Ideas feministas de Nuestra América

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B.7 Juana Azurduy, Carta de respuesta a la coronela Manuela Sáenz, Cullcu, 15 de diciembre de 1825


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Juana Azurduy,[1] Carta de respuesta a la coronela Manuela Sáenz, Cullcu, 15 de diciembre de 1825

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Señora Manuela Saenz.

El 7 de noviembre, el Libertador y sus generales, convalidaron el rango de Teniente Coronel que me otorgó el General Puyerredón y el General Belgrano en 1816, y al ascenderme a Coronel, dijo que la patria tenía el honor de contar con el segundo militar de sexo femenino en ese rango. Fue muy efusivo, y no ocultó su entusiasmo cuando se refirió a usted.

Llegar a esta edad con las privaciones que me siguen como sombra, no ha sido fácil; y no puedo ocultarle mi tristeza cuando compruebo como los chapetones contra los que guerreamos en la revolución, hoy forman parte de la compañía de nuestro padre Bolívar. López de Quiroga, a quien mi Asencio le sacó un ojo en combate; Sánchez de Velasco, que fue nuestro prisionero en Tomina; Tardío contra quién yo misma, lanza en mano, combatí en Mesa Verde y la Recoleta, cuando tomamos la ciudad junto al General ciudadano Juan Antonio Álvarez de Arenales. Y por ahí estaban Velasco y Blanco, patriotas de última hora. Le mentiría si no le dijera que me siento triste cuando pregunto y no los veo, por Camargo, Polanco, Guallparrimachi, Serna, Cumbay, Cueto, Zárate y todas las mujeres que a caballo, hacíamos respetar nuestra conciencia de libertad.

No me anima ninguna revancha ni resentimiento, solo la tristeza de no ver a mi gente para compartir este momento, la alegría de conocer a Sucre y Bolívar, y tener el honor de leer lo que me escribe.

La próxima semana estaré por Charcas y me dará usted el gusto de compartir nuestros quereres.

Dios guarde a usted.

Juana.


[1] Apodada Santa Juana de América, así como La Flor del Alto Perú, y reconocida históricamente como una de los combatientes indispensables para la lucha de independencia suramericana, Juana Azurduy encarna el destino trágico de las mujeres que rompen con los moldes de la educación y la socialidad femenina.  Nació de una familia mestiza en Chuquisaca, Alto Perú, hoy Bolivia, en 1780, el año en que Bartolina Cisa y Tupac Catari sitiaban La Paz. Al quedar huérfana muy joven, hablaba  castellano, quechua y aimara. Se casó con el general Manuel Ascensio Padilla. El 25 de mayo de 1809, justo un año antes del alzamiento de Buenos Aires, se sublevó el pueblo de Chuquisaca, revolucionando el Virreinato del Río de la Plata desde el Alto Perú. Se destituyó al virrey, nombrando gobernador a Juan Antonio Álvarez de Arenales. Juana Azurduy dejó entonces a sus cuatro hijos para acompañar a su esposo, ambos comprometidos en la causa indoamericana, al campo de batalla. Entre los dos organizaron una tropa de 6 000 indios para la guerra de guerrillas, o insurgencia indígena, para derrotar a la Corona y defender sus tierras. Apoyaron a las expediciones que enviaba Buenos Aires al Alto Perú. La primera, al mando de Antonio Balcarce y la segunda a cargo de Manuel Belgrano. Las crónicas de la época cuentan que cuando Belgrano la vio pelear en el cerro de la Plata, donde se adueñó de la bandera realista, le entregó su espada en reconocimiento a su bravura y lealtad a la causa. Posteriormente, el gobierno de Buenos Aires, al mando de Pueyrredón le concedió en 1816 el grado de Teniente Coronel del ejército argentino en virtud de su “varonil esfuerzo”. En ese entonces, todavía parecía más conveniente conquistar Perú por la vía altoperuana, es decir por el Norte. Sin embargo, cuando San Martín se hizo cargo del Ejército cambió de estrategia, y abandonando esa ruta, eligió una más segura e innovadora: llegar a Lima por el Pacífico, después de cruzar los Andes hacia Chile. Este cambio de estrategia, dejó a la tropa de Padilla y Azurduy sin sustento económico y fundamentalmente abandonada a su propio destino. Así, Juana vio morir a sus cuatro hijos y combatió embarazada de su quinta hija. Cuando quedó viuda y con su única hija, asumió la comandancia de las guerrillas en el territorio que luego conformaría la denominada Republiqueta de La Laguna e intentó reorganizar la tropa sin recursos, acosada por el enemigo. Decidió dirigirse a Salta a combatir junto a las tropas de Güemes, con quien estuvo tres años hasta ser sorprendida por la muerte de éste, en 1821. Para regresar a Chuquisaca con su hija de 6 años, recién en 1825 logró que el gobierno argentino le diera cuatro mulas y cinco pesos. En 1825 se declaró la independencia de Bolivia, el mariscal Sucre fue nombrado presidente vitalicio y le otorgó una pensión, que le fue quitada en 1857 por el gobierno de José María Linares. La tradición oral, confirmada por la carta que le enviaría la coronela Manuela Sáenz desde Charcas, recoge que corría el año de 1825 cuando llegó una comitiva a la polvorienta ciudad de Chuquisaca a buscar el lugar donde vivía en precarias condiciones la teniente coronel Juana Azurduy de Padilla. Era el libertador Simón Bolívar, acompañado de Sucre y su estado mayor, quien iba a rendirle homenaje, diciéndole: “La joven República de Bolivia no debió llevar ese nombre sino el de Juana Azurduy”. El 25 de mayo de 1862, próxima a cumplir 82 años, en el más absoluto ostracismo y miseria, murió Juana de América, la guerrillera de la libertad. Se le enterró en una fosa común, con su ataúd llevado a mano por cuatro indios aymaras que nunca la dejaron, sin los honores ni las glorias que eran de esperarse a la máxima heroína de la libertad del Alto Perú. Sus restos fueron exhumados 100 años después, para ser guardados en un mausoleo que se construyó en su homenaje.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 11:25 am

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