada le tienda la mano y la salve del abismo, es seguro que no resistirá la tentación de buscar el vicio como único medio de mejorar su situación económica si además no se halla fortalecida por el apoyo de sanos principios que una educación moral y religiosa podrían prestarle en los momentos álgidos del combate entre el bien y el mal.

Ahora bien, la cuestión del lujo desde el punto de vista feminista es secundaria desde luego que los correctivos que damas autorizadas han insinuado ya, serían fáciles de aplicar si estuviesen en nuestras manos, como el que consiste en abstenerse de lo inútil y superfluo dando cabida a lo estrictamente necesario. El otro correctivo consiste en establecer leyes que graven con impuestos crecidos los artículos a que la superficialidad femenina da todavía tanta importancia, pero que por ahora seguirán entrando al país con la misma facilidad que antes, mucho más si se considera que los principales exportadores de dichos artículos tendrán ellos mismos un fácil acceso a nuestro país, sin perjuicio de las desventajas que esto podrá acarrear a la obrera panameña y desde el punto de vista más amplio, a la raza.

En cuanto a las condiciones económicas de que he hablado y que según mi humilde opinión son la causa principal del vicio y del malestar social en nuestras mujeres, sería realizable por parte de las sociedades feministas una labor en pro del elemento pobre, estableciendo agencias para empleos pero no con el fin de especular sobre el sueldo por demás mísero de las pobres obreras, lo que desde luego aumentaría su suma de explotaciones de que son víctimas, sino de manera gratuita, pues una buena organización feminista en nada se perjudicaría con tener un libro donde las mujeres sin empleo fueran a inscribir su nombre, lo mismo que las personas que tuviesen necesidad de empleadas en determinados ramos como cocina, lavado, aplanchado, costura, contabilidad, mecanografía, estenografía, etc., etc. De esta manera se evitaría en parte a muchas infelices el vagar por las calles días enteros con el rostro triste y escuálido por la miseria y con las ansias en el alma por el cambio del actual régimen económico por otro más justo, más equitativo, que permita a las desheredadas de la fortuna mejorar las condiciones de su vida ajada y maltratada, cuando tienen derechos iguales a aquellas que, indiferentes al clamor de las que sufren, disfrutan de una existencia muelle y regalada.

En nuestro país el obrerismo femenino aún no está desarrollado de manera muy intensa, pero sí existe suficiente cantidad de mujeres que trabaja de manera desventajosa respecto del hombre, pues también existe ¡quién lo hubiera creído! La tradicional injusticia de “para trabajo igual en individuos de ambos sexos, sueldo menor para la mujer”. En caso de duda, consúltese a la mayoría de las empleadas de comercio.

Ya veis, pues, vosotras las aquí presentes, cómo se hace necesario el trabajar porque las mujeres sí es que se ven obligadas a luchar con la concurrencia, si es que tienen que dejar el nido perfumado de su hogar para salir en busca del pan para sus hijos o para no constituirse en parásitos sociales, si es que  gastan sus energías y también muchas veces su salud tan necesaria al porvenir de la raza en el trabajo cotidiano en condiciones desfavorables, tengan por lo menos derecho al sueldo que los hombres, en iguales circunstancias, perciben. Claro está que no hablo de las empleadas del gobierno, pues para ellas ese problema no existe.

Otra cosa importante insinúo que daría muy buenos resultados si se quiere proteger a la obrera y no sólo a ella sino al obrero. En efecto, sería muy beneficioso para ambos la creación de inspectores e inspectoras de trabajo para que vigilen las condiciones de tiempo, de forma y de lugar, en que llevan a cabo su labor.

De igual manera sería muy conveniente el establecimiento del salario mínimo, de la jornada máxima, y el de industrias nacionales para proporcionar trabajo a las que carecen de él.

Pero, ¿es ésta toda la campaña contra la corrupción y en pro de la elevación del nivel social femenino? ¿Sólo deben atacarse las causas económicas? ¿Quedará el país convertido en un paraíso con hacer que toda mujer trabaje y lo haga de manera ventajosa?

¿Es la educación suficiente para detener esa ola de criminalidad creciente que invade todas las esferas sociales, especialmente las de más baja escala? ¿Qué decir de las causas fisiológicas de degeneración y que la educación sólo podría combatir en un lapso relativamente largo?

¿No se imponen acaso prontas y severas medidas por parte del Gobierno para impedir la propagación del alcoholismo? ¿Acaso no podría aprovechar los principios de la eugénica, ciencia que trata de la generación en condiciones favorables para el normal desarrollo del ser humano, ciencia de la salud pública, para impedir la progresiva aparición de hijos procedentes de padres alcohólicos y plagados de enfermedades?

Quiero también hacer constar aquí antes de pasar al último punto de mi conferencia, que se impone de manera imprescindible la creación de una escuela correccional para mujeres, lo que evitaría el contacto de los que apenas se inician en el mal, con personas ya avisadas en el crimen e instituciones gratuitas de toda clase de inyecciones. Es posible y sucede con suma frecuencia que una muchacha haya cometido una falta por la cual se le concede arresto por algunos días, pero debido a la falta de un establecimiento como el ya mencionado, al acabar de cumplir su condena, en vez de salir profundamente apenada por el error cometido, en vez de salir con un firme propósito de enmienda, entra de nuevo a la vida más experta en el mal, sin una semilla que haga germinar en su alma la virtud pues ha faltado la oportunidad de una advertencia, de un consejo, si cabe cariñoso, que en una escuela sí recibiría tanto más cuanto si fuera una mujer quien con sentimiento maternal y con las miras de salvar del vicio una criatura, se encargara de proporcionárselo.

Y esto que digo de la escuela correccional para mujeres menores también se hace urgente establecerla para varones que no han llegado a la mayoría de edad.

Ahora mismo, si no fuera demasiado prematuro propondría yo nombres de personas que podrían regir esas escuelas, pues de uno y otro sexo hay no escaso número de ellas que de manera eficiente se encargarían de esa labor.

Hay una cuestión que no quisiera pasar desapercibida porque tiene más importancia de lo que generalmente se le atribuye, y es el establecimiento de leyes severas contra el ejercicio de la prostitución en vez de la reglamentación de la misma que hace creer a las más ignorantes y a las menos preparadas para resistir al vicio, que es una profesión preferible a las demás por la facilidad con que puede ser ejercida, máxime cuando se halla garantizada por el estado. No piensan las infelices que es la mayor de las injusticias que se cometen en su contra al abrigo de un falso fin higiénico y moral y el medio de cerrarles para siempre las puertas de la sociedad, que, sorda a sus gemidos y después de lanzarlas en el torbellino del pecado, las deja perecer miserablemente en pocos años mientras los hombres, cómplices en todos sus desvíos, se pasean por las calles muy ufanos y envanecidos de una rectitud que no poseen y sin el menor remordimiento de conciencia.

¿Es posible que la sociedad y las leyes sean tan injustas que mientras por una falta condenan a la mujer irremisiblemente, al hombre en el mismo caso lo mantienen en todas las consideraciones sociales?

¿Cuál de los dos es la víctima? No parece sino que la mujer fuera la cruel victimaria y el hombre el ser débil, endeble, que necesita estar asistido y amparado por su tutor, el Estado?

III.

Tócame ahora, señores, tratar de la igualdad de la mujer ante la ley y este punto, como no ignoráis, es el más importante y la principal razón de ser del feminismo, puesto que sin esta igualdad, mal podría la mujer equiparar su situación en los demás campos en que suelen haber injustificables y denigrantes diferencias, y de las cuales he hablado ya, aunque haciéndolas depender unos de otros y relacionándolos íntimamente pues como habréis observado, es muy difícil y hasta ineficaz la clasificación y el tratamiento aislado de cada uno de los números que comprenden el programa feminista.

Podemos decir con algo de satisfacción que en nuestro país el progreso de los derechos civiles de la mujer es algo que cada día va ganando terreno en el campo de sus reivindicaciones. En efecto, la mujer puede, como el hombre, disponer de su patrimonio libremente; puede de su cuenta, comparecer en juicio; elegir domicilio y ejercer el comercio, si es soltera; y, siendo casada, con el permiso del esposo. Según he sabido, el proyecto de ley de reformas civiles y judiciales que es posible sea aprobado por la actual Asamblea, concede, además, la facultad de ejercer la tutela, la curatela, de ser testigo en los testamentos, y de ejercer poderes en causas civiles y criminales, todo lo cual implica por parte de nuestros legisladores, un reconocimiento de que la mujer como miembro de una democracia bien constituida, tiene derecho como el hombre a participar de todos los asuntos que puedan afectar ya directamente o indirectamente, la vida de la Nación.

Pero, doloroso es confesarlo, no termina con las garantías aludidas, el calvario de la mujer. Todavía tiene que trabajar con tesón para hacer desaparecer de las leyes que a ella se refiere, gran cantidad de lunares.

Reconozco por un lado la buena intención de ayudarla a levantarse del polvo de la tradición y del prejuicio en que durante siglos, por una singular aberración, ha estado sumida; pero por otra parte me pregunto si acaso lo que parece un reconocimiento a su dignidad como persona humana no será una burla sangrienta, o una especie de caramelo para entretenerla y hacerla olvidar la amargura de la realidad que hoy sufre en vista del nuevo Código Penal que acaba de pasar en la presente Legislatura. En él, como habéis sabido, ciertos delitos contra la mujer sólo se penan con multa, como si prevaleciera respecto de ella la idea de cosa y no la de persona con todos los derechos, con todas la prerrogativas y todos los privilegios que como ser racional, como individualidad bien determinada, inconfundible, tienen en medio del consorcio humano; o como si se quisiera asegurar la impunidad a los ricos y enriquecer al estado a costa del honor de la mujer. Es cierto que en los casos contemplados por el Código la mujer pasa de los 12 años. Pero aunque así sea, como la ley protege al varón menor de edad igual cosa debe hacer respecto de la mujer pues ella no llega a la mayoría sino hasta los veintiún años, y hasta entonces según mi opinión, debe extenderse su protección legal contra la sagacidad y la malicia de hombres que abusan de su ingenuidad y de sus inexperiencia.

Pero… esperemos un poco. Por ahora ya se habla de la reforma de ese Código que, como dije, fue aprobado hace algunos días y, en mi afán de seguir preguntando, inquiero a vosotros lo siguiente: ¿habría necesidad de reformar un Código Penal si cuatro, o tres, dos o una sola individualidad femenina hubiera intervenido en su confección o hubiera ocupado asiento en la Cámara Legislativa? ¿Creéis vosotros que los asuntos que se confían en comisión a las mujeres no merecen de ellas un estudio detenido, mucha reflexión y mucha premeditación? Os dejo en paz de contestaros vosotros mismos estas indiscretas interrogaciones mías.

Por ahora me limito a plantear otro problema que como veréis tiene la más alta trascendencia si se quiere que algún día el reinado de la justicia se menos quimérico, menos imaginario, y llama la atención de las mujeres panameñas sobre él, porque de su solución depende un aspecto de la igualdad que perseguimos en nuestra orientación feminista.

En días pasados se ventiló ante la corte criminal del Juzgado Superior de la República un caso de homicidio perpetrado por una mujer en la persona de un hombre. Pues bien, resultó que esa señora provocada por el hombre con palabras groseras, y amenazas, le infirió con una cuchilla que llevaba en el vestido una herida grave que le causó la muerte al último.

De las preguntas que se le hicieron a la acusada, se dedujo que la posesión por ella de esa cuchilla provenía de que se aplicaba a la costura y que ése era el objeto de que se servía para soltar los cerrados o unión de telas mal hechos, y que si en ese momento la llevaba consigo a pesar de no estar cosiendo, era porque se dirigía a casa de unos parientes donde había muchas naranjas y donde pensaba servirse de ella. Pues bien, surgió la duda respecto del uso de cuchillas en la costura, pues los útiles comúnmente usados para ese objeto son dedales, agujas, tijeras; no obstante, la casualidad hizo que algunos miembros del jurado fueran precisamente personas que tienen hermanas o parientes modistas con marcada afición a servirse de cuchillas para los fines antes mencionados, y fue así como pudieron comprender que lo aseverado por la enjuiciada podía ser cierto, constituyendo esta circunstancia una atenuante, pues dejó bien claro que ella no había procedido con premeditación.

Otro detalle interesante. Cuando se le preguntó a la presunta delincuente qué le había dicho el individuo que de manera tan fatal fue herido por ella, respondió que el occiso amenazaba con matarla a ella, a su esposo y a sus hijos. ¿Y por qué la amenazaba? Porque decía que yo era una mujer muy mala.

Es indudable, porque consta en las piezas del proceso, que hubo otras causas, otras palabras, que ella como mujer honrada y honesta, temerosa por consiguiente de expresarse en lenguaje grosero delante de hombres, prefería callar, y eso en presencia de jurados menos inteligentes y escrupulosos hubiera sido la causa suficiente para condenarla. Felizmente, la balanza de la justicia se inclinó del lado del veredicto absolutorio.

Este ejemplo muestra por sí solo la falta de un jurado compuesto por mujeres para causas de esa naturaleza, porque sólo ellas pueden comprender y darle importancia a ciertos detalles de carácter netamente femenino y porque las que por desgracia lleguen a ocupar el banquillo de del delincuente, podrán con toda confianza y sin verse obligadas a sonrojarse, exponer claramente su situación e ilustrar el criterio de las que han de decidir de su suerte.

Objeto de particular preocupación de parte de las feministas y de muchos autores de reconocido mérito, ha sido y es el asunto de la investigación de la paternidad al lado de la investigación de la maternidad.

Es innegable que en los países donde no se admite la primera o sólo se permite con condiciones que la hacen innecesaria como en Panamá, existe gran cantidad de hijos sin padre. Pensad detenidamente en esto y veréis que tras el velo de misterio con que la ley quiere ocultar al que habiendo también las leyes morales permanece impune y lejos de responsabilidades, se esconde también la más cruel de las injusticias. Ved en ello la más inicua de las desigualdades pues mientras la mujer tiene que atender sola al sustento del hijo fruto de un desliz, y contemplar a veces el aniquilamiento del mismo por carecer ella de lo indispensable para asegurarle una vida sana y sin contratiempos, el padre, en la mayoría de los casos, goza de un bienestar envidiable.

Pero ya estoy abusando de vuestra benevolencia y procuraré ser breve al tratar el punto que, como he dicho, ha constituido una de las causas principales en el desarrollo del feminismo, si bien es verdad que la educación por cuyo progreso también se trabaja, ha contribuido y seguirá contribuyendo en el perfecto conocimiento de los derechos que la mujer debe reclamar para sí después de compenetrarse bien de los deberes que el ejercicio de los mismos trae consigo.

Me refiero, pues, en esta última parte de mi conferencia, a los derechos políticos y de los cuales el más importante en una nación de carácter democrático y representativo es el sufragio.

El sufragio es la facultad concedida al ciudadano para intervenir en la vida del Estado; hay más, el sufragio viene a ser el medio por el cual los representantes del pueblo ejercen la soberanía en nombre de la nación. Prueba evidente de lo que digo, en el artículo 2 de nuestra Carta Fundamental, que dice así: “La soberanía reside en la Nación, quien la ejerce por medio de sus Representantes del modo como esta Constitución lo establece y en los términos en ella expresados”.

Pero, a la verdad, pensaréis, ¿qué tiene que ver esto con las justas reivindicaciones del feminismo?  Es cierto, hasta ahora nada tiene que ver; pero si agrego que el sufragio es el timón que dirige la nave de la República. Que el sufragio en sus dos formas correlativas, a saber: el derecho de elegir y el de ser elegido, es el único medio de intervenir en el funcionamiento de la máquina del Estado. Si continúo diciendo que todos los ciudadanos tienen parte en las cargas sociales y que el gobierno ha sido instituido para una proporcional distribución de esas cargas; que cada cual tiene derecho a defender sus intereses, su libertad, y que todo eso es realizable por medio del voto, comprenderéis las aspiraciones de la mujer a servirse de él cuanto antes.

En nuestro país, como ya tanto se ha dicho, no se contempla la necesidad de que las panameñas tengan que emprender una campaña para la adquisición de los derechos políticos, pues la Constitución Nacional es perfectamente amplia en ese sentido. En efecto; ellas tienen el derecho de ciudadanía que según nuestra Carta Magna consiste en el derecho de elegir para los puestos públicos de elección popular y en la capacidad para ejercer cargos oficiales con mando y jurisdicción si tienen la condición de panameñas y son mayores de edad.

No obstante de tener las mujeres amplias facultades en el terreno de los derechos políticos, no han hecho uso de esos derechos 1° por indiferencia; 2° porque les han hecho creer, y de ello muchas están convencidas todavía de que sólo han nacido para el hogar, 3° porque no hace falta, dicen, que intervengan directamente en la política, que según los mismos hombres declaran está muy degradada y mayores serían los inconvenientes que las ventajas resultantes de la participación en ella del elemento feminista. Finalmente por falta de preparación.

Todas estas razones que se dan para que la mujer se abstenga del ejercicio de su derecho de sufragio son muy atendibles y serían del todo aceptables si a ellas no se opusieran argumentos de mayor fuerza.

1°- El no ejercer la mujer los derechos políticos por indiferencia es algo de lo que debiéramos avergonzarnos.

El indiferentismo es precisamente lo que mata en flor los más bellos ideales. El indiferentismo podemos decir que es la causa de todos los males que afligen a la sociedad. ¿Cómo marcha una casa en donde la mujer es indolente? ¿Brilla en ella el orden, el aseo, cómo anda la economía? ¿Qué decir de un médico negligente que acude tarde al llamamiento de sus pacientes y que por indiferencia deja morir un enfermo? ¿Qué de los tribunales de justicia si no dan importancia a los asuntos que en ellos se ventilan? ¡Ah! La indiferencia ha sido y es causa de tantos males, que no creo que la mujer sacrifique a sus propias comodidades las energías que pudieran ser causa de bienes incalculables.

2°- Han dicho que la mujer ha nacido para el hogar, para criar y educar a sus hijos, y que la política debe dejarse para el hombre.

Muy cierto es todo esto. La misión más sublime de la mujer se realiza en el plácido rinconcito del hogar y es allí donde lleva a la práctica la educación del objeto de su cariño y sus desvelos. Es en verdad en ese rinconcito sagrado donde radica la cátedra desde donde inculca a sus hijos el amor al bien, los sentimientos religiosos, el respeto por sus semejantes, la idea del deber. Sí, a ella está encomendada la formación del futuro ciudadano, de ese que más tarde ha de contribuir al progreso de su patria. Pero, como valientemente ha dicho un periodista de la localidad, “no puede formar la conciencia ciudadana de sus hijos la madre que, por no haber ejercido nunca la ciudadanía, ni haberse preocupado jamás de los graves deberes de su ejercicio, no tiene ella misma tal conciencia”.

He aquí otras consideraciones: La mujer ha nacido para el hogar. Aparte de que el voto en nada perjudicaría la familia así como no perjudican las frecuentes e inmotivadas salidas de la mujer a la calle, los teatros, los bailes, las tertulias, los paseos, etc., etc., el hecho de que la mujer se hiciera más conciente y quisiera tomar parte en las cuestiones de Estado, antes de constituir un factor negativo en la tranquilidad del hogar, sería por el contrario un atractivo para el hombre que sabe que en vez de una ignorante que sólo sabe porfiar, no discutir, y que como arma de convicción tiene las lágrimas, encontrará en su casa una compañera que piensa con él, que lo anima y le fortalece en los momentos de duda. Continúo. La mujer, por el hecho de intervenir en la formación de las leyes que han de favorecerla a ella, a sus hijos, a la comunidad, y participar de manera consciente en todo lo que pueda ser causa de progreso social, no perderá en nada sus cualidades femeninas. “Por el contrario, dice un feminista español, cuanto más perfecta llegue a ser, más mujer será. Cuanto más complete su vida, cuanto más cultive su cuerpo y su alma, más mujer será. No hay ser que se afirme por lo que le falta, sino por lo que posee, y decir que una mujer cultivada, sabia, libre y consciente en la plenitud de todos sus derechos y de todas sus responsabilidades es menos mujer que una pobre inconsciente sin más defensa que el instinto, sin más arma que la flaqueza y sin más encanto que la ignorancia, equivale a decir que fue más hombre el salvaje de la selva primitiva que el moderno varón cultivado por la sabiduría de los siglos.”

Además, hay que tener presente que debido a las condiciones actuales, muchas mujeres se ven obligadas a trabajar para ganar el sustento y que hay muchas también que no tienen ocasión de dedicar sus energías al cuidado de una familia. Esas mujeres colocadas en medio del mundo luchando sin apoyo necesitan para defenderse, para regular las condiciones de su trabajo, para no sucumbir, necesitan, repito, servirse de las mismas armas de que se sirve el hombre para los mismos fines y de las cuales la principal es el voto.

3°- “Las mujeres, repiten por allí, no tienen por qué intervenir de manera directa en la política, pues ya lo hacen indirectamente.” Hay que considerar en primer lugar que el ejercicio de un derecho sin las responsabilidades que dicho ejercicio acarrea es harto peligroso para la comunidad y se presta a innumerables abusos. En segundo lugar, no siempre las insinuaciones son tomadas en cuenta, máxime cuando se considera que quien las hace es inferior, como en este caso. “El consejo, ha dicho un escritor, sólo es eficaz entre iguales.” El consejo de un inferior sólo lo acepta el superior cuando halaga su opinión propia. El esclavo no se atreve a malgastar la benevolencia del señor en inclinarle a empresas generosas porque sabe harto que la habrá menester para evitar los daños personales de la tiranía.”

4°- Otro argumento en contra del sufragio femenino es el de que ella se rebajaría actuando en la política porque ésta ha llegado al último término de degradación debido a los intereses egoístas de partido o al prevalecimiento de mezquinos intereses personales por encima de los de carácter general. Mas, respóndoos, si los hombres están convencidos de que las contiendas políticas se han basado hasta ahora en la mala fe, en el envilecimiento, y han traído consigo la desmoralización, el servilismo, y han desmentido los nobles fines que debieran perseguir, he aquí para el elemento masculino, y en honor de la mujer a quien siempre ha prodigado sus más finas atenciones, la ocasión de volver sobre sus pasos, de limpiar la senda por donde ha transitado, y de quitar el fango para que la mujer pueda posar en ella sus plantas sin temor de hundirse ni echar por tierra la inmaculada blancura de su alma. En esto precisamente encontrarán los hombres la oportunidad propicia de para poder en un día no lejano, gozar con satisfacción y legítimo orgullo de los beneficios que  la dulzura, el sentimiento maternal y altruista, la energía y la entereza de carácter de la mujer aportarán a la política el día en que, dejando a un lado los temores infundados que la condenan a la pasividad, haga en ella su entrada triunfal sostenida y ayudada por el hombre, su compañera inseparable en todas las tristezas, alegrías, de este mundo.

Damas panameñas,

Al exponer aquí los argumentos a favor del sufragio femenino, cuya necesidad e importancia jamás podréis negar, he tenido presente también la objeción de que las mujeres en Panamá no están en su totalidad preparadas para su eficaz ejercicio.

Recordad, sin embargo, que la mayoría de los hombres tampoco lo está y que si ellos lo ejercen sin cuidarse de su inconsciencia e incapacidad tenéis todavía dos años por delante durante los cuales podréis prepararos en todo lo posible para hacer digno uso de ese derecho sagrado. Antes de ese tiempo no se presentará la ocasión de que vosotras participéis en una campaña electoral.

Reflexionad mucho, trabajad más y determinad entonces vuestra norma de conducta.

Para terminar, señores, deseo manifestar que no quiero separarme de vosotros sin pediros antes mil perdones por el tiempo precioso que os he arrebatado manteniéndoos en este lugar por un lapso prolongado, pendientes de las ideas que con franqueza y lealtad os he expresado. Es posible que ellas hayan coincidido con las vuestras, y de ello me alegraría infinitamente. Pero es posible también que se hayan apartado, y en ese caso sólo me ha guiado, al exponerlas, el deseo desmedido de que la mujer panameña sea el más brillante exponente del elemento femenino de nuestra América Latina.

He dicho.

Clara González

Panamá, 20 de enero de 1923.


[1] Clara González fue quizá la panameña más importante del siglo XX; dedicada por completo a luchar por los derechos de las mujeres, de los débiles y los desfavorecidos, rompió los moldes que existían para las mujeres de los años 1920-30 en el mundo de la vida pública. Su ideal de feminismo lo precisaba en tres grandes objetivos: justicia para la mujer entendida como igualdad con el hombre, renovación como modernización tecnológica y política, y renovación mediante profundas reformas que solucionaran las desigualdades socio-económicas, la situación de desigualdad de las mujeres y los problemas obreros existentes en el país. Cofundadora del Grupo Feminista Renovación, en 1922, también los fue de la Federación de Estudiantes de Panamá, y miembro de la Federación Sindical Obrera, del Sindicato General de Trabajadores creado en 1923 y del Grupo Comunismo. En diciembre de 1922 consiguió que el diputado Juan Venero presentara a la Asamblea Nacional la que sería conocida como Ley Venero para el sufragio femenino. En ese mismo año la Imprenta Nacional de Panamá publicó La mujer ante el derecho panameño, su trabajo de graduación. En 1923 estuvo entre las creadoras del Partido Nacional Feminista. En 1932 el PNF intensificó su lucha por el sufragio femenino y presentó su plataforma públicamente, manifestándose en la Asamblea Nacional; paralelamente, se incorporó a la Comisión Interamericana de Mujeres, relacionándose con la feminista dominicana Minerva Bernardino. Después de varios años de represión, en 1944 Clara González y sus compañeras fundaron la Unión Nacional de Mujeres con el objetivo de participar en igualdad de condiciones en las elecciones de la Asamblea Constituyente, que iba a reunirse en 1945 y donde pudo votar “toda persona varón o mujer en pleno goce de sus derechos, mayor de 25 años”, así como “ser elegido Delegado principal o suplente todo panameño varón o mujer”. Entre 1945 y 1946 ejerció los cargos de Viceministra de Trabajo, Previsión Social y Salud Pública. Ese último año logró, al fin, un reconocimiento parcial del derecho de voto para las mujeres y una mejora en la igualdad de derechos políticos. Un año después se convirtió en la primera candidata a la Vicepresidencia Segunda de la República por el Partido Renovador. Cuando se fundó el Tribunal Tutelar de Menores se convirtió en jueza del mismo. Ver: Yolanda Marco, Clara González de Behringer. Biografía, UNIFEM-Ministerio de Economía y Finanzas de Panamá, Panamá, 2007.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 2:20 pm

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