Ideas feministas de Nuestra América

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E.3 Carmen Lareva, “El amor libre”, La Voz de la Mujer, 8 de enero de 1896

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Carmen Lareva, “El amor libre”, La Voz de la Mujer, 8 de enero de 1896

[Texto rescatado y seleccionado por Marisa Muñoz y Liliana Vela]

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¿Por qué lo queremos?

Creen los ignorantes y dicen los mal intencionados que la idea Anárquica está en pugna con todo lo bueno, lo bello, con el arte, las ciencias, y sobre todo, con el hogar.

En efecto, muy repetidas veces hemos tenido ocasión de oír de los labios de algunas obreras lo siguiente: “¡Oh, buena está vuestra idea Anárquica! ¡vosotras queréis que todas las mujeres de esposas, hijas, madres y hermanas, nos convirtamos en mancebas, juguetes viles de las desenfrenadas pasiones del hombre!”

A las que tal dicen y creen nos dirigimos. Veamos.

Nosotras creemos que en la actual sociedad nada ni nadie es más desgraciada en su condición que la infeliz mujer. Apenas llegadas a la pubertad, somos blanco de las miradas lúbricas y cínicamente sensuales de sexo fuerte. Ya sea de la clase explotadora o explotada. Más tarde, ya “mujeres”, caemos las más de las veces víctimas del engaño en el lodazal de las impurezas, o en el desprecio y escarnio de la sociedad, que no ve en nuestra caída nada, amor, ideal, nada absolutamente, más que la “falta”.

Si realizamos lo que algunas creen su dicha, esto es el matrimonio, entonces nuestra condición es peor, mil veces peor. La falta de trabajo en el “marido”, lo escaso de la remuneración, las enfermedades, etc., hacen que lo que en otra circunstancia sería el colmo de la dicha, sea en nuestra condición una grave y temible carga, para los “esposos”. En efecto nada tan bello, tan poético, tierno, agradable y simpático como un niño, un hijo ¡he ahí el colmo de la felicidad del matrimonio!; pero ¡ay del pobre! Ay del hogar en donde se cierne la miseria y en donde hay un pequeño ser que necesite nuestros cuidados, nuestras caricias y atenciones ¡ay de aquel hogar! no tardará en producirse en él mil riñas y disgustos sin cuento. ¿Sabéis por qué? aquel nuevo ser necesita mil cuidados que impiden a la joven madre de ayudar a su compañero a soportar los gastos del hogar, que por otra parte aumentan considerablemente en tanto que las entradas disminuyen, de ahí que lo que debiera ser anhelado y dicha del hogar, sea considerado como una carga, un estorbo y un motivo de disgusto y miserias que con todo cuidado conviene evitar, con el onanismo conyugal, los fraudes y aberraciones en el coito, con todo su séquito de asquerosas enfermedades, de ahí las mil y mil asquerosas y repugnantes prácticas que  convierten el tálamo nupcial en pilón de asquerosas obscenidades, de ahí el hastío, el aburrimiento, las enfermedades y la tan decantada “falta” contra el “honor”. ¡El adulterio!

Suprimida la causa muere el efecto, suprimida la miseria, desaparecen tales asquerosidades, y el hogar, lejos de ser lo que hoy es, sería un paraíso de goces y delicias.

¡Cuántas confidencias hemos recibido de nuestras amigas, víctimas expiatorias de tales actos! -¿Y qué? nos respondía el compañero cuando en cara le echábamos tales actos: ¿No saben ustedes cuántos gastos ocasiona un hijo? Partera, médico, medicamentos, dieta, cuidados, y luego la lactancia; ¿cómo haría yo que hoy que trabajamos los dos, apenas nos es dado vivir, cómo haría entonces, cuando los gastos aumentasen y las entradas disminuyesen? ¡Déjenme de chicos, al diablo con ellos!

¿Qué tal? queridas compañeras ¿es esto amor, hogar, cariño? ¡Asco da el pensar que por tal tenga que pasar una mujer; y no obstante es tan cierto!…

Ahora bien, nosotras al proclamar el amor libre, la libre unión de los sexos, creemos firmemente que con ello desaparecen todas estas repugnancias. Unidos libremente y no teniendo nada que temer, pues tendríamos asegurado el sustento para los seres que, fruto de amor, produjera la unión de aquellos que en aras de sus amores fundían dos seres en uno, naturalmente que serían felices y libres los dos; compañeros de sus acciones respectivas, no tendrían que temer nada el uno del otro.

Se nos ha dicho que si el amor, la unión, etc., fueran libres, como deseamos, el hombre cambiaría continuamente de mujer y la mujer de compañero, que no teniendo nada que temer de la sociedad ni de la ley, no serían fieles el uno al otro, mientras que hoy, ya sea porque la ley castiga a la adúltera o adúltero, o bien por temor a la crítica social, los esposos se soportan mutuamente sus faltas y rarezas.

Nada, queridas compañeras, tan incierto como eso. Tanto en uno como en otro sexo lo que se busca, no es la satisfacción de un apetito más o menos carnal, no, lo que se busca es la felicidad, la dicha, tranquila y honesta, y todo ser, medianamente educado, busca la procreación y la realidad de su ilusión, de su ensueño; si hoy la sociedad es tan material, tan cínicamente egoísta, se debe a que, siendo el capital el agente con el cual se compran u obtienen los goces y necesidades, de ahí que todos pongan más o menos empeño en adquirirlo.

Por otra parte, nosotros, “la escoria” como nos llaman, de la sociedad, viviendo como vivimos desde nuestra temprana edad, sujetas al trabajo que en la forma que hoy se practica, no sólo es degradante y martirizador, sino que es embrutecedor también, naturalmente que no poseemos esa educación que los burgueses en su afán de monopolizarlo todo, monopolizaron también, y por consiguiente no conocemos esos mil goces que a cual más elevado proporciona ésta: tales son la pintura, la música, la poesía, la escultura, etc., etc., y siendo esto así, es indudable que somos en todos los actos de nuestra miserable vida, mucho más materialistas que debiéramos serlo y que seríamos estando educados no como hoy se educa la burguesía, sino mucho mejor aún. El arte eleva el sentimiento, y no poseyendo éste, ni siquiera en su mínima expresión claro está que no podemos elevarnos hasta él.

No siendo libre la educación y no pudiendo disponer de tiempo suficiente para adquirirla ¿cómo vamos a ser educadas? ¿Quién ignora que desde nuestra más temprana edad el taller nos traga y martiriza? En él no es donde nos podemos educar, muy al contrario, allí hay de todo, de todo, menos eso… ¡y cien y cien veces hemos visto víctimas de la lubricidad burguesa las míseras obreras, bajar rápidamente en horribles tumbos y caer despeñadas al abismo del vicio, que cada vez más hambriento e insaciable las tragaba, cubriéndolas de cieno y lágrimas, que, niñas casi… que apresuraban por sí misma su caída, para con ella librarse de la rechifla y el escarnio de sus mismos verdugos!…

En esta sociedad todo eso es natural, dado el grado de ignorancia en que nos encontramos. Coged a un hambriento y ofrecedle un trozo de pan, por negro que éste sea y al mismo tiempo una guzla, una pintura o un poema, aún que ésta sea una inmortal creación de Shakespeare o Lord Byron ¿qué cogerá primero? ¡el pan! Y no el libro o guzla; claro está, el espíritu necesita, para que éste tenga cómo manifestarse, materia, y primero y más apremiantes son las necesidades de esta última que las del primero.

Indudable es, pues, que en una sociedad cuyos miembros o componentes fuesen educados en grado más o menos perfecto, éstos podrían unirse libremente y sin temor de ser por esto menos felices que con la bendición de un tercero.

La ley, la sociedad, en su afán de gobernarlo todo, nos obliga a que concurramos a rendirle ciego homenaje en tal acto. Nosotras no necesitamos tales bendiciones ni ceremonias, y eso es tal como si tomáramos dos perros que anduvieran a brincos en la calle y les dijéramos al mismo tiempo que los uníamos uno al otro: “sed felices yo os lo permito”, tal caso harían como si dijésemos lo contrario.

En buena hora que los burgueses que deben a su muerte legar el producto de sus robos a sus hijos, en buena hora que ellos vayan a tal o cual parte, pues de no hacer tal, la ley no reconocería a sus hijos herederos. Eso es cuestión de negocio, y eso para ellos está ante todo.

Pero en una sociedad donde no habrá tales “negocios”, no es preciso tal pavada. El casamiento, como se dice hoy, o más bien la ceremonia de la bendición, no significa más que la conformidad de la sociedad para tal acto, así, pues, si otra sociedad aceptara como costumbre la libre unión de los sexos claro es que ella quedaba conforme con tal práctica y asunto concluido. Muchas y muchos no dejarían de unirse libremente si no temiesen la crítica de los demás y sólo esto los detiene; dejemos pues hacer y hagamos lo que con nuestro gusto esté y querramos hacer sin perjudicar a nadie.

En cuanto a que el temor al castigo impida la infidelidad conyugal, no creemos que este sofisma valga siquiera el trabajo de combatirlo. Cualquiera reconoce que ésta es una “falta” que puede, de mil veces, novecientas noventa y nueve ponerse en práctica sin que la autoridad, la ley, etc., se den cuenta, además creemos que la persona que por temor al castigo permanezca “fiel” a un compromiso que pudo contraer engañada, o por otra causa obligada a ello, es como si fuese “infiel”, aparte de que  valdría más que lo fuese, es decir, que se marchase, puesto que si quiere a otro u otra, es claro que será porque no quiere a la persona con quien la sociedad la obliga a compartir el pan y el techo, lo cual si no es prostitución, poco, muy poco dista de ella, pues para hacer tal, es preciso que mienta amor a quien solamente odia, que engañe y que sea hipócrita que se dé, en fin, aquel o aquella a quien detesta. Siendo esto así, naturalmente es que no tardarán en producir en el hogar desavenencias, disgustos y mil otras cosas y casos que amarguen la existencia de ambos compañeros.

Si éstos fuesen libres de sus actos, no se sucediera tal y, por el contrario, si poseyesen el grado de cultura que en nuestra sociedad futura habrá.

Para el próximo número hablaré del divorcio como hoy se práctica, advirtiendo a las compañeras y compañeros que siendo este periódico comunista-anárquico, está a disposición de todos, y pide a todos ayuden con lo que puedan y quieran, ya sea intelectual o materialmente, y cuantos más sean los esfuerzos que por él se hagan más veces se publicará.

Siendo nosotros mujeres, indudablemente no contamos con tanto conocimiento entre los compañeros, como deseáramos; teniendo en cuenta esto, pedimos.

De cada uno según sus fuerzas.

¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Revolución social! ¡Viva la libre iniciativa! ¡Viva el Amor Libre!

CARMEN LAREVA

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Revista La voz de La mujer, Año I, N° 1, Buenos Aires, 8 de Enero de 1896, reproducción de cubierta, original perdido, facsimil microfilmado, Archivo Cedinci. – Fuente: http://www.casadelbicentenario.gob.ar/cdmujeres/contenido/vida-publica/vida_publica_publicaciones_galeria.html

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 12:48 pm

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