Ideas feministas de Nuestra América

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F.2 Josefina Veintemilla, “La mujer”, en La Mujer, revista mensual de Literatura y Variedades, n. 1, Quito, 1905

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Josefina Veintemilla,[1] “La mujer”, [2], Quito, 1905

[Texto proporcionado por Maricruz Bustillo]

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A la voz poderosa del Señor se ordenó el caos; y surgió de él grande, ordenado, sublime el universo. Luego al impulso de esa misma voz se hizo la luz e iluminó con brillantísimos destellos las bellezas, sin número, con que su mana prepotente ornara el infinito.

Los mil mundos y soles refulgentes que giran en el espacio, la grandeza imponente a los mares, la soberbia majestad de las montañas, los arboles con sus follajes y sus frutos, las flores con su admirable variedad de formas y riqueza de colorido, y la variedad inmensa de aves y animales, obra era toda digna de Dios. Pero de este cuadro grandioso, en cuyo fondo rutilaban las estrellas, le faltaba su figura culminante, y apareció el hombre como rey de todo lo creado.

¿Podía, pues, haber belleza comparable con la suya, toda vez que lucia en su frente, como asombrosa irradiación de Dios, la razón: luz excelsa? Si, junto a él apareció otro ser más débil pero más perfecto; más humilde pero más noble; era la mujer, la obra final, el complemento de la Creación.

La génesis mitológica de algunos pueblos ha pretendido dar á la mujer un origen inferior al del hombre; pero lo ha pretendido en vano, porque al dotarla de inteligencia el mismo Ser que la formó, quiso hacer de ella su igual, su compañera. Por eso cuando la mujer cometió su primera culpa Dios permitió que el hombre cometiera su primer pecado; y juntos dejaron el Paraíso con el corazón entenebrecido por el dolor y los ojos nublados por las lágrimas. Desde entonces juntos han atravesado las edades, ora resistiendo los grandes torbellinos y procelosas tempestades de la vida, ora sonriendo con placidez, y dejándose llevar por pacíficos temporales.

En efecto, el hombre y la mujer son dos partes igualmente importantes, igualmente necesarias, para la formación de ese ser social fundador de la familia y de la raza.

Es innegable, además, el influjo importantísimo que la mujer ha ejercido y ejerce sobre todos los pueblos y todas las edades, sobre todas las ciencias y todas las artes. Para comprobarlo las páginas más hermosas de la historia nos muestran los nombres de Homero, Horacio, Virgilio, el Dante, Milton, el Tasso y otros poetas gigantes, cuyos cantos sublimes se inspiraron en la mujer ó por la mujer, Fidias, Zeucis, Praxiteles, Apeles, Rafael, Murillo, Miguel Angel, pintores y escultores de genio, que tomando a la mujer por modelo han legado sus estatuas y sus cuadros para la admiración de la posteridad. Y Bach, Haydn, Handel, Mozart, Beethoven, Wagner; esa constelación de genios luminosos, es evidente que sin la mujer no habrían tenido las concepciones grandiosas, que han hecho de sus obras modelos inmortales.

Y no sólo ha sido y es la mujer fuente de inspiración sino, en muchas ocasiones, ejemplo nobilísimo. Alli están sino: Volumnia, Juana de Arco, la madre de Esphialte y la valerosa Cornelia enseñándonos la santidad de la Patria. Lucrecia, Virginia, Sifonisba, las Aguedas y Eulalias el amor a la honra. Ahí están mil vírgenes cristianas que sacrificándose por una religión que predican misericordia y paz han llegado hasta el heroísmo del martirio.

Pero cuando la mujer realza más su grandeza es cuando desempeña el noble, el augusto papel de madre. Porque la madre, cuyo corazón es el único capaz de sentir todas las delicadezas que inspira la compasión, es también el supremo consuelo cuando se condensan sobre nosotros esas horas de dolor que pueden calificarse de espantosas; porque es ella la llamada a esparcir flores en la senda y luz en los horizontes de la vida, y, en una palabra, lo más bueno, grande y hermoso de todo cuanto existe. Por eso Jesús al hacer de María el arquetipo de la mujer, la divinizó como madre!

Y si la Fisiología, la Historia, y la Naturaleza nos demuestran que en el seno y en la mano de la mujer, en el hogar y bajo su dirección están los destinos de la humanidad, puesto que lo están los del niño, se deduce como consecuencia necesaria que su educación y sus virtudes son las únicas bases del Progreso.

Pero no de ese progreso fementido que esclaviza a la mujer, y la condena al ostracismo político y civil negándole sus inalienables derechos naturales y sociales, sino del verdadero progreso que sacando a la mujer del oscuro antro en que yace, la lleve por las hermosas, deslumbrantes sendas del perfeccionamiento moral e intelectual, que le facilite el estudio de las ciencias y artes, y que le proporcione trabajo, ya que el trabajo, deber y derecho, despertando en la mujer celos generosos la aleja del mal, de la desgracia y del error.

Por fin, pueblo que ennoblece y dignifica a la mujer es pueblo que se levanta, porque la mujer es el gran principio del mejoramiento humano.


[1] Escritora ecuatoriana (1878-1958), hermana de Dolores y esposa de Miguel Ángel Corral, poetas mucho más famosos que ella, en sus discursos sobre “la mujer y la patria” construyó una especie de feminismo híbrido, en parte mariano, en parte político, seguramente literario, que muchas otras escritoras de la época compartieron. Fue contemporánea de Lucinda Pazos, Victoria Vásconez Cuvi, María Angélica Hidrovo, Zoila Rendón de Mosquera, Hipatia Cárdenas de Bustamante.

[2] La Mujer, revista Mensual de Literatura y Variedades, N° 1, Quito, Abril 15 de 1905, pp. 7-9.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 1:24 pm

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