Ideas feministas de Nuestra América

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A.7 Teresa Margareda da Silva e Orta, “Prólogo” de Aventuras de Diofanes, imitando o sapientissimo Fenelon na sua viagem de Telemaco, 1752

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Teresa Margareda da Silva e Orta,[1] “Prólogo” de Aventuras de Diofanes, imitando o sapientissimo Fenelon na sua viagem de Telemaco, 1752[2]

[Traducción de Rosana Meireles Magalhaes y Alejandro Caamaño Tomás]

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PRÓLOGO

 

Lector prudente, sé bien que dirás que el mejor método es no dar explicaciones, pero tengo una razón particular que me obliga a decirte, con la confianza que te tengo, que es suficiente con que el instinto natural observe los preceptos de la razón, para satisfacer el deseo ardiente con el que procuro influir en el ánimo de aquellos por los que debo responder al amor de la honra, al horror de la culpa, a la inclinación a las ciencias, a perdonar a los enemigos, a la compasión de la pobreza y a la constancia en el trabajo; porque éste es el único fin que me obligó a despreciar las voces con las que el miedo me advertía de mi propia incapacidad, y como en toda materia es trabajo de los sabios dar cuenta de las imperfecciones, cuando encuentres errores que pudieran desfigurar este trabajo recuerda que es de una mujer que, en las tristes sombras de la importancia, suspira por advertir a algunas acerca de la dignidad de Estratónica, de la constancia de Zenobia, de la castidad de Hipona, de la fidelidad de Polixena y de la ciencia de Cornelia.También es cierto que para pintar Majestades me hacen falta los pinceles de Apeles, y no tengo la pluma de Homero; pero, como soy extranjera, he visto lo suficiente como para contemplar propiedades soberanas, con la seguridad de que no hay vapores tan elevados que puedan ensombrecer la grandeza del Olimpo. Si esta empresa no produce lo que deseo, al menos ya tengo pagado mi trabajo, porque yo la emprendí como un remedio para darme cuenta de asuntos que empezaban a debilitarme el ánimo con todo tipo  de contratiempos, por lo que fue necesario que la memoria contradijese la voluntad, que se nutría de las incautaciones de la melancolía, y, siguiendo ciegamente el partido de la confianza, entrara en zonas ajenas: así, si encuentras en este pequeño libro cosas que te agraden, no pienses que son adopciones, pues confieso que del pequeño ámbito de esta comprensión sólo nace lo inútil, y a lo mucho, la indiferencia, y aunque me acuerdo de que por bien que Falaris reflexionara en sus cartas, éstas no pueden ser oscurecidas por su maldad, pues eran estimadas en todo el mundo, y a mí no me avergüenza considerar que me he desempeñado mal en la imitación de aquellos que imprimieron sus escritos, porque no tengo más tiempo que para reflexionar en el alivio que recibo al pensar en escritos superiores a los míos, cuando se me representa la mayor grandeza en la grandeza abatida;  la belleza sin adornos indecentes, adornada de virtudes; el sabio virtuoso, que entre los enemigos de la verdad no se le empequeñecen  las luces que llevan a la gloria de las Majestades; el placer de los padres que ven bien condimentados los frutos de la buena educación; el horror con que los justos saben ver el indigno  aspecto de la adulación, y el paso del tiempo que siempre da a cada uno lo suyo. Para ser soportable mi atrevimiento, aviso que la muerte me separará de los míos, y que (sólo así) incluso después de haberme reducido a ajenas desilusiones, les avisaré de lo que les conviene; y tengo mi ánimo tan preparado para soportar a los enemigos de este trabajo, que ya espero la crítica, así como a los valientes a los que les importa menos huir que esperar; pues me anima el gran  placer de que sobre mi ignorancia se construyan pulidos edificios con acertadas medidas para que se practiquen doctrinas científicas. Hay personas tan dominadas por pasiones particulares, que a menudo sólo estiman las obras para las fuerzas del ingenio, y la sutileza al destruir a las de la razón no es ganar al esplendor de la verdad. No tengo más armas que mi buen ánimo y una verdadera sinceridad, y con el mayor placer soportaré reprimendas de los sabios; pero para tolerar ignorantes malintencionados hay que pensar que también con instrumentos incorrectos se arreglan los sufrimientos. Más cruel fue la guerra de los romanos con los cartagineses, que la de los griegos con los troyanos, porque éstos lucharon por el agravio de Elena, y los otros para ver quién sería el dueño del mundo; porque hace más daño la enemistad que surge de las pasiones desordenadas, que aquélla causada por las ofensas, ya que el temor a Dios cura a éstas con el tiempo y la vil rivalidad raras veces se olvida.

Uno de los defectos que algunos encontrarán en este trabajo será la idea fantástica que puede aplicarse al mismo tiempo a la historia verdadera. Para responder a esto digo que me persuadieron los españoles, franceses e italianos, que creen que éste es el método que produce un mejor efecto, y como del griego no sé nada y las demás lenguas poco mejor las entiendo, para no mendigar noticias antiguas, ni para arriesgarme a fallar mintiendo, decidí seguir el camino de esta idea, en la que hay acontecimientos y objetos fantásticos pero no son lo esencial que lleva al mejor fin. Por tanto, no me culpen más que de caer en la tentación de una excesiva curiosidad, porque aunque mi debilidad, hundida en la tristeza, resistía a aplicaciones divertidas, rechacé el descanso que me angustiaba, recordándome que era incomparablemente mejor sufrir el mal, que pensar en hacerlo. Y aunque el justo recelo y el conocimiento propio me persuadían de que estos productos de mi divertimiento serían (como otros) reducidos a cenizas, el sentir de las influencias de una Estrella benigna, a quien siempre seguirá mi esclavitud y reverente afecto, me inspira a llevar a la imprenta esta Aventuras de Diófanes. Que no te extrañe que una serrana pueda tener pensamientos elevados, pues  sabes que en una aldea nació Pirro, quien ganó a los epirotas; en otra nació Escipión, que ganó a los africanos; en otra nació Octavio, quien ganó a los germanos, y en otra nació Tito, quien ganó a los palestinos: pero en caso de que haya demasiadas críticas y éstas se conviertan en sátiras, ni así me llegará la noticia, porque vivo en una choza cerca de la Serra da  Estrela, a donde no llegan las novedades de la Corte; y si hay  personas que se propongan  hacerme daño, les respondo como Demetrio, cuando le preguntó Lamia por qué estaba triste y no hablaba, diciendo: Déjame que hago bien mi trabajo, callando, como tú el tuyo, hablando, y si la discreción se pierde, olvidándome de las intenciones de este trabajo, la infamia de ser difamado será la satisfacción de mi agravio.


[1] Teresa Margareda da Silva e Orta nació en Sao Paulo en 1711 o 1712, en una familia de abolengo que la llevó a Portugal en  1716. Mujer culta, independiente y voluntariosa, estudió con su hermana Catarina Josefa en el convento de Trinas, pero se negó a tomar los hábitos. Hermana del escritor Matías Aires da Silva Ega (1705-63),  se enamoró tempranamente de Pedro Jansen von Praet, con quien se casó y procreó doce hijos a pesar de la negativa de sus padres, que la desheredaron por ello. En Portugal, país donde moriría en 1793, escribió y publicó, bajo el seudónimo de Dorothea Engrassia Tavareda Dalmira, una novela compleja, de tendencia filosófica, en la que abogaba por las virtudes femeninas relativas a la inteligencia, templanza, valentía, decisión y capacidad de estudio, titulada Máximas da virtude e formosura com que Diófanes, Climinéia e Hemirena, príncipes de Tebas, venceram os mais apertados lances da desgraça, más conocida como  Aventuras de Diófanes, considerada por algunos como protofeminista y, por otros, como la primera novela luso brasileña. En 1770, al levantar las sospechas del Santo Oficio, o más probablemente por haber desafiado su autoridad en términos intelectuales, el marqués de Pombal le mandó purgar una pena de siete años. Es la primera persona nacida en Brasil en haber escrito una novela publicada en Portugal, y la primera mujer en haberlo hecho en lengua portuguesa.

[2] El libro conoció la fortuna de varias ediciones en su tiempo, la más famosa de las cuales fue la tercera, en cinco libros, por la Regia Officina Typografica, Lisboa, 1790. En el siglo XX, ha sido prologado y estudiado en las ediciones de la Imprensa Nacional, Río de Janeiro, 1945, y más recientemente en la Editorial Caminho, Lisboa, 2002.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 10:44 am

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