Ideas feministas de Nuestra América

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D.6 Cristina Farfán, “Las dos amigas”, La Siempreviva, 1871

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Cristina Farfán,[1] “Las dos amigas”, La Siempreviva,[2] 1871

[Texto proporcionado por Gabriela Huerta]

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A mis  queridas primas Ignacia y Vicenta Carrillo

Ustedes, compañeras de mi infancia que guardan en su corazón los sentimientos nobles y generosos del amor fraternal, que en ese mismo altar se encuentra la religión, la fé y el sublime don de la caridad; cuando la desgracia arrancó de sus infantiles brazos á la que les había dado el ser, cuando sus llorosos ojos tendían su triste mirada, por todas partes buscando en vano la de la cariñosa madre que les faltaba, cuando en sus tiernos corazones quedaba un vacío inmenso, entonces á mi madre la hicieron suya tributándole el respeto y amor que debemos guardar á nuestros padres; entonces nos unió mas y mas ese amor puro y sagrado de la fraternidad; entonces su padre pasó a serlo mio. Desde entonces el sudor de su frente ha sido el que ha conservado nuestra existencia, el que nos ha librado de la miseria: desde entonces no hay distinción entre ustedes y yo: su noble pecho cuanta uno más entre sus hijos.

Su honradez y sus buenos consejos son un ejemplo para nosotros. Todo esto, queridas hermanas, me anima á delinearles estas pocas líneas que no dudo recibirán como una prueba de mi gratitud y nuestra fraternidad.

Las dos amigas de que voy hablarles llamábanse Julia y Amalia: la primera era hija de un poderoso comerciante y la segunda de un pobre ciego que vivía en uno de los barrios de la ciudad.

Cuando Amalia era todavía muy pequeña salia con su padre sirviéndole de lazarillo, y recojiendo en sus temblorosas y convulsas manos el fruto de la caridad cristiana, con lo que el infeliz hombre mantenía á su numerosa familia. Llegó la niña á la edad de poder aprender, sus padres la pusieron en un liceo donde el Ayuntamiento costeaba un crecido número de niños, contándose entre ellas nuestra Amalia.

Todas las niñas al verla con sus vestidos rotos y sus pequeños piés desnudos huian de ella llamándole con mil nombres diferentes; la pobre lloraba pero jamás sus labios se abrían para pronunciar una queja su directora. Julia, la hija de aquel rico comerciante se hallaba entre las otras niñas; pero tenia una madre muy virtuosa. Fue y contóle lo que pasaba con su tierna condiscípula. La señora, después de reprenderla, empezó ha hacerle conocer con palabras dulces y conmovedoras el triste estado de la niña y suplicándole no aumentara sus penas como lo hacian sus compañeras, y la llevara á su casa para proporcionarle lo que necesitaba. Los sabios consejos de la madre se grabaron en sensible corazón de Julia.

Cuando regresó á la escuela, lo primero que hizo fue correr hacia ella, cojerla entre sus brazos, prodigarle caricias, ofrecerle todo lo que tenia y suplicarle perdonara sus ofensas. Y ella con ojos llenos de lágrimas, estampando un beso en la mejilla de su tierna amiga dijo: gracias, Julia, gracias. Ahora encuentro una hermana entre mis compañeras, una amiga entre mis condiscípulas.

Las dos niñas confundieron sus lágrimas, la una de consuelo, la otra de satisfacción y de ternura. Desde entonces aquellos dos corazones se confundieron. En sus juegos, sus alegrías y sus penas, fueron siempre tiernas hermanas, primero en sus placeres infantiles, y más tarde, en sus juveniles platicas.

En la puerta de la pobre choza del ciego, se veía con frecuencia el elegante carruaje del comerciante.

Al poco tiempo una fatal desgracia vino á turbar la felicidad de las dos jóvenes: una quiebra espantosa hizo desaparecer el capital del comerciante. Sus acreedores calleron á lo poco que le quedaba dejándole en la mayor miseria: entonces Julia lloraba entre los brazos de Amalia. Esta con lo que había adelantado en el liceo tenia una pequeña escuela y con esto ya el ciego no salía para implorar la caridad y poder sustentar á su familia.

El fatal disgusto que sufrió el padre de Julia y la fuerza del trabajo, le hicieron bien pronto bajar al sepulcro.

Entonces Amalia, acompañada de su padre, fue á suplicarle a Julia y á su aflijida madre aceptara su hospitalidad. No tenia otro recurso mas que acceder á la súplica.

Los amigos del rico comerciante habían desaparecido: solo la familia del pobre ciego, aquel á quien le habían hecho tantos bienes, les tendia su bondadosa mano. En su casa encontraron la paz y el consuelo de que les había privado la inexorable mano de la desgracia.

Vivieron como una sola familia. Julia recibió de su amiga la recompensa de sus beneficios y de su cariño.

Jamás debemos mirar con desprecio á nadie: ni aun á aquel que nos parezca muy insignificante, pues las mas veces el que vemos con mas indiferencia nos sirve de consuelo en nuestras aflicciones, en la tortuosa senda que llamamos “Valle de lágrimas”.

Mérida, Marzo 1º de 1871.

 


[1] Cristina Farfán fue una poeta yucateca muy renombrada, socia honoraria de la Sociedad Amigos del Estudio, casada con el literato José García Montero, que, para seguir a su marido, se trasladó en 1878 a Tabasco. Su nombre está indisolublemente ligado al de sus coterráneas y amigas Gertrudis Tenorio Zavala y, de manera particular, Rita Cetina (o Zetina), por ser las fundadoras del periodismo literario y de reflexión dirigido por mujeres en México. En efecto, en Mérida, Yucatán, en 1870 tuvo lugar la aparición de la primera revista de una mujer: La Siempreviva, revista quincenal, órgano oficial de la sociedad de su nombre, dirigida por la poeta, maestra, defensora del derecho de las mujeres a la educación y sufragista Rita Zetina de Gutiérrez (1846-1908). En esta publicación, “redactada exclusivamente por señoras y señoritas”, según se lee al pie del nombre de la gaceta, se encuentran sobre todo poemas, en su modalidad de “amistades”, con los cuales unas mujeres se regalaban a otras versos, reflexiones, cuentos o extractos de esos álbumes personales donde escribían sus propias líneas o copiaban o traducían las de otras, y breves artículos y discursos sobre la instrucción y la naturaleza femenina (en ocasiones de carácter exageradamente moralista). La Siempreviva contó con el apoyo de la Imprenta del Gobierno de Yucatán, a cargo de Manuel Heredia Argüelles. Nueve años más tarde, la amiga y colega de Rita Cetina, Cristina Farfán de García Montero fundó en Tabasco El Recreo del Hogar (1879),  gaceta con la que se ratificó el inicio de la prensa femenina dirigida por mujeres.

[2] En La Siempreviva, revista quincenal, órgano oficial de la sociedad de su nombre, año II, Núm. 20, Mérida,  7 de marzo de 1871. Biblioteca Virtual de Yucatán, Instituto de Cultura de Yucatán: http://acervo.bibliotecavirtualdeyucatan.com.mx/janium-bin/janium_login_opac.pl?find&ficha_no=63552 [enlace actualizado el 4 de octubre de 2016]


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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 12:19 pm

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