Ideas feministas de Nuestra América

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A.6 Relación autobiográfica de Ursula Suárez y Escobar, monja clarisa, Santiago de Chile, 1666-1749

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Relación autobiográfica de Ursula Suárez y Escobar, monja clarisa, Santiago de Chile,  1666-1749[1]

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[Extracto, pp. 91-101]

La infancia y afirmación de una personalidad:

“Tía, he de ser monja” *

Doy noticia a vuestra paternidad de mi criansa según se contaba, y mi madre después de todo lo renovaba cuando ponderaba mi ingratitud de dejarla. De mi nacimiento también contaba que nací en casa de mis abuelos paternos: el [se]cretario Martín Suares Madrigal y doña María del Campo Lantadilla, la cual y mi abuelo materno, don Antonio de las Cuevas y Escobar, me sacaron de pila con gran regosijo y alegría por ser la primera hija que a lus de mi madre salía, que antes de mí abortó otra de 8 meses, no resibiendo agua de bautismo, y a mí me hiso Dios, por quien es este beneficio, quien sea alabado y bendito, pues tan de atrás usó de sus misericordias conmigo. Desto no tuve más conocimiento, sino es que muchos de los parientes asistieron a mi bautismo, siendo el que me cristianó el provisor Gaspar Días. También me contó mi tía doña Mariana de Escobar, que está viva, que al naser yo se puso la rosa de Jericó. Yo le desía: “Cuando grandesilla seré la rosa entre las espinas, que he de ser monjita”; ella me desía: “¿Vos habías de ser monja?: tan perversa y de tan mala casta, enemigos de ser monjas”; y le respondía yo: “Yo, tía, he de ser la corona de la generación”; desíame: “Calla, loca, que tu vivesa no es para monja, aunque de chiquitita en mantillas te estaba bañando un día en medio del patio, y me causastes espanto,

porque, teniéndote en cueritos parada en el librillo de agua en que te bañaba, te parabas como hasiendo fuersas para tenerte en tus piernas, y agarrada de las trensas de mis cabellos empesastes a repicar con gran compás, y hasías el tañido de las campanas con la boca. Yo, espantada, llamé a tu madre y le dije: ‘Gata, ven a ver a tu hija, que ha de ser monja: mira cómo repica’. Mi madre y todas las de la casa salieron a selebrar tu gracia: no sé que será, porque tú eres gran bellaca”. Yo le desía: “Tía, vuestra mersed lo verá cómo soy monja”. Volviendo a mi criansa ya los trabajos que mi madre contaba de lo que pasaba, solía desir: “Hija de tantas lágrimas y oraciones, para qué te guardaría a vos Dios, que tan[tos] clamores tu vida me costó, que no quedó santos ni santas a quien yo no clamoreara para que sanaras, y eres tan mala”. Esto me desía mi madre cuando era chiquilla y hasía alguna travesura, como niña que era, traviesí[si]ma y vivísima por estremo, teniendo el contrapeso de este cuerpo siempre enfermo, que un día tan sólo no se pasaba sin que enfermara. Mi madre andaba trayéndome de convento en convento, pagando novenas de misas y dando limosnas a los altares por mi vida, porque en tres ocasiones, desía, estuve hética, con tan terribles calenturas que ni comía ni bebía, que sólo me mantenía echándome leche a gotitas, y éstas no las podía pasar. Visto que en las iglecias de la ciudad no hallaba remedio a mi mal, se fue fuera de ella a Nuestra Señora de Renca, a que fuese su medianera, llevándole sera y plata; y como la Madre de Dios no es interesada, volví yo de la mesma suerte que me llevaban. Mi madre, hecha un mar de lágrimas como no tenía otra hija y vía me moría, que ni los ojos abría, triste y afligida se fue otro día, que bien disen que la porfía mata la casa: fuese al altar de san Nicolás y me arrojó sobre el altar, y que le dijo: “Santo bendito, muerta está; vos me la has de resusitar, y tu santo hábito le tengo que echar, y en sanando lo ha de traer dos años”. Hiso cantar una misa del santo, y que me dijesen el po[s]trero evangelio, y con esto fui volviendo.

Inicio del cuaderno 1 de la Relación autobiográfica.

 

Querer referir a vuestra paternidad lo que en mis enfermedades fue sucediendo es largo tiempo y perderlo en esto. Voy prosiguiendo, que no sólo mi madre daba por mí limosnas y hasía estremos, sino es también mi abuela, doña Mar[í]a del Campo, que también era mi madrina, que con exseso los hasía, así por el amor que me tenía como por ser hija única de su don Francisco, hijo suyo también único de segundo matrimonio, que era mi padre su ídolo, [y] yo de todos ellos, que mi padre me amó a mí con estremo; que, aunque después tuvieron a mi hermana, yo fui siempre la más amada, y de mi padre, como digo, con especialidad.

Pidióme mi abuela a mi madre no sé de qué edad, que su mersed me había de criar; yo desto no me acuerdo, sino de lo que puedo acordarme es que no estuve en poder de mi madre hasta que murió mi abuela, aunque vivían en una mesma casa; pero yo a mi madre apenas me llegaba; sólo con mi abuela estaba, que la amaba más que no a mi madre. El amor que a mi abuela tenía y a mi padre eran iguales. Criábame esta sierva de Dios con tanto amor, que jamás por jamás ni aun me riñó; todo había de ser lo que quería yo, sin que nada se me repugnase, porque no me melancolisase y se aumentasen mis enfermedades; desto mi madre salía de sí, porque me criaban sobre mí, y desía: “Virgen Santísima, qué ha de ser desta niña, que señora no la dotrina”. Desíale mi tía: “Déjala, que todavía es muy chiquitita”. “No, Mariana -desía mi madre-, desde tamañitas las han de enseñar; el trabajo es no poderla yo asotar, porque señora se ha de enojar”. Y a mí me desía: “Te he de matar”, y con la cabesa me amenasaba. Yo con esto huía de mi madre sielo y tierra, porque para mí era como una fiera, viendo lo mucho que me regalaba mi abuela. Yo no salía todo el día de donde estaba mi abuelita, que así le desía.

Luego tuvieron una porfía del hábito que me habían de echar, de qué sería. Mi madre desía que de sarguilla de lana; mi abuela dijo: “De seda será; de tafetán doble lo sacarán”. Y así se hiso el habitito como yo lo quería, porque fui amiguísima de seda y aseos desde niña. Después desto tuvieron otro pleito, y tuvo mi madre rasón para ello, aunque yo no la tenía en ese tiempo, siendo el motivo de ello. Fue’l  caso que llevaron una prima hermana mía, hija de doña María Seraín, hermana de mi padre, nombrada doña Josefa de Arrué. Esta era mayor que yo tres años, y fue puesta de manto. Yo tendría tres a cuatro años, edad en que no les ponen a los niños manto; pero así que vi el de mi prima, me tentó la envidia, y agarrada de mi prima daba gritos por quitarle el manto, disiendo que era mío. Ella con rasón desía lo mismo, y no había quién nos apartara. Mi madre, enojada, me desía: “¡Suéltala!, mira que te he de matar”, y hecha una ira me iba [a] agarrar. Yo grité: “¡Abuelita!”. Salió mi abuela y le dijo: “Deje esa niña, doña María; mire lo que hase: no me enfade, que aunque reviente no ha de tocarla”; respondióle mi madre: “Muy buena criansa hase”; dijo mi abuela: “Sí, haré”, y me cogió, y se fue. Mi madre quedó con tanto enojo que quería deshaserme con los ojos. Mi abuela, que era yo su encanto, viendo que lloraba por manto, hiso sácar uno que tenía en piesa entero, sin desdoblar, y un cartón de puntas hermosísimas, y me lo dio. Yo, contentísima, desenvolví las puntas y me las ponía. Mi madre estaba a la mira de lo que susedía, y como me vio tan lindas puntas y manto me estuvo llaman[do]. Yo no quería apartarme de mi abuela, donde tenía ganada iglecia, mas viéndola ya contenta fui donde me llamaba, cargada con mis trastos. Mi abuela dijo: “Ahora ha de quitártelo; dile que te haga manto”. Así susedió: que para sí hiso dos, y a mí me engañó con un pedaso de manto viejo, que apenas me tapaba la cabesa, y dijo a una criada: “Lleva a la iglecia esta niña que oiga misa”. Así que dijo: “Esto, pedí rosario; diome uno aliñado”; dijo: “¡Hala!, coge la alfombrita”. Dijo mi madre: “Éntrala a la güerta a misa”. Entramos yo y mi criada a la güerta; hísele tender la alfombra junta [a] un álbol, disiendo que era altar, y de rodillas empesé a resar con muchos golpes de pecho, y besé el suelo, estando largo tiempo en esto, hasta que la criada de cansada dijo: “Ya la misa está acabada”. Entonses, con gran juisio y silencio, entré dentro; entregué a mi madre el rosario y fui donde mi abuela a que viera el manto. Empesó a enfadarse por las cosas de mi madre, y dijo: “Eso sabe haser, no más”. Yo empesaba a llorar y desir: “Este manto debe de estar malo”. Mi abuela, disimulando el enfado, dijo: “No está malo; no estés llorando; anda, dáselo que lo tenga guardado”. Destas cosas hasía mi madre cada día. Yo no lo entendía y atribuía a poco amor que me tenía, y mi abuela lo desía, y todo Dios lo disponía, como en lo de adelante verá vuestra paternidad, uniendo esto con lo venidero que iré refiriendo; también considero quería su Divina Majestad socorrer a mi madre por este medio, tomándome a mí por instrumento, porque su mersed no poseía nada en es[te] tiempo, porque mi abuela era el dueño de la casa y quien todo lo manejaba, y así estaba como güespeda con su suegra. Y para que vuestra paternidad esté enterado, le diré de la suerte que se casaron; porque a mi madre no la dotaron mis otros abuelos, ni aun la vistieron, ni cama llevó cuando con mi padre se casó: que tanta fue su fortuna que la pidieron desnuda. Fue en esta forma.

Teníala en las monjas claras su tía, y mía, doña Aldonsa de Lillo, hermana de su madre: diósela que la educase. Murió mi abuela, doña Lusiana de Lillo, en este tiempo, y quedóse mi madre en el convento por espasio de dose años, manteniéndose por sus manos con grande ejemplo y estimasión de las del convento. Acaesió que mi padre tuvo no sé qué tropieso como moso; su madre síntiólo y, temiendo algún mal logro en esto, trató de su remedio. Fue a las monjas a desahogar su pecho con su hermana, doña Juana del Campo, y díjole el caso y el deseo de ver a mi padre casado. Esto que estaban tratando, pasó mi madre por la puerta del locutorio, y a mi abuela se le fueron tras ella los ojos, y preguntó: “¿Qué seglar es esa que pasó, que tan hermosa me paresió?” Entonses le dijo su hermana de ella mil alabansas y de la calidad que en el convento se portaba, que a su pareser era santa. Mi abuela, enamorada así de su cara como de lo que le contaban, dijo a su hermana que la hablara, y fuese cuanto antes para que con mi padre se casase, que otro día, muy de mañanita, vendría a saber lo que desía. Esto susedió sobretarde, y quería que aquella noche se ajustase. Así que dio la oración, mi abuela se despidió, y de nuevo suplicó a su hermana lo que la encomendaba. Fue luego doña Juana del Campo donde mi madre a tratar de dicho casamiento. Mi madre respondió no tenía voluntad en esto, menos que quisiese mi abuelo o si su tía lo hasía, por estar su padre en la estancia. Mi madre ponderaba la isntancia y [e]ficacia con que doña Juana la persuadía. Por último, con mi tía doña Aldonsa lo ajustaron las dos monjas. Otro día de mañana, ya mi abuela estaba allá; a mi abuelo, don Antonio de Escobar, enviaron avisar y con su voluntad y de la parentela hisieron sus fiestas, dotándola mi abuela y dándola esclavas y galas; esto de calidad que de lo que mi madre tenía de aseos de donsella, contaba que no sacó de las monjas ni una saya, que cuanto tenía lo repartió entre las amigas, y fue a poder de mi abuela con sólo lo que resibió de ella y de mi padre. Y así, cuando yo la veía en casa, no tenía más que lo que mi abuela le quería dar, y en ocasiones se debía de acortar y buscaba trasa para lo que quería sacar, y de mí solía agarrar. En una ocasión inventó que yo no tenía camisas, y para significar esta nesesidad, mandó a la criada que sólo me pusiese naguas, y éstas atadas en los hombros, como chinita, y me dijo: “Anda así donde tu abuelita”; yo dije: “¿y todas mis camisas?”: que un montón tenía, y ver en la desdicha que me ponían; hablaba mil bachillerías, que era habladorísima. En fin, fui donde mi abuela, que estaba enferma, y así que me vio, dijo: “Aún no estoy muerta, y estás desabrigada y sin camisa”; gritó a las criadas para averiguar qué se habían hecho dose camisas con sus naguas que yo tenía. Empesaron con mentiras: que yo las perdía, siendo todo inventivas. Riñó a las criadas que en levantándose las había de asotar. Hiso sacar bretaña, ruan y cambray, que esto nada le costaba, porque tenía de piesas llenas sus cajas. Enviólo con una criada a mi madre, que de allí cortase y que jubones también me hisiese; también envió los recaudos que eran menester, de puntas y sedas para los pechos: y no me dio a mí ni una hilacha de todo esto. Luego mis camisas paresieron, y mi abuela entendió el cuento. Y fueran dilatadísimos el desirlos por estenso, porque cuanto a mi madre se le ofrecía, delante de mí lo desía. En una ocasión se empesó a lamentar que no tenía con qué poder trabajar, y que mi abuela, teniendo tanto trigo, no le daba una fanega, y a mí me dijo: “Dirásle, piquito, para que diga tu abuela que la murmuro y que soy nuera”. Yo busqué ocasión de desirlo a mi abuela, porque aunque era tan chiquilla, que ni sinco años tenía, miraba las cosas que desía; y un día que en la cama me tenía, le díje: “Abuelita, la pobre de mi mamá no tiene con qué trabajar: ¿por qué vuestra mersed no le da?”; respondió: “¿No tiene tres negras esclavas?; ¿por qué no las hase trabajar?; ¿cómo las envía alquilar?: y le he dicho que [s]e han de enfermar con los alquileres, y tu madre no quiere”. Así hablaba conmigo, como si yo fuera gente. Díjele: “Déle trigo, y con eso hará sus amasijos”. “¿Ella te lo dijo?” “Mi mamá habla conmigo -le respondí yo-; déle el trigo”. Puso la dificultad de quién lo había de sacar; que si no la veía enferma; que quién había de ir a la espensa. “Venga la llave, yo lo iré a dar”; no la quería largar. Yo empesé a llorar y a darle quejas, disiendo: “¿Ve cómo no me quiere, abuela?: ¿esas son sus finesas, no quererme dar la llave de la espensa?” Tantas bachillerías le desía, que dijo: “Toma la llave, niña; da dos fanegas”. Fui a mi madre muy contenta; díjele: “Vamos a la espensa, que ya le da trigo mi abuela”. “¿No te dije que no se lo dijeras?; ¿hay desvergüensa?; ¿para qué se lo contastes a tu abuela?: que delante de ti no se puede hablar”. Yo empesé a temblar, jusgando me había de asotar. Entonses le dijo mi tía: “No seas así, Marucha, con tu hija: sobre buscarte la vida y con qué poder trabajar, haséis a este angelito temblar, en ves que la habías de halagar. No seas necia con ella, que es tan donosa y discreta”. Entonses me preguntó: “¿Cómo lo dijiste a tu abuela?” Yo le referí de la calidad que arriba queda, y dijo mi tía: “¿Ves como es discreta, y la debes estimar?, y antes la quieres aniquilar; por eso se está con su abuela no más, y viene adonde vos estás con cortedad, como si no fuera tu hija”. Yo desto discurría que mi madre amor no me tenía, y siempre tenía del la queja, aunque viera que cuando estaba enferma andaba mi madre desatinada, que paresía la alma se le arrancaba; y mi abuela le desía: “Ahora se le morirá la mala niña”; y las dos gemían y pedían a Dios por mi vida. Yo de las lágrimas de mi madre parese que no me satisfasía por lo que conmigo hasía. Y todo Dios lo disponía, como conoserá vuestra paternidad en lo de adelante, aunque ahora paresen disparates y niñirías; pero por lo que esta habla que tengo a vuestra paternidad comunicada me dijo después que me apartaba del amor de mis padres en mi niñés, entiendo que con las niñerías que voy refiriendo me iba desasiendo, y creo será su voluntad, pues, siendo entonses de tan tierna edad, no se me pueden olvidar; y así las refiero a vuestra paternidad.

Después de concluido con el trigo, no sé a cuántos días me dijo mi madre: “Anda, tráeme un pedaso de asúcar grande, que tú no puedas con él, que te lo traiga tu criada”; ésta era una mulata de catorse años que me dio mi abuela para que a mí sola me sirviera, sin que mi madre corriera con ella. Yo mandaba a mi criada, y ella a mí me hasía que la sirviera a escusas de mi abuela. Fui donde ella: díjele: “Déme un pedaso de asúcar grande”. Hiso se me sacase; sería como más de libra. Yo dije: “No; quiero tantita”. “¿Para qué quieres tanta asúcar, niña”. “¡Ya digo que quiero más!”, y enojábame con la criada. Ella como por chansa sacó como medio pan; yo dije: “Trae acá”. Mi abuela lo dejó sacar sólo por quererme contentar, no jusgando que yo la podia gastar. Díjele a la criada: “Camina a la sala donde mi mamá”. Mi abuela desía desde la cama: “Ven acá, ñiña”. Yo dije a la criada: “Camina”. Entreguéla a mi madre, preguntándole si bastaba. Dijo mi tía: “Mira, Gata, las donosuras de la Úchula”; dijo: “Si es mi hija”. Yo, contenta; mas duróme poco esta fiesta. Fuime con mi abuela; dijome: “¿Y la asúcar: qué la hisistes?” “Hágame dar miel y no pregunte, vuestra mersed”. Sin repugnancia hiso la sacaran, que tanto como esto me amaba. Jamás hubo cosa que me negara; y si alguna persona, alguna cosa de ella quería conseguir, no tenía más que valerse de mí; y si yo desía que sí, era sierto no faltaría esto. Sus otros hijos y todos los demás nietos tenían selos desto y solían desírselo. Respondía ella: “si ésta es mi compañerita, que no se aparta de mí todo el día, ni siquiera a jugar, y está como una viejesita”. Y ellas, volviendo la cara desían: “Esa es harta vejés”; yo las miraba, y como me veían tan chiquilla debían de entender no las entendía, y con malos ojos las miraba porque a mi abuela vejeaban; mas no le desía nada. Vuelvo a lo que de la miel iba disiendo, porque vuestra paternidad no diga nos quedamos con ella en los labios o que por ser tan dulse me había empalagado, y así la había dejado; más no fu[e] así: que aún no la había gustado cuando salí con mi plato a convidar a mi hermana que almorsara; en un istante pleiteamos. Yo quise marchar con mi plato; mi hermanita gritó; mi madre me dijo: “¡Ah, desvergonsada, da el plato a tu hermana!” yo, como una muerta de callada, me fui a mi abuela con la queja, y le pedí conserva de cascos en almíbar; al istante hiso la sacasen. Yo, por dar a mi hermana dentera, se la fui a enseñar. Desde la cama mi abuela desía: “Ven acá, que te la ha de quitar”; yo que le respondo: “No quitará”, y mi madre que dise: “Ven acá, ¿qué es eso?”; yo dije: “Conserva”. “Trae para una enferma”. Quitómela y envióla a la vesindad a una enferma que había. Entonses le dijo mi tía: “No sé cómo, te quiere esta niña; ¿por qué sois cruel con este angelito, que no le distes un casquito?: después que te dio la asúcar sin tocarla, le quitaste la miel para su hermana, y ahora la conserva; ¡sobre que sois temeraria!; bien dise su abuela: ¿pues no es tu hija ésta?” “Déjala, Mariana -respondió mi madre-, no la hagas llorar”. Pues, yo con esto, ¿no había de tener el corasón tierno? Fuime allá dentro con mi abuela, que era mi consuelo. Estuvéselo disiendo, y dijo: “Bien veo que si yo te falto serás tú su perro. Dios me dé vida para darte remedio, que con eso no quedarás en poder de tu madrastra, que tal es tu madre para ti, que te aborrese por darme pesadumbre a mí”. Ya yo creía que mi madre me aborresía, siendo yo su más querida, como después se verá. Díjele a mi abuela: “Monja me ha de entrar”. “Sí, mi alma; serás lo que tú quisieres”; yo dije: “Monja, no más”. “Seráslo con toda comodidad, si Dios me quisiere guardar hasta que tú tengas edad, que no habrá monja de más comodidad, con tu selda alhajada, muy bien colgada, escaparate y tu plata labrada, que del Perú se traerá, y los liensos del Cusco, y todo lo nesesario a Lima enviaré a emplearlo. Tendrás tu esclava dentro y otra fuera, y cuatro mil pesos de renta; esto fuera de tu herencia, que de por sí te la darán”. Yo alegrísima le dije: “Si se fuera conmigo, abuelita, qué bue a vida”. “Si se muere tu abuelo, será eso lo menos”; yo, me parece, deseé se muriese mi abuelo Martín Suares y que mi abuela quedase; mas no fu[e] así que, como dejo dicho, estaba mi abuela en la cama. Fue su última enfermedad, que murió de hética, por desgracia mía. (…)

[Extracto, pp. 118-125]

Conforme iba creciendo, crecía en mi madre el deseo de casarme, deseando, tuviese dose años para darme estado. Eran siempre sus pláticas sería yo el remedio de su casa, y si Dios se la llevaba, quedaría yo para amparo de mi hermana y socorro de la casa. Estas pláticas me atormentaban por tener yo como odio al matrimonio y ser todo mi deseo entrar en monasterio; sobre estas contrariedades pasaba con mi madre gravísimos pesares: su mersé, que había de casarme en siendo grande; yo, pidiéndole me entrase en el convento de nuestra madre santa Clara, que ahí me tiraba ser monja. Un día se llegó a enojar en tanto estremo que me dijo: “Si monjas me coges en la boca te he de matar: ¡tú habías de tener voluntad!; ¡te hogaré entre dos colchones o al pilar de la cuja te daré garrote! ¡No has de ser monja, ni esto me tomes en la boca!; mira lo que hases”. Con estas amenasas me tenía amedrentada, que, como era niña, me paresía me podría quitar la vida; mas yo no desistía del amar la religión, y lo pedía a Dios con las veras de mi corasón, porque era tanto mi anhelo que igualaba la religión con el cielo; y así sólo esto era mi pensamiento, discurriendo qué medio tomaría para conseguir esto, y por ninguna parte hallaba consuelo, porque si hablaba de los parientes o abuelos que hablasen a mi madre, temían no se disgustase, y así ninguno tenía de mi parte, sino sólo para atormentarme tratando con mi madre que hablan de casarme. Una mañana tomaron tan por su cuenta esta prática, que no pudiendo yo tolerarla me levanté del estrado donde estaba sentada, y metiéndome detrás de la cama de mi madre, y allí me harté de llorar. Y fue para mi mal, porque de tanto llanto se me puso el rostro hinchado, cosa en que mi madre se estaba mirando y cuidando, al peso que yo dél hasía poco caso. Al mediodía fue todo mi trabajo, cuando mi madre me llamó a comer, y no sé qué le tentó de sentarme en la mesa enfrente de ella, que yo comía con mi hermana en una mesa pequeña sobre el estrado; cuando mi madre me vio con los ojos, boca y narises hinchadas estuvo como una leona de enojada, disiéndome malas palabras, y por último tomó el salero de plata, queriendo con él deshaserme la cara; mas detúvola mi abuelo, disiéndole: “Hija, deja eso; no te estés enojando, que te hará la comida daño; no te indignes con tu hija, que no es delito llorar una niña, para tanto enfado”. Díjole mi madre que la tenía yo con el corasón irritado, que quisiera haserme pedasos, que era un caballo, que con ir creciendo estaba hecha un jumento, que lloraba en tratándome de casamiento, y que cuando era más chiquilla era tan sabida, y ahora estaba hecha bestia; dijole mi abuelo: “Déjala, si ella no se quiere casar”. Entonces se empesó de nuevo a enojar, disiendo, no había de tener voluntad yo, pena de su maldisión, y casi he creído yo en los trabajos que en la religión m[e] han pasado que sus maldisiones me han alcansado; no porque lo hiso, que jamás me maldijo, sinó que a mí me ha paresido que por haberla yo desobedesido me ha susedido lo que a vuestra paternidad le tengo dicho de aquel confesor a quien dije esto mismo, de que quisás, por mis desobediencias a mi madre pasé lo que pasé, y aún no sé en qué pararé, aunque me alienta y da fuersas la fe que Dios es fiel y que si mortifica, también vivifica y, pues, yo padesí desde niña sólo por su amor, renunciando el de mis padres y todos los bienes y comodidades, espero en su bondad no me ha de desamparar.

P[r]osigo en la obediencia de vuestra paternidad, aunque con repugnancia mía. Referiré mis niñerías como en los otros tengo referidas, de las cuales me veo corrida; pero sea esta mortificasión de mi soberbia y que la propia voluntad se sepa sujetar para que no me llegue a desbarrancar, que estando a la de vuestra paternidad sujeta, seguiré segura senda. Volviendo a lo que de mi inclinación a la religión iba disiendo, no perdía ocasión ni tiempo en que hallaba oportunidad en que a mi madre se lo pudiese suplicar. Mirábale el semblante y, cuando se lo hallaba afable y cariñoso conmigo, le proponía el monjío; en tocándole en esto, mudaba de estilo y se enojaba conmigo. Una mañana, teniéndome en las faldas, mirándome el pelo, que lo tenía en estremo bueno, vila con tantos amores conmigo, que le salí con el monjío. Lo mesmo fue desírselo que trocar los cariños y amores en coscorrones. Con esto callé por aquella ves, mas volví a persuadirla después, dejando pasar algún tiempo, paresiéndome que con él mudaría mi madre de intento, pués veía lo mucho que le resistía a lo que me proponía. Un día estaba parada en medio de la sala, yo iba pasando para el patio; llamóme con halago; hísome fiestas, poniendo sus manos en mi cabesa y muy contenta; yo estaba pensando cómo le diría que me entrase en las monjas, que no se enojase y me pegase; en esto me dijeron, como dentro de mi pecho o corasón: “Díseselo”. Yo dije en mi interior: “Me ha de pegar”; y me dijeron: “No te dará”. Entonses, dándole a mi madre un abraso y, toda temblando temiendo no hisiese en mí algún estrago, le dije: “Mamita, éntreme en las monjas”. Con esta rasón se hiso una cólera, levantando la mano con tanta rabia para darme una bofetada que, si no huigo la cara, contra las sillas me abaraja.  Híseme un poco atrás y ella no se pudo mover de aquel lugar; sólo con los ojos me quería, despedasar. Yo, admirada de que en otras ocasiones menos enojada partía tras mí y me daba, y que estando tan encolerisada estaba allí parada como si la tuvieran clavada, yo la miraba esperando si me machucaba. Visto que ni me llamaba, aunque de palabras me maltrataba, viéndola que no podía andar, me fui paso entre paso, sin que me hubiese tocado; ni aquel día lo hiso, aunque anduvo con mal semblante conmigo. Después desto, quiso valerse de mi natural amigo de aseos por ver si conseguía por este medio, y para esto envió a su hermana y mi tía; yo tuve esta malicia y después fui a escucharlas, y fue verdad clara. Estando yo en la güerta traveseando como niña, entró mi tía y como acaso se me fue llegando; empesó a estarme hablando, rodeando conversasión, y por último, llegó [a] hablar de galas y aseos. Díjome: “Tu madre te quiere haser galas y ropa blanca, y dise que te dará más de tus dies esclavas y plata labrada”; yo le dije: “Todo eso de legítima de mi padre lo tengo; ¿qué me da mi madre en eso?: ¿las galas y los aseos?”; respondió mi tía: “Joyas y manillas de perlas”. Yo contenta con esto, porque moría por aseos y andar galana, que bien sabía mi madre por dónde me tentaba, viendo mi tía cuán alegre estaba, debió de discurrir quería ya ser casada, y díjome: “Y con el que te hubieres de casar, qué ricas galas te ha de enviar”. Así que me dijo esto, le dije: “Tía ¿quiere que le tome aborresimiento?; ¿por qué me trata de casamiento? Sepa que los que me hablan en esto no puedo verlos, que hasta mi mamá me da rabia y no quisiera estar en su casa; por esto no más, ¡mal haya sus galas, joyas, plata y cuánto hay, que yo no me quiero casar, y más aínas me he de ahorcar; y así no me hagan desesperar, que primero me dejaré despedasar; y así de mí no lo han de conseguir, mas que me mate mi madre, que el morir me será suave por no casarme!”. “¿Hay tales disparates -dijo mi tía- desta niña?; no estés enojada, que esto es chansa”. Yo me fui enfadada [a] aguaitarla, por ver si mi madre la enviaba, y me puse detrás de la cama. Entró mi tía; díjole mi madre: “¿Cómo te fue, Mariana?”; respondió: “Mal, Gata, que tu hija está muy enojada y parese que esto no ha de tener remedio, porque hase estremos que casi me dio miedo de oírla”; dijo mi madre: “Cómo es niña, no sabe; después, en siendo grande, querrá”. Yo dije pasito: “Peor será, que en siendo grande no ha de pegarme”.

En otra ocasión, un día de fiesta, se juntó la parentela, después que venimos de misa. Yo estaba en el estrado compuesta como venía de fuera, y empesaron los parientes con la moledera, disiéndole a mi madre que si no trataba de casarme, que ya estaba grande y que no nesesitaba de dote, pues en ser linda lo tenía, por llenar a mi madre de mentiras y lisonjas, no siendo yo de las más hermosas. Tanto me molestaron con estas cosas y disparates, que tuve por bien de levantarme del estrado y dejarlos. Mi madre se enfadó  viendo en mí esta agción, y dijo: “Dejen a esta necia, que lo mesmo es  ir creciendo que ser un jumento, y cuando chiquilla era sabida y demostraba entendimiento, y ahora hase tonteras y estremos”. Yo, n’obstante, fuime tras la cama de mi madre y empesé en mi interior a lamentarme de las crueldades de mi madre en querer forsarme, y sobre esto discurría qué, medio tomaría para salir de su poder y tiranía, que [ni] siquiera un hermano no tenía que me sacase y en una campaña o bosque me llevase. Yo hasía unos discursos de disparates, que, como era niña, los riesgos no prevenía y sólo tiraba a safar de lo que al presente me afligía. Estando maquinando sobre esto, me dijeron, paréseme fue dentro de mi interior, esto porque fuera dél ninguna persona lo pudo haser, porque ninguna había, ni aunque la hubiera y viera mis lágrimas no pudiera saber qué motivo las causaba de lo que yo en mi interior pensaba; díjome esta habla: “Y si te fuersa tu madre, ¿qué harás?”; yo dije con gran prestesa: “La pondré en una afrenta”. Esto desía sin saber a quién respondía ni discurrir quién me hablaba y apuraba, y hecha una rabia, paresiéndome que ya este tiempo llegaba, dije con denuedo: “En viniendo el hombre con el acompañamiento diré que no quiero”; entonses me dijeron: “Y si te desuella [a] asores tu madre, ¿qué harás?” “Mas que me mate, pluviera [a] Dios me muriera antes que en eso me viera; ¿pues, yo había de consentir que con hombre me acostasen?; primero he de horcarme, o con una daga degollarme, o el pecho atravesarme”; y, advirtiendo que era pecado esto y podría irme al infierno, empesé a llorar y afligirme de nuevo. Después de llorar mucho rato, empecé a estar bartulando, que me pareció tenía el interior más claro; y fue el discurso que una siesta, cuando mi madre durmiera, irme a las monjas agustinas que estaban serca, acompañada de una criada de las de mi casa. Ya con este discurso, estaba medio consolada, cuando díseme la hapla: “Y si se enoja tu madre y no te ve ni te da nada y te deshereda, ¿qué harás?” “Mas que nunca me vea -respondí yo-, ¿para qué quiero madre tan tirana, que quiere forsar mi voluntad?; ni quiero que me dé nada, que el vestido con que me huyere se lo volveré con la criada, que en las, monjas no faltará quien me dé un trapo de caridad. Además que lo que hay es de mi padre, y eso no ha de quitarme”. Tan enojada estuve con mi madre, que creo le tuve en aquel instante aborresimiento. Acabado esto, llamóme mi madre para comer, que ya estaba sentada en la mesa. Yo no saliera si tantos gritos no me diera, porque no me viera la cara con  los ojos y narices hinchadas de tanto llorar; con qué temor saldría, porque en viéndome desta calidad se hasía toda iras. Así susedió, que quiso darme con el salero de plata, disiendo me había de deshaser la cara; y lo hubiera hecho, según estaba de indignada, si mi abuelo y mi padre no la detuvieran. Yo, hecha una pena, porque lo que duró la mesa puesta se llevó en desirme afrentas, aunque mi abuelo y mi padre le desían: “Déjala, hija; no la aflijas, que es una palomita esta niña”. “No es sino una borrica, que la he de matar”. Viéndola mi padre desta calidad, se empesó a enfadar, disiendo que por darle a su mersé pesad[u]mbre hasía conmigo aquellos estremos; que paresía me tenía aborresimiento, viendo que era yo la niña de sus ojos y todo su amor, que no habría cosa que más lo desterrase sino que me maltratasen. Debíle muchísimo amor a mi padre, que casi tenía selos mi madre, porque no selebraba a mi hermana ni como a mí la acariciaba;  porque así que vía los halagos que mi padre me hasía, le desía: “Ya está Marica con la hija”. Yo era tan simple que me corría desto que mi madre lé desía a mi padre, y como acortada apenas me llegaba; mas mi padre me cargaba, y mi madre le desía: “Ya está cargado con el tarangallo, así está esta mosa de regalona”; respondía mi padre: “No importa, que es mi hijita”; mi madre respondía: “¿La otra no es su hija?” “También es -le desía mi padre-, pero ésta es más, que tiene mi natural”. Mi madre se empesaba a enojar. “Vamos, hija, que si no tú lo has de pagar”, desía mi padre, y m[e] llevaba a su cuarto, donde le hasía yo mis halagos, que sólo con él eran mis regalos; no po[r]que mi madre no me amaba, que bien lo demostraba, como adelante se verá. […]

***

[Extracto, pp.158-161]

Una joven profesa ante Dios y los hombres:

“Dios de mi alma, bien sabéis, que sólo te quiero”

Llegóse el tiempo de mi profeción, tan deseado para mí, y antes de ella fue mucho lo que padesí, lo cual omito aquí por no dilatarme. Fue mi profeción el año de 1684, a 2 de enero; día de la obtava de san Esteban, protomártir: sería para que a este glorioso mártir imitase en la fortalesa, mas no lo ejecutó así mi flaquesa, sino que tomó torsida senda, siguiendo mi mala inclinación, que desde niña tenía, de querer engañar, y con la libertad lo empesé a ejecutar. Quísome la religión honrar dándome dos oficios juntos de principio, de escuchería, a los cuales atendía; jusgo que con vigilancia los ejercitaba; fue esto por un año, y nunca de ellos me hubieran quitado: hisiéronme provisora, por mis pecados; era una santa madre vicaria, hiprocondía[ca] y dejada, pues a una muchacha fió el gobierno de la casa. Yo era quien todo lo manejaba, como prelada, y con esto tuve mano de a un hombre haberlo enganado, que me vio sin tocado y empesóme [a]  hablar. Yo, entre otras mentiras, le dije era seglar; él luego trató de quererse casar conmigo; admitílo y ponderéle grandemente la finesa que hasía de tomar con él estado, porque, teniendo adversión a esto, a mis padres había dejado, y disgustados, porque en esa materia les negué la obediencia, y las veses que lo habían propuesto hasía yo dos mil estremos. No fue mentira esto, que bien sabe vuestra paternidad la realidad, mas mentí en todo lo demás porque disiéndome él sien mil finesas y ofertas, yo le desía otras quinientas. Sinificábame había sido incasable; yo le dije que Dios quería que conmigo se juntase, pues paresíamos de un humor, y que el casarme con él nacía de corasón. Duró el ajustarse esto un mes entero. Yo cada día más mentía, porque todos los días me visitaba y instaba. Yo le desía fuésemos despacio, que a mis padres no quería disgustarlos, que podrían desheredarme; respondía que no reparase en plata, que él tenía harta y era hijo solo y para mí era todo; díjele tuviese a bien la atención a mis padres y respeto para que Dios no nos castigase, y nuestros hijos hisiesen lo mesmo; diose por contento y pagado de mi entendimiento, y todo cuanto en mí veía a perlas y diamantes le paresía; yo a este paso más mentía. Por último, no pudo sufrirlo y quísome pedir al obispo: ¡en que me hubiera yo visto!: ¡profesa y con marido! Detúvelo yo, disiéndole hablaría [a] un confesor lo dijese a mis padres para que mejor se acomodase; él se apuraba, porque estaba de viaje con dies mil mulas y cordobanes para Potosí; yo le desía fuese y me dejase aquí, que bien segura quedaba, y en esto la verdad hablaba. Ya yo estaba desconsolada porque había un mes que no me confesaba. Trajo Dios a vuestra paternidad y fuime a confesar: reprendióme por esto, aunque no se lo dije por es tenso como lo refiero: Algunos disparates dejo por no cansarlo. Y el casamiento fue acabado. Porque este hombre venía todos los días a misa; yo me escondía atrás de todas porque no viese era monja, y cuando me hablab[a] lo preguntaba; desíale: “Las seglares oyen misa atrás y por esto no me verás; yo te veo”; él muy contento. En efeto, un día déstos me puse junto a la reja donde me viera con tocado negro; estúvome mirando y sacó el pañuelo poniéndoselo en los ojos, hasiendo embaides. Yo dije a mi sayo: “Anda, por si alguna has engañado: ya lo has pagado”. y aun [n]o quedó desengañado, porque después por mí anduvo preguntando, dando las señas que yo tenía; y no desía era monja, sino una niña. Por las señas desían todas: “Es ésa la provisora”, que no era niña sino monja. Llegaron a noticias de la señora vicari[a] las señas que de mí se daban: aquí fue Troya. Yo me hise una cólera, disiendo que eso no más faltaba: que viniesen con mentiras, que si yo era niña seglarsita, como desían.

El cuento fue largo: vamos al grano. Que cuando llegaba el tiempo de confesarme de tantas mentiras y disparates; no sé sinificar cuánto era mi pesar y desconsuelo: a mí propia me tomaba aborresimiento de ver que en mis manos estaba evitar aquellos pecados, y me dejaba venser de mi natural malo; en aquel instante quisiera haserme pedasos, y de rabia sudaba como no podía ejecutar esta ira por estar delante de las demás que se iban a confesar, y así sólo los cabel[l]os me solía mesar. Yo sola empesaba [a] hablar que por ser loca y sin juicio me veía con el corasón afligido y vivía en tal martirio, que si no mirara ser cristiana, a bocados la carne me arrancara; luego desía “Dios de mi alma, bien sabéis vos mi corasón, que sólo te quiero a vos ya éstos les estoy mintiendo: ¿no sabéis, Dios mío, que mi amor es con vos fino? Yo te prometo que ya no he de verlos, que los aborresco y nada de ellos quiero; vos sois el amor verdadero: yo lo confieso y no quisiera ofenderos”. Cuando yo desía esto, me desían claro y distinto: “¿Cuándo me has de cumplir la palabra que tantas veses me has dado?”; yo, con el corasón apretado de dolor, le respondía: “Señor de mi alma y Dios de mi corasón, ¿qué querís que haga yo?; harto lo siento: bien veis vos mi deseo y que quisiera cumplirlo; mas ¿qué puedo yo, Dios mío?; osad lo vos, que sois dueño de mi corasón”. Esta habla, que distinguía clara, jusgaba yo era buena inspiración, y después ponderaba la claridad con que Dios isnspiraba las almas y en la serenidad que las dejaba, aunque humillada y como al polvo de la tierra pegada; y por esta misericordia le daba gracias y alababa, creyendo era esto general a todas las almas, que igualmente así las hablaba cuando inspiraba. Susedióme muchas veses esto; y como lo tenía yo por común en todos, pare se que se me daba poco, ni a nadie lo com[u]nicaba, sino que así pasaba, volviendo luego a los divertimientos y, gustos de engañar. […]

[Extracto, pp. 164-167]

Después llegó otro tiempo en que me di más al divertimiento y conversaciones con los hombres: esto que el demonio ha introducido [de] devociones en las religiones, cosas de que Dios tanto se desagrada, y se tiene por nada y se selebra por gracia. Yo así las tenía por modo de chansa, ni me paresía los quería bien, sino que sólo miraba el interés, y así tenía dos o tres, y la contaba por gracia, dando risadas. Desíanme las religiosas de mi selda que cómo con tres me había de averiguar; yo les respondía: “Quedará en casa el que me quisiere más, que esto no es más de esperimentar”; desíanme que cómo había de conocerlo; desíales yo: “El que da mucho y es regalador, ése tiene amor, porque es rasón evidente que mucho da quien mucho quiere, y bien sé yo que las dádivas son tributo del amor”. “Vemos que todos la regalan”. Desíales yo: “No me estén moliendo; vamos resibiendo, que después se ajustará eso; no me quiebren la cabesa, que harto se güelgan del provecho que todas conmigo están teniendo”; respondían: “Para eso los estamos sirviendo”. “Cada cual tenga su oficio; yo les estoy mintiendo y todas tenemos provecho; no sólo de lo que nos dan sino de la que hurtamos acá”. Y esto es verdad: que yo era tan interesada que nada les daba; que si tal ves un saine les hasía, era de lo que ellos traían; porque enviaban que les hisieran conservas, y tenía yo ordenado a las de la selda que dejasen la mitad de la conserva porque partiésemos como hermanos, y desto propio les hasía mis regalos: el[l]os quedaban muy contentos y satisfechos. Yo desía para mí: “Del cuero salieron”, y me reía grandemente de ellos. Y cuando salía a verlos, era con mil figimientos, vendiéndoles la finesa de salir enferma sólo por verlos, y a todos desía esto mesmo: que deseaba verlos, y no estaba con sosiego esperando si venían: y todo era mentira; porque así que me llamaban y estaba en la selda embarasada, mil maldiciones les echaba, y iba por el camino renegando; y por no mostrar mál semblante, era presiso que de la enfermedad agarrase. Mas, cuando llegaba el tiempo de confesarme y hasía esamen de tantas maldiciones, mentiras y maldades, empesaba a desconsolarme con gran sentimiento que les cobraba a los hombres, y a mí aborresimiento, y esclamaba a Dios de lo íntimo de mi corasón, pidiéndole perdón con tal propósito de la enmienda, que paresía que desde aquel día había de ser una santa Teresa. Estando en estas promesas, me dijeron: “¿Cuándo me cumplirás esta palabra que tantas veses me das?” “¿Qué quieres que haga, Dios de mi alma, si soy tan mala? Yo deseo cumplirlo, y quisás confío de mí y no de vos, Dios mío, y por eso doy cada instante de ojos y tropieso; sed vos mi fortalesa y arma invensible que me defienda. Mañana te tengo de resebir, y has de tener misericordia de mí y que no caiga en estas faltas que son más ordinarias; y has dehaserme un favor: de que conosca yo que vos me detenéis y me acuerde desto que te estoy pidiendo y vea me estás defendiendo”. Así como lo refiero susedía esto, porque otro día que comulgaba, después de estar recogida en coro y dado gracias, que ni me acordaba de lo que a Dios había pedido, estando en otras cosas divertida, que es propiedad mía, se ofrecía querer tener alguna faltilla o palabras de las que solía desir: sentía como una fuersa dentro de mí que me impedía el desirla, y juntamente me acordaba que de Dios me venía aquella gracia, y [lo] que le había pedido me había  consedido. Con esto le hasía adoración en mi entendimiento y daba humilde agradesimiento con las debidas gracias que podía mi corto talento; y cuantas veces acometía a haser algún defeto, me susedía esto, hasta que yo mesma me vencía a cometerlo; y desto también tenía conosimiento de que yo propia me segaba y arrastraba, y que con aquella falta me debilitaba y en otra que se ofreciera sentiría menos fortalesa, pues yo propia me había vensido y a Dios resistido, dándome entero conosimiento de ello. No sé esplicar de la calidad que susedía esto, porque yo todo lo conosía y también lo desmentía, y a mí mesma desía: “¿Ya no empieso [a] hacer embaides y haserme buena porque comulgase?: ya debo de querer ser ardilosa, que ando con estas cosas; había de ser menos mala para querer haserme santa, que no quería hablar una palabra”; esto yo sola lo hablaba, que bien conosco mi maldad y la que he sido y soy. Mas, en medio de mis divertimien[tos], procuraba de noche tener mi recogimiento y un rato de oración, suplicándole a la Divina Majestad me concediese este don de saber tener oración: en lo que entiendo me parese jamás me la consedió, una hora entera no podía tener yo; no porque no lo deseaba, sino que el punto se me acababa, y desía por las demás: “¿Cómo podrán tener oración larga, que a mí luego se me acaba?” Daban todas risadas, disiendo: “¿Cómo se le acaba?”; desíales: “Yo no lo entiendo bien: lo tengo de memoria, pero con él no hago cosa”; desíanme: “Pivertiráse en otras cosas”; desíales: “No es eso, que el punto lo estoy disiendo”; reíanse también desto. Mas no dejaba de ir a mi oración a tiempos. […]

[Extracto, pp. 169-170]

Susedióme una tarde salir a las puertas a pasearme, paresiéndome estaba triste, y por divertir iba a esperar al que me venía a visitar; s[a]lí  con otra religiosa de mi selda, que también me dijo estaba melancólica ella. Fuimos a la puerta falsa: halló con quien hablar; yo fui para la puerta  principal y, como por el coro se podía pasar, no quise rodear. Entré al coro y vi tan gran resplandor que me causó admiración, y dije: “Cómo es esto, que víniendo yo del sol y entrando debajo de techo, que en otras ocasiones apenas veo, hay aquí tanta lus y resplandor, que exede al sol”. Levanté los ojos a mirar las mostasas, y paresían de oro una flama, y como gotas de oro finísimo destilaban. Más admirada miré al altar mayor, discurriendo que quisás en lo dorado daba el sol, y por eso había aquel resplandor: no daba en él ni  un  rayito  de  sol.  Miré  la  imagen  de  la Madre de Dios, a quien he tenido especial devoción: vila con el rostro ensendido y tan relumbrante que apenas podía mirarle, y de todo el manto parecía le salían rayos. Ibame yo a toda priesa pasando, como no hasiendo caso, cuando oí como que se abría el sagrario y juntamente una vos, que con ella todo el coro se estremeció, que las maderas y la reja parese se arrancaban de donde estabán puestas: fue’sto en un momento, como cuando hase un viento muy recio; y al tiempo que aquella vos salió del sagrario, que las cosas in[s]ensibles temblaron y no yo, siendo a mí la vos que m[e] dijo, con vos clara y alta: “¿Dónde vas, alma?” Yo no sé si de temor o de turbada dije, como enojada: “Tal tormento; como si fuera [a] haser algunas maldades para atormentarme”. Con esto que dije yo, me dio un temor que todo el cuerpo me tembló, y se me representó que por esta desvergüensa pudiera quedarme muerta o que viva la tierra me tragara y allí mi maldá pagara. Todo esto fue con tanta brevedad que ni parada pude estar: no fue más que lo que caminaba del coro de un lado a otro susedió todo. Y así que estuve junta [a] la puerta, partí la carrera y serré la puerta, como si con serrarla Dios no me alcansara. Fuime a la puerta, estuve suspensa y pensativa; volvíme a la selda; dijéronme que de qué volvía marchita y amarilla; yo en todo era mi defensa desir que estaba enferma, y que mayor enfermedad que mi suma maldad. Desde este día no quise más pasar por el coro ni entrar a él un instante estando solo. […]

[Extracto, pp. 174-182]

Una trasa susedió con dos hombres que me visitaban, que a los dos engañaba, y tenía fortuna que no se juntasen. Cuando una tarde, estando en la puerta en vicita con uno, entró el otro; así que lo veí, bajé los ojos y proseguí hablando. Como vio el que entró el poco caso que yo le hasía, se sentó en el poyo hecho una ira, y resongando dijo: “¡Ay, con mil diablos!”; levanté los ojos a mirarlo, disiéndole: “¡Qué es eso!”; “¿por qué está retirado?” El que estaba conmigo estuvo mirando. Yo llamé al retirado; estúvelo agasajando; y uno y otro estaban orejeando. Yo dije para mí: “Esto está malo”. Díjele al que había llamado, después de agasajado, que tomase asiento, que ya salía la monja a verlo. Esto fue lo mejor, y era la monja yo: cómo tendría este hombre su corasón, sobre ser fino conmigo. Di una trasa, de que otra religiosa lo llamara por el torno, mientras yo despachaba al otro, que también estaba hecho un toro. Echéme con la carga por lo que del que estaba en el torno me preguntaba, y le dije que si lo agasajaba era porque lo mesmo hisiera mi compañera cuando él viniera [y] yo no estuviese en la puerta. Vea vuestra paternidad a quién se la fueron a fiar. Quedó éste contento, y el otro estaba rabioso en el torno; díjele al que de mí estaba pagado que en la selda tenía embaraso: y fue para echarlo, que corría priesa que se fuera. Hísolo así. Serré la puerta; llegué al torno; empesé a desir mentiras al otro, que estaba seloso: díjele no hisiera caso de aquel hombre; que era santo; que por Dios le daba lo nesesario porque yo no tuviera comunicasión, y que por ser tan mala a él lo comunicaba; qué así escusara, en viéndome con él, desir nada, que sería quitarme la limosna que en mí hasía, si sabía tenía devoción, que sólo gustaba amase yo a Dios. El, viendo que el otro era tan b[u]eno, quedó contento y con deseos de agradesérselo. Díjele: “No haga eso, que echará a perderlo”. No quiero referir tan largo cuento.

Paso a mi intento de lo que me hablaban sobre esto. Estando una tarde en el coro para confesarme, vino este hombre a llamarme, y por lo susedido poco antes, no quise salir y que se encontrasen; temiendo algún suseso, envié a disculpar con que quería confesar; él no quiso sino esperarme acabase de confesar, y andáb[a]se paseando; yo desde el coro lo estaba mirando, que era hermoso y bisarro. Y en esto me dijeron: “¿Por qué no me quieres, y quieres a los hombres?; ¿qué me falta a mí para que hagas esto conmigo?”; yo le dije: “Dios mío y Señor mío, ¿no sabéis que no los quiero, que los estoy engañando y que vos solo sois mi dueño y mi amado?”; díjome: “Si no  los quieres, ¿cómo sales a verlos y gustas de ellos?” “Eso hago -le dije- por lo mucho que les debo y por el interés que de ellos tengo; no por quererlos”. “¿No soy yo dueño de todo? -me dijo-; ¿qué te faltará conmigo?” Entonses yo, con el corasón afligido, sin saber qué responder, me levanté temiendo no me apurase; entré a confesarme para olvidarme: tantas eran mis maldades, que huyía de lo que me desían y hasía que no entendía.

Otro día, estando recogida, se me fue el pensamiento a los enredos que con estos dos hombres estaba hasiendo. Me dijeron: “¿Ves como los quieres y gustas de ellos?” “Dios de mi corasón y todo mi amor, no te enojéis, Señor, que éstas son locuras de la mosedad; que en dándome vos juicio, todas las cosas he de dejar por tigo, que sois mi Padre, mi Dios y mi Señor y todo mi bien y amor”. En otra ocasión, día de comunión, que aunque tan mala, todos los domingos comulgaba, y aun me parese que a esto me forsaban, porque algunas veses no tenía gana o estaba con peresa, y sentía en mi interior una fuersa superior que me proponía que por qué no comulgaba aquel día, siendo de fiesta, que en los de trabajo siempre culpaba a los embarasos y tener que haser, que lo mirase bien; hasíalo así, [y]  consideraba que el domingo por la mañana no hasía nada, que en esperar la misa la mañana se iba, y con ésta y otras consideraciones comulgaba; y aun esto bueno, era mala y desvergonsada: susedió que un día se dijo tarde la misa, por esperar a una persona el capellán. Yo estaba enferma y quería comulgar temprano; fui a llamarlo para que diese el Señor; díjome: “Ya voy”: fuilo a esperar; segunda y tersera lo llamé, disiéldole  la  tersera:  “No  dirá  he  sido  como  las vírgenes necias: tres veses he llamado y no ha abierto; los dos lo pagaremos”; díjome no lo fuese a contar; respondíle: “Allá se lo preguntarán: yo no he de comulgar por ser tarde y también porque lo pague”; esto le dije sin inmutación, sólo porque diese la comunión; y hasta que salió a desir la misa, no la dio.  Mientras la daba, le dije yo al Señor: “Señor mío, bien has visto las veses que te he pedido y no ha querido tu ministro; bien veo yo que es poca mortificación y falta de humildad. Mas no está dado a su mersé quererme mortificar, que esto mi confesor lo hará, y esto en siendo tiempo; pero el capellán, ¿por qué ha de haserlo?: que yo con su mersé no me confieso y así de mí no puede tener conosimiento ni saber si estoy en dispocición de mortificasión: esto sólo lo conoserá mi confesor”. Estos habladeros tuve co[n] Dios y no quise comulgar.  Otro día el capellán me envió a llamar para preguntarme por qué no había comulgado. Yo le dije: “Pagarémoslo de contado: no comulgué por haserle cargo”; y le fui refiriendo todo lo que a Dios le estuve disiendo, y más, le añadí que Dios le había de desir: “Ven acá; vos sabías cuánto me costaba esta atrevida para que me resibiera, que tenía conmigo desvergüensas; sabías si yo hubiera hecho, con que me resibiera, mucho fruto y provecho en esta alma; pues, habiéndote puesto a ti para que las enamoraras de mí y me las acariciaras, que se me llegaran, me negabas, denle a este ministro por mesquino sien asotes, ya esta perversa sincuenta”. Díjele entonses: “Le diré yo: ‘No, Señor; no me den tantos que bien sabéis vos que se lo estuve rogando: dénselos todos al capellán, por escaso; que yo era una simplesilla y el capellán sabi[o]: ¿pues ha de ser castigado tanto el incapás como el sabio?; yo, Señor, no admito, que no fue tanto mi delito’”. Díjele: “De verme Dios tan autera, ha de levantarme la sentencia y vuestra mersed cargará la pena”. En verdad que con esto tuvo enmienda, que, en disiéndole yo “Quiero comulgar”, luego la va a dar. Pues, como iba contando, un día que había comulgado temprano, quedéme en el coro después de misa, y estando media dormida, que es propiedad mía estar por las mañanas adormesida, l[l]amóme una visita. Yo bien quería ir, y también del coro no quería salir, porque estaba bien hallada, mas, como era hombre de importancia, vime presisada a salir como de mala gana. Díjome esta habla: “¿Cómo hases esto conmigo; pues, habiéndote yo venido a vicitar, me dejas y te vas con el hombre?; ¿por qué hases esto?: ¿meresco yo menos?”; yo le dije: “Señor de mi corasón y Dios de mi alma, ¿qué quieres que haga?: vos habéis dado este medio para que mantenga la vida, pues, me has dejado destituida; bien sabéis vos lo mucho que le debo y que por él me visto y sustento; también veo que vos le mueves a ello: yo, por ser tan mala, convierto en tósigo la atriaca. Conosco, Señor, que los beneficios que dél resibo de vos es movido, y que no te sé corresponder; bien veo Señor cuán mala soy, que él obra sólo por vos: a él no tienes que culparlo, que hase lo que le has mandado, y así debes premiarlo, que mío es todo lo malo; lo que él hase por vos hago yo devoción, porque soy la suma maldad. Mas, ¿qué haré en esto, pues ves lo que le debo y sólo se lo correspondo con salir a verlo?; porque yo qué es lo que le doy, para tanto que dél estoy resibiendo: cuando más le do[y], es una obra de mi labor, que su valor es sólo lo curioso de mis manos, y para eso él hase el gasto, que todo lo va costeando. Pero, Señor, si de esto no gustas vos, da otro medio con que yo mantenga esta vida; aunque temo, que soy tan maldita que cualquier medio lícito que deis he de echarlo a perder y pervertirlo: ¡qué tengo de haser con tan mal natural, Dios mío! Mas, ya te digo que, si vos te disgustas desto, yo tampoco no lo quiero: bien sabéis cuán disgustada está en estas cosas mi alma y que ya sola la obligación la arrastra. ¡Ea!, pues, Señor, sacalda, que en estos disparates vive penada”, Mientras yo estaba en esto, unas y otras me llamaban, que este hombre  me esperaba en la puerta, y entonses le dije: “Señor, dame licencia; y para que no te quedes vos, vamos los dos, que estando vos en mi pecho me estarás defendiendo, para que no me distraiga ni te ofenda en una palabra”. Salí y me sucedió una cosa rara, que siendo así que a este hombre lo respetaba como a mi padre, porque en las obras lo era: él me vestía de pies a cabesa, y no como quiera, sino que a Lima enviaba a traer los géneros que yo vestía, no contentándose con lo que en su tienda tenía, que había de ser lo más fino mi vestido, y los chapines que había de calsar, plateados, habían de venir de allá; etsustento de la selda [l]o enviaba toda la semana, fuera de todos los días los regalos, y por entero para el año él de mis vicios hasía el gasto, porque el polvillo y mate era imposible que faltase; era de calidad que hasta las selda hiso alliñar y haser en ella cosina y despensa; y no contento con lo referido, vivía sentido de que no le manifestaba lo que nesesitaba: y es verdad, que yo en pedir tengo gran cortedad, y no sé desir si paso nesesidad. Pues, volv[i]endo a lo que iba diciendo, salí donde este caballero con mucho entero, y él, como estaba hecho a mi estilo halagüeño, debió de estrañarlo, y con no -sé qué chansas me pidió la mano. Díjele: “¿Qué es eso de mano?: no sea desvergonsado con su ama; ¿no sabe que si yo con el rey me hubiera desposado, fuera su señora natural?”; dijo él: “Claro está”; respondíle: “Pues sepa que soy más que reina, pues soy esposa de Jesucristo, y así no ser atrevido: bese esta manga de este hábito y téngase por indigno de tamaño favor”; hincóse de rodillas y besóme la manga. Estuvo de rodillas; yo media corrida, jusgando si las monjas o otro hombre que estaba en la puerta sentado habían hecho reparo; mas fue tanta mi dicha que a todos miré y ninguno atendía. Díjele se sentara, y fue por no pasar yo alguna afrenta, y sin duda, si lo hubieran visto, la hubiera tenido de que vieran arrodillado un caballero de su porte y años, que de todos era venerado. Y él de mis desvergüensas vivía admirado, que solía desirme: “¿Que una monjita del codo a la mano, como un renacuajo, la esté yo aguantando, lo que a la más alta y pintada seglar de allá fuera no [he] hecho ni hisiera?”; respondíale yo: “Tales serán ellas de lesas”. Esto le desía dando risadas, y él de oírme también las daba, y desíame: “Si estuviera vuestra mersed fuera no se lo consintiera”; respondíale yo: “Piense que en esa esfera nadie me mereciera, ya vuestra mersed peor le fuera”.

Susedióme en otra ocasión, siendo también día de comunión y, como dejo dicho, tener por las mañanas el cuerpo adormesido, vino este hombre. Yo salí de mala gana, porque paresía que en mi interior se me quejaban o no sé si por estar en este sueño bien hallada: fui con esto media regruñendo a verlo. Trájome no sé qué saine. Empesé [a] agasajarle, y una monja se hiso graciosa, disiéndole: “Mas con todo eso que dise que lo ama, no le permite entrar la mano en la manga del hábito, y juraré que si se la agarra o se la llega a tocar se ha d’enojar”. Yo, así que la monja dijo de la manga, me dio rabia y la miré hecha una ira; él lo tuvo por cosa facilísima y dijo: “Bueno fuera que a mí me negase esa frionera”. Y él no sabía mi tirria: sólo las monjas lo sabían, que no sé yo si es especie de locur[a] o tentación: desde el día que tomé el hábito, ni en veras ni en chansa he permitido me entren las manos en la manga. Bien veo es disparate, que cuando quieren enojarme, adrede hasen mis camaradas que quieren andarme en las mangas; ni sé si por haberme habituado a esto [en] ello yo hago estremos y se me estremese el cuerpo; y cuando veo que algunas en chansa lo in[t]entan, parto la carrera; y suelo permitirme entren las manos en la faldriquera, cuando estoy embarasadas las manos, para sacar de ella algo; pero la manga es reservada, que de ella no han de sacar nada. Y esta religiosa me p[u]so con este hombre en congoja; y no hallando qué haser, partí a correr, porque así que dijo de la manga, poco a poco me retiraba; él hiso reparo y alargó la mano para haser por fuersa lo que no quise de grado. Paréme en medio de la puerta falsa, donde no alcansara; empesó con quejas de mi poca fines[a] y desamor. Respondíle yo: “Piense vuestra mersed que las monjas no sabemos querer: qué es amor no lo entiendo yo; jusgan que el salir a verlos es quererlos; viven engañados: que somos imágines que no tenemos más de rostros y manos; ¿no ven las hechuras de armasón?: pues las monjas lo mesmo son, y los están engañando, que los cuerpos que les ven son de mármol, y de bronse el pecho: ¿cómo puede haber amor en ellos?; y si salimos a verlos, es porque son nuestros mayordomos que nos están constribuyendo y vienen a saber lo que hemos menester. No sean disparatados, que no les hasen las monjas caso, que mientras no los vemos, no nos acordamos”. Con esto se puso este hombre como tierno, en ves de estar enojado, diciendo que en mí bien había esperimentado esto, y que no era debido a su cariño que me había estimado y venerado, aunque yo por mi buen estilo todo lo tenía meresido, que no había esperimentado, para ser yo tan muchacha, prendas tan raras, aunque había esperimentado mujeres de más edad, mas que en ninguna de ellas había mi maduresa. Con estas alabansas, ¡quién no se mudara!, y más contándolas a las otras en mi mesma cara. […]

***

[Extracto, pp.192-194]

En la madurez, los momentos de éxtasis:

Luz, conocimiento y claridad

 

En una ocasión, tanto el cuerpo se me ensendió, que el corasón me aleó, no cabiéndome en el pecho, que se me suspendía el resuello, paresiendo que la alma daba un vuelo y que le era pesada carga el cuerpo; entonses, advirtiendo en lo que estaba hasiendo, que el cuerpo tenía como yerto, me senté de presto y dije: “Virgen Santísima, ¿qué disparates estoy hasiendo, que casi me he muerto? y ¿qué hubiera yo hecho si me hubiera salido el alma del cuerpo?; ¿tal incapasidad del haberme yo ido?; ¿tanto apurar?” Desde entonses tuve escarmiento, que, así que se me ensendía el cuerpo y suspendía un poco el resuello, desía: “Malo va esto; dejémoslo”, y dejaba la oración. Nunca dije esto a mi confesor, ni le desía si procuraba tener oración o no; porque, como digo, nada desto tenía yo por oración, y en esto mesmo estoy, aunque esta habla me dijo que la oración no era otra cosa que hablar con Dios, y a su tiempo diré el motivo que tuvo para desirme esto. Prosigo con lo que de la confeción general y ejercicios iba disiendo.

Después de la comunión y asistir a misa mayor, fuimos a la segunda  hora de oración; y cuando me puse a el[l]a, el punto se me olvidó, por el motivo que dejo referido, que casi tuve impaciencia de ver que por desirles a las demás lo que habían de pensar, no hallaba yo de qué agarrar, ni de lo que se había leído pude acordarme. Empesé con desconsuelos, discurriendo qué haría en aquel caso: quise pensar en la Pación de nuestro Criador, y no se acomodaba. Dije: “Pensaré en que soy nada, de ella mesma criada”; sobre esto pensé de la bondad de Dios en haberme dado ser, no dándolo a los demás que no han sido ni serán. Empesé esto a ponderar con tanto conosimiento y claridad; y en mi interior que paresía veía una lus, como de sol, con tanto resplandor: abrí los ojos para ver si la selda entraba el sol; ver que por la puerta, por una rendij[a] muy escasa entraba; dije: “¿Es posible que este ray[i]to de sol tanta lus daba?”. Volvía a serrar los ojos, y no estaba yo en frente de la puerta para que el sol en los ojos me diera, sino que era nesesario volver la cabesa para buscar de dónde aquella lus me venía a dar, y con los ojos serrados veía más claro. Híseme fuersa para no atender a esta lus clara, sino en lo que pensaba, porque me paresía ella me divertiría; pero con ella conosía aquel[l]as verdades tan fijas de mi principio, y los beneficios que de Dios habla resebido, que de lo que alli se me ofrició se pudiera escribir libro; porque tuve tanta vivesa de sentido, que conosí lo más mínimo, y en Dios tanta finesa cuando miré mi correspondencia la que era, que no me faltó lus para conoserla. De aquí no quisiera pasar, aunque mi pena y dolor se vuelve a renovar, que el papel lo puede manifestar; mas lo que p[a]só por mí no sabré esplicar. Parese fue mi corasón como si echaran sal en agua: así se deshasía en lágrimas ternísimas; con tanta abundancia, que de las ejeccitantes no pude ocultarlas; no porque no hasía bastante fuersa para detenerlas; mas, al corriente de las misericordias de Dios, no había de detener yo, pues hasta en derramarlas conosía era de Dios gracia enviarme esta agua para ser lavada. Y conosiendo esta misericordia, le alababa y daba repetidas gracias, porque cuando yo más desobligado tenía a su Majestad, me miró con piedad: humillábame ante su acatamiento, pidiéndole perdón de mi desagradesimiento: quisiera en aquel instante que todos mis yerros se borrasen, no por temor del infierno, ni por tener premio, sino sólo por ser ofensas a Dios tan bueno; deseé tener un entendimiento angélico para obrar por su amor lo más perfecto; quisiera renaser de nuevo y con aquel conosimiento para entrégarle cuanto de su Majestad tengo y poseo: toda era [a]fetos; quisiera eseder a los más santos, que en esta vida más se esmeraron en servirlo y amarlo. Tanto en ese tiempo le dese[é] agradar, que a la Santísima Virgen deseaba imitar: parese que con los deseos quería obrar y haser exsesos. No tengo palabras para esplicar de la calidad que pasó esto: quédese en el tintero, que se conoserá a su tiempo. En lo demás voy prosiguiendo, dejando sobre esto hartos cuentos que susedieron, de cómo las ejercitantes querían acallarme para que no llorara; mas yo a ninguna dije palabra de lo que por mí pasó, sino que pidieran por mí a Dios me otorgase perdón, y quizás mersedes; también me perdonaran por su amor, que ya conosía había sido el escándalo de la religión y la que había deshonrado la casa del Señor, dándoles en todo mal ejemplo. No desía esto sólo de palabra, sino de lo más íntimo de mi alma, sintiendo en ella el tenerlas escandalisadas con mi mal orden de vida, y así lo lloraba y sentía. Desta calidad estuve tres días, y de tanto llanto ya casi no veía: jusgué quedar siega, porque si tomaba un libro apenas distinguía las letras. […]

[Extracto, pp. 199-201]

Otra noche, poniéndome a oración, quise levantar a Dios el corasón, y no fue posible porque estaba como con la tierra pegada, al modo que está una esclava cuando quieren castigarla; parese que así estaba yo amarrada, y no osaba mirar a Dios ni hablar  nada. Estando en esta confución y modo de suspensión, me dijeron: “Ahí has de estar; veamos si ahora tienes atrevimiento de partir a correr”. Y disiéndome esto, me acordé de lo que ya tengo referido, cuando en la vía sacra me dijo esta habla que no me fuese, que en verme allí se consolaba, [y] yo partí la carrera y volvió [a] hablarme en la puerta cuando se me torció el chapín. Conosiendo este atrevimiento, me humillé y compungí. Quise llamar a la Santísima Virgen intersediese por mí, y conosí en la Divina Majestad no era su voluntad, y me pareció que, si me atrevía a pedir a la Virgen Santísima, más se indignaría; y así volví a callar, y volvieron a desirme: “Ahí has [d]e estar y tus atrevimientos has de pagar; ¿cómo no corres ahora?” “¿Yo?”, dije sin pronunciarlo: tal era entonses de sorra y loca; bien que lo pague ahora. Estaba callada como ajusticiada y, de verme tan castigada y sin poder hablar, a los santos de mi devoción quise llamar, ya mi padre san Jo[s]é en especial, y no los pude llamar porque volvieron a desir: “Ahí has de estar”. Volví a callar y nada quería pensar, sino dejarme castigar porque si algo intentaba se enojaba aquella habla. Y así estuve hora y media en aquella pena; y no dejé de haser mi desvergüensa, porque así callada me levanté de donde estaba postrada; no dijo nada la habla; hinquéme de rodillas a resar unas devociones de la Virgen Santísima, y de ahí fui a senar. No sé cómo era mi simplisidad: luego por la mañana bien me dijo que era simple esta habla; yo me enojé. Después lo contaré: será primero lo que de la mañana iba disiendo. Este día parese estaba con la tierra unida, que ni levantar los ojos ni el corasón a Dios podía; fui al coro, y estuve deste modo; fui a la oración, y lo mesmo susedió; estando en ella, parese que me desían era menos que la tierra. Yo estaba como suspensa al modo de cuando a una la enseñan, que aquello que está aprendiendo y la que se lo enseña está en lo que le dise atenta, sólo mirando lo que le va enseñando: así estaba yo atenta, con todos mis sentidos fijos en la tierra, considerando era menos que ella. Parese me dijeron, o yo conosí, esto: “La tierra tiene ser de tierra, pero vos -no sé si lo dije yo- nada sois -o soy”. Estuve pensando en esto como conosiéndolo, y daba y tomaba: la tierra es tierra; yo soy menos que ella; pues soy nada; y luego discurría: ¿qué es nada? , y desía: “Lo que ni se ve ni se palpa”. No hay palabras para desir ni esplicar lo que yo miraba y remiraba esta nada; y como no tiene ser no le hallaba sustancia; y como yo no la tengo en nada, conosí estaba bien comparada. Y por tres días enteros estuve conosiendo mi nada, sin que esta verdad de mi mente se apartara ni hubiera cosa que de ella me desviara. No quiero en esto ser más larga […]

[Extracto, pp. 218-231]

Digo, en fin, que estando una noche en recogimiento y tan divertida en esto y como en un género de embeleso, sentí en el interior un vuelco, o río sé qué mosión de una lus que se elevó en mi interior y a mi entender estuve en otra región en la cual había sol, y a hora de las nueve o dies me paresió veí infinita gente en esta tierra; de caras blancas eran todos; estaban amontonados. Uno sobresalía, más alto, hermoso y blanco; que si fuera yo pintor pudiera retratarlo, porque lo miré despacio, reparando en modo de cabello estraño, que, como aquí el uso de las pelucas no había llegado, no podía yo entender qué modo de pelo fuese aquél. Tenía la peluca muy alta; yo lo miraba y discurrí tendrían estas gentes los pelos así. En efeto, cuando llegó gobierno nuevo, conosí en el presidente Ibañes Peralta lo que de la peluca dudaba. En conclución, veí también a mi confesor levantado en alto, con sobrepellís y un libro en la mano; yo discurrí si estaría bautisando, porque tenía hisopo en la otra mano. Yo miraba al padre y no le oí que predicase: también estaba yo en el aire, apartada como una cuadra del padre; mas por tres veses fui donde su paternidad, como si destas gentes le fuese a llevar, aunque tenía muchísima su reverendísima. Estendí la vista por aquel campo, y veí muchísimos vestidos de blanco, a modo de albas señidas, estolas también tenían y estas albas no eran del todo blancas, a[unque] tiraban muy claro, que por eso digo me paresieron vestidos de blanco. Iban éstos como cuando las compañías están en ala, o a modo de ir arreando un atajo, mas esto con gran silencio y consierto; fuéronse metiendo por entre unas arboledas secas y espesas, que demostraban estar desiertas, según entendí de su asperesa. Yo discurría si serían éstos ángeles, que echaban los demonios destas partes: esto me paresía, aunque no veía en ellos ninguna cosa divina, sino caras lindas; lo que estaban atajando tan poco veí que, fuesen diablos. Fui mirando esta tierra y veí una hermosa sementera pareja y bien aporcada, limpia, que divertía la vista, y era esto en ivierno, porque esta noche estaba aquí lloyiendo y allá hasía buen tiempo. Admirada desto, levanté el corasón a Dios, y dije que Él era quien daba los frutos de la tierra y enviaba la lluvia del cielo, y criado el firmamento ya quien el ser le debemos y de solo su voluntad pendemos, y el que nos había de dar el cielo; dije algunas cosas de las muchas que a Dios debemos. Cuando les referí esto, levantaron los ojos al cielo, llenos de lágrimas, demostrando agradesimiento y en especial éste que dije se señalaba entre los demás, que paresía que el alma por los ojos se le arrancaba. Viéndolos así, yo hise a Dios una esclamación por estas gentes, disiéndole: “¿Ves, Señor mío, cómo te agradesen tus misericordias y cómo te miran y alaban por tu bondad?: continuadlas”. Y estando en estas pláticas, me acordé si el diablo me engañaba en esto. No sé ponderar cuánto fue mi desconsuelo, lágrimas y lamentos. Dije a mi confesor esto, aunque no por tan estenso: siempre parese se enojaba. Díjome: “¡Vaya!” Yo salí desconsolada porque me había preguntado dónde eran estas tierras para desir al presidente pidiese operarios de su religión: de tales tierras ni gentes sabía yo; más, estando en mi rincón con esta afligción, sintiendo ser de todas suertes atormentada: el padre me afligía; las hablas porque se enojaba no sesaban: todo era desconsuelos. Y estando en esto me dijeron: “Dile no más que si sabe él, a la China”. Cuando el padre volvió, díjeselo, pero mudé el nombre, que por desir “China” dije “India”. El padre se volvió ira, disiendo: “¡Qué India ni India!: en las Indias estamos”, y tan enojado que parese lo tenían pagado para reñirme; entonses le dije: “A la China”; dijo, vuelto a enojarse conmigo, disiendo: “¡Qué China ni China!”, que le debía de pareser que yo mentía. Luego tuvo otro enfado, disiéndome que cómo crería estaba predicando, cuando tenía tantos embarasos, y su provincial estaba callado. Yo con esto, cómo estaría de afligida y congojada. Díjome esta habla: “Dile que si ahora ignora que muestro yo lo por venir, porque para que él no pudiese ir”. Esto me volvió el padre lo de atrás adelante, y porque le dije no era desa calidad lo que había contado a su paternidad; dijo le quería replicar; tuve por bien de callar, aunque desía que siendo noche era de día. Viéndome tan apretada, díjele a esta habla: “Si eres Dios, no otro, muéstrame tu rostro y sírvete de ampararme para que así pueda determinarme”; respondió: “No estás capás desto”. Díjele a mi confesor esto, y dijo su paternidad: “¿Ve como le dise Dios que no es capás de verle?”; yo callé, aunque esto fue diferente de lo referido, y tuve sentimiento de que me hallase mi confesor más incapás que el jumento; pues ellos en el portal lo vieron y reconosieron por su Señor, y desto no fui capás yo en el compceto de mi confesor; y tuvo rasón su paternidad en esto, pues conose mi mal talento. No le di demostración de sentimiento: túvelo solo en mi pecho, que ya estaba bien enseñado al tormento. En otra ocasión se enojó por esto, disiendo que el espíritu de Dios no admitía repugnancia. Yo estuve callada; ahora digo: “¡Válgame la gracia de Dios!: de qué suerte le había de entender yo si le repugnaba que le replicaba, y era sabia si callaba, por ser jumento”. Tenía por mal indicio esto: jamás pude entenderlo, hasta el día de hoy 3 de mayo, y se ajustan quinse años. No sé cuándo saldré deste trabajo; no sé cómo la paciencia no se acaba: quisá no la tendré cuando quiera ser santa, porque la tendré gastada ya. Por lo que el padre se enojaba no quería contarle nada.

Diré a vuestra paternidad esto: estando una noche en recogimiento, no sé si le tengo escrito esto, tuve grandísimo deseo de que todos se salvasen, y para esto empeñaba todo el cielo y en especial a la Madre de misericordia y piedad, que como madre de los pecadores pidiese por ellos y ofreciese al Padre Eterno sus méritos y de su Hijo preciosí[si]mo, pues el valor de su sangre es infinito para salvar a los redimidos; que representase cuánto en este mundo hiso para plantar la nueva Iglecia; las primincias de mártires que [ha] habido en ella; todo lo que la Santísima Virgen obró el tiempo que vivió; cómo por su medio la fe se dilató y su Santísimo Hijo fue conosido. Parecióme que cuando desía esto veí el cielo abierto y como un trono en medio, cubierto con velo; no veía resplandores divinos, ni sé desirlo; distinguía habían personajes y también sientía se movían; al lado derecho deste trono veía a la Virgen Santísima, y me pareció se bajó a poner delante del trono. Entonses empesé yo a empeñar a la corte celestial ayudase a su Reina en negocio tan importante de que todos los redemidos se salvasen. No refiero aquí mis rasones ignorantes; mas dijéronme: “Pide tú también”; respondí yo: “Eso no, que en mí será atrevimiento: desde la tierra sólo miraré lo que pasa en el cielo; vayan santos de mi corasón pidiendo”. Sentí el movimiento de que aquellos bienaventurados bajaban de sus asientos a ponerse delante del trono, y dije: “Ya los santos se han bajado a pedir por los hijos de Adán; pues, ángeles del Señor, ¿por qué no bajáis vos?” Disiendo esto, sentí otro movimiento, como de que volasen y también se pusiesen delante, y dijeron segunda ves: “Pide tú también”; volví a responder: “Eso no haré yo, que fuera atrevimiento: desde aquí miro lo que pasa en [el] cielo. Sea con empeño quede hoy ajustado esto, que tanto lo deseo y ha tanto tiempo que le estoy pidiendo. Serafines y querubines, ¿qué se han hecho, pues veis a la Reina de los cielos pidiendo postrada y no bajá[i]s [a] ayudarla?” Diciendo esto sentí otro movimiento, y parese que de tras y de encima y como alrededor deste trono salió un modo de resplandor, y se pusieron delante como en el aire, y dijeron tersera ves: “Pide tú también”; entonses yo dije: “Padre Eterno y Señor mío, no sufre ya mi corasón ver a nuestra Reina y Madre de los pecadores intercediendo por ellos, que mi cortedad y miseria ya se alienta a la petición mesma: perdona mi atrevimiento, y si los hijos de Adán desmeresemos por nuestros pecados y desagradesimientos, aparta los ojos a nuestros deméritos y desatinos y sólo tenlos fijos en esta divina Reina que nos distes de nuestra naturalesa, para que por nosotros intersediera; atiende, Eterno Padre, que en ella mucho dijiste te agradastes, y si nosotros tenemos irritada tu justicia, por esta nuestra Madre y hija tuya has de templarte; mira, Señor, que es Madre de tu Unigénito Hijo y Redentor nuestro; atiende a sus méritos de Madre y Hijo, y perdona a sus redemidos; atiende a sus obras y no mires a las nuestras, que son de fragilidad y miseria, y que si las criaturas te conosieran, ninguna hubiera que te ofendiera: danos verdadero conosimiento y verás cómo no te ofendemos. Mira, Señor, esa cara linda, que [a] haserle sien mil favores obliga”. Yo hablaba mil bachillerías, nada respondían. Hablé con el Espíritu Santo, que ya con el Hijo también había hablado, y no lo refiero por no cansarlo. Díjele al Espíritu Santo: “Ven al mundo, Señor, y abrásalo en vuestro amor, y no sea como cuando bajastes en Jerusalén o P[a]lestina: baja en todo el mundo y obra maravillas como en los apóstoles las obrastes ya en estos últimos tiempos; ven a darnos lus y consuelos; destruye de las tierras todas las tinieblas y engaños que el demonio ha sembrado”. Disiendo esto, hiso como un trueno y por un lado del trono salió una lus o relámpago: esto no sé esplicarlo. Ya he dicho que como en medio del cielo estaba el trono, y era hasia la cordillera, y como de ella vemos salir los relámpagos, así salió éste, mas no de tan bajo, y por todo el cielo fue caminando, dejando siempre rastro como una lista ensendida al modo de cuando sube un cuete, sube alto, y cuando baja va dejando rastro: a este modo me pareció, pero con distinción; que este relámpago no bajaba abajo, sino que por lo alto iba rodeando, y fue a dar como hasia Maipo. Yo parese que iba t[r]as él volando, y me sentía como sin aliento, y dije: “Mucho es esto”, porque había caminado grandísimo trecho este relámpago; y mucho fue, pues a mí me pareció harto, y no entró al lugar donde salió, sino muy distante se desapareció, pero en la mesma cordillera. No sé, padre, mejor esplicarme; perdone si le escribo disparates.

Ello va lo de atrás adelante, esto que diré, ni sé si fue antes o después que, estando en una ocasión con esta mesma petición al Señor, con dos mil clamores y ruegos, ya no hallé qué desirle, sino, si quería tomar por partido que yo fuese al infierno y que a mí sola se diesen los tormentos que tienen los condenados; pero que había de ser con tal que los condenados habían de descansar y no tener tormentos, que yo bien toleraría éstos, mas no oír maldiciones y reniegos ni renegar de su Majestad y de María Santísima, que esto no sufriría, que no oyendo esto estaría alegrísima en el infierno viendo que todos los re[de]midos se iban al cielo, que allí me estaría yo complaciendo y dándole gracias porque todos se salvaban. A esto me dijeron: “Y en acabándose el mundo, ¿qué harás entonses?”; respondí yo: “Que me vaya al cielo, pues qué tengo que haser en el infierno, si no estaba, sino mientras, tapando la puerta para que ninguna alma entrara por ella, ni el diablo saliera a tentarlas para llevarlas. Mas ¡ay!, Dios de mi alma, no sé qué te diga, Señor de mi corasón, que yo no sé cómo me lo distes vos, que pienso no estaré contenta en el cielo viendo que estas almas quedan padeciendo en el infierno; perdóname que, como estoy en carne mortal y no sé lo que es irte a gosar, pienso según el corasón compasivo que me distes vos: que no tendré gloria ni alegría viendo tantas almas en el infierno padeciendo. Bien veo que los bienaventurados tanto te aman, bendisen y alaban por tu justicia como por tu misericordia; pero yo, Señor, soy una necia incapás que a nadie puedo ver con trabajo ni n[e]sesidad. Las nesesidades y trabajos ajenos son los que yo siento, que los míos siempre los tengo por pequeños y casi no los siento. Señor mío, ¿no perdonarás éstos que están en el infierno?; ¿quién te ha de averiguar a vos esto?; ¿qué importa que esté escrito que ha de ser eterno su tormento, pues quién ha de quitaros que hagas, como disen, de tu capa un sayo?: ¿no está todo en tu mano?, y quien hiso la ley, la puede dispensar también; bien veo yo que la ley del tormento no la hisistes vos, sino que el pecado lo ha causado, mas vos todo puedes dispensarlo; o si no quieres haser esto, conviértelos en la nada que fueron antes que los criases. No quiero hablar en esto: no te diga disparates; que pienso esto no harás por tener las almas su modo de inmensidad, aunque creo puedes todo lo que quieres. Mas yo no quiero hablaros en lo que no entiendo. Mas, ya que no las vuelvas a la nada de que fueron criadas, ¿no las puedes convertir en peses o bestias de la tierra, que no tengan pena?; ¿para qué se la quieres mayor que careser de vos?” Estando en esto me dijeron: “¿No pides también por los demonios?”; yo respondí: “Hasta en eso soy imperfecta, que sólo me compadesco de los de mi naturalesa. ¡Ea, pues!, perdónalos a esos desdichados, que ya yo estoy cansada y parese te lo digo de mala gana; si vos la tienes buena, quítales la pena, que ya yo no puedo más, que estoy enferma”.

Halléme unos días en grandes desconsuelos sin saber de qué, afligida. Desíaselo al padre Viñas; procuraba el padre mío consolarme como siempre acostumbraba; mas en esta ocasión no entraba en mí consuelo como en las demás. Díjome su Divina Majestad: “Estos eran los nublados, y la mano que te dio tu tío era la del obispo. Dile a Viñas que a esta mano se le ha de dar un traslado con gran fidelidad que nada se le ha de ocultar”. Con esto me fue presiso contarle al padre un sueño que no había querido desirle; porque cuando al padre Alemán, y al padre Tomás se lo conté o escrebí, reconosí no sé qué mudansa en sus paternidades, y así no quería esperimentarla en el padre Viñas. Mas no fue así, que siempre estuvo conmigo angelical, que había de haber sido inmortal: mucho perdió la Compañía en tal padre de espírito, que era alumbrado del Espíritu Santo para disirnir espíritus; mucho pudiera desir en esto, mas voy al sueño. Siempre he sido inclinada a ganar jubileos y no perder indulgencias: soñé con ellas, que veía una puerta hermosísima de una iglecia en la cumbre de un serro o monte muy alto, y que había un gran jubileo. Yo, con el anhelo de ganarlo, fui a toda priesa a subir, mas veí que sólo hombres subían; dije: “Esto no es para mujeres, y más yo, que soy tan enferma, y opilada no he de poder llegar allá”. Estuve reconosiendo si alguna mujer subía; pero no la había. Miré por otras partes de aquel monte, y muy distante del camino, por la falda de otro serro, iban dos beatas de santa Rosa caminando muy despacio; dije: “También ésas son enfermas”. Me pareció conoserlas; con esto tomé alientos y subí. Todos aquellos hombres iban callados, con rosarios en las manos y los vestidos muy honestos; ninguno llevaba cosa de seda; algunos iban sin sombreros, y todos caminaban muy despacio y en gran orden, a corros como en prosesión. Yo, con mi vivesa, cogí por en medio a toda priesa, y dejé los hombres atrás. Estando ya en la mitad del camino, tañeron la campana para el coro; dije: “¿A qué llamarán ahora, que ya salimos de misa mayor?” Discurría qué haría, que es propiedad mía discurrir dormida como si estuviera dispierta; dije: “Yo nunca falto del coro: qué importa que falte ahora por ganar este jubileo”. Dejaron la campana, y acordéme era vicaria de coro, y que la abadesa no acudía a él, y me lo tenía entregado que yo lo gobernase. Hube de bajar; fui al coro; hallé la comunidad que me esperaba; díjeles los que habían de haser; empesé a resar, y luego despaché la comunidad. Volví a ganar el jubileo: subí con la mesma priesa, antes que se acabase, y teniendo andado lo más del camino, volvieron a tañer la campana. Afligida, no hallaba qué determinar: si faltar a la comunidad o perder el jubileo si se acababa. En fin, volví a bajar; fui al coro; hallé a las religiosas sin orden en sus asientos: unas paradas por un lado hablando y otras por otra parte. Reprendílas por no estar delante de Dios con toda reverencia; todas callaron y se pusieron en orden. Díjeles de lo que habían de resar, y entoné el reso; despachélas luego para ir a mi tarea. Llegué, y hallé a mi tío fray Ramón de Córdoba con la abadesa al pie de este monte, a un ladito del camino. Miróme mi tío y rióse; díjole a la abadesa: “Déjela pasar”; respondió la abadesa con mal semblante, que así solía hablarme: “Que vaya”; mi tío me tomó la mano derecha; dije yo: “Para qué mi tío me da la mano cuando yo por mí sola he subido”. Miré con atención al suelo y vide un río que había antes de subir aquel monte, el cual no había visto las dos veses [que] había subido; llevaba poca agua, que por las piedras se pasaba; yo iba en chapines, y pudiera resbalar y caer; dije: “Porque no cayera me dio mi tío la mano”. Fui atentando con cuidado los chapines, hasta que subí al monte, y antes de caminar a un lado deste monte veí dos padres de la Compañía, y dije: “Aquí están mis confesores”; y sólo conosí al padre Alemán por detrás; y dije: “¿Por qué digo ‘mis confesores’, y sólo conosco al padre Alemán?”; y como le tenía tanta vergüensa, me detenía en subir. Veí que unos matorrales le tapaban el camino; dije: “El compañero será el padre Tomás: a éste no le tengo vergüensa; no importa que me vea”. Subí a toda priesa, y venían bajando dos religiosos mersedarios;  miráronme y se rieron; yo dije quién podían ser los indevotos, sino los frailes, y proseguí mi camino. Hasía muy buen día, como a hora de las dies, y empesó por todas partes tan gran viento, que en un istante se llenó de nublados el cielo, que tapaban el sol. Yo me desconsolé y no podía caminar con la brevedad que iba; miraba al cielo, y [a] veses salía el sol, y luego venían unos nublados y lo cubrían, unos más tupidos que otros; en fin, yo me consolaba que el sol no se entraba, sino que los nublados lo cubrían, que ahí estaba. En conclusión, al llegar a la puerta de la iglecia me dijeron: “Tú no has de entrar por aquí, sino por allí”, señalando a la mano diestra otro camino más angosto. Aquí los chapines perdí: no supe qué se hisieron; caminé en plantillas, y por una calsada que los pies se me lastimaban, y abajo de ella había mucha arena; bajaba a la arena por la fatiga de la calsada, y no podía caminar a priesa, temerosa no tocasen la campana. Llegué con este trabajo a una puerta que no era de iglecia, y me dijeron: “Esta es casa de la Compañía”; por debajo del umbral salía un arroyo de agua clarísima, y se descollaba entre unos verdores, que divertía; había un árbol muy frondoso a modo del lúcomo de Coquimbo, y se divisaba un campo hermosí[si]mo, muy verde, sin matorrales ni árboles silvestres; y quise pasearme por él, y el temor de que no tocasen al coro me detuvo. Entré por la puerta de la Compañía a una sala muy limpia y colgada de tafetanes, y en la puerta, dentro de la sala, tenía dos matas de rosas, hermosas y frescas; yo me admiré de qué, sin darles el sol que las vi[vi]ficase, estuviesen tan frescas. Había una forma de altar o mesa en la cual estaba un padre de la Compañía de rodillas, y a un lado una cazoleta de plata. El padre se levantó y fue junta [a] mí; yo dije: “Oigan el padre, que debe de pensar que yo le tengo de hurtar su casoleta”. Fuime por otra puerta que estaba al norte, y me parecio otra región, porque abrasaba muchísimo el sol, y la tierra era blanca; paresía que allí edificaban, porque habían materiales y estaba lleno de pedasos de adobes y terrones, que no se podía andar; yo pisando en los terrones iba caminando a buscar la iglecia del jubileo, y me dijeron: “Adelante va la prosesión”. En esto llegó la novicia a dispertarme para resar prima, y me enfadé con ella, y dije: “Anda, que ni soñar me dejas”. Cuando le conté esto al padre Viñas, dijo: “¿Dónde darás el salto?”; pero aquel padre de la Compañía, yo digo agora, si sería vuestra paternidad: quiéralo Dios si ha de ser para su mayor honra y gloria, y provecho de mi alma.

Díjome su Majes[tad] soberana: “Mira que siempre te [he] amado y te he regalado y que has gosado des te sueño; mira, que te he consedido lo que me has pedido; tu madre había de haber muerto antes que tu padre, y porque me lo pedistes revoqué la sentencia”. Había enfermado mi padre de deme[n]sia; que no estaba capás de nada, sino que como a un niño lo alimentasen; mi madre lo hasía con gran caridad, dándole los vestuarios muy desentes, como a su esposo. Cuando yo profesé, consideraba que si fallesía mi madre, quién cuidaría de mi padre, pues yo por mi ensierro no podía haserlo: grandemente se contristaba mi corasón porque ama[ba] grandemente a mi padre, y le pedía a Dios primero muriese. Prosigió su Majestad en lo que dejo referido, y dijo: “Yo era quien en tu niñés te apartaba del amor de tus padres para mejor así traerte; yo era quien te daba aquellas ansias de entendimiento, porque éste siempre se logra en mí; yo era quien te quitaba los bienes que te había dado para la vida, porque no se te pegase a nada el corazón y hasía no lo sintieses y confiases en mí; y esta confiansa y satisfación que de mí tenías me hiso aselerar tu conversión; yo fui quien te dio la alegría, que es don del Espíritu Santo; yo te mostré tu salvación; y el entrar doblada significaba cómo se había de domeñar tu condición; yo fui quien te engañó para traerte, porque no tuve corasón de verte llorar”; yo le dije: “Señor, si desde vuestra eternidad me tenías para vos, ¿por qué permitistes cometiese tantos pecados?”; díjome: “Eso hise porque tuvieses de qué humillarte y qué agradeserme por haberte sacado de ellos”; díjele: “Pues ¿por qué permitistes que en mi niñés viese tantas maldades?”; díjome: “El demonio te llevaba, porque malisiaba por el cuidado de los ángeles, y por eso te espantó: díseselo todo a tu confesor”; yo le dije: “Padre y Señor mío, hasme agradesida a tus beneficios”. Salió lu[e]go misa, y al alsar le dije: “Sálvame, Señor, por tu presiosí[si]ma, sangre”; respondió: “A eso te traje, hija mía”. Cuando dije todo esto al padre Alemán, no cabía de alegría, y se refregaba las manos y no se quietaba en la silla; mas no por eso dejó de desir era el diablo; y me dijo riéndose: “Cuénteme los sueños que ha tenido con el diablo”, yo con ese maldito sólo un sueño he tenido y se lo escrebí como fue. Soñé que, saliendo un día de refitorio, encontraba con mi madre en el claustro, viva, que ya era difunta, y le desía: “Madre mía, habíanme dicho era muerta, que tanto he llorado y pasado grandísimos trabajos; gracias a Dios que la veo; vamos: contaréseros”.

Conclusión del cuaderno 12 de la Relación autobiográfica

Fueme siguiendo; llevéla por los dormitorios, y salí a una selda que tenía puerta a ellos; subí al estrado con ánimo de gosar de su compañía y quedóse a la puerta parada; yo la miraba, sin preguntarle por qué no venía a conversar conmigo; en esto veí un pericote negro y ferós, que entraba a la selda por una puerta que caía al claustro, andando en dos pies, y dije: “Este es el diablo. Ven acá, demonio; ahora me has de pagar cantas me has hecho y me has de desir por qué nos persigues”. El se llegó al estrado; yo me hallé en las manos un látigo famoso y empesé [a] asotarlo hecha una cólera, y con todas mis fuersas descargaba sobre él tantos de los asotes; quería huir por la puerta por donde mi madre estaba, y se retiraba y yo lo llamaba disiendo: “Ven aca, demonio; ¿por qué nos persigues?”; él venía, y vuelt[a a] asotarlo: ya estaba cansada y asesando; sentéme un rato a tomar nuevos alientos; él andaba por las esquinas de la selda, y no podía trepar; yo con gran imperio lo volví a llamar; fue en cuatro pies: volvía asotarlo hasta que más no pude, y se salió por donde entró, y pasó de otra forma de coipo, arrastrándose y rompiendo la tierra se fue para mi selda: no vi en que paró, porque, como si entrara por una cueva, así se metió debajo de la tierra. Yo disperté tan cansada y adolorida como si hubiera trabajado sobre mis fuersas, y empesé a quejarme del molimiento que sentía en el cuerpo. Escrebíle esto al padre Alemán; y díjome su Majestad: “Dile que si no conose eres discreta y que yo reservo para mí la mejor presa; que te ha hecho lastar como pecado mortal lo que fue facilidad de hablar; que no has perdid[o] la gracia bautismal”. Dios, por su suma bondad, me puso desde mi tierna edad tal temor a los pecados, que ni maldesir ni nombrar al diablo, como suelen las niñas, ni jurar jamás hasta l[a] hora presente: todos estos beneficios debo a Dios y no se los sé corresponder. Díjome mi Señor y Padre amantísimo: “No he tenido una santa comedianta, y de todo hay en los palacios; tú has de ser la comedianta”; yo le dije: “Padre y Señor mío, a más de tus beneficios y misericordias, te agradesco, que ya que quieres haserme santa, no sea santa friona”; díjome: “Ya no envidiarás a doña Marina ya la Antigua”: destas dos siervas de Dios gustaba yo leer sus vidas, y tenía deseos de ser como ellas y, acordándome lo que su ángel le dijo a doña Marina, que había sido tan dichoso que a todos los que había guardado habían sido santos; le dije a su Divina Majestad: “Padre y Señor mío, dame el ángel que guardó a doña Marina, y no me quites el que tengo, que no quiero agraviarlo, que lo amo por habérmelo tú dado y ser mi compañero y servirme de ayo mi ángel santo”; díjome su Majestad: “Antes que tú me lo pidieras, ya yo tenía la mersed hecha”; díjele: “Vida de mi alma y todo mi amor, ¿y con qué te corresponderé yo?; ¿es posible que sea una criatura tan limitada?; ¿qué hisiera yo por vos, alma  de  mi  vida?;  ¿qué quieres, mi bien, que haga yo por vos en que te agradara y sirviera?: que si lo supiera, imposibles hisiera y obrara sobre mis fuersas por vos; mucho te amo; pero mucho más te quisiera amar: si no es atrevimiento, quisiera amarte como te amas ti mesmo”. Dije esto de la comedianta al padre Viñas y Tomás; Viñas no dijo nada; Tomás dijo: “¿Cómo reina, comedianta o farsan[ta]?”, y o estuve por esto medio afligida. Díjome su Majestad soberana: “Si eres tan disparatada, que después de monja quisistes ser casada y luego beata, y después mala mujer”. Cuando dije esto a Viñas, soltó la risa porque ya sabía mis casamientos, como vería vuestra paternidad en los primeros cuadernos, que todo mis pecados fueron engañar a los hombres por vengar a las mujeres por las que ellos han burlado, y desde antes de mudar los dientes empesé a vengar a las mujeres con grande empeño.


[1] Suárez, Ursula. Relación autobiográfica de Ursula Suárez [y Escobar, monja clarisa] (1666-1749),[1] edición y prólogo de Mario Ferreccio Podestá, estudio preliminar de Armando de Ramón, Academia chilena de la Historia y Universidad de Concepción, Santiago de Chile, 1984. Extractos de diferentes páginas: 91-101, 118-125, 158-161, 164-167, 169-170, 174-182, 192-194, 199-201 y 218-231. Reproducida en: http://americas.sas.ac.uk/publications/docs/genero_segunda3_Suarez.pdf.

Es importante recordar que los escritos de las religiosas concentradas en espacios conventuales constituyen la mayor parte de los testimonios autógrafos de mujeres de la época colonial hispanoamericana. Fueran confesiones de la fe o confesiones de su intimidad, estos escritos pudieron ser controlados por el Tribunal del Santo Oficio. La autobiografía de la monja criolla Úrsula Suárez (1666-1749), perteneciente por parte de padre a una familia de comerciantes y por parte de madre descendiente de los conquistadores de Chile, fue escrita a pedido de su confesor, quien le proporcionó papel, pluma y tinta, a los 50 años (un primer relato autobiográfico, también requerido por su confesor, escrito a los 33 años hoy está perdido). Respondió, por lo tanto, a una serie de tópicos religiosos: la obligación de la obediencia a los mandatos de un superior y de la expresión de humildad, confesión y penitencia. De esta autobiografía Úrsula Suárez esperaba una absolución porque sumaba la confesión –que bien pudo ser oral- al acto de penitencia de escribir. Como monja educada, Úrsula conocía seguramente las Confesiones de Agustín de Hipona y el Libro de la vida de Teresa de Jesús (más aún considerándose de alguna manera emparentada por línea materna con la santa), clásicas autobiografías espirituales del Cristianismo; pero además era capaz de citar a textos confesionales de por lo menos otras dos religiosas: María de la Antigua (1566-1617) y Marina de Escobar (1554-1633).

* Las divisiones y subtítulos son del editor.

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Written by Ideas feministas de Nuestra América

agosto 1, 2011 a 10:36 am

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