Ideas feministas de Nuestra América

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C.3 Madame Julia de Monglave, “Las republicanas de la América del Sur”, México, 1842

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Madame Julia de Monglave,[1] “Las republicanas de la América del Sur”,[2] México, 1842

[Texto proporcionado por Eulalia Eligio]

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No hay que asustarse, lectoras mias: mi intención no es subir á la cátedra para dar un curso de democracia para uso de nuestro sexo, no para exaltar tal ó cual forma de gobierno de detrimento de otra. Sé que la borda de doctor sentaria mal á mi cabeza, y prefiero conservar mi estado llano de escritora.

Pero si en nuestros países calmados, metódicos y civilizados, si en nuestros climas templados, el sable y el fusil repugnan á nuestras habitudes pacíficas, lejos de nosotros, bien lejos, más allá de los mares, bajo un cielo de fuego y en un pais en que la libertad es una necesidad, hay pueblos, hay mugeres que han debido armar sus brazos y que han debido sacrificarlo todo al amor de la patria.

La lucha ha sido larga y terrible. Allá, como antes en todas partes, no solo los hombres se han inmortalizado; la América española, sobre todo, ha tenido sus heroinas republicanas que en nada ceden á las de Grecia y Roma.

¿Y por qué nosotras de su mismo sexo sufririamos que devorase el olvido sus gloriosos nombres? ¿No deberá haber entre nosotras esa especie de unión que se advierte entre los individuos del otro sexo? ¿Y rechazarémos un renombre que pertenece al nuestro, porque haya crecido en otro suelo ó brillado bajo otra bandera?

Desechemos, pues, para siempre esas ridículas rivalidades y esas pequeñas pasiones. Nuestro periódico es un semanario de mugeres, y este título debe ser como un estandarte que no perderá en el combate.

Los grandes hechos de las americanas del Sur durante las guerras de la independencia, les señalan un lugar distinguido entre las mugeres cuyos nombres conservará la historia. Su firme adhesión á la libertad de su patria, sus sacrificios por sostener esa santa causa, su constancia en los reveses de la voluble fortuna, el entusiasmo con que acogían á los defensores de su país, sus importantes servicios, comparables solo con la humanidad que sabían ejercer con los vencidos, son mas que suficientes títulos para elevarlas á la vista de todas las naciones, y que preparan una grandiosa influencia sobre los destinos del Nuevo Mundo.

Mas, ¿cómo elegir entre esa multitud de rasgos heróicos de que está sembrada la historia de la independencia americana? Antes que el primer grito de libertad hubiese resonado en aquellas fértiles riberas; ya la invasión del Rio de la Plata por los ingleses, en 1806 y 1807, había probado de cuánto son capaces las mugeres de Buenos Aires, cuando se trata de la defensa de sus hogares. Hé aquí cual la despedida, según el Dr. Funes, de una muger á su marido. “No creo que jamás pueda abrigarse la cobardía en tu pecho; pero si por mi mayor desgracia huyeses alguna vez á la vida del enemigo, no dudes en buscar otro lugar donde esconder tu vergüenza; esta casa jamás le servirá de asilo”.

No satisfechas con exhortar á los hombres á la mas tenaz resistencia, se las veía arrojarse en grupos en medio de la carnicería. Doña Manuela Pedraza se distinguió de tal modo, que recibió por premio de su valor, el grado de teniente. El éxito coronó tan bellos esfuerzos; y los ingleses hechos prisioneros, rindieron el mas puro homenaje á las virtudes hospitalarias de las mugeres de aquellos mismos que los habían vencido.

Brilló en fin, un dia venturoso en que Buenos Aires rompiendo el yugo de la metrópoli, abrió un campo mas vasto al patriotismo de sus hijas. Su desinteres no conoció ya límites. Las joyas y las alhajas de las mujeres de proporciones, el trabajo de las pobres, el entusiasmo de todas, vinieron al socorro del tesoro nacional. Se formó una reunión en cuyo seno figuraban las Señoras Quintana, Escalada, La Sala, Castillo, Peña, Sanchez é Iyarzabal. Su objeto era el de proveer de fusiles á los defensores de la patria: el nombre de las donantes estaba grabado en ellos, á fin de que pudiesen siempre pedirles cuenta de su conducta al volver de los combates. Los prisioneros españoles, los proscriptos de todos los partidos, recibían sin escepcion las marcas mas distinguidas de su activa beneficencia.

Cansada de fatigas la vanguardia de Buenos Aires que había llegado á los linderos de Cónloba, la viuda de un maestro de postas se presentó al general Balcarcel, ofreciéndole todos sus caballos, su única fortuna, y el solo patrimonio de sus hijos. Sorprendido el general, le hizo advertir que las circustancias no exigían todavía tamaño sacrificio. “Pues bien, respondió la viuda, yo los guardaré, pero solo para la patria á quien pertenecen ya desde hoy: yo los cuidaré hasta que ella me los reclame, porque no estoy acostumbrada á volver á tomar lo que una vez he dado.”

En otra parada de postas en Monogasta, cerca de Santiago, en el fondo de los desiertos y muy distante de las poblaciones, el alcalde del pueblo, llamado Castillo, sentado en un mal banco, apoyado sobre una mesa rota, contemplaba mientras cambiaban los caballos, el espectáculo de miseria que tenia á la vista. El 25 de Setiembre de 1810, una mujer de avanzada edad, que jamás había perdido de vista la cabaña en que había nacido, se presentó al magistrado ofreciéndole con temblorosa mano un ramillete de flores. Castillo le dio las gracias, y le preguntó su edad, “Yo no tengo, le respondió, mas que cuatro meses; he nacido con nuestra independencia, el 25 de Mayo del presente año; hasta entonces no había vivido un solo dia.”

Las señoras de las tres ciudades de Chuquisaca, Cochabamba y la Paz, habían dado frecuentes pruebas de su adhesión al nuevo órden de cosas. El general español Nieto resolvió castigarlas; muchas de ellas que pertenecían á las primeras familias del país, fueron proscriptas. Doña Teresa Lemoine, á la que se la habían confiscado sus bienes, recibió la órden de partir á pie con sus nueve hijos de tierna edad, por el desierto de Lagunillas, atravesando caminos que hasta entonces se habían tenido por intransitables. Su semblante no se inmutó al oir pronunciar tan cruel sentencia, ni se humilló delante del tirano, ni solicitó un perdón que acaso habría obtenido, sino que desplegando un carácter digno de las romanas del tiempo de la república, dijo á los que deploraban su suerte: “La aurora de nuestra felicidad acaba de nacer: una nube pasagera la obscurece todavía; para disiparla, necesitamos de constancia. ¿Y puede haber patriotismo en quien renuncia á esta virtud?” En efecto, ella permaneció en su destierro, hasta el momento en que los patriotas fueron á buscarla en triunfo.

La victoria de Suipucha conseguida el 7 de Noviembre de 1810, abrió á los insurgentes las puertas de Chuquisaca. Castillo recibió á su entrada las felicitaciones de todas las corporaciones y autoridades. Nuestro sexo envió también su diputación, presidida por D.ª Merced Tapia. Esta joven, vestida de blanco, sueltos los negros cabellos sobre sus espaldas, arengó á los representantes del pueblo, y á los generales republicanos con una elocuencia, que les arrancó lágrimas. “¡Cómo hemos podido ver, esclamó, por tan largo, á nuestros compatriotas privados ignominiosamente de aquella libertad que vale mas que la vida, y que tanto los eleva hoy á nuestros ojos! Yo sé que estais determinados á reparar el tiempo perdido, y sé que habeis jurado romper hasta el último eslabon de esa pesada cadena, que la Europa echó al cuello de la infeliz América. No os faltará nuestra asistencia, ni hay sacrificio que no estemos prontas á hacer para auxiliaros á conquistar vuestra independencia. He aquí lo que tenemos de mas precioso, nuestras alhajas, nuestros diamantes, las prendas de vuestro amor, tomadlas todas: ningún uso mejor podríamos hacer de ellas. Si volvéis vencedores,  nuestras virtudes serán sobradas á conservarnos vuestro efecto; pero si tornais vencidos, ¿habrá una americana que quisiera adornarse para agradar á los verdugos de sus compatriotas? Tomad, pues, el camino de los combates. Mostrad allí vertiendo vuestra sangre, si fuere necesario, que sois los defensores de nuestros hogares y de nuestros derechos, y los vengadores de la inocente América, hijos dignos de ella. Si os falta un brazo, dad un grito, y á pesar de nuestra debilidad aparente, nos veréis acudir con el fusil á la espalda y el sable en la mano. Durante vuestra ausencia, tejeremos guirnaldas para vuestras banderas, cuidaremos de los enfermos y heridos, trabajaremos para acudir a vuestra subsistencia, y la de los huérfanos que nos dejéis. Partid sin demora. Volved vencedores.”

Estas palabras, traducidas literalmente, fueron pronunciadas por una joven, que al salir de la cárcel, solo había visto en derredor de sí esclavitud y miseria, en un país que gemia ya por algunos siglos bajo un afrentoso despotismo, en medio de hombres que rompían sus cadenas, y sobre un suelo que comenzaban á sembrar con sus eslabones.

Los patriotas atacaron al enemigo, pero fueron vencidos, y los españoles volvieron á entrar á Chuquisaca: como se puede suponer, una de las mujeres mas perseguidas fue Doña Merced Tapia; pero los dolores de su alma fueron los mas crueles; sus bellos ojos se apagaron, una palidez horrible alteró sus facciones, se cortó la hermosa cabellera, que era el orgullo de su madre, y se dedicó al retiro y á toda clase de privaciones. De improviso corre el rumor de que los patriotas han vencido en Salta. El correo que conduce la noticia, recibe órden del gobierno para comunicarla á aquella joven patriota, á quien miran sus compatriotas como hija adoptiva. Al anuncio de la victoria, se levanta Merced toda conmovida, y el resplandor de la felicidad se asoma por su rostro. “Mi patria, grita, ha recobrado la vida. ¡Dios mio! Yo le doy gracias: ya puedo morir tranquila.” Y en efecto, espira. Como si el cielo hubiese querido esparcir en esta alma grande, el espectáculo de la suerte que reservaba á la América.

¡Desgraciadas madres de la Paz, cuántas angustias no habeis tenido que sufrir! Todavia veo á los soldados arrancar de vuestro cuello á los niños que alimentais, para arrojarlos contra el suelo; aun escucho sus clamores feroces, y veo las calles ensangrentadas y cubiertas de victimas. La conducta de las mujeres de la Paz, fue en estos días de dolor, digna de los mayores elogios. Fieles á sus principios como en la prosperidad, hicieron los últimos esfuerzos para restablecer un simulacro de patria, ó para saciar la rabia de Goyeneche. Con una mano proporcionaban secretamente socorros á los patriotas, y con la otra prodigaban el oro á sus enemigos para arrancar de la muerte á sus victimas. Antes y después de las batallas de Guaqui, Vilcapugio y Wiluma, aunque vigiladas en sus menores movimientos y atormentadas sin cesar por espías, sostenían comunicaciones diarias con los independientes, trabajan en su reorganización, escitaban á sus hermanos y á sus hijos para que se alistasen en las filas de los patriotas, y daban asilo en sus casas de campo á la guerrillas que inquietaban al ejército espedicionario.

El sabio mineralogista Maltos, fue inscripto en las listas de proscripción en el Potosí: su crimen era el de haber ilustrado á su patria con sus talentos y virtudes, y su muger participaba de este crimen. Un piquete de soldados la condujo al lugar en donde su marido debía exhalar el último suspiro, “Levanta la cabeza, orgullosa mujer, le gritaban aquellos monstruos; mírale espirar: pero ella decía á su marido: “Tú me has enseñado á vivir, enseñame ahora á morir. ¡Sube al cielo, mártir de la patria, pronto te seguiré!” Su cabeza, separada del tronco, se puso en una pica en presencia de su mujer, y se paseó por las calles hasta su casa, donde la dejaron, diciendo: “Que su castigo te sirva de ejemplo á ti y á las que piensan como tú.” La muerte no tardó en libertar á aquella desgraciada de la fuerza de tan acerbo dolor, y de los ultrajes de tanta crueldad.

¿Qué diré del valor de las mujeres de Cochabamba? El general español Pezuela, se había visto obligado por los patriotas, á evacuar aquella ciudad. Todos los habitantes capaces de manejar un fusil, ó estaban incorporados, aunque á su pesar, en los batallones enemigos, ó filiados en el ejército independiente: no quedaba dentro de las murallas sino una corta guarnicion de veteranos, algunos mercaderes españoles, niños, viejos y mujeres. Este fue el momento que escogieron estas intrépidas heroínas para hacer triunfar su patriotismo. Los veteranos vigilaban porque sabían de todo lo que eran ellas capaces. Cuando llegó la noche, armadas como pudieron, se presentaron en buen órden delante del cuartel y les intimaron se rindiesen: la respuesta fue una descarga cerrada que dio principio al ataque. Rechazadas tres veces, volvieron otras tantas á la carga, hasta que al fin el triunfo se decide á su favor, y toman el cuartel por asalto; pero tan generosas como valientes, tratan á los prisioneros con la mayor humanidad, y los envían al ejército patriota conducidos en sus propios caballos. Muchas de estas heroínas murieron á consecuencia de sus heridas, y otras quedaron estropeadas para toda su vida.

Los españoles vencedores en Wiluma volvieron á entrar en Cochabamba, y se apoderaron de doce de estas valerosas patriotas. Fueron condenadas á ser ahorcadas y descuartizadas; más no desmintieron por un instante solo su energía. “Viva la patria, repetían, mientras colocaban el fatal lazo al derredor de su cuello: ¡Viva la patria!” balbucian sus espirantes labios.

No podemos olvidar á las mugeres de Tucuman, de Salta y de Santa Cruz de la Sierra. La única vez que los españoles penetraron en la primera de estas ciudades en 1821, se vieron galopar en el campo de batalla diversos grupos de amazonas, escitando con su entusiasmo á los patriotas. A su cabeza se encontraban las señoras Araoz y Molina. Muchas veces los habitantes de Santa Cruz se vieron obligados á abandonar sus casas por sustraerse á la venganza de los vencedores. ¡Cuántas mugeres entonces acostumbradas á todas las comodidades del mayor lujo cargaban en sus espaldas á sus hijos, acompañando á sus maridos al través de los caminos mas intransitables de aquellas ardientes llanuras, ó en medio de las nieves penetrantes de la cordillera!

Refugiado el general San Martin en aquellas montañas con el resto del ejército patriota, recibia regularmente noticias exactísimas de la posición y de las fuerzas del enemigo, por una señorita de Salta, ciudad ocupada entonces por los españoles. Esta joven había agradado al coronel Castro, americano que mandaba la vanguardia de los realistas, y que por su valor y conocimiento del terreno, había sido funesto mas de una vez á los insurgentes. Su orgullo, sus esperanzas, todo cedió á las lágrimas de su amante; y de enemigo encarnizado de la causa popular, llegó á ser uno de sus mas firmes apoyos. Este cambio habría puesto fin á la guerra, si un camarada del coronel no hubiese traicionado su secreto. La conspiración fue descubierta en el momento en que debía estallar, y Castro y su esposa perecieron en un patíbulo al grito de ¡viva la patria!

Los españoles eran dueños todavía de Colombia, de la mayor parte de México, del Perú y de Chile. El general de Buenos Aires, San Martin, hacia en Mendoza ocultos esfuerzos para formar un ejército á cuya cabeza pudiese libertar á su país. Él ha confesado repetidas veces que nuestro sexo fue el primero en secundar esta patriótica empresa; las señoras ricas, las pobres, las jóvenes y las ancianas, todas se disputaban el honor de mejorar la suerte de los defensores de la libertad: los obstáculos aumentaban su entusiasmo: unas renunciaban á sus placeres y á sus habitudes de lujo, otras aumentaban el trabajo de que sacaban su subsistencia, para dedicar sus ahorros en servicio de la patria. Por medio de una suscricion, el hospital fue provisto abundantemente de todo lo que le faltaba: sus manos delicadas preparaban las hilas y los vendajes, y las provisiones de boca abundaban en el ejército. Los suntuosos palacios se convirtieron en talleres, en que las pobres y las ricas hacían camisas y toda clase de ropa para el soldado. ¡Con que humanidad no fueron acogidos los fugitivos de Chile y después los prisioneros españoles! Muchos viven todavía, y no han podido olvidar á la esposa del general San Martin y á las señoras Corbalan, Correa y Ortiz.


[1] Nacida en París en 1808, Julie Delphine Octavie Delcasso se casó con el oficial Eugène Monglave, fundador en París de una academia de historia, y con él vivió en Brasil, donde estaba de servicio. Durante esos años, Madame Julie de Monglave, como firmaba sus artículos, viajó por América del Sur, relacionándose con las y los independistas y republicanos de la época y aprendiendo el portugués y el castellano. De regreso a París intensificó su larga colaboración con el Journal des femmes, dirigido por madame Richomme,  publicando desde poemas hasta una “historia de las republicanas de América del Sur”.

[2] En Panorama de las señoritas: periódico pintoresco, científico y literario, contiene varias viñetas, algunas láminas sobre acero, estampas y música litografiada, tomo I, México, 1842, pp. 478-485. El tomo que recoge este periódico se encuentra en la Hemeroteca Nacional de México.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 11:43 am

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