Ideas feministas de Nuestra América

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D.13 Laureana Wright González de Kleinhans, “La emancipación de la mujer por medio del estudio”, Ciudad de México, 1891

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Laureana Wright González de Kleinhans, “La emancipación de la mujer por medio del estudio”,  Ciudad de México, 1891[1]

[Texto y nota acerca de la autora proporcionados por Alejandro Caamaño Tomás]

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Parte primera

Desde los primeros días del mundo pesó sobre la mujer la más dolorosa, la más terrible de las maldiciones: la opresión. Y era preciso que así sucediera, pues el hombre que se ha dado el pomposo título de “Señor de todo lo creado”, no podía conformarse con subyugar a todas las demás especies vivientes; era preciso que subyugase también a la suya, que redujese un cincuenta por ciento de su raza a cero, y este cincuenta, por la razón de la fuerza, debía ser la mujer.

Luego que el hombre halló arbitrios para legar su pensamiento a la posterioridad, en todas las tradiciones de los pueblos atribuye a la mujer un origen inferior o  procedente del suyo. Allí tenemos sin ir más lejos dos de las más conocidas: la mitología, que dominó la civilización antigua, y la Biblia, que ha dominado la civilización moderna. La primera después de presentar a Pandora creada por los dioses de segundo orden, hace recaer sobre ella la culpa de que los males se esparcieran sobre la tierra, por haber tenido la fatal curiosidad de abrir la traidora caja que le había regalado Júpiter. La segunda da a la mujer un origen más grosero y humillante, negándole hasta la tierra, madre común de todos los productos animados o inanimados del globo; haciéndola surgir del cuerpo mismo del hombre a quien ella debía crear, cuya madre debía ser, y que sin ella no podría existir de ninguna manera en lo sucesivo.

Estas ideas son el primer indicio de la esclavitud a que se vería reducida la mujer, porque ellas prueban dos cosas: primera, el necio orgullo del hombre incipiente empeñándose en explicar todo lo que  no sabía y en atribuirse todos los derechos que no le correspondían; y segunda, su profundo egoísmo que lo llevó hasta el extremo de colocar a Eva, la originaria de su raza, más bajo que la oruga y el insecto. Puesto que a todas las demás especies les concedió el honor de haber sido formadas por Dios mismo y con la misma substancia prima, y sólo a la mujer reservó un tan pequeño Hacedor, rehusando concederle hasta el pedazo de barro de que él se creía formado, por no verse obligado a confesar la igualdad que con él la enlazaba.

Este fin se manifiesta claramente, no obstante haber en esta tradición desde el primer momento un contrasentido notable como es el de que el hombre, que al principio se presenta fuerte y superior, algunas líneas adelante aparece como víctima, dominado y vencido por la débil e inferior Eva, quien, por curiosidad también lo mismo que Pandora, le obliga a comer el fruto prohibido y causa su destierro del paraíso.

Quizá desde entonces y guiado por la venganza de su derrota, el hombre comenzó a meditar las leyes que promulgaría más tarde contra la mujer, diciendo en su interior: “Tú me pagarás muy cara la pérdida de mis alas; de hoy en adelante yo me convertiré para ti en seductor y en pecado, en serpiente y en fruto, y, lo que es más, en juez y en parte, asumiendo sobre ti toda soberanía. Te arrojaré del dulce paraíso de la sociedad, del honor y de la estimación, al lóbrego mundo de la degradación y del desprecio. Tu delito de amor será el único que se podrá sentenciar por la sola declaración del cómplice y el único que jamás alcanzará rehabilitación”.

Sólo que el hombre, para ser equitativo en este punto, olvidó dos circunstancias  esenciales, como son las de no haber sido Eva la que juzgó y condenó después de haberle seducido, y la de que Dios al sentenciarle tuvo en cuenta que en aquella ocasión él había sido el frágil, lo cual atenuaba su delito, siendo por esto sin duda por lo que le impuso la menor pena. Pues no puede negarse que en aquel juicio, fuera de la sentencia común de la muerte, el hombre fue el mejor librado, puesto que ha hallado con el transcurso del tiempo la manera de eludir su sentencia, comiendo en muchas ocasiones el pan sin regarlo con el sudor de su rostro. Mientras que la mujer, además de llevar a medias esta pena común a la especie, jamás podrá eludir la de la maternidad, y la serpiente jamás volverá a tener el orgullo de caminar de pie, como parece que acostumbraba hacerlo en aquel entonces.

A partir de las primeras épocas, las disposiciones y costumbres más arbitrarias y más inicuas fueron establecidas acerca de la mujer. En unas partes se la condenó, como Arabia y Tartaria, a ser enterrada entre las arenas del desierto en el acto de nacer, para evitar los gastos que erogase su manutención; en otras, a ser quemada viva con el cadáver de su marido para que la propiedad no sobreviviese al propietario; en otras a ser vendida al hombre que quería poseerla; en otras a ser ignominiosamente arrojada del hogar conyugal, si no tenía sucesión, y en otras a ser cruelmente matada, si faltaba a los deberes que le prescribía un honor que se le imponía, pero que no se le daba; que se le hacía acatar pero no se le hacía comprender, y el cual siendo un resultante de la dignidad, mal podía guardarlo quien carecía de esta cualidad, por haberse acostumbrado al envilecimiento que le marcaban el desprecio y la tiranía. Por lo demás, esta aberración ha sobrevivido en su mayor parte hasta nuestros días, y el marido sigue exigiendo la estimación y la custodia de su honor a la mujer-instrumento a la mujer-autómata, a la pobre ignorante a quien no ha enseñado ni la estimación de sí misma.

Al buscar algo que tenga visos de explicación en estas criminales anomalías, encontramos que la dominación del hombre sobre los otros animales tiene, si no una razón, un motivo de ser que es la reconocida diferencia que existe entre él y ellos, y puede llamarse superioridad. La dominación del hombre sobre el hombre tiene, a pesar de la injusticia y la iniquidad que la hacen repugnante, algo atrevido porque hay en ella una lucha que emprender y una victoria que ganar, y puede llamarse la ley del más fuerte. La dominación del hombre sobre la mujer no tiene razón ni motivo de ser, pues no hay diferencia moral ni intelectual entre ambos, ni tiene nombre, porque no puede llamarse superioridad a la usurpación de los derechos naturales, ni ley de fuerza a la tiranía ejercida sobre un ser que nunca ha luchado, que nunca se ha defendido, y al que no se le ha permitido ni conocer siquiera las aptitudes de que se halla dotado.

La mujer, hundida siempre en el obscurantismo, no ha hecho más que seguir dócil y obediente la senda que le ha trazado el hombre, y marchar de humillación en humillación por el triste camino de la obediencia, vendida unas veces, comprada otras, sierva las más, y  sacrificada siempre, según el carácter de las diversas épocas porque han ido atravesando los pueblos. En Roma ha sido sucesivamente el mueble que se traspasa, el ornato de la  bacanal y el holocausto del fanatismo; en España fue al mismo tiempo reina de ornato en la justa y esclava en el hogar; en Arabia prisionera del placer, y en Turquía la mansa oveja destinada a llenar los serrallos de los sultanes, sin que nada haya cambiado aún su suerte en los tiempos presentes.

Si la mujer se halla plagada de defectos capitales, de todos ellos es responsable el hombre, porque habiéndola tenido constantemente bajo su tutela y dirección, él ha asumido la responsabilidad de sus actos y es a él a quien ha correspondido en todas ocasiones hacerla producir los útiles resultados de que es susceptible, y a los cuales la predisponen ya la dulzura peculiar de su carácter, ya su exquisita sensibilidad, ya su abnegación y natural tendencia al bien, casi en su totalidad. Pues si bien es cierto que hay como en todo conjunto, mujeres que se embajecen, que caen y se degradan, si bien se examina, son pocas las que por mera inclinación delinquen, y forma relativamente una excepción muy pequeña en la generalidad de su sexo.

El hombre de los tiempos pasados jamás quiso comprender que elevando a la mujer se creaba una compañera digna, y en lugar de mejorar su condición a medida que los horizontes del adelanto y de la ciencia se fueron ensanchando para él; en lugar de llevarla a su lado como su compañera natural en todas las ascensiones de su espíritu, en todos los adelantos de la inteligencia; en lugar de tenderle la mano diciéndole: “Tú eres un ser igual a mí; tú has debido nacer en la tierra como yo; tu eres mi madre protectora y cariñosa, mi dulce hermana, mi amante fiel, mi obediente hija, ven conmigo; el mundo es nuestro, compartamos su dominio”; el hombre le dijo solamente: “Tu has nacido de mí, me debes el ser, yo soy tu superior y tu deber es someterte siempre a mi voluntad. Te prohíbo tomar parte en todas las empresas del genio, porque tú no puedes entrar en este terreno; porque tu pensamiento es limitado, porque tu cerebro está conformado de otra manera que el mío. Tú sólo sirves para atender a mis necesidades materiales; para cuidar de mi hogar, hacer calceta, prevenir todos mis deseos y complacer todos mis gustos: ésta es tu misión. Te doy mi protección como padre, pero no te sacaré de la esfera que debes ocupar; te doy mi respeto como hijo, pero al salir de las aulas ya no escucharé tu opinión ni tu juicio, porque tú no sabrás nada de lo que yo habré aprendido; por último, te doy mi mano y mi nombre como esposo, pero en cambio tú debes darme cuanto tienes y cuanto eres: tu salud, tu vida, tu inteligencia y tu libertad. Yo quedo libre y tú encadenada para siempre, pues las faltas que yo cometa no me deshonrarán, y en ti la primera falta será el último crimen. Esto me ha enseñado mi ciencia anatómica, esto han dictado mis leyes, y tú no tienes más arbitrio que someterte a mi infalible fallo.”

Tal fue el destino que el hombre marcó a la mujer en los países civilizados, donde el progreso le concedió al menos la gracia de cambiar la cadena material que sujetaba su cuerpo, por la cadena moral que debía sujetar su alma.

En vano la elocuente voz del saber, del talento y de la conciencia han insinuado la plenitud de los derechos de la mujer, en vano Michelet la ha defendido contra la iniquidad, dedicándole los más hermosos destellos de su genio; en vano Girardín la ha declarado “la igual a su marido y la dueña de sus hijos”; en vano Pelletán la ha proclamado “la mujer ciudadana”; en vano el hombre humanitario, el hombre ilustrado y el hombre demócrata han protestado contra este abuso de la fuerza y del egoísmo. Todo ha sido inútil. El hombre vulgo no ha querido oír, porque sabe que la libertad de la mujer será el límite de su libertinaje y de su tiranía, y es por esto por lo que la ha acusado sin delito, la ha juzgado sin proceso y la ha condenado sin apelación, negándole las facultades que la naturaleza le ha concedido, y declarándola parte puramente pasiva en la especie humana.

La única preponderancia que el hombre efectivamente posee sobre la mujer es la física, y aun ésta suele más bien ser efecto del género de vida que sigue, que efecto de su propia conformación, puesto que al nacer no es menos grande ni menos fuerte que el hombre. Cuando los músculos de la mujer han sido sometidos a idénticos tratamientos, han igualado en fuerza a los del hombre; y para corroborar nuestro dicho, no necesitamos remontarnos a los pueblos primitivos ni a los pueblos bárbaros, donde la mujer compartía y comparte aún con el hombre todas las rudas faenas del trabajo y de la guerra. Sin apelar a estas pruebas, allí tenemos a la mujer del pueblo, a la gimnasta y a la campesina de nuestros días que ejecutan trabajos que requieren una fuerza física igual a la del hombre, sin contar con que en la mujer la abnegación suple a la fuerza en todas las vicisitudes de la vida.

Mas a pesar de esta comprobada y comprobable verdad, la mujer ha cedido y cede gustosa al hombre este privilegio que ni le ha disputado ni tratará de disputarle jamás. Porque ella, que es naturalmente apreciadora de lo delicado y de lo bello y posee por innata intuición el instinto de agradar, sabe perfectamente que la rudeza de la fuerza no le sienta bien, como no sentaría bien el tallo del arbusto a la azucena, y sabe también que su principal atractivo es su debilidad.

Por este lado podéis estar tranquilos, vosotros los que, temiendo perder algo de vuestro poderío, atacáis con el ridículo la emancipación de la mujer. Ella no os desalojará de los buques de guerra, perded cuidado, no la veréis nunca calarse el yelmo del conquistador, ni las botas de campaña de Federico el Grande. Ella tomará más bien por modelo a Venus que a Hércules. No es este lado material de vuestro trono el que ella anhela escalar; es el otro, el más alto, el más difícil quizá, pero el más bello, el más poético, el más sublime y el que más concuerda con sus tendencias. Es decir, el lado intelectual, cuyo paso no podréis interceptarle el día en que ella comprenda que le corresponde de derecho y que debe sentarse con vosotros en ese trono.

La mujer, como antes hemos dicho, ha sido reducida a cero en la gran aritmética del mundo y en la gran familia de la humanidad, y los motivos que para esto se han tomado o por mejor decir, las disculpas que después de haberla anulado y declarado incapaz, se han interpuesto, son su menor tamaño y la diferencia que algunos sabios, de los que buscan las aptitudes de la vida en los despojos de la muerte, han creído hallar en su masa cerebral comparada con la del hombre. Respecto de lo primero, creemos poder asegurar, sin temor de equivocarnos, y tomando por apoyo la experiencia de la historia, que la inteligencia no consiste en la talla individual, porque si ésta se midiese por las dimensiones del cuerpo, Sansón debería haber poseído el mayor talento del Universo y, muy al contrario, según nos cuenta la Biblia, si asombró por su estatura, no brilló por su genio, y los honores del triunfo, aunque de mala ley, fueron concedidos a Dalila, que debe haber tenido, de seguro, muchas pulgadas de altura menos que él. Respecto de lo segundo, diremos que no conociendo de la anatomía sino el nombre, y guiándonos únicamente por el raciocinio, creemos que estos dos seres que forman una sola especie, que poseen los mismos instintos, las mismas aspiraciones, idénticas funciones e idénticos destinos, y que son complementos el uno del otro, son iguales moral e intelectualmente, sin que  puedan desvirtuar en manera alguna esta igualdad las pequeñas diferencias físicas que les distinguen y que son comunes a todas las especies, entre las cuales no existe más desigualdad que la del sexo. Fuera de esta particularidad que separa un género del otro, ningún naturalista ha encontrado jamás que el masculino posea un grado más de inteligencia que el femenino. Ésta siempre se revela a la misma altura en ambos géneros; y aun siguiendo la escala descendente de la naturaleza hasta los seres de más notoria inferioridad, llegando hasta los productos del reino vegetal, el botánico podrá señalar las diferencias que distinguen a la flor hembra de la flor macho. Pero nunca podrá manifestar que el perfume, que es la emanación del vegetal, como la inteligencia es la emanación del animal, es superior o inferior en una de ellas. Sólo al anatómico estaba reservado hallar tal diferencia entre el hombre y la mujer; por lo cual nos es permitido dudar, primero, de su existencia, y luego de su significado. Pues como la capacidad intelectual femenina hasta hoy no ha sido experimentada en ninguna de las materias que se le han impedido cursar; como jamás se ha preguntado a la mujer si se siente capaz de seguir el mismo camino científico que el hombre, y como a pesar de todo esto, cuando ella por excepción, sola y sin estímulo ni apoyo alguno, ha dado algunos pasos fuera del límite común que le había prefijado la sujeción rutinaria de la opresión y la costumbre, ha no sólo igualado sino a veces superado al hombre. Podría suceder muy bien que esta diferencia denotase superioridad, y que llegase un día en que el hombre que ha visto hasta ahora la idea de la emancipación de la mujer como una loca y ridícula utopía, el hombre que se ha concretado únicamente a estudiar en el cerebro inerte el lugar que ocupó la inteligencia, tenga que confesar, examinando con el escalpelo de la imparcialidad la inteligencia viviente, no sólo la igualdad sino la supremacía intelectual de la mujer.

No por esto nos atrevemos a suponer que ésta llegue a presentar un tipo de rara perfección; pues si la creemos dotada con todas las cualidades del hombre, debemos creer que adolece también de todos sus defectos. Y quizá esta ilusión de superioridad nos haya sido sugerida por el hombre mismo, cuando habiéndose constituido en regulador de todos los actos de la mujer, ha asumido la responsabilidad de sus errores, dejándole el realce del mérito particular en las grandes obras que ella por sí sola y sublevándose contra la oposición masculina ha ejecutado. Por lo demás la naturaleza a su vez parece haberla juzgado así, puesto que le ha encomendado el empleo más arduo y más grandioso sobre la tierra, el de creadora y madre del género humano, cada uno de cuyos seres significa un conjunto de sacrificios suyos, y lleva en su frente el innegable bautismo de sus lágrimas y la eterna protección de sus cuidados.

La mujer, no obstante las trabas que se le han impuesto, ha figurado a veces por su propio esfuerzo al lado del hombre, y ha llenado gloriosamente la lista de sus grandezas bajo todas las faces de las sociedades, de las costumbres, de las religiones, etc. Su nomenclatura no es desconocida en la historia, a pesar de la total carencia de elementos instructivos a que se ha visto reducida desde sus primeros días. En todas las épocas y en todas las manifestaciones de sublimidad intelectual y moral, la mujer se encuentra representada por Séfora, Veturia, Santa Mónica y tantas otras que sería largo enumerar, y que aun en medio de los odios políticos y religiosos se hicieron admirar, tanto entre los diversos bandos guerreros de la edad media, como entre las diversas sectas del paganismo y el cristianismo.

Los colegios, las universidades, los seminarios, las academias, todos los templos, en fin, donde se ha levantado un altar a la ciencia o un pedestal al arte, han estado siempre cerrados para la mujer, que nunca ha llegado a pisar los dinteles de una Sorbona. Y sin embargo, de esa masa inculta y oprimida, relegada a los obscuros rincones del hogar y a las austeras prisiones del convento, la mujer se ha levantado reflejando luminosas siluetas, como el astro que en noche tempestuosa logra brillar un momento entre la densa obscuridad del cielo.

Allí donde la ley sálica no le ha impedido empuñar el cetro, que según las instituciones por herencia le correspondiera, ella ha sabido presentarse al mundo demostrándole que no son incompatibles en su ser la belleza y el genio, la dulzura y la energía, la virtud y la decisión. Ella ha sabido manifestarse grande y sabia, ya salvando a la patria en Juana de Arco, ya gobernando con acierto y cordura bajo el respetado nombre de María Teresa de Austria, ya subiendo al cadalso con la entereza del héroe representada por María Antonieta y Juana Roland, ya empuñando la espada de la autonomía nacional bajo el modesto mando de doña Isabel la Católica, quien venció con ella las dos terribles hidras de la guerra civil y la dominación extranjera, que sus antecesores teniendo mayores elementos no habían podido vencer; quien impartió a las letras y a las artes una protección que tanto se había descuidado, y por último, quien tendió su mano al genio para ayudarle a pasar la inmensa barrera de la preocupación y la ignorancia que le separaba de un mundo que ella no concebía, cuyas probabilidades de existencia nadie le había enseñado, pero que no obstante, con su natural penetración adivinaba.

Allí donde, a través del obscurantismo y la reclusión, un vislumbre de arte ha penetrado, el alma de la mujer, ávida de adelanto, le ha recogido para devolverlo luego convertido en los melodiosos versos de Sapho, Santa Teresa de Jesús y Sor Juana Inés de la Cruz. Allí, en fin, donde el hombre, no pudiendo obrar solo, ha asociado a la mujer en sus empresas artísticas, ésta ha correspondido a sus esperanzas, y en el canto, en la música, en la dramaturgia, ha logrado producir verdaderas notabilidades que han contribuido al desarrollo de todos los ramos en que ha tomado parte.

Ahora bien, ¿por qué el hombre que con tan buen éxito ha introducido a la mujer en los coliseos y en los conservatorios de música, no la ha introducido también en todas las demás escuelas de instrucción? ¿Sólo para estos ramos ha encontrado aptitudes en ella? ¿La que ha penetrado en los templos de Talía, Melpómene y Euterpe y ha recogido los laureles del triunfo, es indigna de penetrar en los demás templos del saber? Creemos que no. Entonces, ¿por qué esa detención; por qué ese inexplicable hasta aquí que ha parado las alas de su inteligencia al tender su vuelo hacia la verdadera vida, que es el pensamiento; hacia la verdadera grandeza, que es el infinito? Porque el hombre no ha llamado a la mujer a su lado sino cuando la necesita para su propio engrandecimiento; porque Roscio solo no valía nada sobre la escena, no podía representar las tiernas emociones del amor sin que estuviese a su lado la hermosa que le enamoraba, ni los terribles sufrimientos de los celos sin presentar, a su vez, la ingrata fementida; porque Weber y Mozart, al convertir en armoniosas notas la voz de la humanidad, no podían dejarla incompleta y era preciso que hicieran responder al varonil acento del hombre el suspiro tenue y melancólico de la mujer. He aquí por qué en estos dos ramos del arte, el hombre dio participio en su adelanto y asoció a su gloria a la mujer. Mientras que en la estatuaria, la pintura, la literatura, la química, la física, la astronomía, la geología y todas las artes y las ciencias en que podía pasarse sin ella, no la llamó, porque no quería cederle una parte de sus descubrimientos ni un laurel de su corona, y porque además, abusando del privilegio del exclusivismo y del monopolio, tenía derecho a usar de su cooperación material, sin necesidad de hacerla partícipe de sus triunfos.

Por ejemplo, Fidias traspasó al mármol sus bellas formas, sin cederle nunca el cincel; Miguel Ángel y Rafael tomaron su sonrisa, su mirada, su cabellera, para ornar con ellas los semblantes de sus vírgenes, sin poner jamás entre sus manos el pincel intérprete del genio. Ariosto, Dante y Petrarca, pudieron cantar las esperanzas, los ensueños y los idilios que ella les inspiraba a cada paso, sin creerse por esto obligados a prestarle su lira para que ella cantase los suyos. Hipócrates y Galeno examinaron en ella el organismo femenino y no tuvieron por conveniente darle cuenta de su examen, así como el químico, el físico, el astrónomo y el geólogo no tuvieron motivo para introducirla en el santuario de su saber, porque para ser grandes en la ciencia no necesitaban de su auxilio y podían bastarse a sí mismos. Verdad es que la mujer tampoco necesitaba saber nada de esto, para desempeñar el papel de ama de cría y doncella de labor que tuvo a bien designarle el hombre.

¡Pobre mujer! Para ti hasta estos momentos, en que comienza a iniciarse tu reacción, el mundo no ha avanzado. A ti no se te ha enseñado, para que lo resguardes mejor, cómo está conformado tu cuerpo ni qué substancias son nocivas o benéficas a tu naturaleza. Aislada intelectualmente del hombre tu mentor, sólo te ha sido permitido buscar la clave de tus sufrimientos en el triste libro de tu dolorosa y solitaria experiencia. A ti no se te ha concedido saber de qué se compone al aire que respiras, qué significa el cielo que te cubre; cuáles son las propiedades del globo que habitas; ni cuáles las leyes que rigen las sociedad en que vives. A ti no se te ha permitido nutrir tu alma, como ninguna combatida, con la savia potente de la instrucción que fortalece y sostiene; alimentar las largas veladas de tus cuidados maternales con el estudio de los fenómenos naturales que pudieran dar explicación a tus excepcionales situaciones, ni entretener las penosas vigilias de tu enfermedad con la contemplación grandiosa de lo infinito, que levantando el espíritu de la prosa de la materia, lo hace flotar, purificado y risueño, por los azules espacios sidéreos. No, tú no has podido gozar con estos placeres espirituales, porque tu deber ha sido ignorar hasta los más elementales conocimientos del mundo exterior, ya sean  físicos, filosóficos o astronómicos, y no has podido clasificar ni el rayo de luna que penetra por la estrecha ventana de tu alcoba. A ti, en fin, a quien los tiempos pasados relegaron a la más crasa ignorancia, no te ha quedado más campo de expansión que la frivolidad y la ligereza, ni más deber reconocido que la sujeción absoluta y la automática docilidad; ni más mundo que tus afecciones íntimas, circunscritas al laborioso circuito del hogar doméstico, donde se te ha dejado la libertad del corazón para sentir, pero no la libertad de la inteligencia para pensar.

Y lo más particular es, que a la vez que se ha educado a la mujer lejos del mundo externo, ajena a las costumbres y tendencias de la sociedad en que mora, se le ha exigido que evite y prevenga el mal sin conocerlo, al mismo tiempo que se le ha impelido a él con todos los arbitrios de la seducción.

Acechada y perseguida paloma al ocultarse bajo el manto de Lucrecia; vil y repugnante creatura al vestir el peplum de Mesalina; despreciada y nunca creída penitente al derramar sus ojos las lágrimas de Magdalena, para ella no ha existido una protección efectiva. La fuerza la ha subyugado, el abandono intelectual ha aniquilado su potencia pensadora, la sumisión ha embotado su energía moral y las leyes la han desamparado en su debilidad.

Para la mujer no ha habido fueros, privilegios, ni derechos; en vez de alimento y estímulo, sólo ha encontrado imposibilidad, menosprecio y oposición, sin que haya para ello el menor motivo que alegar; pues si recorremos su pasado la hallaremos digna y capaz en muchas circunstancias de las que ha recorrido en su anómala existencia. Se le ha negado el voto civil, el derecho de ciudadanía que como a miembro activo de la sociedad le corresponde en cualquiera nación civilizada, declarándola inepta, indiferente y pusilánime, sin recordar que en Granada ella ayudó al hombre a defender las conquistas de sus mayores, y disputó a los Ponce y a los Córdova la posesión de Loja y Alhama; que en Zaragoza empuñó la mecha del cañón y defendió ante el enemigo extranjero la autonomía nacional; que en Francia sostuvo la independencia, tanto ante las terríficas cohortes de Julio César, como ante los aguerridos ejércitos de Inglaterra, y que subió sonriendo a la hoguera que la esperaba por premio de su valor. Que ella lo  mismo que el hombre fue arrojada a las fieras en los circos romanos por sostener las nacientes ideas del cristianismo; que ella cuando el hambre y la miseria aquejaban al pueblo, fue la primera que arrostrando las fatigas del camino y llevando a sus hijos en sus brazos, marchó sobre las Tullerías pidiendo a Luis XVI trabajo y pan; que ella también presentó su pecho a la metralla en las batallas de Jemappes y de Valmy, y aunque injuriada con el epíteto de “calcetera de Robespierre”, y destituida de sus prerrogativas civiles, llevó su contingente de ideas a la Asamblea Nacional y su contingente de sangre a la plaza de la Gréve. Que ella, siempre sin autorización y a pesar suyo, ha seguido al hombre en todos los peligros, se ha presentado junto a él en los campamentos como ángel salvador, ya bajo el hábito de hermana de San Vicente de Paul, ya simplemente bajo el augusto velo de madre, de esposa o de hija, y entre el humo del combate le ha levantado del campo de la muerte, ha restañado su sangre y le ha devuelto a la vida cubriéndole de lágrimas y caricias. Que ella, en fin, ha marchado siempre tras él, y muchas veces delante de él, sacrificándose por su amor, por sus intereses, por sus derechos, por sus creencias y hasta por sus errores y sus fanatismos, puesto que en los martirologios de cada religión aparece su hombre al lado del suyo en todas las épocas. Esto es lo que la mujer ha hecho en las convulsiones políticas de los pueblos, no por excepción sino en masa, y comprobado por las páginas fehacientes de la Historia.

En el estado civil, el hombre ha desheredado a la mujer del derecho natural de pensar y de obrar que tiene todo ser racional, vedándole la entrada en todas las carreras intelectuales; convirtiéndola de persona en cosa, de entidad en nulidad; quitándole todo arbitrio para atender directa y particularmente a sus necesidades de subsistencia, negándole la igualdad concedida por la naturaleza, y relegándola ante la sociedad, como padre, esposo y hermano, al papel de sierva y protegida suya. Para esto la ha acusado de incapacidad intelectual y de debilidad moral, y otra vez ha faltado a la verdad, porque ella es la que ha desempeñado en la gran familia humana el oficio más difícil; ella es la que ha llevado sobre sus hombros las más pesadas cargas; ella es la que ha asumido la responsabilidad de los resultados sin tener la dirección de los hechos; porque ella ha sido la encargada de resolver los más intrincados problemas del haber insuficiente del hogar doméstico, la economista de la hacienda, la directora de la vida común; porque además de soportarlas, ha enmendado las faltas masculinas, y cuando el caso ha llegado, ha sabido cumplir con los deberes propios y ajenos, sosteniendo el domicilio conyugal de donde él ha huido, alimentando al hijo que él ha abandonado, con el miserable pan del ímprobo trabajo manual, de la mendicidad o la prostitución, únicos tristes medios que se han dejado a su alcance.

En la familia, lo mismo que en la nación y que en la sociedad, el hombre que ostensiblemente ha cumplido con sus deberes, interiormente ha sometido a la mujer a la misma supuesta inferioridad, privándola hasta de los derechos íntimos que le concede el privilegio de la maternidad. Allí la ha convertido de señora en sirviente, de compañera en tutoreada, de madre en niñera; se ha abrogado sobre los seres que ella forma a costa de su salud y que alimenta con su sangre, todos los privilegios que no le corresponden; le ha negado la dulce recompensa de dar su nombre a los que da su vida, y el noble orgullo de dirigir por sí misma y libremente a la familia que ella produce, proclamándose su protector y su sostén, cuando la mayor parte de las veces no ha sido sino su tirano y su dueño.

Para erigirse en árbitro soberano del hogar, el hombre ha alegado contra la mujer los motivos de siempre: debilidad física e incompetencia de criterio y de juicio, y en esto como en lo demás, ha faltado también a la verdad, porque al tomar la supremacía la ha despojado de sus derechos sin disminuir en nada sus deberes; de lo que ha resultado que, físicamente, ella ha tenido que resistir a un trabajo más minucioso, más continuo y más penoso que él. Sus faenas no terminan nunca y su decantada debilidad se ha connaturalizado con la vigilia, con el ayuno y con todos los padecimientos inherentes a su naturaleza y a su heroica misión. Ella, la débil, ha pasado la vida inclinada sobre la cuna de las generaciones, y a pesar de la flaqueza de sus fuerzas, ha velado sin quejarse ni cansarse nunca, al pie del lecho del hijo o del esposo enfermo; mientras él la entrega a mercenarios cuidados cuando la falta de salud la postra; porque él, el fuerte y el superior, no puede ocuparse en esas pequeñeces, en esas frivolidades, que son las grandezas y las cuestiones profundas reservadas a la mujer.

En la parte moral, mientras él ha hecho alarde de su fuerza corpórea, ella, la apocada, la pobre de espíritu, le ha probado a cada paso la fortaleza de su alma; mientras él, ilustrado y sabio, ha hecho gala de su buen criterio y sano juicio, ella le ha probado, sin más filosofía que la que lleva en el corazón, que él no sabe amar, sentir y sufrir como ella.

En cuanto a la constancia y la honradez en el cumplimiento de los mutuos deberes, la mujer ha sido la que, en gran mayoría, ha tenido que apelar a los tribunales, exigiendo al hombre el cumplimiento de los suyos hacia sus propios hijos, deberes que ella, casi sin excepción, cumple con la más expontánea voluntad, y hallando en ellos la más grata satisfacción, por dolorosos que sean.

Las inclusas, si bien se examina este punto, no han sido fundadas para recoger  a las víctimas de la indolencia femenina, sino a las víctimas de la ingratitud y la desmoralización masculinas. Siendo la mujer la primera de ellas, al hallarse obligada por el abandono del seductor, la desesperación, la impotencia, la miseria y el estigma social de la deshonra, que ella sola reporta, a recurrir, para allanar su situación u ocultar su falta, a esos hospicios de la caridad pública, tristes invernaderos del alma, donde el amor criminal y perjuro, impele al amor desgraciado a esconder los más divinos rayos de su felicidad, y los más puros sentimientos de su alma.

Las faltas de la mujer en todos los sentidos, pero en éste más que en alguno otro, no han sido siempre sino una consecuencia forzosa de las del hombre. Jamás se ha sabido que éste haya tenido que reclamar a la esposa o a la amante el abandono de un hijo, si él no los ha abandonado a ambos, colocando a la mujer, por medio del hambre y la vergüenza, en la terrible situación de aquella madre que en el juicio proverbial de Salomón, cedió su hijo, para salvarle la vida, a la impostora que lo reclamaba.

Los seres infelices que crecen en la inclusa, son aquellos a quienes el hombre ha negado oficialmente su paternidad y su nombre en una partida de bautismo, aquellos a quienes fría y calculadamente han declarado sus leyes bastardos o hijos naturales. Y cada uno de ellos significa una tragedia materna, una existencia femenina agostada en su primavera, un corazón muerto, un raudal de lágrimas que sólo llegará a extinguirse con la conclusión de la vida.

Y aún así, si se hiciese el cómputo de las mujeres que han vivido y viven abandonadas por el hombre responsable de su suerte, se verían que son muy pocas las que apelan a este terrible recurso. Se vería que las nueve décimas partes de las mujeres burladas, arrostran el deshonor, el descrédito, el desprecio, la indigencia y todo el cúmulo de miserias que en tales casos se ceban en la mujer que ha sido víctima del engaño y la felonía, antes que separarse de los seres que desde el momento en que nacen anulan su personalidad, convirtiéndose en el único y solo objeto de su vida.

Por este amor inmenso, infinito, supremo y peculiar sólo a las madres, es por lo que casi siempre ha sido el hombre, y nunca la mujer, quien ha faltado a las uniones por hecho o por derecho contraídas. Ella ha sido constantemente la víctima expiatoria de las comunes faltas, la responsable de ajenos actos y la que ha reportado las consecuencias fatales de todos los extravíos a que se la ha predispuesto por su falta de educación, a que se la ha inducido por la seducción y el predominio moral y físico, y a que se la ha arrojado impunemente, prevaliéndose de la poca protección que las sociedades le han concedido.

No ha sido mucho más satisfactorio ni placentero el estado íntimo y social de la mujer feliz, es decir, de la mujer que ha tenido la fortuna de no caer en las deshonras amorosas, únicas de que hasta ahora se la puede acusar. No ha sido mucho más feliz el destino de la hija o de la esposa que han tenido la fortuna de no perder la tutela de un jefe obligatorio, pues sólo han obtenido la tranquilidad y el aseguramiento de la subsistencia a costa de la sumisión, del vasallaje y de la total abdicación de su libre albedrío y su inteligencia. Para la mujer, lo repetimos, no ha habido costumbres, administración, religiones ni moral propias. Los pocos destellos de luz que hasta su apartado retiro han penetrado, han llegado a sus ojos de segunda mano y opacados por la constante interposición de la voluntad masculina, opositora de la suya. Ella se ha visto reducida a dos obscuridades: la natural de las épocas porque ha ido atravesando y la impuesta por el hombre para retenerla en una esfera de relativa degradación.

Tal es la biografía general de la mujer en la historia, y tal el resumen de los hechos que denotan en ella la docilidad, la abnegación y, si se quiere, la sumisión de la ignorancia, pero nunca la inferioridad intelectual, que el pasado lleno de sombras, errores e iniquidades, ha venido acumulando sobre su destino, como último baluarte de una tiranía que al soplo de la razón y la justicia, tiene que desaparecer de la faz de la tierra, como uno de los postreros sonrojos de la humanidad.

Parte segunda

De todas las imposiciones antiguas, de todas las esclavitudes y de todas las leyes que la han oprimido en las eras pasadas, quedan sólo a la mujer en las presentes, con los vestigios de su anterior abyección, las tristes costumbres del menosprecio de sí misma, la indiferencia y la resignación de la servidumbre. Conforme, en apariencia, con su suerte, sufre y calla en general ante las duras exigencias de la sociedad y la familia, como calló antes ante las rudas crueldades del cautiverio, el claustro y el verdugo. Lo que antes se la imponía por fuerza, ahora lo ejecuta ella por rutina y de esto también el culpable es el hombre, pues si las sociedades modernas, después de haber declarado a la mujer débil de cuerpo y alma e incapacitada para cuidar de sí misma y de sus asuntos; después de cerrarle todos los caminos de que para arbitrarse la subsistencia y la seguridad personal dispone el hombre, y después de haber concedido libertad, privilegios y derechos sólo al hombre, fuesen al menos justas y equitativas con ella, habrían decretado leyes que como a débil e inerme la amparasen. Y ya que nunca debe pasar en todos sus estados, de ser una niña grande que no puede vivir sin el apoyo masculino, habrían desplegado toda la severidad de esas leyes contra el seductor y el perjuro que abusase de su candor; contra el padre desnaturalizado que retirase su protección a sus hijas antes de casarlas, y contra el que dejase a sus hijos pequeños entregados a la impotencia de la madre tan inepta y desvalida como ellos. En suma, estas sociedades que han tolerado y aprobado el anulamiento de la mujer, debían obligar al hombre en todos casos a cumplir con el protectorado que sobre ella ejerce, o castigarlo duramente toda vez que faltase a él. Aun previstos estos tres casos, todavía el Estado estaría en el deber de fundar hospicios para recoger a la huérfana y a la viuda, cualquiera que fuese su edad, puesto que para ella nunca llega la perfecta mayoría civil.

Si se considera a la mujer como niña, que como a tal se la proteja y se la ampare; si se la considera como mujer, que se le den todos los elementos educativos y todos los derechos sociales de que disfruta el hombre. Desgraciadamente, no sucede ni lo uno ni lo otro, especialmente en México, donde la mujer conserva casi todas las prescripciones del feudalismo paterno y marital, donde el hombre monopolizador de la instrucción y de la luz, al ir desprendiéndose de sus errores, supersticiones y fanatismos, ha tenido especial cuidado de refundirlos y depositarlos en ella.

Una sola nación, los Estados Unidos del Norte, y justamente la única que marchando a la vanguardia de la civilización ha dado ya a la mujer casi todas las prerrogativas que le corresponden, es la que la ha puesto a salvo de la opresión, haciendo que se la respete y se la cuide; que los compromisos, deberes y obligaciones que con ella se contraigan sean los primeros que se cumplan, imponiendo las penas marcadas por la ley al que abuse de ella, y haciendo que se la indemnice de cualquier daño o perjuicio que se la cause.

En las demás naciones, por el contrario, sigue sosteniéndose la desmoralización y la iniquidad masculinas sobre la inercia y la debilidad femeninas, alegando para ello las sofísticas razones de costumbre, de las cuales la principal es que siendo la mujer la piedra angular de la familia, su emancipación es imposible, teniendo que vivir bajo la inmediata vigilancia del hombre, porque sus faltas son de grave trascendencia en el hogar, puesto que ella puede llevar su traición hasta el grado de hacer que el esposo engañado dé su nombre a un extraño y deposite el beso paternal sobre la frente del hijo espurio, que simboliza su deshonra. A esto contestaremos que si el hombre de los presentes tiempos puede avenirse a desempeñar el papel de carcelero en el matrimonio, si se conforma con la posesión de un cuerpo autómata y de una inteligencia muerta, y si juzga a la mujer incapaz de cuidar y conservar ileso su honor, ha hecho mal en abolir el sistema de los cerrojos y las celosías, pues con ello podría evitarse tan penosa y degradante tarea. Si, por el contrario, aspira a poseer un alma que le comprenda y un corazón que le ame, debe considerar que la guarda de la mujer nadie debe efectuarla mejor que ella misma; que su conducta depende de la educación que se le dé y de la dignidad, los conocimientos y la moral que se le infundan; que no serían nunca la opresión y la ignorancia las que le indiquen el camino de su propia perfectibilidad, cuando ellas han sido y son la causa de todos sus extravíos y desaciertos.  Además, como todos los actos de la mujer son modelados y provocados por el hombre, debe éste, en primer término, renunciar al privilegio que se ha reservado de introducir en el hogar ajeno los hijos que tanto le escuece que introduzcan en el suyo; dictar en seguida penas mayores aún que para la incauta adúltera, para el audaz seductor, para el infame ladrón que ha cometido el peor de los robos, el que nunca puede restituirse; el de la paz, el amor y la dignidad de una familia. Y todo esto sirviéndose de los mismos fueros que la ilustración y la libertad masculinas le han facultado para desplegar contra la torpeza, la ceguedad y la servidumbre femeninas.

Claro es que, en todos estos casos, el hombre emplea contra la mujer todos los argumentos y astucias de la fuerza intelectual y, quizá, de la física, y la mujer, que no ha desarrollado ninguna de las dos; la mujer a quien no se ha dado nunca armas ningunas para su defensa, cede ante ambas, por razón de su mala o ninguna educación, de su atraso mental y de la falta de estimación individual en que se la ha formado.

Entre estos dos culpables, ¿quién lo es más, el seductor o el seducido? ¿Quién merece mayor castigo, el que obliga o el que cede; el que con premeditación y ventaja comete el mal, o el que se rinde a la carencia de energía, víctima de su fomentada debilidad? Indudablemente, el más culpable es el primero; que se le castigue, entonces, como merece, para ir destruyendo el injusto criterio de la sociedad, acostumbrada a ver como faltas de poca monta en el hombre las deshonras que aprecia como crímenes en la mujer.

Desgraciadamente, mientras el marido se jacte en los cafés de sus conquistas amorosas, y aplauda las aventuras galantes de los demás y celebre la impunidad de que disfruta el adúltero; mientras tenga a su lado una esposa inexperta, inculta y cuya dignidad natural ha quebrantado él mismo, a cada paso se verá expuesto a representar el triste tipo de Rigoletto. Y no podrá, en justicia, ni exigir a la esposa el cumplimiento de respetos abstractos que no le ha dado a conocer bajo su verdadero punto de vista, ni reclamar a la sociedad, uno de cuyos miembros le ha ofendido, la satisfacción de una ofensa que recíprocamente le corresponde.

La segunda objeción que el hombre, siempre en provecho de sus gustos particulares, opone a la emancipación de la mujer y a la rehabilitación social y civil que la ponga en posesión de todos los cargos, empleos, oficios, artes y ciencias que hasta hoy se han dado únicamente al hombre, es, primero, el temor de que la médica o la abogada debiliten su ilusión, si llega a verlas con un instrumento quirúrgico o con un libro de leyes en la mano. Segundo, que le parezca ridículo ver a la astrónomo subir a un observatorio meteorológico, o [a] la farmacéutica penetrar en el laboratorio de química. Y, tercero, ver que la mujer pierda los encantos que hoy le prestan la impotencia, la sumisión, la nulidad, la ligereza y la coquetería, en que, expresamente para la comodidad y deleite del hombre, se la ha formado, de la misma manera que Napoleón formaba soldados que estuviesen a propósito para servir de carne de cañón.

Respecto del primero de estos puntos, contestaremos: que cuando esto suceda, el hombre volverá a robustecer poco a poco su ilusión, y la mujer científica no le causará peor impresión que la nodriza, la costurera y la cocinera actuales. Respecto del segundo, que el ridículo sólo consiste en la falta de costumbre que para juzgar cualquiera innovación se tenga, que la ilustración sólo puede aparecer ridícula ante la estupidez, que es la que generalmente ríe en tales casos, como rió del primer ensayo del vapor y del primer aeronauta que se elevó en los aires, quedando después sobrecogida de asombro ante los resultados de semejantes obras. En los Estados Unidos nadie ríe ya de la mujer que está al frente de grandes negociaciones comerciales, que dirije oficinas telegráficas, periódicos, que pleitea en los tribunales, que cura profesionalmente, y ni aun siquiera de la que monta en una máquina para conducir un tren, o de la que sube a los andamios de una casa para ejecutar un plano de arquitectura. Respecto del tercero, objetaremos que la mujer será siempre bella, siempre espiritual, siempre interesante, cualquiera que sea la carrera que abrace; que todas sus cualidades naturales aumentarán cuando a su hermosura física se una la cultura intelectual de que carece; que en lo concerniente al alma, jamás perderá sus cualidades morales, porque éstas son innatas en ella; jamás se amortiguarán en su seno la dulzura, el sentimiento, la abnegación y el instinto de sacrificarse por todo lo que ama. En una palabra, que en lo concerniente al amor, a la ternura del hogar y a los lazos íntimos de la familia, la mujer nunca dejará de ser mujer, como el hombre no dejará de ser hombre por haberse dedicado a las artes, las ciencias o las letras.

Hombres, aquellos de entre vosotros que cumpliendo con los sagrados deberes del hogar y con la protección que habéis ofrecido a la mujer juzgáis innecesaria e inútil su emancipación y os oponéis al adelanto de su sexo, buscad en torno vuestro la enorme cifra de mujeres solas, víctimas, abandonadas, degradadas e indigentes que os rodean, y no os opongáis a que aquellas que no protegéis ni protege nadie, se protejan a sí mismas asegurando su bienestar y su dignidad, por medio del saber y del trabajo, a los cuales tienen tanto derecho como vosotros.

El hombre ilustrado, el hombre progresista, ha comprendido ya, y comprenderá más cada vez, que cuando esta gran obra de la civilización se verifique, cuando esta gran justicia de la humanidad se cumpla, la mujer ganará mucho y él ganará también, pues sólo entonces tendrá a su lado una compañera completa a quien poder confiar sus intereses, comunicar sus proyectos y entregar la dirección de su familia y de su hogar. Sólo entonces podrá llenar el gran vacío de su mente, que la ignorancia de la mujer no le ha permitido llenar hasta hoy; podrá, al enaltecerse con ella, tener la certidumbre de su amor, que ahora no tiene, pues no sabe si la mujer, al unírsele en matrimonio, ha cedido únicamente a la imperiosa necesidad de asegurar una subsistencia que sólo él puede garantizarle, idea que debe ser muy poco satisfactoria para el hombre, y que, sin embargo, por el estado actual de la mujer, se realiza con más frecuencia de la que él puede imaginar. Podrá en vez de encargarla por inepta a un albacea, entregarla, al morir, la dirección de su hacienda y su familia, seguro de que ella sabrá administrar los bienes que le legue, o sabrá, teniendo una profesión, atender al sostenimiento del hogar. El hombre prostituido, el hombre déspota e inicuo, perderá en este cambio, porque ya no hallará el pobre placer de ultrajar a la debilidad de reinar sobre la miseria y avasallar a la impotencia, pero lo repetimos, el hombre digno, el hombre de corazón, el esposo honrado, el padre amoroso, ganarán mucho teniendo la noble satisfacción de llevar a su lado una compañera, bajo todos conceptos digna, y el supremo consuelo de poder asegurar el porvenir de sus hijas, a la par que el de sus hijos.

La tercera y más estupenda objeción del hombre a este respecto es que la mujer misma no quiere emanciparse; que ella misma se opone a su libertamiento, lo cual prueba que está muy contenta con la condición que se le ha asignado en sociedad.

Esta frase es admirable en vuestros labios, señores sabios de todos géneros, historiadores, fisiólogos, filósofos, socialistas, que conocéis a fondo las flaquezas, temores, vicios y debilidades de la humanidad por haber sido no sólo testigos sino actores en sus vacilaciones y alternativas. ¿Por ventura habéis olvidado ya, cuán poco a poco habéis ido admitiendo las novedades del adelanto, las innovaciones del progreso? ¿No recordáis cuánto os resististeis, no sólo en el Antiguo sino en el Nuevo Mundo para atreveros a murmurar la palabra libertad, que bullía sofocada en vuestros cerebros; cuánto vacilasteis antes de seguir aquí las banderas que Hidalgo, Bolívar y Washington se atrevieron a enarbolar; cómo fuisteis entrando despacio y de puntillas en el santuario de la conciencia libre que os abrieron allá Voltaire y Rousseau, y cómo todavía en el momento de poner en práctica la República, obcecados por la manía, dominados por la rutina aquí y allá, aún cantábais los estribillos de la esclavitud: ¡Viva Fernando VII! ¡Viva Enrique IV! ¡Viva el rey valiente! ¿Ignoráis acaso que una de las más tristes, de las más funestas consecuencias que la servidumbre trae consigo, es la abyección, que forma una costumbre difícil de desarraigar por más nociva e infame que sea? Pues si nada de esto habéis olvidado, si todo esto sabéis, ¿por qué os admira que la mujer vacile cuando vosotros habéis vacilado al poner el pie en la senda de lo desconocido; por qué os admira que la mujer dilate en reclamar sus derechos, como vosotros habéis dilatado, y por qué, en fin, suponéis que la mujer no quiere participar de esa libertad tan amable que vosotros habéis conquistado aun a costa de nuestra sangre?

Vuestro descuido a este respecto, vuestra indolencia o vuestro ingrato egoísmo, han retardado la marcha del mundo; pues, como ha demostrado Mr. Case, “uno de los primeros cuidados de todo buen ciudadano deber ser el arrancar la mujer a la influencia preponderante siempre de los adversarios del progreso”, y mientras esto no sea, estos búhos que gustan de las tinieblas, estas cornejas del retroceso, os opondrán siempre la invencible barrera de la ignorancia en la mujer, que os impedirá llegar al punto culminante de vuestra gloria.

Precisamente a vosotros, hombres ilustrados y progresistas, a vosotros que habéis declarado la igualdad civil del hombre con el hombre, es a quienes toca declarar y poner en vigor la misma igualdad entre el hombre y la mujer; sin esto, vuestra obra de engrandecimiento humano quedará incompleta. Habéis dado el primer paso en esta vía, dad el segundo; habéis introducido ya en las escuelas destinadas a la mujer las nociones de algunas ciencias, introducidlas todas por completo. Si la mujer es incapaz, convencedla de su insuficiencia, y habréis cumplido con vuestro deber; si es capaz, ayudadla a desarrollar sus facultades, dadle el lugar que le corresponde, alzadla al nivel de su marido. Si hay leyes que la protejan, cumplidlas; si no las hay, dictadlas, poniendo así un dique a los abusos del hombre pervertido, cometidos contra ella; dadle, en fin, las armas de la ilustración, para que se defienda en la lucha que continuamente tiene que sostener, proporcionándole la misma educación práctica y preventiva que a vuestros hijos varones, con objeto de que pueda afrontar sin peligro el porvenir, ya sea para sí misma, ya para cumplir dignamente con sus difíciles tareas de esposa y madre.

Y si a pesar de esto delinque; si falta a los sagrados deberes conyugales; si no llena la augusta misión de honrar y ennoblecer el santo hogar en la familia; como no es impunidad sino justicia lo que para ella pedimos; entonces, parodiando a Alejandro Dumas (hijo), repetiremos: la que de tal manera obra, la que no se estima a sí misma, la que se convierte en baldón del matrimonio, la que arrastra por el lodo el nombre de esposa y de madre y salpica con él las inmaculadas frentes de sus hijos, ésa no es la mujer, no es siquiera una mujer, es la mona del país de Nod, la hembra de Caín. ¡Allí la tenéis! ¡Castigadla!

No diremos con aquel ilustrado escritor ¡matadla! Porque en ningún caso sancionaremos el asesinato, ni reconoceremos en  nadie razón ni derecho para erigirse en acusador, juez y verdugo. Pero sí diremos: ¡allí la tenéis! ¡Dadle la pena que su culpa merece! Arrojadla del hogar poniéndola, como los antiguos romanos, la stola de las cortesanas; segregadla de la sociedad que mancha con su impura presencia; arrancadle a los hijos que no ha sabido conducir con su virtud; encerradla en la prisión, ya que no ha podido usar debidamente de los nobles atributos de la libertad. Pero dad también su parte de castigo y de vergüenza al cómplice, al principal actor en esta tragedia del amor infame, el cual generalmente en el último acto permanece oculto entre los bastidores del gran teatro del mundo, y absuelto in mente por el fallo social. Y cuando la mujer honrada y santa se presente ante vuestros tribunales pidiendo satisfacción del mismo delito, castigad con mayor dureza aún, como seductor y delincuente, al bígamo, al turco de las sociedades cristianas, al hipócrita mormón que no atreviéndose a presentarse como tal, hace mártir de su prostitución a la virtuosa e inocente esposa, que viene a convertirse en el blanco de sus ultrajes y en el velo que cubre sus vicios ante los ojos de los extraños. Consecuentes con vuestros principios de libertad e igualdad, dad a cada uno lo que es suyo, y habréis roto, de una vez para siempre, el último eslabón de la tiranía que hace tiempo venís demoliendo. Habéis quitado ya a la mujer el hábito de la monja para convertirla en madre; os falta quitarle ahora el dogal de la esclavitud doméstica para convertirla en esposa; y la traba de la exclusión civil para convertirla en ciudadana.

Desgraciadamente, en todas las naciones de origen latino, la costumbre del desprecio, la arbitrariedad y la injusticia hacia la mujer está tan arraigada que, no ya tratándose de la mujer culpable, sino de la mujer desgraciada que no ha cometido más delito que el de depositar su confianza en la caballerosidad masculina entregándole su honra y su porvenir, la ley o es impotente para castigar, o se elude con tanta facilidad, o impone al seductor penas tan leves, que son más bien una burla que una reparación para la ultrajada. Estos vacíos del Código Penal, en tales casos, causan que millares de infelices ni intenten siquiera quejarse, pues saben que cuando una mujer se presenta ante un tribunal llevando entre sus brazos al inocente fruto de su desventura, reclamando justicia por el engaño y la felonía de que ha sido víctima y designando al infame que le rehúsa una reparación, ante la negativa de éste todas sus gestiones son infructuosas, porque ella no puede evidenciar el delito que denuncia, y la justica, sin detenerse a considerar que si ella no tiene pruebas para probar su verdad, tampoco él las tiene para negarla, transa la cuestión dejándola como estaba antes de ser promovida. Es decir, que la mujer se queda con la hiel del ultraje dentro del alma, la mancha de la ignominia sobre la frente y, de todas maneras, perdido el amparo que para su hijo buscaba, pues aunque el culpable confiese la paternidad, si no quiere legalizarlo, la ley no puede cubrir con su manto al pobre bastardo víctima inocente de una deliberada perversidad.

Generalmente es este mismo hombre que ha negado en el juicio su culpabilidad, el que haciendo gala de ella, la declara en los corrillos de amigos, para tener la gloria de arrojar sobre la mujer caída la primera piedra. Es también el que se reserva para el momento o para más tarde, el derecho de exigir que se respete a su esposa y a su hija; el que está destinado a servir de director a su familia, y el que no se avergüenza  al pronunciar las palabras conciencia, honor y moralidad.

Añádase al abuso, a la indolencia y a la explotación de placeres que se efectúan con la mujer, su inercia, su ignorancia y su ineptitud para salvarse de las tristes situaciones en que la coloca el hombre, y hallaremos la suma completa de sus infortunios y del hundimiento de la mísera familia que de ella depende.

En vista de tantos casos de esta naturaleza que contemplamos en la sociedad, y de las tristes condiciones en que todos estados y sentidos se encuentra la mujer en general, creemos que como primer arbitrio, haya o no haya leyes que equitativamente la protejan, ella debe comenzar por protegerse por sí misma, por ser cauta y precavida para con el hombre, y por asegurarse un porvenir independiente para salvarse del yugo de la tutela masculina, y no verse expuesta a la indigencia o [a] la prostitución, luego que esta tutela le falta. Para esto no vemos más medios que su propio esfuerzo, pues no serán aquellos que la oprimen los que vengan a ofrecerle los derechos que para dominarla le han usurpado.

De la misma manera que los esclavos, los siervos y los colonos, sometidos a los diversos regímenes autocráticos, feudales y coloniales de las épocas pasadas, al despertar del letargo en que yacían e ir comprendiendo lo que debían y lo que podían para que les fueran concedidos, tuvieron que reclamar sus derechos por la fuerza de las armas. Entonces que no había más argumento que el combate, la mujer al comprender los suyos, tiene que reclamarlos por la fuerza de la razón y la justicia, poderosos argumentos que comienzan a dejarse oír en el presente.

La ley de la libertad tiene que ser igual y común para todos, y la mujer como cualquier otra clase social, si no se le da, tiene que tomársela donde quiera que la encuentre; si no se le proporciona directamente, tiene que entrar en ella de través. Si para ella no hay escuelas de carreras profesionales, tiene que penetrar por el solo esfuerzo de su voluntad en las pertenecientes al hombre; para ponerse a su altura tiene que introducirse velis nolis en todos los centros de trabajo, de la sabiduría y del adelanto humanos, de donde antes se la arrojaba ignominiosamente primero, se la excluía terminantemente después, cerrándole las puertas y de donde hoy, a medida que los cerrojos de la tiranía se han ido quebrantando, ya solamente se la retira no invitándola a entrar.

Queriendo ser justas en nuestras apreciaciones, hacemos constar y confesamos que si bien es cierto que la educación de la mujer ni se impulsa ni se estimula oficialmente; si bien es cierto que no comprendiéndose aún la alta significación moral y material que representa en la humanidad, no se le imparten aún todas las luces que para esclarecer su inteligencia necesita, también lo es que no se le impide acercarse a los luminosos focos de donde esas luces emanan.

Casi puede decirse que, en medio de la indiferencia y la insignificancia a que se le ha relegado, la muralla más alta que a su avance se opone es su timidez para salir del círculo de preocupación en que se la ha encerrado; su miedo a conocer el más allá del hogar, que se le ha vedado.

Es inconcuso que para que la mujer reclame sus fueros, es preciso que comprenda primero que los tiene, que se reconozca a sí misma y recobre la energía y la dignidad personal que casi por completo ha renunciado. Es necesario que trabaje por su regeneración intelectual ilustrando su mente con la luz de nuevas ideas, fortaleciendo su alma con la fe de nuevos principios y nuevas aspiraciones. Es necesario que deje de considerar la instrucción como herencia particular del hombre y que en las horas que sus quehaceres domésticos le dejen libres, si tiene familiar que atender, o en su tiempo todo si carece de ella, trabaje por su mejoramiento renovando la viciada atmósfera que respira, regenerando su ánimo, ilustrando su mente con la luz de nuevas ideas, fortaleciendo su alma con la fe de nuevos principios y nuevas aspiraciones. Es necesario que deje de considerar la instrucción, el adelanto y la ciencia como bienes hereditarios del hombre, y que en vez de entregarse por completo a la molicie de fútiles entrenamientos, como adulta, penetre en todas las cátedras del estudio; como madre, lleve a sus hijos sin distinción de sexos y según sus facultades a los planteles de educación científica, literaria, o artística que los pongan al corriente de todos los conocimientos teóricos y prácticos de que hoy sólo disfruta el hombre, colocándose ella en situación de cumplir gloriosamente con su verdadera misión de alma y guía de la humanidad, que tiene que desempeñar en el mundo.  La senda de la emancipación femenina, apenas naciente en México, ha sido abierta ya por dos heroínas de la ciencia, Matilde Montoya y Lucía Tagle que se atrevieron a presentarse las primeras, en la Escuela de Medicina la una, y en la Escuela de Comercio la otra. Afortunadamente esa senda gloriosamente trazada no se ha cerrado tras ellas; y en tanto en la Escuela Preparatoria como en la Escuela Normal, en el Conservatorio de Música, en las Academias de Bellas Artes y de Artes y Oficios, comienzan a presentarse algunas jóvenes inteligentes y estudiosas, que anhelan arrancar de sus ojos la espesa venda de la ignorancia que las falsas costumbres y las falsas religiones han impuesto por dogma, no sólo a la mujer, sino a la sociedad entera, y que las ortodoxias profanas, de conciencia o de conveniencia, aún siguen sosteniendo como un elemento de tiránica dominación.

La mujer del presente, sabiendo que tiene a su favor las respetables opiniones de todos los grandes pensadores de la época, no es ya en su totalidad la que retrocede ante las necias apreciaciones de algunos escritorcillos de gacetilla, que vergonzantes de sus retrógradas ideas, se ocultan  tras el pseudónimo para decir en pleno siglo XIX que no son partidarios de la ilustración femenina, que no les agrada la mujer científica, que optan por la mujer maniquí que pueden manejar a su antojo, por la mujer que sólo sabe cuidar de la cuna y el cosido, y por la cortesana traficante de amor.

A los que así sienten y a tal círculo limitan sus tendencias, los consolaremos diciéndoles que su elección quedará libre y que habrá compañeras para todos los gustos. Pues no siendo el talento ni la perfección el tipo común a la humanidad, cuando la ilustración bajo todas sus formas y sin restricción, se halle por igual al alcance de ambos sexos, no por eso todas las mujeres seguirán una carrera científica, así como ahora no todos los hombres son médicos o abogados, habiendo muchos que a pesar de los elementos de que disponen, no son nada. Igual cosa sucederá con nuestro sexo, y el que quiera vulgo, vulgo hallará, y podrá escoger a su arbitrio entre sus múltiples variedades.

Entre tanto nosotras, tolerando entre dos males el menor, también preferimos la parte de vulgo masculino, que si bien no tiene ni la inteligencia ni los tamaños necesarios para impulsar y sostener la emancipación de nuestro sexo, tiene al menos las nociones de urbanidad e idalguía suficientes para permanecer neutral, y no ofender ni injuriar a mansalva a las pocas mujeres que comienzan a tender el vuelo de su oprimida inteligencia.

Lo repetimos: sólo hallándose la mujer a la misma altura que el hombre en conocimientos, podrá levantar su voz, hasta hoy desautorizada, diciéndole: “Te reclamo mi reivindicación social y civil; te reclamo mis derechos naturales para poder cuidar de mí misma y de mis principales deberes que son los de la familia, de cuya educación, dirigida por mí, depende la sólida cultura de las generaciones futuras. Conozco el lugar que debo ocupar; yo no soy la esclava, sino la conductora de la humanidad. En suma, como padre, tienes que darme la misma educación que a mis hermanos; como esposo la igualdad de poderes que en todos sentidos me corresponde”.

Las que abrigamos en el alma el santo afán del engrandecimiento patrio y atesoramos en el corazón el inefable amor de una hija, no podemos renunciar a la grata esperanza de ver brillar en la frente de México esta nueva conquista de la libertad,  y en la frente de nuestras descendientes esta nueva conquista del progreso, llevada a cabo por la emancipación de la mujer.

Tal ha sido el móvil que nos ha impulsado a emitir nuestra débil opinión en un asunto donde tantas otras elocuentes y sabias han resonado, siendo nuestro único deseo colocar una partícula de arena en el pedestal del monumento reservado al perfeccionamiento común de la especie humana.


[1] En La emancipación de la mujer por medio del estudio, el tema de la educación femenina como mecanismo liberador, ya abordado por escritoras europeas desde la Edad Media, incorpora la esencia de un genuino carácter ilustrado, y su tratamiento representa una punta de lanza para este tipo de género en el pensamiento decimonónico y feminista mexicano. Se trata de un ensayo dividido en dos partes y publicado en México por  Imprenta Nueva, en 1891. El actual texto fue extraído de la obra Educación y superación femenina en el siglo XIX: dos ensayos de Laureana Wright, de Lourdes Alvarado, autora de la transcripción y del estudio introductorio  (Alejandro Caamaño Tomás).

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 12:42 pm

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